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El hombre se ha encontrado siempre rodeado de interrogantes. Para
él la existencia es como un inmenso palacio a recorrer, en el que cada
puerta que se abre muestra una nueva sala con nuevas puertas y, por tanto,
con nuevas incógnitas. Siempre existe un "más allá" y un nuevo "por qué".
Los hombres primitivos, en el despertar de la razón, debieron sentirse
sobrecogidos ante la grandiosidad de un mundo implacable que les rodeaba y
experimentaron su impotencia ante el rayo, la lluvia, el frío extremo, la
enfermedad y, sobre todo, la muerte.
En un mundo excesivamente hostil y
difícil, en el que los animales, unidos a los elementos, podían más que el
ser racional, escaso en número y débil en medios, éste debió comenzar a
pensar en el por qué de su existencia y vio la implacable evolución del
hombre desde su infancia hasta la
senectud; cómo se sumían todos, incluso
los jefes más poderosos, en la decadencia y en la extinción física para
acabar en la muerte.
Entonces debió surgir la idea de que existían fuerzas
más poderosas a las cuales el hombre se encontraba sometido y así nació la
veneración hacia el Sol, padre de toda la vida, hacia el trueno, el rayo, la
lluvia, etc., que dieron lugar a una proliferación de dioses, cuyo poder
debía halagarse con dádivas y sacrificios, únicos medios de que así hiciesen
la vida más llevadera a los indefensos mortales. Y nació la Religión
primitiva como una creencia en uno o múltiples seres superiores,
generalmente invisibles, pero reales, implacables y crueles en muchos casos,
bondadosos y sensibles a las ofrendas de los fieles y rencorosos con los
indiferentes. En cada pueblo se perfiló una teoría religiosa distinta y se
adoraron dioses nacionales y locales que muchas veces se parecían porque
habían nacido de mitos comunes, de la entraña del sentir popular.
La leyenda
se mezcló con las primitivas creencias religiosas, y así aparecen en las
narraciones clásicas el dios que devora a sus propios hijos, los principios
del Bien y del Mal que luchan sin tregua, etc. A través de los siglos,
muchas religiones han desaparecido, se han abolido las más crueles y se han
afianzado otras en grandes áreas geográficas. Pero en todas las regiones del
Globo se ha manifestado el fenómeno religioso, relación del hombre con
fuerzas superiores, con Dios. No se encuentra pueblo alguno que no crea y no
practique alguna forma de religión, alguna creencia en el más allá.
Considerada ésta como fenómeno humano, puede afirmarse que la Religión es
universal.
El hombre ha buscado a Dios, al Creador, a la Razón Ultima de
todas las cosas, a través de la multiplicidad (politeísmo) o, en fases más
perfectas, en una concepción unitaria (monoteísmo). La idea de Revelación,
de manifestación directa de la Divinidad al hombre, a través de la cual Dios
da a conocer algunas verdades que por la luz de la razón natural se
ignorarían siempre, nace en el pueblo judío y se mantiene en el
cristianismo, pero no es ajena a otras formas religiosas aunque,
naturalmente, la Revelación verdadera sólo puede ser una. A veces el hombre
cayó, como en muchos pueblos salvajes, en aberraciones infrahumanas. Los
crueles sacrificios expiatorios se unieron a "tabúes", o prohibiciones
insoportables, absurdos; pero en otras ocasiones, como en San Francisco de
Asís, esta búsqueda de Dios ha dado a la Humanidad las páginas más hermosas
de comprensión y amor. Max Müller decía que Religión es la facultad de
sentir el infinito.
El hombre
moderno, culto y consciente, busca una explicación armónica y completa del
orbe. Los científicos, en un orden puramente material, intentan dar con un
"campo único" que explique toda la ciencia hoy dividida en distintas
parcelas. Pero más allá de la materia existe el mundo del espíritu y las
grandes incógnitas que exigen una respuesta: ¿qué sentido tiene la vida?,
¿qué ocurre después de la muerte?, ¿qué es el Universo?, etc. El deseo de
unidad es un impulso muy humano. La negación, la duda y las tinieblas
repugnan al hombre que tiende a los grandes bienes supremos: la Verdad, la
Bondad, la Belleza, la Justicia... El agnosticismo es una posición mental
propia de los tiempos modernos en que el hombre se siente impotente y
renuncia a la lucha.
