Jesús dio, a quienes tuvieron ojos para ver y oídos para
oír, señales claras de su misión: las profecías y los
milagros. Éstos fueron hechos
sobrenaturales,
superiores a cualquier explicación humana. Cierto día que andaba por la
orilla del lago de Genezaret, le rodeó una muchedumbre de galileos, ávidos
de oír su predicación. Dos barcas estaban amarradas cerca de la orilla.
Jesús subió a una de ellas, que pertenecía a Simón, rogándole que la
apartase un poco y desde allí comenzó a instruir a la muchedumbre.
Terminada su
predicación, dijo a Simón: "Vete más lejos y echa tus redes para pescar."
"Maestro: hemos trabajado toda la noche y no hemos cogido nada; mas porque
tú me lo dices, echaré la red." La red fue lanzada, y recogió tal cantidad
de peces que se rompía y pudieron llenar las dos barcas. En vista de tal
milagro, Simón se postró delante de Jesús, diciéndole: "Alejaos de mí,
Señor, que soy pecador." "No temas -respondió Jesús-, en adelante serás
pescador de hombres." Después, dirigiéndose también a Andrés, hermano de
Simón, y a los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, repitió estas
palabras: "Seguidme y os haré pescadores de hombres." Apenas había vuelto el
Salvador a Cafarnaum cuando la muchedumbre invadió la casa en que habitaba,
hasta el punto de obstruir la puerta de entrada.
Jesús aprovechó
la ocasión para enseñar al pueblo, que le amaba y admiraba. La palabra del
Salvador arrastraba muchedumbres, ávidas de escuchar la nueva doctrina. Este
movimiento popular inquietaba a los fariseos, hombres apegados a la letra de
la ley, pero fríos y muertos interiormente. Allí estaban para hallar a
Cristo en falta, en pecado de herejía, no para aprender la verdad.
Entretanto, cuatro hombres llevaban en una camilla a un paralítico para
presentarlo a Jesús. Al acercarse a la puerta de la casa y ver que les era
imposible entrar por ella, subieron por la escalera exterior hasta la
terraza, y por medio de sogas, bajaron la camilla con el enfermo hasta
ponerlo junto al Señor.
Este acto de
viva fe conmovió al Salvador, que dijo al paralítico: "Ten confianza, hijo
mío, tus pecados te son perdonados." Su enfermedad había sido, sin duda, un
castigo divino, de ahí la expresión de Jesucristo. Los fariseos se
escandalizaron y dijeron entre sí: "¡Este hombre blasfema! ¿Quién puede
perdonar los pecados sino sólo Dios?" Y Jesús les preguntó: "¿Por qué
pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico
tus pecados te son perdonados, o decirle: levántate, toma tu camilla y anda?
Pues para que veáis que el Hijo del Hombre tiene sobre la tierra el poder de
perdonar los pecados, yo te lo mando - dijo al paralítico-, levántate, toma
tu camilla y anda; vete a tu casa." El enfermo se levantó, tomó su camilla
sobre sus hombros y se fue a su casa glorificando a Dios, mientras que los
testigos del prodigio decían: "Hoy hemos visto cosas maravillosas." En otra
ocasión, Jesús curó a un paralítico en sábado. Los judíos, y especialmente
los fariseos, eran muy rígidos en la interpretación de la Ley relativa al
descanso del sábado. En tal día, Jesús entró en una sinagoga. Había allí un
mendigo con la mano derecha paralizada. Los fariseos preguntaron
maliciosamente a Jesús si era lícito curar en sábado. El Señor, preguntó:
"¿Está permitido en día de sábado hacer bien o hacer mal, salvar la vida o
quitarla?" No se atrevieron a responderle, pues se habrían condenado ellos
mismos.
Jesús, entonces,
dijo: "¿Quién hay entre vosotros que teniendo una oveja que cae en un hoyo
el sábado, no trate de salvarla?; pues ¿no vale un hombre más que una oveja?
Es lícito, por tanto, hacer bien en día de sábado." A continuación dijo al
enfermo: "Extiende tu mano." Él la extendió y le fue curada en el acto. El
tetrarca Antipas había establecido un cuartel en Cafarnaum y en él estaba un
centurión que había oído hablar de los milagros de Jesús, y como tuviese en
peligro de muerte a un esclavo muy fiel, a quien quería mucho, envió al
Salvador una comisión para pedirle viniese a curar al enfermo. Jesús le
contestó: "Iré y le curaré"; y se dirigió a casa del centurión.
