Angelo O.
Roncalli (1881-1963) se convirtió en el Papa Juan XXIII en 1958, tras la
muerte de Pío XII. El nuevo pontífice fue el encargado de renovar la Iglesia
católica a través del Concilio Vaticano II, inaugurado el 11 de octubre de
1962. Su finalidad, era abrir las ventanas para que entrara aire fresco en la
Iglesia.
(Sotto
- il - Monte, 25 noviembre 1881 - Roma, 3 junio 1963)
Ángel el José Roncalli es el tercer hijo de Juan Battista Roncalli y Marianna
Mazzola. Los Roncalli son labriegos
venidos a menos y tienen que hacer grandes
sacrificios para dar una educación a sus hijos. Asiste a la escuela primaria en Cervico y recibe la instrucción elemental de manos de don Pedro Bolís.
Terminados los estudios primarios, comienza la segunda enseñanza en el colegio
de Celena. Una vez terminada ésta, ingresa en el seminario episcopal de Bérgamo.
El 28
de junio de 1895 recibe la tonsura y tres años después las Órdenes menores y
finalmente, en el año 1900, termina sus estudios. Obtiene una beca en el colegio
Cersaoli, incorporado al Pontificio Seminario Romano y así, en 1901, llega a
Roma para continuar sus estudios en el Ateneo de San Apollinare.
El 30
de noviembre de ese mismo año inicia el cumplimiento del servicio militar
obligatorio, quedando así sus estudios interrumpidos. Su cordialidad y alegría
conquistan las simpatías de todos los compañeros de armas y de los superiores,
siendo ascendido rápidamente a cabo y luego a sargento. Vuelve de nuevo al
seminario romano y es ordenado diácono por el cardenal Respighi, vicario de Su
Santidad.
El 10
de julio de 1904 se gradúa como doctor en Teología y un mes después es ordenado
sacerdote en Sta. María in Monte por monseñor José Cappetelli. En noviembre
vuelve al Apollinare para continuar sus estudios de Derecho Canónico, y el 29 de
enero de 1905 es consagrado por el papa Pío X como obispo de Bérgamo.
Al
reorganizarse la Acción Católica Diocesana se le nombra presidente de la V
Sección (1910). En 1916 es nombrado capellán del Hospital militar de reserva de
Bérgamo y el 22 de agosto de ese mismo año aparece su libro: En memoria de
monseñor Radini Tedeschi, obispo de Bérgamo. En 1920 fue llamado a la
Congregación de Propaganda Fide, para colaborar en la reorganización de las
actividades misioneras. En noviembre de 1924 es nombrado profesor del Pontificio
Ateneo Lateranense. En marzo de 1925 es nombrado visitador apostólico en
Bulgaria y arzobispo de Aneópolis por el cardenal Tacci. En 1934 es nombrado
delegado apostólico de Turquía y Grecia y administrador apostó1ico de
Constantinopla. En abril de 1936 aparece el primer volúmen de su obra Las Actas
de la visita apostólica de S. Carlos Borromeo a Bérgamo.
En
1944 le nombran nuncio en París, y en 1953 es nombrado cardenal y patriarca de
Venecia. El 9 de octubre de 1958 muere Pío XII y el día 28, por la tarde, es
elegido papa. El 25 de enero de 1959 anuncia la celebración de un Sínodo para la
diócesis de Roma, de un Concilio para la Iglesia universal y la reforma del
Derecho Canónico. En 1962 se inaugura el Concilio Vaticano II, interviniendo a
pesar de su avanzada edad, en algunas ocasiones, sobre todo cuando el reglamento
del Concilio parece inadecuado. El 23 de septiembre de 1962 se anuncian los
primeros síntomas de una enfermedad a la que se trata de quitar importancia.
Sus
mayores logros fueron la convocatoria del
Concilio Vaticano II con el objetivo
de llevar a cabo la renovación de la vida religiosa católica gracias a la
modernización (aggiornamento) de la enseñanza, la disciplina y la organización
de la Iglesia, así como alentar la unificación de los cristianos, extender el
ecumenismo eclesiástico y posibilitar el acercamiento a otras creencias. Sus
escasas intervenciones en el Concilio (que finalizó después de su muerte)
apoyaron el movimiento por el cambio al que la mayoría de los delegados era
favorable. También escribió siete encíclicas, entre ellas Mater et magistra
(1961), dedicada al problema social, que enfatiza la dignidad individual como base de las instituciones
sociales, y Pacem in terris (1963), que exhortó a la cooperación internacional
por la paz y la justicia, y al compromiso de la Iglesia a interesarse por los
problemas de toda la humanidad.