Afirmar que
sobre el más allá y de la divinidad nada podemos saber, que toda
especulación es vana y que todo saber cierto en esta materia es pura
ilusión, equivale a un negativismo semejante al que durante siglos ha
imposibilitado el avance de la Ciencia material, como el de los que
afirmaban: "El hombre nunca podrá volar." "Sobre lo que ocurre en el cerebro
nunca sabremos nada." "Es imposible llegar a la Luna", etc.
El negativismo
en materia religiosa no resuelve el gran problema, Hombre y Dios, sino que
se limita a descartarlo, a dejarlo a un lado, lo cual no es hallar una
solución. La posición religiosa, la fe, en cambio, satisface y proporciona
un bienestar íntimo a quien la posee. El "yo confío en Dios" ha dado fuerza
a innumerables generaciones para soportar dolores inmensos, realizar grandes
trabajos y, lo que es más importante, vencerse y aniquilarse a sí mismo en
bien de sus semejantes.
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EN TODAS LAS
RELIGIONES. |
El hombre no interpreta por igual el concepto de Ser
Supremo, y en la diversidad de religiones se advierte la desorientación del
que busca a ciegas. Los primeros navegantes que llegaron a las islas de la
Polinesia se encontraron extrañamente sorprendidos al ver que pueblos que
vivían una existencia paradisíaca, sin apenas rastro de civilización,
creían, en cambio, en la existencia de un Dios único. Entonces se suponía
que todo salvaje era, por definición, un politeísta, un hombre sumido en la
superstición y la magia. Y fue preciso formularse la pregunta de si la
primera religión del hombre fue monoteísta, que al degenerar por diversas
razones dio paso, en los pueblos más atrasados, a un fetichismo, a un
politeísmo degradante.
Vemos cómo a través de los siglos las religiones
politeístas, que admitían la existencia de muchos dioses, han cedido la
primacía a las monoteístas (judaísmo, cristianismo, mahometanismo, etc.) en
las cuales el primer dogma es la existencia de un Ser Supremo, único y
todopoderoso. A través de los distintos países es posible advertir las
profundas diferencias de los hombres en su interpretación de Dios. Hay
religiones en que el hombre parece ser el esclavo de un genio del mal al que
es preciso aplacar constantemente con dádivas y sangre. En otras, toda la
existencia es una prueba durísima que se ha de superar. Las religiones
llamadas de vida, cuya manifestación más elevada es el cristianismo, son
concepciones optimistas y nobles.
En ellas, Dios es el padre providente,
lleno de amor, a quien se puede hablar y a quien se puede pedir con
naturalidad porque está dispuesto a dar. "Pedid y se os dará." En todas
ellas existe un cuerpo de creencias que constituyen el dogma. Los misterios
son inherentes al hecho religioso, porque el hombre admite con humildad que
su inteligencia no puede abarcar el Universo entero, y una religión sin
misterios sería sólo una explicación argumentada a la talla humana. Las
relaciones del hombre con la divinidad se manifiestan en forma de ritos, es
decir, de un culto que en su forma más perfecta implica un sacrificio.
La conducta humana respecto a Dios está regulada por una serie de preceptos o
mandamientos que en algunas religiones, como la mahometana, son
extremadamente minuciosos y hasta pueriles. El hombre, necesitado de tantas
cosas que no están a su alcance, debe pedir y dar gracias, lo cual realiza a
través de la oración. Rezan los monjes budistas y los frailes de la cartuja,
y de un modo similar los hechiceros del Congo al impetrar la lluvia, pero
hay un abismo entre los monjes tibetanos, que mueven mecánicamente los
tambores de oraciones, y los monjes de Solernes, que cantan un Te Deum,
conscientes de cada palabra, de cada nota.
La vida humana ha sufrido una
gran evolución en un lapso inferior a los 10.000 años, y una de sus
manifestaciones más influidas por este cambio ha sido la Religión. En los
países civilizados es posible encontrar muchos agnósticos y algunos ateos
que quizás no se han preocupado de profundizar en el fenómeno religioso,
pero nos sorprendería dar con una persona que creyera en Ormuz o en Baal
Moloch. Muchas religiones han desaparecido empujadas por las conquistas de
la Ciencia que han demostrado lo absurdo de sus creencias. Otras han sido
abatidas por persecuciones o se han disgregado en múltiples herejías.