Mas cuando ya se
acercaba, el oficial le envió a decir: "Señor, no soy digno de que entréis
en mi casa, pero decid solamente una palabra y mi criado será curado. Pues
yo, que soy hombre sometido a otros jefes, tengo bajo mando soldados y digo
a éste: ve y va y al otro: ven, y viene; y a mi criado: haz esto, y lo
hace." Al oír este lenguaje lleno de fe y de humildad, Nuestro Señor dijo a
los que le rodeaban: "En verdad que no he encontrado en Israel una fe tan
grande." Volviendo a Cafarnaum, una gran muchedumbre acudió a Jesús. Y he
aquí que un jefe de la sinagoga, llamado Jairo, vino a arrojarse a sus pies,
diciéndole: "Señor, mi hija se muere: ¡venid a poner vuestras manos sobre
ella para que se cure y viva!" Jesús siguió a aquel padre afligido para
consolarle y los apóstoles y la muchedumbre le seguían.
En esto vinieron
a anunciar a Jairo que su hija había muerto. El Salvador le animó,
diciéndole: "No temas; cree solamente y tu hija será salvada." Cuando
llegaron a casa de Jairo se encontraron que reinaba ya en ella el tumulto
propio de las defunciones. Las plañideras pagadas hacían aparatosas
manifestaciones de dolor y los tocadores de flauta hacían oír sus sones
lúgubres. Jesús les dijo: "¿Por qué lloráis? La joven no está muerta;
duerme." Pero aquella gente protestaba, persuadida de que la muerte no podía
ser más real. Jesús entró en la habitación donde descansaba el inanimado
cuerpo de la joven y tomando la mano de la difunta, le dijo: "Niña,
¡levántate!" Ella se levantó y empezó a andar. Estaban en otra ocasión en
una región solitaria, situada al nordeste del lago de Genezaret, rodeados
por muchedumbres numerosas.
Llegada la
tarde, los apóstoles dijeron a Jesús: "Este lugar está desierto, y ya se
hace tarde. Despachad, pues, a esta gente para que marchen a las ciudades y
aldeas y compren lo que necesiten para comer." Jesús les contestó: "No es
necesario que se marchen; dadles de comer vosotros mismos." Felipe dijo
entonces: "Doscientos denarios de pan no bastarían para dar un pedazo a cada
persona." Andrés vio a decir a Jesús: "Aquí hay un joven que tiene cinco
panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tanta gente?"
"Traédmelos aquí -respondió el Salvador-, y mandad sentar a toda la multitud
por grupos." Tomando después los panes y los peces, levantó los ojos al
cielo, los bendijo con la oración de costumbre y los empezó a partir en
pedazos, que se iban multiplicando entre sus manos mientras los daba a los
apóstoles para distribuirlos entre la muchedumbre. Los convidados de Jesús
eran 5.000, sin contar las mujeres y los niños. Después que cada uno se hubo
hartado, llenaron los apóstoles doce cestos con lo que quedó de los panes y
los peces. "Éste es verdaderamente el Profeta que debe venir al mundo",
decían entre sí los testigos de este gran milagro.
Y era tal su
entusiasmo, que proponían tomar a Jesús y conducirle a Jerusalén, para
proclamarle allí Rey-Mesías. Porque eran muchos los que veían en Jesús al
hombre anunciado, capaz de sacudir el yugo de los romanos y convertirse en
soberano de un Israel independiente. Los milagros de Jesús fueron numerosos,
constantes y sorprendentes: la curación de los ciegos de nacimiento, del
paralítico de la piscina, la resurrección de Lázaro, etc. Sin embargo, a
pesar de su grandeza, no consiguieron abrir los ojos a los fariseos y
escribas que por la dureza de sus corazones no pudieron compartir esta fe
con el pueblo sencillo.
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PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE CRISTO. |
La trágica
muerte de
Jesús fue precedida por una
jornada de triunfo y de gloria: su entrada en Jerusalén repleta de gente con
motivo de Pascua. El pueblo le recibió con palmas y exclamaciones de
alegría. "Hosanna -gritaban-, bienvenido el que viene en nombre del Señor."
Envidiosos de aquel homenaje los fariseos dijeron a Jesús: "Maestro;
amonesta a tus discípulos." Jesús les respondió: "Si ellos callasen, las
piedras gritarían." Pero, pensando en el trance final que le aguardaba a
la ciudad prevaricadora, lloró por ella y dijo: "Jerusalén, Jerusalén: que
matas a los profetas y apedreas a los que a ti son enviados.
