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En cuanto cesó el fragor en el campo de batalla de Waterloo en 1815, la
noticia de la victoria de los Aliados sobre Napoleón fue llevada por mensajeros
al banquero Nathan Rothschild, radicado en Londres Este financiero, uno de los
fundadores de la dinastía Rothschild, recibió la buena nueva más de 24 horas
antes que lord Liverpool, el primer ministro británico
Rothschild sabía que el precio de los valores del gobierno inglés aumentaría
al darse a conocer la noticia, por esa razón ¡invirtió grandes sumas en acciones.
El precio aumentó durante los cuatro días siguientes, en efecto, y Rothschild
acrecentó su ya cuantiosa fortuna.
Hoy día los centros
financieros internacionales están enlazados por
comunicaciones electrónicas que les permiten conocer con extrema rapidez lo que
sucede en cualquier parte del mundo; en este sentido, actúan como si fueran una
sola entidad, cada uno respondiendo de inmediato a las informaciones de los
demás.
Un ejemplo elocuente al respecto fue la caída de la bolsa el lunes 19 de
octubre de 1987, que se propagó como reguero de pólvora por todo el mundo al
inicio de las operaciones de los distintos mercados
de valores. La bolsa de Nueva York había sufrido una baja repentina el
viernes anterior, a lo que siguió un fin de semana de pánico especulativo. La
bolsa de Sydney abrió sus puertas la mañana de ese lunes mientras la mayor parte del
mundo aún dormía; los corredores tenían un alud de posturas de venta, y millones de dólares en valores fueron retirados ese día. Las comunicaciones
por satélite pronto llevaron la noticia a la bolsa de Tokio, donde se produjeron reacciones similares.
A las
pocas horas la ola recorrió todo el orbe, Hong Kong, Singapur, las
bolsas de Europa y de vuelta a Nueva York. Las compañías estadounidenses
perdieron más de 500 mil millones de dólares en acciones antes de finalizar el
día.
El llamado Lunes Negro cautivó la atención de un público habitualmente
indiferente a los asuntos bursátiles. ¿Cómo pudieron ocurrir pérdidas tan
enormes?, se preguntaban.
Durante 300 años o más, las bolsas han sido el mercado donde las compañías y algunos gobiernos han acudido para conseguir parte del capital necesario
para Financiar sus empresas.
Si bien el tradicional piso de remates de los mercados de valores se
caracteriza hoy por el zumbido de las computadoras, los principios del negocio
bursátil permanecen inalterados. Un mercado de valores es un centro para la
compraventa de valores (acciones, bonos, etc.), los cuales representan una inversión para la persona que los
compra y una fuente de financiamiento para la empresa que los vende.
Por medio de un proceso de libre oferta y demanda, el mercado determina que
valores reportan en un momento dado mayores ganancias a su tenedor.
En las economías de mercado libre, las empresas que necesitan dinero, para
financiar sus actividades tienen dos modos principales de obtenerlo: pedir un
préstamo bancario a plazo fijo o vender al público una parte de la sociedad en
forma de valores.
El segundo recurso ofrece una ventaja para el negocio, pues silos planes de
la compañía fracasan, el dinero reunido no tiene que devolverse forzosamente.
Por otro lado, si el negocio prospera, los compradores de valores se hacen
acreedores a parte de las ganancias y los títulos aumentan de valor.
Estar inscrita en una bolsa de valores otorga prestigio a una compañía, lo
que a su vez ayuda para conseguir capital, ya que por medio de ella también se
tiene acceso a un mayor número de inversionistas potenciales... y a su dinero.
Las bolsas no admiten sin más a cualquier empresa: fijan reglas para
asegurarse de que las compañías inscritas ofrezcan a los inversionistas
información completa y veraz sobre sus actividades, y un trato apegado a la ley.
Lograr la inscripción en los mercados bursátiles más importantes es un
proceso complicado y costoso. En Nueva York, por ejemplo, una empresa que cotiza
en la bolsa debe tener valores en activo por más de 16 millones de dólares.
Países como Estados Unidos,
Inglaterra y Japón han establecido mercados
secundarios para compañías pequeñas que desean ofrecer valores al público. En ellos se aplican normas menos estrictas que en los mercados principales,
pero aun así están controlados.
