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Si
los pueblos y naciones indígenas de América, que se desarrollaron antes de
que ningún hombre blanco llegara al nuevo continente, no tuvieron relación
con el resto del mundo, ¿cómo ofrecían ciertos ritos o creencias comunes a
otros continentes? En algunos pueblos precolombinos encontramos la
existencia de pirámides, la momificación de personas relevantes y la
creencia en un diluvio universal. Los historiadores no se explican con
demasiada claridad este paralelismo entre Egipto y los incas, por ejemplo.
Los que creen en la existencia de una desaparecida Atlántida afirman que
hubo un lazo material, un puente que permitió una corriente cultural entre
el Norte de África y Centroamérica, pero esta hipótesis carece de pruebas
suficientes para ser tenida en cuenta. En los distintos pueblos y tribus de
Norteamérica no se da una estructura religiosa completa, con templos,
sacerdotes, ritos y un cuerpo de creencias que permitan clasificar sus ideas
como una religión perfectamente estructurada. En cambio, en Centroamérica y
los Andes encontramos tres pueblos con un sistema religioso digno de
consideración.
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LOS
INCAS |
En las
cumbres andinas surgió una forma de culto al Sol. Le precedió una especie de
fetichismo por el cual las rocas, los árboles, los elementos y los animales
eran adorados como divinidades. El mundo estaba poblado de demonios
propicios o malignos que era preciso halagar y combatir. Por encima de todos
reinaba un ser espiritual, superior y poderoso: Viracocha. En las cercanías
del actual Cuzco se levantaba el templo dedicado a Inti, el Sol. El supremo
sacerdote vivía sobriamente, aunque rodeado de innumerables objetos de oro,
ornamentos cargados de pedrería y tantas riquezas que deslumbraron a los
españoles de Pizarro, llegados hasta aquellos lugares.
Solamente el Inca, el
soberano, poseía un poder igualable al del supremo sacerdote. Los
sacrificios humanos eran desconocidos por los Incas, pero tenían conventos
de muchachas, las cuales guardaban virginidad y permanecían al servicio del
templo, hasta que en su madurez contraían matrimonio con miembros de la
familia real o permanecían en el convento, llamado Aclla-huasi, hasta su
muerte. Manco Capac, fundador de Cuzco, implantó el culto a Inti, el Sol, en
todo su territorio, ordenando una especie de teología por la cual él
descendía del citado dios. De este modo declaró su procedencia divina. Los
cuerpos de los soberanos, convenientemente momificados, se enterraban
cubiertos de ricas vestiduras y rodeados de toda clase de joyas, vajillas y
objetos de uso corriente que debían acompañarles en la otra vida.
Con la
desaparición de ambas civilizaciones absorbidas por los españoles,
periclitaron definitivamente estas religiones. A la caída de Atahualpa, el
jefe inca, y de Moctezuma, el soberano azteca, los misioneros introdujeron
la semilla del cristianismo. La cristianización de América se llevó a cabo,
no solamente por españoles y portugueses, sino por los franceses y los
ingleses. En Louisiana y en el Mississippi evangelizaron el P. Jean de
Brebeuf y el P. Marquette. Los jesuitas predicaron entre los pieles rojas
del Canadá, y los franciscanos en La Florida y California. Los peregrinos
del Mayflower, al desembarcar en América del Norte, aportaron su fe
puritana, que mantuvieron a pesar de su distanciamiento de Europa. Pero sin
duda alguna el más famoso de los misioneros americanos fue le español fray
Junípero Serra, cuyo recuerdo se mantiene vivo en tierras californianas. Las
maravillosas catedrales esparcidas por tierras centro y sudamericanas,
hablan claramente de la labor apostólica realizada por innumerables obispos,
monjes y predicadores españoles, desde Bernardo Boil, que acompañó a Colón,
hasta Pedro Claver, el apóstol de los esclavos negros.
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TOLTECAS
Y AZTECAS |
Los primeros levantaron la pirámide de Teotihuacan, en México, dedicada al
Sol, cuyo culto pasó posteriormente a los aztecas. La religión de los
aztecas obedecía a una teología complicada, en la cual el dios supremo era Tloque Nahauque. El número de dioses era grande y no sólo se consideraban el
sol, la luna, el viento y las fuerzas de la naturaleza como divinidades,
sino también las serpientes, los jaguares y otros animales. Huitzilopochtli
era el dios de la guerra cuyos beneficios era necesario impetrar con
sacrificios humanos. Ésta fue la parte más cruel y sanguinaria de la
religión azteca. El joven elegido para ser sacrificado en las fiestas
propiciatorias gozaba de toda clase de inmunidades y atenciones durante un
año.
Doncellas escogidas le acompañaban y el pueblo le colmaba de regalos,
pero en el altar del sacrificio, llegado el momento decisivo, el sacerdote
le abría el pecho y mostraba a los fieles su corazón palpitante. El número
de sacrificios humanos solía rebasar el millar en el transcurso de un año.
Según los aztecas el universo estaba dividido en una serie de cielos a modo
de capas horizontales. En la inferior reinaba Michtlantecuhtli, el dios de
la muerte que guardaba a los difuntos en compañía de su esposa
Mictlancihuatli. Todos los hombres iban a parar al reino de los muertos
excepto los que sucumbían en la guerra, en un sacrifico expiatorio o morían
ahogados.
Éstos merecían el premio de un cielo más elevado. Los sacrificios
humanos no fueron practicados por los mayas, los cuales ofrecían peces,
pájaros y otros animales así como alimentos, incienso y joyas, pero los
toltecas adoptaron la costumbre de sacrificar esclavos o prisioneros de
guerra. En la "Fiesta de las Flores" que celebraban los aztecas, se ofrecía
la muerte de una joven de 16 años de edad, y aquel mismo día se elegía la
niña recién nacida que sería sacrificada cuando cumpliera tal edad.
Carácter
religioso y científico tenía el cálculo astronómico que permitió a este
pueblo determinar un calendario muy notable. Se encontró uno de éstos
esculpido en una piedra circular en cuyo centro podía verse la imagen de Tonatiuh, el Sol. Alrededor estaba grabada la historia del pueblo azteca,
dividida en edades simbolizadas por el jaguar, el huracán, el fuego y la
inundación. Un terremoto destruyó este calendario que medía más de 3 m de
altura, conservándose sus fragmentos.
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