Abrió
las sesiones del concilio Vaticano II –el primero en casi un siglo– en octubre
de 1962, con un discurso inaugural en el que expresó su intención de acometer
una reforma de la Iglesia basada en el aggiornamento, es decir, su puesta al
día. Si bien sólo se celebró una sesión bajo su pontificado, ésta sirvió para
originar una apertura sin precedentes en el seno de la Iglesia Católica. El
nuevo cambio de rumbo siguió dos ejes fundamentales: una actitud hacia los
cristianos no católicos basada en el respeto y la tolerancia, y una posición
independiente y sin alianzas en política internacional, sin participación en la
férrea división en bloques de la época. Esta última cuestión encontró su
fundamento político en la encíclica Pacem in terris, publicada el año 1963 y
destinada a asentar la posición del Vaticano en cuestiones referentes a política
internacional.
El 1
de marzo de 1963 se le concede el Premio Internacional de la Paz, de la
Fundación Eugenio Balzán. El 17 de mayo de 1963 celebra por última vez la Misa y
el día 20 recibe las últimas audiencias. El 3 de junio de ese mismo año muere, a
la caída de la tarde y es sepultado en las grutas vaticanas.
El Concilio Vaticano II :
Juan XXIII dispuso como tarea inmediata del Concilio renovar la vida religiosa
de los católicos, actualizar la doctrina, la disciplina y la organización. El
fin último era la unidad de todos los cristianos.
El primer período del Concilio duró desde el u de
octubre de 1962 al 8 de diciembre del mismo año. Se trató una considerable
cantidad de "schemata" pero no se aprobó ninguna. El Papa, ya enfermo, asistió a
la última asamblea general para dar gracias a los presentes.
Juan XXIII murió el 3 de junio de 1963. Poco
después de su elección, Pablo VI reinició las sesiones del concilio, que se
habían suspendido automáticamente por la muerte del pontífice.
El segundo período comenzó el 29 de septiembre de
1963 y duró hasta diciembre del mismo año. Los padres del concilio aprobaron la
constitución Sacrosantum Concilium, sobre la Sagrada Liturgia y el
decreto Inter Mirífica, sobre los medios de comunicación social.
El tercer período se extendió desde el 14 de
septiembre de 1964 al 21 de noviembre de ese año. En ese período muchos
sacerdotes fueron invitados a participar de la asamblea general como
representantes del clero parroquial. Los padres aprobaron la constitución Dei
Verbum, sobre la Iglesia, el decreto Orientalium Ecclesiarum, sobre
las Iglesias orientales católicas, y el decreto Unitatis Redintegratio,
sobre el ecumenismo.
El período final empezó el 14 de septiembre de
1965 y terminó el 8 de diciembre del mismo año. En este lapso de tiempo se
aprobaron la mayor parte de los documentos. Fue también en esta sesión cuando el
papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras se encontraron y expresaron sus deseos
de unidad entre Oriente y Occidente.
La última sesión publica, el 8 de diciembre de
1965, tuvo lugar en la plaza majestuosa y encolumnada de la basílica de San
Pedro. En una solemne ceremonia, los líderes de la Iglesia católica junto con
los representantes de ochenta y un gobiernos y nueve organizaciones
internacionales festejaron los logros de este gran concilio ecuménico. La
eficiente y dura labor de sus integrantes produjo y publicó cuatro
constituciones, nueve decretos y tres declaraciones. En efecto, el Concilio
marcaba un punto decisivo en la historia de la Iglesia.
Los Últimos Días de Juan XXIII
Aunque "vicarios de Cristo en la tierra", los papas mueren como los demás
hombres. Con cierta frecuencia, porque, por lo general, llegan al solio
pontificio a avanzada edad. El Papa buono, según lo llamaban todos
en la tierra de Don Camilo y Peppone, le llegó el turno muy poco después de la
publicación de la Pacem
in terris.
Ya en mayo de 1963 corrieron alarmantes rumores.