En cambio,
algunas se mantienen a través de los siglos quizás porque convienen y se
adaptan a la idiosincrasia de los pueblos donde radican. El cristianismo ha
demostrado la perfecta compatibilidad del Dogma con los avances de la
Ciencia, y es en la actualidad la religión de los pueblos más civilizados de
la Tierra y la que se halla en vías de mayor difusión.
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LAS RELIGIONES DE
LOS PUEBLOS SALVAJES. |
La interpretación más admitida del por qué
de las pinturas rupestres halladas en el interior de las cuevas habitadas
por los hombres prehistóricos es que obedecían a motivos religiosos. El
pintor del paleolítico rogaba a la divinidad que la caza le fuese propicia,
y pintaba en el techo y en las paredes las figuras de los animales deseados.
Entre los pueblos que viven hoy sumidos en la Prehistoria encontramos una
serie de manifestaciones análogas a las paleolíticas: ritos funerarios que
revelan un cuidadoso culto a los muertos, lo cual supone una creencia en el
más allá, en la supervivencia; una serie de tabúes, de prohibiciones; una
colección de totems, de fetiches propicios o adversos, etc. La figura del
sacerdote, del hechicero, del mago, aparece en todos los pueblos al lado de
la del soberano o del jefe. En todos los pueblos aquél goza de una
influencia total y llega a ser temido por el propio conductor de la tribu.
Entre los pueblos primitivos, uno de los más interesantes es el de los
bantúes, radicado en Africa Central.
Éstos creen que existe un mundo
invisible, pero real, que coexiste con nosotros y en el cual entramos a
través de la muerte. En su idioma no existe una palabra para designar la
religión porque todo en ellos es sentido religioso. Los animales y el
hombre, aunque mueran, no dejan de existir porque su alma sobrevive. Así, un
guerrero puede vencer a un leopardo si posee el espíritu de un león que se
haya apoderado de él. La muerte de un familiar se acompaña de danzas,
cánticos y una serie de ritos que ayudarán al agonizante a ingresar en el
mundo invisible. La distinción entre las almas de los hombres buenos y las
de aquéllos que se comportaron mal en vida, surge ya en pueblos como los Fangs del Gabón, que creen en un Otololan o "infierno de fuego".
La
reverencia que los bantúes tienen para sus manes o fetiches, que son
innumerables, no se confunde con la idea de un dios inaccesible, lejano y
supremo a quien llaman amba, que significa "el que hace" o bien oza, "el que
puede". Pero ellos siguen implorando a sus manes y esta idea oscura de Dios
no basta a moverlos a rechazar sus supersticiones. En todos los pueblos
salvajes, salvo rarísimas excepciones, la Familia y la Religión mantienen
relaciones muy estrechas. El hecho de unirse a un hombre y una mujer para
crear un hogar está rodeado de una serie de prohibiciones y ritos a veces
complicadísimos.
La iniciación de los adolescentes y la entrada en la
virilidad reviste caracteres sangrientos y dolorosos, pruebas de sangre y de
fuego, en muchos lugares. La práctica de la circuncisión, por ejemplo, no es
privativa del pueblo judío, sino que se observa en forma bastante más dura
en Australia, Polinesia, muchos pueblos de Africa y algunas tribus de
América. Livingstone, el gran explorador africano, decía, refiriéndose a los
hotentotes: "por degradados que sean estos pueblos, no es necesario
hablarles de Dios y de la vida futura, porque para ellos éstas son verdades
completamente admitidas. Si les habláis de un muerto dicen que ha ido a
Dios. Al amanecer abandonan sus chozas y mirando al Oriente dirigen una
oración a Tsui Goa, el padre de los padres. La confusión de ideas (Dios-Sol)
es lógica y propia de una mente primitiva". Los masais, que son pueblos
pastores, tienen siempre en su boca el hombre de Dios, En Ngai, a pesar de
que no sepan dónde está ni quién es.
