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MISIONES JESUÍTICAS:
La
Compañía de
Jesús, fundada por Ignacio de Loyola y confirmada por el Papa en 1540, formó una
clase de misioneros tan especial, que pronto se destacó entre todas las órdenes.
La rigurosa preparación y disciplina de sus miembros, el orden jerárquico
existente entre ellos y los profundos estudios a que se dedicaban, tanto en las
ciencias teológicas como en las ciencias exactas y naturales, prepararon a un
conjunto de hombres que en pocos anos se destacaron en los territorios donde
desarrollaban su misión: Asia, África y América. En el Nuevo Continente
extendieron su acción desde Canadá y Alaska hasta el Brasil y la Patagonia.
La Corona española consideró
suficiente el número de misioneros que trabajaban en América, por eso retardó la
autorización a los jesuitas, que no ingresaron sino hasta ¡a segunda mitad del
siglo XVI. Se destacaron, en las ciudades pobladas por españoles, a causa de la
fundación de colegios y universidades y, en las zonas selváticas y apartadas,
por la evangelización de los indios.
Según los reglamentos de la
Compañía de Jesús, el general de la orden nombraba a los provinciales, cuya
función era organizar y dirigir las tareas misionales y controlar el desempeño
de los miembros de la orden en sus respectivas provincias.
Los jesuitas en el Río de la
Plata:
Brasil fue la primera provincia
jesuítica de América del Sur; estaba a cargo del padre Nóbrega, a quien algunos
pobladores de Asunción pidieron el envío de misioneros, pero el gobernador
portugués se opuso.
El problema fue estudiado por el
secretario del padre Loyola y por el Consejo de Indias; éste último, en virtud
del derecho de Patronato, decidió que el envío de los sacerdotes debía contar
con la expresa autorización de la Corona. Para evitar mayores conflictos, Felipe
II, que desde 1580 era también rey de Portugal, ordenó la separación de las
misiones españolas y portuguesas. Por ese motivo, el general jesuita decretó que
la región del Río de la Plata dependiera del Perú.
Los primeros misioneros llegaron
al Tucumán en 1585 procedentes del Perú; dos años después arribó un grupo
procedente del Brasil. Los dos grupos fueron pedidos por el obispo de Tucumán,
Francisco de Vitoria.
Cuando llegó el decreto de
separación, el Provincial de Brasil regresó a su jurisdicción y quedaron’ en el
Tucumán tres sacerdotes que fueron designados para trasladarse a Asunción. Como
la provincia jesuita del Perú era demasiado extensa, el Provincial envió a
España al Padre Diego de Torres con la propuesta de dividir en dos la región. En
1607 quedó fundada la provincia jesuítica del Paraguay, que abarcaba los
actuales territorios de la Argentina, Paraguay, Uruguay, la mayor parte de
Chile, el sur de Bolivia y Brasil. Su primer Provincial fue el Padre Torres. En
1625, Chile fue separada.
Los jesuitas dependían de la
generosidad de los pobladores españoles para su subsistencia. El Padre Torres
recibió del General de la orden la recomendación de no permitir el servicio
personal de indios en encomienda. Por su defensa de los indígenas, los
misioneros estuvieron expuestos a peligros y sufrieron la enemistad de os
encomenderos, quienes ¡es quitaron su ayuda económica. Por esta razón y para
asegurar la subsistencia, el Padre Torres fundo una estancia en Córdoba, con
cuyas rentas y algunas donaciones, los jesuitas pudieron fundar colegios en casi
todas las ciudades importantes.
Hernandarias, primer criollo que
ejerció el gobierno del Río de la Plata seis veces (entre 1592 y 1617), proyectó
desde Asunción el dominio de la región sudeste hasta llegar al mar y fundar un
puerto en Santa Catalina. Se dio cuenta pronto de la importancia que tenía la
presencia de los misioneros para cumplir ese objetivo.
Después de inspeccionar las
reducciones franciscanas del Padre Bolaños, Hernandarias resolviò,
junto con el obispo, pedir al Padre Torres el envío de misioneros a las zonas
del Chaco, el Guayrá y el Paraná. Se acordó que cada misionero recibiría medio
sueldo de un párroco. Se estableció también que los indígenas reducidos no
serían obligados al servicio personal ni pagarían tributo durante los primeros
diez años después de su conversión.