Se decía que su salud declinaba rápidamente, que estaba aquejado por diversos
males, que no podía ya seguir las tareas del concilio como él deseaba. Y pronto
los rumores tuvieron confirmación. El papa estaba muy enfermo. Era un organismo
consumido por los años y una actividad incesante, no precisamente física. La
enfermedad fue larga y dolorosa y a ella se agregó el suplicio impuesto por los
médicos, empeñados, en cumplimiento de lo que juzgaban su deber mientras hubiera
una sombra de esperanza, en prolongar una vida que fatalmente se extinguía.
Ángel
José Roncalli, Juan XXIII como papa, soportó todos aquellos padecimientos
estoicamente, ofreciéndolos como "expiación de sus muchos pecados". Orando e
invitando a orar a quienes lo rodeaban. Al modo de un buen cristiano. Al modo de
lo que fue siempre: un hombre de acendrada fe. Hubo varios días de agonía.
Hasta que el 3 de junio de 1963 llegó el desenlace. Se dijo que, momentos antes,
se había oído decir al moribundo con voz muy débil: "Hijos míos, hermanos míos,
¡hasta la vista!".
Aunque esperada, la noticia de la muerte de Juan XXIII conmovió al mundo. Hubo
unos funerales imponentes, con todo el esplendor del ritual romano. Realzados
por la presencia de los cardenales, prelados y demás dignidades eclesiásticas
que se habían congregado en Roma con ocasión del concilio. Con la asistencia
también de innumerables personalidades civiles, incluidos algunos representantes
del otro lado de la "cortina de hierro".
El hombre que había "pisoteado su orgullo" desde muy joven hubiera aceptado
aquel homenaje únicamente en la medida en que pudiera redundar en bien de la fe
y de la Iglesia a cuyo servicio había estado durante toda su vida.
Fue entonces cuando el mundo conoció a la familia del extinto papa bergamasco:
era toda ella ruda gente del campo, de aspecto muy modesto, desmañada y torpe en
medio de las suntuosidades del Vaticano. Hijos del pueblo, como el propio
muerto. El nepotismo, que se manifiesta con frecuencia en la historia del
papado, en ocasiones muy tumultuosa, no fue una debilidad de Juan XXIII. Quedó
del extinto un "testamento espiritual". ¿La disposición de los bienes
materiales? ¡Fueron tan pocos! El jefe supremo de una Iglesia a la que se
atribuyen enormes riquezas murió como un pobre de solemnidad. Pero ese
"testamento espiritual" es, en cambio, muy rico. En cuanto encierra grandes
valores humanos, una auténtica grandeza de alma. Vale la pena reproducir algunos
párrafos de esta "última voluntad".
"Pido perdón —se lee en ella— a quienes inconscientemente hubiera ofendido, a
cuantos para quienes no hubiera sido causa de edificación. Siento que no tengo
que perdonar nada a nadie, porque, en cuantos me conocieron y han tenido
relaciones conmigo —aunque me hubiesen ofendido, o despreciado, o tenido, y esto
con justicia, en poca estima, o sido para mí motivo de aflicción—, sólo
reconozco a hermanos y bienhechores, a los que estoy agradecido y por los que
ruego y rogaré siempre.
"Nacido pobre, pero de familia honrada y humilde, siento particular alegría de
morir pobre, tras haber distribuido, según las diversas exigencias y
circunstancias de mi vida sencilla y modesta al servicio de los pobres y de la
santa Iglesia, que me ha alimentado, cuanto tuve entre manos —en medida bastante
limitada— durante los años de mi sacerdocio y de mi episcopado. Apariencias de
holgura velaron a menudo ocultas espinas de acongojante pobreza y me impidieron
siempre dar con la largueza que hubiera deseado. Agradezco a Dios esta gracia de
la pobreza, de la que hice voto en mi juventud:" pobreza de espíritu, como
sacerdote del Sagrado Corazón, y pobreza real, que me sostuvo para no pedir
nunca nada, ni cargos, ni dinero, ni favores. Nunca, ni para mí, ni para mis
parientes o amigos.
"A mi querida familia secundum sanguinem —de la cual, por otra parte, no he
recibido ninguna riqueza material— no puedo dejar más que una grande y
especialísima bendición, invitándola a conservar ese temor de Dios que me la
hizo siempre tan querida y amada, aunque fuera sencilla y modesta, lo cual nunca
me sonrojó. Porque ése es su verdadero título de nobleza. A veces la he
socorrido en sus necesidades más graves, como pobre con los pobres. pero sin
sacarla de su pobreza honrada y dichosa. Pido y pediré siempre por sn
prosperidad . . ."
Ver: El Concilio y la Teología de la Liberación
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