¿Quién dirige las bolsas?
Como santuarios de la libre empresa,
los mercados de valores son dirigidos en
primer término por sus fundadores; en este sentido guardan estrecha semejanza
con los clubes privados muy exclusivos. En varios países la membresía se puede
comprar, a condición de que los socios acepten al recién llegado y exista una
“vacante". El precio es alto: supera los 375.000 dólares en Nueva York y la
asombrosa cifra de 6.6 millones de dólares en Tokio. En naciones como
Inglaterra, la admisión de un miembro no está determinada por la existencia de
vacantes, sino abierta a cualquier empresa que cumpla los requisitos de ingreso.
Los miembros fijan las normas bursátiles ciñéndose a las leyes del país. En
algunos casos esa función es desempeñada por organismos independientes que
vigilan el comportamiento diario de la bolsa en favor del público.
Agentes de cambio y corredores
El máximo privilegio que las bolsas otorgan a sus miembros es el derecho de
ser agente de cambio en valores, o sea el mediador en la compraventa de
acciones.
El segundo privilegio, igualmente importante, es ser corredor de bolsa: la
persona que tiene acceso directo a los agentes de cambio para comprar y vender
en nombre de un inversionista. En la bolsa de Londres, el agente de cambio es la
figura clave; en la de Nueva York, un “especialista” desempeña una función similar. A cada especialista se le asignan derechos exclusivos para
comerciar ciertos valores, los cuales podrá comprar o vender a los corredores
que acudan a él, o comprar y vender por cuenta propia.
La compraventa en los pisos de la bolsa se realiza a modo de una subasta
frenética, en la que los corredores, con instrucciones de sus clientes, se
apretujan alrededor del especialista, gritando los precios a los cuales quieren
comprar un valor (postura de compra) o venderlo (postura de venta). El
especialista se enfrenta a compradores y vendedores lo mejor que puede,
utilizando su cartera personal de valores para corregir cualquier desequilibrio.
Los agentes de cambio obtienen sus ingresos de la diferencia entre las
cotizaciones de las posturas de compra y de venta, y los corredores generalmente
trabajan a comisión, la cual depende del monto de los valores que compran o
venden para sus clientes.
Piso de remates Apretadas filas de corredores en la bolsa de Hong
Kong, sentados ante sus pantallas y teléfonos, efectúan miles de operaciones de
compraventa cada día.
¿UN DERRUMBE INCONTROLABLE?
El empleo de computadoras en el negocio bursátil ha dado origen a un
procedimiento llamado orden de venta a precio determinado, el cual podría
amenazar la estabilidad de los mercados nacionales e incluso mundiales.
Los tenedores de valores dan instrucciones a los corredores de programar sus
computadoras asignándole un precio específico a cada valor. Si los valores caen
por debajo de ese nivel, son vendidos sin tardanza para reducir las pérdidas.
Ni siquiera en las bolsas más importantes dicho procedimiento es enteramente
automático; los corredores aún tienen que llamar a los agentes de cambio para
realizar transacciones mayores. Pero con la aparición de las redes de
computadoras, el mundo financiero podría sufrir un derrumbe incontrolable.
El efecto en cadena se ha producido en todas las caídas de la bolsa, pues la
gente vende para preservar algo de su dinero. Pero las computadoras pueden hacer
que el derrumbe ocurra más deprisa, haciéndolo más difícil de controlar.
El precio de los valores
Los
valores de cotización pública se emiten primero con un valor nominal, denominado paridad en el caso de acciones o títulos ordinarios. Por ejemplo,
una compañía que quiera conseguir 10 millones de libras esterlinas puede poner a
la venta, a través de la bolsa, 10 millones de acciones, cada una con valor
nominal de una libra. Sin embargo, una vez que los valores empiezan a ser
comercializados, su precio de mercado puede ser mayor o menor que el valor
nominal. Si la compra de valores es mayor que la venta, el precio sube; y cuando
se venden más, baja.
En condiciones de “alza en el mercado’ la gente compra títulos con la
expectativa de que suban de valor, para luego venderlos con ganancia. En los
“mercados a la baja", el precio de los valores va disminuyendo; los especuladores aún pueden ganar dinero accediendo
a vender, a precio fijo, valores que ellos no han pagado hasta ese momento,
pues esperan que cuando tengan que liquidar los precios habrán bajado más;
entonces el desembolso será menor que la suma que reciban.