En 1609 se inició la fundación de
reducciones jesuíticas. Los intentos realizados en el Chaco entre los guaycurúes
fracasaron porque no practicaban la agricultura. En cambio, entre los guaraníes
que sí la conocían, los jesuitas pudieron organizar sus poblaciones. La primera
fue San Ignacio Guazú, a fines de 1609, a la que siguieron Encarnación de Itapúa,
Concepción, San Nicolás, San Javier y Yapeyú. Más al norte, en el Guayrá, se
fundaron otros pueblos gracias al esfuerzo del Padre Antonio Ruiz de Montoya,
pero fueron atacados por los paulistas, que destruyeron varios y llevaron
cautivos a muchos indios. Esta situación obligó a trasladar las reducciones más
al sur.
ACCIÓN Y MÉTODO:
Si por civilización entendemos el
predominio del espíritu sobre la materia, el amor a lo noble y grande sobre las
tendencias bajas y viles, la vida tranquila, laboriosa y familiar, la mezcla de
placer y abnegación, de sport y de trabajo, de paz interna y de sociabilidad sin
envidias, rencores, persecuciones y odios, no cabe la menor duda que pocas veces
ha contemplado la historia una civilización tan genuina y duradera como la que
desde 1610 hasta 1768 existió en los pueblos de guaraníes.
Sea cual fuere la fuerza que se
quiera dar al vocablo “civilización”, cierto es que los jesuitas realizaron el
portentoso hecho de reunir y conservar sin coacción alguna 100 000 salvajes, y
eso durante mas de centuria y media y no obstante las invasiones de los
paulistas, las insidias de los españoles, las pestes
continuas y la natural indolencia e inconstancia de los indígenas, los “eternos
niños” de corta capacidad intelectual, de sensibilidad femenina, de suspicacias
profundas y desarraigables.
Más que la organización fue el
método lo que dio el triunfo a .los jesuitas en ¡os pueblos guaraníes. En cuanto
a organización, en poco o nada se diferenciaban de los pueblos fundados por
franciscanos y capuchinos y otros religiosos, así en California, en Sonora, en
Quinto, en el Amazonas, entre los Mojos y entre los Chibdas. Unos y otros
pueblos se basaban en la legislación colonial española como recientemente ha
demostrado el profesor O. Quelle, de Berlín, y con
anterioridad había expuesto extensamente el P. Pablo Hernández. Los que hablan
de “imperio jesuítico” del Paraguay muestran un desconocimiento absoluto de la
realidad histórica.
Sobre líneas comunes a otras
pueblos y en conformidad con las prescripciones reales organizaron los jesuitas
rioplatenses sus pueblos indígenas. Es indiscutible que contaron con un elemento
indígena menos reacio, más maleable, que el
de otras regiones de América. También pudieron conservar los pueblos más
aislados del elemento europeo, generalmente entorpecedor y hasta maleante.
En
tercer término, los pueblos estaban rodeados de campos aptísimos para la
agricultura y ganadería, y tenían en abundancia agua potable y leña,
pero todas estas ventajas habrían sido poco menos que inútiles si de parte de
los misioneros no hubiera habido un gran talento de adaptación, una norma fija y
común en todos los pueblos y al través de los años, una vida intensamente
sacerdotal y un espíritu de amplísimo sacrificio.
Notemos que desde sus comienzos
fue abiertamente internacional el personal jesuítico que fundó primero y llevó
después a todo su esplendor los pueblos misioneros. Jesuitas españoles
(Lorenzana, Saloni, Torres, Romero, etc.), criollos (beato González, Ruiz de
Montoya), portugueses (Grifi, Ortega, etc.) y británicos (Field) inician
aquellos pueblos, y son españoles (peninsulares y criollos), italianos, belgas y
sobre todo alemanes los que más habrían de contribuir al engrandecimiento de los
mismos. La influencia alemana desde principios del siglo XVIII fue universal y
profunda, sobre todo en la mecánica, en la agricultura, y en las artes.