Vendrán días en
que te rodearán con trincheras tus enemigos, te cercarán y te estrecharán y
no dejarán en ti piedra sobre piedra." Los fariseos insistieron en
proponerle una dificultad, esperando comprometerle: "Maestro, dinos lo que
te parece: ¿Está permitido pagar el tributo al César?" Bajo esta pregunta,
tan sencilla, se ocultaba un lazo, pues si Jesús respondía negativamente, le
entregarían a Pilato como a rebelde, y si lo hacía en sentido afirmativo lo
denunciarían al pueblo como amigo de los romanos, a quienes odiaban. Pero
Jesús supo evitar la emboscada. "Enseñadme -les dijo- la moneda con la que
se paga el tributo." Después que le presentaron un denario romano, Jesús
pregunto: "¿De quién es esta imagen y esta inscripción?" "Del César",
le contestaron. "Pues dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es
del César."
Y luego condenó a los hipócritas con aquellas lapidarias
palabras: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, porque sois semejantes a
los sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos a la vista, pero
por dentro están llenos de podredumbre!" En la tarde del martes santo,
Jesús dijo a sus discípulos: "Ya
sabéis que la Pascua se celebrará dentro de dos días y que el Hijo del
Hombre será entregado para
ser crucificado."
En este mismo día, los príncipes de los sacerdotes, los
escribas o doctores de la Ley y los ancianos o jefes del pueblo, que
formaban las tres clases representativas en el Sanedrín, se reunieron en
casa de Caifás para deliberar sobre la manera de apoderarse de Jesús y darle
muerte: "No conviene hacer esto durante las fiestas por miedo de que el
pueblo se alborote." Aquel mismo día fue Judas a hablar con los príncipes de
los sacerdotes y les propuso: "¿Qué queréis darme y yo os lo entregaré?"
Los sacerdotes
prometieron al traidor 30 siclos de plata, es decir, unas 85 pesetas. Desde
este instante, Judas andaba al acecho, buscando ocasión favorable para
entregarle. El jueves santo, por la mañana, los apóstoles Pedro y Juan
preguntaron a Jesús: "¿Dónde quieres que dispongamos la cena pascual?" Jesús
les indicó lo que debían hacer, y después de la puesta del sol fue a
juntarse con ellos, en compañía de los otros diez apóstoles en una gran
sala. Cuando cada uno ocupó su sitio, Jesús les dio una admirable prueba de
humildad: se levantó, ciñóse con una toalla, echó agua en una vasija y se
puso a lavar los pies de sus discípulos.
Al terminar la
cena pascual, Jesús tomó en sus manos uno de los panes ázimos, delgados y
anchos, que estaban sobre la mesa, lo bendijo, lo partió y lo distribuyó en
trozos a los doce, diciendo: "Éste es mi Cuerpo que es entregado por
vosotros." Tomó a continuación el cáliz, lo llenó de vino, al cual había
añadido un poco de agua, e hizo que todos bebieran de él, después de haberlo
consagrado, diciendo: "Ésta es mi Sangre, la sangre del Nuevo Testamento,
que será derramada por muchos para perdón de los pecados."
Al terminar
estas palabras, ya no era pan o vino lo que daba a sus apóstoles, sino
realmente su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad, ocultos bajo las
especies sacramentales. El misterio de la Eucaristía se habla hecho
realidad. Luego los hechos se precipitaron. La traición de Judas, la promesa
de Pedro de seguirle y confesarle siempre, promesa que no cumplió al negarle
más tarde por tres veces, la oración en el huerto de los Olivos, la prisión
del Maestro y su juicio, lleno de cobardías, ante Anás, Caifás y Pilato, que
terminó con la condena a muerte en cruz. Judas, atormentado por los
remordimientos, fue a devolver a los príncipes de los sacerdotes las treinta
monedas de plata que había recibido: "He pecado -les dijo- entregando sangre
inocente."