El precio de los valores es determinado por el desempeño de la compañía
emisora y por las condiciones económicas y políticas nacionales y mundiales.
Los acontecimientos nacionales que afectan el valor de los títulos son
fáciles de identificar, pero su impacto es difícil de predecir: por ejemplo, un
cambio de gobierno, pronósticos de recesión o repunte de la economía o cambios
súbitos en el precio de las materias primas. Compañías intermediarias y grandes
inversionistas como las
aseguradoras destinan cuantiosos recursos a sus departamentos de estudios
económicos.
El precio de los valores cambia
según el número de transacciones efectuadas. Pero es práctica común “congelar”
los valores a intervalos regulares, para evaluar el desempeño del mercado y de
los valores particulares entre un periodo y otro. Las cotizaciones al cierre de
la bolsa se publican diariamente en la prensa, y el pulso del mercado se toma a
partir de un índice basado en una selección de los valores principales.
Entre los índices más conocidos
destacan el promedio Dow Jones (Nueva York), el índice de 100 valores de
Financial Times (Londres) y el NikKei (Tokio). Dichos
índices se divulgan por todo el mundo una o más veces cada día.
EL ORIGEN DE LA BOLSA: Las poco más de 130 bolsas de valores existentes en el mundo remontan sus
orígenes al siglo XIIIi en Francia y los Países Bajos. Los comerciantes
negociaban letras de cambio —pagarés emitidos a cambio de préstamos—. Si alguien
tenía una letra de cambio y necesitaba dinero antes del vencimiento, podía
vendérsela a otro.
Pero no fue sino hasta el siglo
XVII cuando los mercados de valores
comenzaron a evolucionar hasta su forma actual. La bolsa de Amsterdam, fundada
en 1611, es la más antigua, e Inglaterra implantó en 1697 un sistema para
reglamentar la actividad de los comerciantes de acciones.
Hasta principios del siglo XIX la mayoría de las bolsas de valores consistían
en reuniones informales de comerciantes, en los barrios mercantiles de las
ciudades. En Londres, por ejemplo, los negocios se concertaban en cafeterías; y
en Nueva York, los comerciantes se reunían al aire libre en lo que hoy es Wall
Street. Pero el auge industrial y la explosión en el número de acciones y
títulos en oferta, crearon la necesidad de establecimientos permanentes.
La bolsa de Nueva York es la ¡*iza bursátil más grande del orbe: maneja 60 % del comercio mundial de valores, unas 1.500 compañías. La bolsa
de Tokio ocupa el segundo lugar: en ella cotizan casi tantas empresas como en la
de Nueva York, pero maneja un monto de acciones 50 % menor.
CONTRA LA ESPECULACION BURSATIL:
Desde
los inicios de la bolsa, la gente ha intentado cometer estafas. En la década de
1720 John Aislable, ministro de Hacienda inglés, fue encarcela do por “ínfamante
corrupción”: se había llenado los bolsillos vendiendo acciones de la South Sea
Company una empresa especulativa que arruinó a muchos inversionistas.
Todos
los países han establecido leyes para impedir los fraudes, y algunos tienen
organismos especializados cuya función es procurar la observancia de la ley. Uno
de los más graves delitos, y uno de los más difíciles de evitar, es la
especulación “oculta”, que consiste de una empresa para obtener ganancias
ilícitas de sus valores. Por ejemplo, el especulador puede comprar acciones poco
antes de que la compañía anuncie un incremento de utilidades, o venderlas antes
de que anuncie pérdidas.
En
1986 Iván Boesky, conocido hombre de finanzas de Nueva York, fue acusado de
especular en valores haciendo uso de información secreta sobre fusiones de
compañías, por la cual pagó sumas enormes. La prolija declaración de Boesky
condujo al arresto de banqueros y hombres de negocios tanto en Nueva York como
en Londres. Fue sentenciado a tres años de prisión.
El fin del dinero: Se dice con ironía que
los gobiernos parecen tener dinero hasta para regalar. Pero por desgracia no lo
regalan, lo queman: cada semana incineran cientos de
toneladas de billetes maltratados.