Extraído de Furlong Cardiff,
Guillermo S. j.), Misiones Jesuíticas. (En: Historia de la Nación Argentina,
Buenos Aires, El Ateneo, 1955, vol. 3, pp. 392-394.1
Organización de las reducciones:
El trazado
de los pueblos era similar entre sí: una plaza en el centro, a un lado la
iglesia la casa de los sacerdotes, escuelas, talleres, depósitos, las casas de
las viudas y huérfanos y, en los demás lados, las casas de los indígenas, de
ladrillo o piedra, con techo de dos aguas que cubría las aceras.
El gobierno de cada reducción
estaba a cargo de un corregidor indio, nombrado por el gobernador después de
consultar a los misioneros, y un cabildo, formado de la misma manera que los de
las ciudades españolas y compuesto también por indígenas. Estas autoridades no
podían aplicar castigos sin consultar a los padres jesuitas. Los españoles no
tenían ninguna participación en dicho gobierno; se trataba de evitar con esta
medida los abusos que frecuentemente se cometían. Les estaba prohibido residir
en las reducciones, pero podían ser alojados si estaban de paso. La justicia era
ejercida por los misioneros que aplicaban, por lo general, castigos de azotes.
Los dos sacerdotes que estaban al
frente de cada pueblo se encargaban del gobierno
espiritual y la organización de la vida indígena. Las tareas diarias comenzaban
y terminaban con oraciones y cantos. La base de la instrucción fue el catecismo.
Las fiestas religiosas eran celebradas con particular entusiasmo y realce.
Economía:
Los jesuitas no cambiaron
radicalmente los usos indígenas, sino que los canalizaron para darles un nuevo
sentido. Reconocieron la importancia de los caciques, a
los que dieron una situación de privilegio entre los suyos. Reunieron varios
cacicazgos en un solo pueblo y fomentaron la antigua solidaridad
tribal con el nuevo impulso religioso. Dicha solidaridad se manifestó en todos
los aspectos de la vida, tanto en
la organización interna como en la defensa contra sus
enemigos: los encomenderos y los mamelucos
paulistas.
La tutela ejercida por los
jesuitas sobre sus gobernados tenía como finalidad que los indios
aprendieran a hacer correcto uso de su libertad y de sus
bienes. En la organización económica, coexistía el sistema mixto de propiedad
privada —abambaé—. y propiedad común —tupambaé—.
Para proveer al sustento de cada
familia se le daba en propiedad una parcela de tierra,
los instrumentos de labranza, las herramientas para artesanías y las armas para
cazar y pescar. La cosecha, de la cual los indios eran totalmente dueños, se
guardaba en graneros y les era suministrada periódicamente para evitar que la
malgastaran.
La propiedad común, también
llamada “propiedad de Dios”, era de extensión similar a las propiedades privadas
en conjunto. Los indios tenían obligación de trabajarla dos o tres días por
semana.
Con el producto obtenido pagaban el tributo al rey, compraban las
herramientas y materiales necesarios, mantenían a viudas, huérfanos y enfermos,
construían iglesias y talleres y atendían a las comunicaciones y la defensa.
La
ganadería, dirigida por los misioneros, servía para alimento, transporte y
vestimenta. La lana era repartida y tejida por las nativas; los bueyes eran
prestados a las familias para que los campos fueran arados. Realizaban el
comercio por trueque entre los diversos pueblos y con los colegios jesuitas de
Asunción, Santa Fe y Buenos Aires; en estos últimos las transacciones eran
supervisadas por un procurador.
En
1599 los jesuitas se establecieron en Córdoba. En esta zona tuvieron tres
estancias, destinadas a mantener la Universidad: Jesús
María, Santa Catalina y Alta Gracia. Esta última
—cuyo nombre proviene de un santuario
de Extremadura— se caracterizó por la construcción de “El Tajamar’, lago
artificial cuya agua era utilizada pera los regados. Esta
estancia constaba de potreros, talleres
de carpintería, herraría, dos
horma pera construcción de ladrillos, telares y una fundición,
la única que tuvieron estos religiosos
La Cultura:
Los niños aprendían, junto con la
doctrina, letras y ciencias. A los hijos de caciques y
principales les enseñaban la lengua española y el latín; además, se los
preparaba para os puestos dirigentes.
