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El Kilimanjaro
no es, en realidad, una montaña, sino una formación constituida por
tres volcanes enlazados según un eje esteoeste y de 80 kilómetros de
longitud. Cada uno de estos volcanes del Kilimanjaro,
formados a lo largo de un período de millones de años, tiene su
compleja historia, reveladoras todas ellas de diversos tipos de
actividad volcánica.
Algunas secciones del macizo, por
ejemplo, fueron producto de un brote relativamente tranquilo de
lava; otras nacieron como consecuencia de erupciones más violentas,
que arrojaron fragmentos cargados de gas, llamados piedra pómez,
hacia lo alto de la atmósfera.

La primera noticia
que de él se tuvo en Occidente procedía del misionero alemán
Johannes Rebmann, quien, con Ludwig Krapf, descubrió el macizo en
1848. Sin embargo, su descripción, en la que hablaba de un pico
alto, cubierto de nieve y... tan cerca del ecuador, fue acogida con
escepticismo, incluso ridiculizada.
El más antiguo y más erosionado de
estos volcanes, el llamado Shira,
se ha reducido a ana especie de pliegue escasamente discernible en
el extremo occidental del grupo de montañas.
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Kilimanjaro |
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Volcán |
3
Cimas:
Kibo 5895 m.
Shira:3962 m.
Mawenzi 5149 m. |
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Parque de 1700 Km2 |
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Primera Ascensión: 1889 de la cima Kibo. Alemania Hans
Meyer y Ludwing Purtscheller |
El Mawenzi,
que le sigue en antigüedad, se eleva 5.354 metros sobre el nivel del
mar, en el extremo oriental del macizo; también éste carece de la
forma tradicional de los volcanes, pues la suya está enmascarada por
gigantescos acantilados negros y por unos agudos pináculos de roca,
minas de la pared de un antiguo cráter que ha sido despojado de sus
cenizas por siglos y siglos de constante erosión.
El Kibo,
situado en el centro del macizo, es el más joven y más elevado pico
del Kilimanjaro, alcanzando la altura de 5.895 metros. Aunque
nunca ha entrado en erupción en los tiempos históricos, temblores de
tierra de su entorno y los agujeros dentro del cráter, que despiden
humo y gases calientes, indican que todavía hay actividad en las
hondas y misteriosas profundidades de su cono.
Y a pesar de estar tan sólo a 320
kilómetros al sur del ecuador, el Kibo se halla cubierto por un
espeso manto de hielo de unos 60 metros de espesor y que se extiende
hasta 4.000 metros por debajo de la cumbre.
A unos 260 kilómetros tierra adentro,
el Kilimanjaro constituye una inmensa barrera natural frente a los
vientos monzónicos, cargados de humedad, que barren el este de
África desde mediados de marzo hasta agosto. Los vientos que se
dirigen de suroeste a oeste provocan fuertes lluvias en las bajas
laderas de la vertiente sur y nieve y hielo en los puntos más altos.
Pero, durante casi todos los demás meses del año, los vientos
cálidos y secos del norte agostan la vertiente norte de este macizo
africano.
La densidad de los centros habitados
está estrechamente vinculada a la cantidad de lluvia que cae en la
región y a las zonas de vegetación del macizo. La vertiente
meridional está habitada por granjeros en el cinturón selvático que
rodea el volcán, desde los 1.800 a los 3.000 metros sobre el nivel
del mar.
En cambio, en las laderas
septentrionales la población es más bien escasa: aquí la agricultura
se limita al cultivo del piretro, una planta del género
Chrysanthemum, que se utiliza en la producción de insecticidas
para la exportación.
Los granjeros de las laderas
meridionales pertenecen a varios grupos tribales, pero en su mayoría
son chagas, miembros de una de las tribus de más elevado
nivel de vida, mejor organizadas y más modernas de África. Los
chagas, que emigraron a la falda de la montaña hace varios
siglos, se encuentran hoy sólidamente enraizados en el lugar y su
número es de unos 500.000 individuos.
En los suaves, húmedos y fertilísimos
suelos volcánicos del Kilimanjaro, los chagas cultivan una
gran variedad de vegetales, que van desde el trigo, cebollas, ñames,
algodón y mandioca, en las zonas más bajas, a los plátanos, café y
Eleusine en las regiones altas.
La Eleusine, un producto
regional, es un grano utilizado para hacer mbeke, la cerveza
de los nativos, acompañamiento prácticamente esencial de todas las
ceremonias y acontecimientos de este pueblo.
Para asegurarse un adecuado suministro
de agua para sus cosechas, los chagas han construido un
ingeniosísimo sistema de riego: mediante unos diques cuidadosamente
planificados y proyectados para llevar el agua a grandes distancias,
enlazan las zonas secas con los torrentes y ríos de montaña.
Los chagas creen que Ruwa,
el dios del Kilimanjaro, les habla a través de las fuentes que
brotan en las laderas de la colosal montaña y les proporcionan agua
para sus campos. A lo largo del tiempo, estos hombres han
desarrollado muchos ritos tradicionales relacionados con Ruwa.