Las monedas pueden durar muchos años en circulación hasta que la imagen se
desgasta o su denominación cambia. Pero los billetes cambian de manos tan
rápidamente que en pocos meses se echan a perder: incluso los de valor más alto
no duran más de dos o tres años.
El método inglés para deshacerse de los billetes viejos es ilustrativo. En
cada una de sus cinco sucursales y en sus talleres de impresión en Essex, el
Banco de Inglaterra tiene máquinas clasificadoras que separan los billetes que
sirven para ser reimpresos; los que no, los destrozan en cuadros de 1 mm². Cada
semana las trituradoras del banco destruyen billetes usados por el equivalente
de 50 millones de libras esterlinas.
En los 13.000 bancos High Street ingleses también se separan los billetes
deteriorados y se envían bajo custodia a la oficina matriz del Banco de
Inglaterra en Londres o a alguna de sus sucursales, y a cada banco se le abona
el importe de lo que entrega. Los billetes entonces se llevan en un carro
blindado a los talleres de impresión del banco, donde un incinerador, a una
temperatura de 2000 °C, destruye cada mes 135 millones de libras esterlinas —15
millones de billetes que pesan 12.5 toneladas. Después la ceniza se pulveriza en
un molino y se examina para asegurarse de que no queden fragmentos de los
billetes.
Así pues, cada año el banco destruye casi 1000 toneladas de papel moneda,
con valor nominal de 10 000 millones de libras, mismas que son reemplazadas por
billetes nuevos.
Aunque la operación es segura, siempre existen riesgos. En el Gran Robo del
Tren ocurrido en agosto de 1963, una banda se apoderó de 2.6 millones de libras
en billetes viejos que eran trasladados en un tren bien custodiado. A la postre
los ladrones fueron aprehendidos y sentenciados, pero el hecho de que ese dinero
iba a ser destruido y hasta cierto punto había dejado de existir, le dio al
suceso un cariz anecdótico.
La destrucción de papel moneda deteriorado puede estar a punto de pasar a la
historia. Para conmemorar su bicentenario en 1 988, Australia emitió un nuevo
billete hecho de plástico, que es prácticamente indestructible con el uso
diario; no sufrirá ningún daño aunque se le lave o entierre.
Wall
street y los monos (Explicación Irónica)
Una vez llegó
al pueblo un señor, bien vestido, se instaló en el único hotel que había, y puso
un aviso en la única página del periódico local, estaba dispuesto a comprar cada
mono que le traigan por $10. Los campesinos, que sabían que el bosque estaba
lleno de monos, salieron corriendo a cazar monos.
El hombre
compró, como había prometido en el aviso, los cientos de monos que le trajeron a
$10 cada uno sin chistar. Pero, como ya quedaban muy pocos monos en el bosque, y
era difícil cazarlos, los campesinos perdieron interés, entonces el hombre
ofreció $20 por cada mono, y los campesinos corrieron otra vez al bosque.
Nuevamente,
fueron mermando los monos, y el hombre elevó la oferta a $25, y los campesinos
volvieron al bosque, cazando los pocos monos que quedaban, hasta que ya era casi
imposible encontrar uno.
Llegado a este
punto, el hombre ofreció $50 por cada mono, pero, como tenia negocios que
atender en la ciudad, dejaría a cargo de su ayudante el negocio de la compra de
monos. Una vez que viajó el hombre a la ciudad, su ayudante se dirigió a los
campesinos diciéndoles:
- Fíjense en
esta jaula llena de miles de monos que mi jefe compró para su colección, ni
recuerda que los tiene. Yo les ofrezco venderles a ustedes los monos por $35 y
cuando mi jefe regrese de la ciudad, se los venden por $50 cada uno.
Los campesinos
juntaron todos sus ahorros y compraron los miles de monos que había en la gran
jaula, y esperaron el regreso del 'jefe'...
Desde ese día,
no volvieron a ver ni al ayudante ni al jefe. Lo único que vieron fue la jaula
llena de monos que compraron con sus ahorros de toda la vida. Ahora tienen
ustedes una noción bien clara de:
Cómo funciona
el Mercado de Valores, la Bolsa y Wall Street.
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