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Martín Karadagián: El máximo titán
Las cámaras se prendían y la tribuna estallaba en un cántico avasallante
interpretando una canción que no sólo era la cortina de uno de los programas
televisivos más vistos, sino que además lograba unir a grandes y chicos tras la
pasión de la lucha libre.
Bajo las luces del
ring se ubicaba con rostro adusto y serio, vestido con un
traje impecable, el presentador Jorge Bocacci, quien anunciaba: “Chicos, no
hagan esto en sus casas”.
Allí comenzaba el momento mágico, el instante en que
se iniciaba la eterna lucha entre el bien y el mal, encarnados en un sinfín de
personajes que de acuerdo a su posición despertaban el cariño incondicional o el
odio más profundo en el público, expresado en gritos de apoyo o abucheo.
Llegaban los “Titanes en el Ring”, primero en la década del 50 recorriendo
clubes y gimnasios de barrio, luego convertido en uno de los máximos éxitos de
convocatoria del Luna Park, para por último volverse un espectáculo para todos a
través de la televisión.
Fue precisamente en el año 1962 que llegó a la pantalla de Canal 9 “Titanes en
el Ring”, con su desfile inagotable de luchadores atípicos, entre los que se
encontraba La Momia, El Caballero Rojo, Mercenario Joe, Rubén Peucelle,
Barbachan y El Indio Comanche, entre otros, logrando una década después
convertirse en uno de los principales éxitos televisivos a través de la pantalla
de Canal 13, logrando una vigencia de treinta años.
Pero sin lugar a dudas, la principal figura de aquel espectáculo fue y será por
siempre Martín Karadagián, quien paradójicamente en sus comienzos dentro del
mundo de la lucha había sido rechazado por su baja estatura. Pero el destino
quiso que se convirtiera en el máximo exponente de la lucha libre en la
Argentina, e incluso terminó siendo un completo showman.
Nació en Buenos Aires el 30 de abril de 1922, en el seno de una familia de
inmigrantes, ya que su padre era armenio y su madre española. Aquella fuerte
herencia lo llevó a practicar desde muy pequeño lucha grecorromana, y con sólo
16 años logró convertirse en campeón mundial de dicho deporte.
Al mismo tiempo que practicaba constantemente aquella disciplina que despertaba
su pasión, Martín Karadagián debía trabajar de lo que fuera, ya que su familia
era muy humilde, por lo que no era extraño verlo en las entradas de las
estaciones de trenes con su cajón de lustrabotas.
Mientras practicaba lucha, también comenzó a interesarse en el teatro,
disciplinas que fueron forjando al personaje que todos amamos sobre el ring. Fue
en 1957 que se inició como actor en la película “Reencuentro” de Iván Grondona,
la cual no tuvo ninguna trascendencia, pero fue el puntapié inicial para el
comienzo de una gran carrera. Aquello le permitió compartir escena junto a otro
grande, Alberto Olmedo, en su filme “Las aventuras del Capitán Piluso en el
castillo del terror”.
No obstante, sabía que el teatro no era lo suyo y que en la lucha estaba su
pasión, por lo que en los albores de la década del sesenta creó el grupo de los
Titanes en el Ring.
Durante años fue el máximo ídolo infantil, y cuando su figura irrumpía en el
cuadrilátero, los niños y los adultos coreaban a viva voz: “Ya llegó Karadagián,
el gran Martín es un titán. Martín es el titán de Titanes en el ring porque es
genio y figura con Joe Galera y con la viuda. Siempre será Martín, glorioso
paladín, el más genial Campeón Mundial”.
Pero a pesar del éxito y la fama, Karadagián no supo ser cuidadoso de su salud,
y su gran debilidad por los dulces lo llevó a padecer de diabetes, la enfermedad
responsable de la inevitable amputación de una de sus piernas.
Aquella tragedia lo alejó del escenario y lo sumió en una depresión, que el
propio ring casi no logra vencer. Hoy todos recuerdan a aquel Martín Karadagián
retirado de las peleas, que en una oportunidad venció a la tristeza subiendo al
ring, tirando su bastón y acostado sobre la lona diciendo: “Gracias, estoy bien
porque estoy con ustedes. ¡Estoy vivo!”.
Y a pesar de que parecía ser un campeón que todo lo podía, Martín finalmente fue
derrotado por la muerte, un 27 de agosto de 1991, a los 69 años. No obstante,
aún se conservan las infinitas sonrisas que pudo dibujar en los rostros de los
niños de varias generaciones. |