Por ejemplo, entierran a sus muertos
con la cara vuelta hacia el Kibo, y los niños, después de una
granizada, que suele ser un fenómeno sumamente raro en este lugar,
recogen puñados de granizo y se lo ponen sobre la cabeza —remedando
la imagen del Kibo con la cima cubierta de nieve— para así poder
crecer altos y fuertes lo mismo que el monte. Cuando dos personas se
acercan una a otra en un camino, la que viene de una altura mayor
debe saludar la primera porque procede de una dirección más
favorable. Y cuando un joven de lava, debe mirar hacia el Kibo,
fuente del agua fría, pues de lo contrario Ruwa arrojaría a
su padre a la seca llanura de la base de la montaña.
En esta misma región viven también los
masai, pertenecientes al grupo nilo-camita.
Antiguamente temidos por las tribus sedentarias y agrícolas de
origen bantú, con el tiempo han ido siendo expulsados de muchas
tierras y empujados hacia las zonas esteparias de la frontera de
Kenia. Hoy, estos masai son un pueblo típicamente ganadero y
sus asentamientos muy representativos de su peculiar estilo de vida;
en sus poblados hay un recinto central, el llamado kraal,
destinado exclusivamente a albergar los animales, y rodeado por las
cabañas, bajas y cubiertas de barro y de estiércol, en las que esos
hombres viven.
Resulta sumamente curioso que ni los
chagas ni los masai tengan un nombre con el que
denominar al monte Kilimanjaro, y asimismo constituye un misterio el
origen de la palabra con la que los occidentales lo conocen. Hay
quien sugiere raíces semánticas del swahili, el principal
idioma de las gentes de la costa oriental de África, y en este caso
"Kilimanjaro" podría derivar de una expresión que significa
"montañita", lo cual, ciertamente, es una interpretación un tanto
desconcertante.
Otros pretenden que la voz "Kilimanjaro"
se desarrolló a partir de palabras que significaban "montaña" y
"agua" en el idioma de los masai. Mas lo cierto es que el
Kilimanjaro se conoció en el mundo en la mitad del siglo XIX.
La primera noticia que de él se tuvo
en Occidente procedía del misionero alemán Johannes Rebmann
(imagen derecha) ,
quien, con Ludwig Krapf (imagen izq.), descubrió el macizo en 1848. Sin
embargo, su descripción, en la que hablaba de un pico alto, cubierto
de nieve y... tan cerca del ecuador, fue acogida con escepticismo,
incluso ridiculizada.

No obstante, otros misioneros y exploradores,
con base más científica y más dispuestos a creer en el informe,
siguieron las huellas de Rebmann y Krapf y también comunicaron haber
visto el mismo notable y sorprendente monte.
Algunos que trataron de escalar parte
del volcán, se vieron obligados a volver atrás, bien por la
dificultad del terreno, bien por la cerrada oposición de los
nativos, que tomaron como una ofensa la intrusión de gentes extrañas
en un lugar que ellos consideraban como sagrado.
El reverendo
Charles New, un inglés, alcanzó la zona de nieve del Kibo en
1871, y dos años más tarde regresó con la esperanza de completar la
ascensión; pero la expedición fue seriamente obstaculizada por los
chagas, y New, sin haber logrado su propósito, murió (se dice
que asesinado) en su viaje de regreso a la costa.
En 1887, el doctor Hans Meyer
ascendió a 5.500 metros antes de quedar totalmente bloqueado, al
parecer a causa de una pared impracticable del glaciar de hielo.
Asistido por Ludwig Purtscheller, escalador profesional,
Meyer volvió en 1889 con un buen equipo. Ambos escaladores avanzaron
a través del cinturón de bosque con relativa comodidad, cruzaron .el
herbazal, un extenso cinturón de brezos, y llegaron por fin a la
barrera alpina desierta. Y aquí encontraron que esta región era una
extensión árida, cubierta de arena volcánica, de fragmentos de
piedra pómez y de trozos de lava solidificada lanzada por el volcán
muchos años antes.
Meyer y Purtscheller (imagen abajo) acamparon, para
pasar la noche, en una gruta que se abría en la vertiente oeste del
Kibo y a
la mañana siguiente iniciaron la escalada a través de una
zona llena de cascotes volcánicos hasta alcanzar el glaciar que más
tarde se llamaría de Ratzel.
Con la ayuda de piolets
siguieron hacia arriba, por una traicionera pared de hielo que se
inclinaba con un ángulo de treinta y cinco grados. Ante ellos se
abría, como una monstruosa boca, el cráter del Kibo, de más de dos
kilómetros, de diámetro. Entonces los exploradores procedieron a la
anotación de la presión atmosférica que imperaba en aquel elevado
lugar y a calcular la altura de muchos picos.
Con emoción y alegría, Meyer izó la
bandera alemana, pronunciando solemnemente, al hacerlo, las
siguientes palabras: "En mi derecho, como primera persona que lo
ha escalado, bautizo este desconocido pico con el nombre de monte
Kaiser Guillermo, el pico más alto de toda África y tierra alemana."
Y ese monte Kaiser Guillermo de aquel entonces es actualmente el
Pico de la Libertad.
Ver: La Leyenda
del Kilimjaro |