Las mujeres rezan dos veces al día, y
los hombres cuando hay sequía o enferma el ganado. La base o fundamento de
las religiones de los pueblos primitivos parece residir en el miedo a lo
desconocido. Los sacerdotes y magos se aprovechan de esta ignorancia y
rodean sus ceremonias de iniciación, y sus rituales de una serie de
cánticos, movimientos, adornos y sortilegios para enmascarar y "dramatizar"
sus ceremonias. Solamente los iniciados pueden llegar a los secretos de la
Religión, los cuales si bien son celosamente guardados por los custodios del
culto, se transmiten escrupulosamente de generación en generación. El totem
es una manifestación universal de carácter religioso. Los pieles rojas
ojilawais creían descender de una pareja de aves llegadas al Lago Superior y
a las cuales el Gran Espíritu había convertido en seres humanos.
La
identificación de cada tribu con un animal totémico llegaba a ser absoluta
entre los pieles rojas, que adoraban realmente al águila, al búfalo, al
buitre o al puma. Los hombres de las tribus Arunta, en Australia, tenían
como totem el mosquito y no podía aplastarlo ni tan sólo ahuyentarlo. Los
totems originan, de rechazo, el tabú, la prohibición. Existen innumerables y
a veces inexplicables prohibiciones en las religiones de los pueblos
primitivos. Cierta tribu australiana no podía beber agua tomándola en la
palma de la mano, sino que debía recibirla de otra persona.
Los citados Arunta no podían mirar la Luna so pena de exponerse a morir en manos de un
enemigo. Algunos totems son entes inanimados como la lluvia, el trueno, la
arena, etc., aunque por lo general las tribus guerreras prefieren tener como
totem a un animal. He aquí algunos totems de clanes pieles rojas americanos:
Indios creeks: oso, ciervo, pantera, gato montés, castor, sapo, topo, lobo,
etc. Indios iroqueses: tortuga, lobo, gamo, oso. Indios yuwas: búfalo,
águila, lobo. El respeto de los hindúes se inclina hacia la vaca, cuya carne
no comen porque está prohibido darles muerte; el de los bereberes hacia el
cordero, cuya fiesta de Aidelmulú no es de origen árabe, sino más primitivo,
y numerosas creencias arraigadas en la superstición popular, incluso en
países cristianos (el gato negro, la buena suerte de las mariposas blancas,
el horror a las lechuzas, etc.), son supervivencias de un totemismo
universal primitivo. La idea de la muerte va también íntimamente unida a la
Religión. Por esto el "culto a los muertos" es constante en todos los
pueblos primitivos.
Los hombres de Neanderthal enterraban a sus familiares
en cuclillas, rodeados de los enseres que les acompañaron en vida y con
provisiones y alimentos para el gran viaje. Sin embargo, existe en el fondo
del corazón humano una tendencia ancestral hacia el monoteísmo. La creencia
en muchos dioses no llega a borrar el deseo, la necesidad de que exista un
Dios más poderoso, un señor único, providente y eterno. Así, cuando los
primeros colonizadores llegaron a la Isla de Pascua, en la región más
desconocida del Pacífico, se sorprendieron al constatar que los polinesios
creían en un solo Dios a quien llamaban Tangalo, y más asombroso aún,
esperaban la venida de un redentor, a quien conocían con el nombre de Rongo.
Los dioses menores, los espíritus de la naturaleza, del mar y de las cosas,
eran reverenciados como fuerzas sometidas al poder supremo de Tangalo. En la
Isla de Pascua no existían templos, ni sacerdotes ni una organización
religiosa con ritos determinados. Los polinesios de aquel lugar vivían en la
más completa libertad. Sin embargo, creían en un solo Dios y esperaban al
Mesías. Cuando el hombre comienza a dejar constancia escrita de sus luchas,
del nombre de sus jefes, de sus vicisitudes, es posible estudiar ya la
evolución concreta de sus ideas sobre Dios, la otra vida y el destino del
hombre.
Entramos en el
mundo de las religiones históricas. Algunas de ellas desaparecieron sin
dejar rastro, salvo el que puede admirarse en los museos. Otras, se
transformaron y dieron lugar a las que subsisten en la actualidad. Los
hombres que habitaron en el Próximo Oriente, desde Egipto hasta los confines
de la India, con la salvedad del pueblo judío, se esforzaron en dar una
explicación a los grandes interrogantes de la vida y el más allá creando
religiones de terror, impresionantes, en las cuales el hombre era un ser
sometido al poder tiránico y absoluto de dioses muchas veces malvados,
exigentes y en ocasiones viciosos e implacables. La religión de los pueblos
históricos primitivos constituía casi siempre una tortura moral, cuando no
también física, para el desdichado creyente.
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