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Desde
los Alpes del Tirol hasta el Cabo Norte se desarrolló una mitología poderosa
y de una grandiosidad no exenta de tintes oscuros y tenebrosos. Solamente el
genio de Wagner pudo, siglos más tarde, darle vida en la magnificencia de
sus óperas. Eterna lucha, odios implacables, promesas, persecuciones,
amores, héroes grandiosos y dioses envilecidos por deseos de venganza y
ambición. Éstos son los caracteres de la religión nórdica, que se desarrolló
bajo las ramas frondosas del fresno de Ygdrazil, cuyas raíces se adentraban
en las profundidades de la Tierra, y eran roídas por el dragón Nidhaus. Los
vientos helados del Norte al chocar con los cálidos procedentes del Sur
dieron origen al gigante Ymir y a la vaca Audhumbt, encargada de nutrir a la
Humanidad.
Comiendo las hojas mojadas de escarcha, la vaca dio a luz en tres
días al primer dios, Buh, el cual desposó la hija de Ymir, de cuya boda
nacieron Odín, Voli y We. Éstos, como en la leyenda griega, dieron muerte a
su padre y crearon el cielo y la tierra. Un fresno gigantesco atraviesa la
Tierra. Sus ramas sostienen el cielo y sus raíces se hunden hasta el reino
de los gigantes. Innumerables dioses poblaban el mundo hasta que apareció el
hombre, Adán, nacido de un fresno, y Eva originada por un olmo. Los bosques,
las aguas, los ríos, las montañas, etc., se poblaron de divinidades menores,
ninfas, enanos, gnomos, gigantes, etc., dando lugar a una complicadísima
familia de dioses. El principal de todos fue Odín, identificado en algunas
regiones con Wottan, de carácter eminentemente guerrero. El casco, la lanza
y el escudo jugaron un papel importantísimo en la mitología nórdica. Thor
era el dios de la tormenta, de la tempestad y del trueno. Sus pasos
resonaban en los días nublados y retumbaban por los montes y valles.
Odín,
diferenciado de Wottan en otros lugares, era también el dios de los muertos
heroicos, único dios que bebía vino ya que los demás sólo probaban la
cerveza. Aparecía en algunos lugares como viejo, poderoso y fuerte,
faltándole en ocasiones un ojo. Presidía las batallas y aunque no intervenía
directamente, desviaba las flechas y detenía los golpes de lanza si así
convenía a sus intereses, a fin de llevarse al paraíso, al Walhalla, a los
escogidos. Sus doce hijas preferidas eran las Walkirias cuyos gritos agudos
se oían en el fragor de los combates, porque cabalgaban entre las nubes para
recibir en sus brazos a los que morían peleando. Esta idea de la victoria en
la muerte es un tema grato también a la religión árabe, cuyo mandato de la
"guerra santa" tuvo una enorme trascendencia política. Durante las noches de
viento, Wottan cruzaba el espacio acompañado de cazadores que habían muerto
en una cacería, montado en un fogoso caballo de ocho patas, pero también era
el dios de la inteligencia y tenía a un lado el Conocimiento y a otro la
Memoria. Más tarde, su poderosa mano llevó a los vikingos a cruzar los mares
y condujo los ejércitos de los llamados bárbaros a la victoria. Los pueblos
germánicos no tuvieron templos propiamente dichos sino que recordaron a sus
dioses y sacrificaron en su honor, bajo las ramas de una encina, de un
fresno o de un roble.
Cuando la siembra, en octubre, celebraban grandes
fiestas, así como en enero, dedicadas a los frutos que el sol renacido iba a
producir, mientras que en abril recordaban a los muertos. En Upsala
existieron algunos templos de piedra y se cuenta que allí se levantaron
estatuas en honor de diversos dioses. La muerte vulgar era tenida por
despreciable y no tuvo gran consideración en el pensamiento religioso
germánico. Solamente aquéllos que recibían la herida mortal, de quienes Odín
o Wottan no había desviado la espada y la lanza, eran recogidos por las
Walkirias y llevados a la morada de los dioses donde comenzaba una
existencia maravillosa, en un lugar donde solamente moraban los hombres
valientes y sin tacha. En este paraíso no permanecían en contemplación, sino
en plena y constante lucha.
Se peleaba por el placer de pelear, sin miedo de
morir ni de recibir heridas o ser víctima de sufrimientos. Era la bravura
exaltada a la pura delectación. ¡Cuán distinto el Walhalla ruidoso, con su
entrechocar de armas, del silencioso país de los muertos de los egipcios,
babilonios o griegos! Solamente los que morían de enfermedad o de vejez
conocían el reino subterráneo de las sombras, donde la existencia se
deslizaba gris y anodina, adonde no llegaban jamás la luz del Sol ni la
alegría de una risa. Desbordando su imaginación, los creadores de la
mitología nórdica no se detuvieron en relatar lo que fue o lo que ocurre,
sino que se complacieron en descorrer el velo del porvenir: el fin del
mundo. Un día, Loki, al frente de los gigantes, de las fuerzas del mal, se
concentrarán para asaltar el palacio de los dioses. Heimdalh hará sonar el
cuerno anunciando la gran batalla. Será inútil que los dioses corran a las
murallas y empuñen sus espadas porque la hora fatal habrá sonado.
El lobo Fenris devorará a Odín, y Thor sucumbirá entre los anillos de una gigantesca
serpiente. En esta lucha despiadada sucumbirá el mundo entero. Las aguas
cubrirán la tierra, las estrellas caerán del cielo y las montañas arderán.
Será el crespúsculo de los dioses, pero no su desaparición total. Ésta no
constituirá la muerte definitiva. Los dioses volverán a nacer más hermosos y
fuertes que nunca para ocupar sus sitios en el Walhalla. Entonces aparecerá
el Altísimo, aquél cuyo nombre nadie osa pronunciar, el creador de todos los
dioses, el que todo lo puede, cuya sustancia y esencia son distintas de toda
cosa conocida, y comenzará una nueva existencia de la cual no sabemos nada.
Esta última leyenda o mito es posterior a los primeros momentos de la
mitología nórdica y parece iniciarse en ella una evolución hacia el
monoteísmo, nota distintiva de la mayor parte de las regiones al evolucionar
hacia un estadio más perfecto. |