(ver Historia de la Educación en Argentina)
Los padres jesuitas enseñaban
música y artes plásticas; los indígenas elegían oficio según sus aptitudes.
Fueron hábiles escultores y pintores; hicieron todo tipo de tallas religiosas;
muebles y puertas que aún se conservan. Fabricaron instrumentos musicales,
aparatos y relojes; trabajaron los metales y el hierro forjado; hicieron adornos
y objetos de plata. Su obra más destacada fue la impresión de libros en sus
propias imprentas a partir de 1700, mucho antes que en las ciudades españolas
del Río de la Plata. El primer libro publicado fue Martirologio romano; también
se imprimieron catecismos, tablas astronómicas, calendarios y obras religiosas.
Problemas exteriores; expulsión
de los jesuitas
(ver Tratado de Permuta)
Desde su instalación, las
reducciones sufrieron los ataques de los bandeirantes que hacían correrías con
el fin de apoderarse de riquezas y capturar indios para vender en los mercados
de esclavos de las ciudades brasileñas. Esta situación obligó, desde 1629, al
traslado de los pueblos del Guayrá hacia el oeste.
Los ataques no cesaron, por lo que los jesuitas comenzaron a enseñar a los
indios el uso de armas de fuego y organizaron la defensa de las misiones; por
ese motivo entraron muchas veces en conflicto con las autoridades españolas.
Fue difícil regular las relaciones entre los territorios españoles y portugueses
en América mientras las dos Coronas se mantuvieron unidas. A partir de su
separación en 1640, fueron las misiones guaraníes las que resguardaron la
frontera y alertaron a ¡as autoridades españolas. La firme defensa en la zona
del alto Paraná y Uruguay hizo que la expansión portuguesa se dirigiera hacia el
noroeste y hacia el sur, atraída a esta última región por la abundancia de
ganado cimarrón.
Los jesuitas avisaron al gobierno
de Buenos Aires sobre el plan portugués de establecer poblaciones en la Banda
Oriental y en el Río de la Plata; este hecho se concretó en 1680 con la
fundación de la Colonia del Sacramento. De allí en más, fue continua la
presencia de contingentes indígenas de las misiones en todas las peripecias del
largo conflicto con los portugueses en el Río de la Plata, que desembocó en la
guerra guaranítica entre 1553 y 1556.
La administración de las misiones pasó a otras órdenes religiosas. Los indígenas
no se adecuaron a los cambios, y comenzó una lenta decadencia acentuada por los
problemas de frontera. Para la administración de los bienes confiscados a la
Compañía de Jesús, se creó una Junta de Temporalidades.
CARTA REVELADORA: EXPULSIÓN DE LOS
JESUITAS DE ESPAÑA:
Santísimo Padre: No ignora Vuestra Santidad que la principal obligación de un
soberano es vivir velando sobre la conservación y tranquilidad de su Estado,
decoro y paz interior de sus vasallos. Para cumplir yo con ello, me he visto en
la urgente necesidad de resolver la pronto expulsión de mis reinos y dominios de
tos jesuitas que se hallaban establecidos en ellos y enviarlos al Estado de la
Iglesia bajo la inmediata, sabia y santa dirección de Vuestra Santidad,
dignísimo Padre y maestro de todos los fieles.
Caería en la inconsideración de gravar la Cámara Apostólica, obligándola a
consumirse para el mantenimiento de los P.P. Jesuitas que tuvieron la suerte de
nacer vasallos míos, si no hubiese dado, conforme lo he hecho, previa
disposición para que se dé a cada uno durante su vida la consignación
suficiente. En este supuesto ruego a Vuestra Santidad, que mire esta mi
resolución sencillamente como una indispensable providencia.
La única, tomada con previo maduro examen y profundísima meditación y que,
haciéndome justicia, echará sin duda (como se lo suplico) sobre ella y sobre
todas las acciones dirigidas del mismo modo al mayor honor y gloria de Dios, su
santa y apostólica bendición. Carlos.
A. Cánovas
del Castillo, Historia general de España
Fuente Consultada: Instituciones Políticas y Sociales de América hasta 1810 Irma Zanellato
y Noemi Viñuela
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