Ellos
contestaron: "¿Y a nosotros qué nos importa? ¡Allá te las arregles!" Judas
salió de allí y fue a arrojar el dinero maldito en el templo, y para
quitarse la vida se colgó de un árbol. La crucifixión era un género de
suplicio calculado para aumentar las torturas y retardar la muerte. Antes
del suplicio le ofrecieron a Jesús, según costumbre judía, una bebida
compuesta de hiel y vinagre, que tenía por objeto adormecer los sentidos del
paciente, disminuyendo así el sufrimiento. Jesús rehusó probarla, y mientras
introducían los clavos en las carnes de sus manos, dirigió a Dios esta
generosa petición: "padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen." Los
verdugos se repartieron entre sí los vestidos de la víctima, y se fijó en la
parte superior de la cruz una inscripción en tres lenguas (latín, griego y
hebreo), en la que se leían estas palabras: "Jesús Nazareno, Rey de los
judíos." En la cima del Gólgota, donde tuvo lugar el suplicio, se produjo la
conversión de Dimas, el buen ladrón, la presentación de María, Madre de dios
como protectora de todos los hombres y, finalmente, la muerte del Redentor.
Cuando Jesús
estaba pendiente de la cruz, la misma Naturaleza tomó parte del luto; el sol
se oscureció y las tinieblas cubrieron a Jerusalén y a toda la comarca;
tembló la tierra, se resquebrajaron las peñas, y el espeso velo que separaba
las dos partes del templo se desgarró. Estos hechos impresionaron vívamente
al centurión romano que presidía la crucifixión, el cual exclamó:
"Verdaderamente, este hombre era el Hijo de Dios!" Jesús fue enterrado en un
sepulcro de piedra. Al tercer día, la piedra que cerraba la entrada basculó,
y Cristo resucitó. Durante un período de 40 días se apareció a diversas
personas, a sus discípulos, a su madre, y al cabo de este tiempo, por su
propio poder dejó esta morada terrestre en el acto de la Ascensión. La
existencia terrenal del Salvador había terminado.
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TREINTA AÑOS DESPUÉS. |
Al cumplirse el
tiempo, Jesús empezó a manifestarse en una fiesta, las bodas de Caná. La
ceremonia del matrimonio era sin duda la más solemne en la vida de Israel
para la gente de la clase media y baja, y podía durar incluso varios días.
La esposa salía de manos de las amigas y parientes pomposamente engalanada.
El esposo iba a recogerla y la conducía a su casa donde se celebraba el
banquete nupcial, en el transcurso del cual se libaban vinos guardados
cuidadosamente desde mucho tiempo atrás para tal ocasión. El primer milagro
(la conversión del agua en vino) obrado en las bodas de Caná, a instancias
de su Madre, revela por una aparte el valor de María como intercesora, y de
otra la santificación del matrimonio por la presencia de Jesús.
Después de la
fiesta y el milagro, Jesús se encaminó a Cafarnaum, y desde entonces esta
población le sirvió como morada habitual en Galilea, convirtiéndose en su
patria adoptiva en sustitución de Nazareth. Ya se había separado de su
familia y ahora se separaba también de su pueblo de origen trasladándose al
lugar más adecuado para la misión que iniciaba. Si la primera manifestación
de la vida pública de Jesús fue de suma amabilidad, poco tiempo después y
por única vez en el Evangelio, Jesús dio muestras de irritación y enfado.
Había partido de Cafarnaum camino de Jerusalén, y llegado a la capital se
dirigió al Templo.
El atrio
exterior apestaba por el olor del estiércol y resonaba el mugido de los
bueyes, los balidos de las ovejas, el arrullar de palomas, y sobre todo, el
vocerío de los mercaderes y cambistas instalados por doquier. Desde aquel
atrio sólo se podía oír un débil eco de los cantos litúrgicos que se
celebraban en el interior. El recinto sagrado más parecía una feria de
ganado que la mansión del Dios de Israel. Reuniendo Jesús un haz de cuerdas
en forma de látigo comenzó a golpear a bestias y hombres, derribó mesas de
cambistas y expulsó a todos del sagrado templo: "¡Fuera de aquí! ¡No hagáis
de la mansión de mi Padre, casa de tráfico!" (Juan, II, 16).
La violenta
actitud del que era para todos desconocido, asombró y alarmó a los judíos,
los cuales se le acercaron y le preguntaron: "¿Qué señal nos muestras de que
haces esto legítimamente?" Respondió Jesús y les dijo: "Demoled este
santuario, y en tres días lo volveré a levantar." En cada frase del Hijo del
Hombre revela un mundo de significados y en esta respuesta brevísima, Jesús
prefiguró su muerte y resurrección. El "santuario" era su propio cuerpo.
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