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Mahoma El mahometanismo
es la última religión fundada en tiempos históricos que ha alcanzado una
difusión importante. Hoy cuenta con más de 316 millones de fieles. Se trata
de una religión monoteísta embebida en un fuerte espíritu nacional, de raza
y de pueblo, en la cual se encuentran verdades dignas de consideración y
auténticos halagos a la sensualidad y a la violencia propias del espíritu
oriental.
Es la obra personal de un hombre convencido de su destino
trascendental, y que después de una vida en muchos aspectos miserable y poco
elevada, consiguió electrizar a un pueblo lanzándolo a la aventura de una
guerra santa.
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EL
PROFETA |
Había
nacido en el año 570 en un país cálido y pobre, Arabia, cuando los
cristianos de Bizancio y los seguidores de Zoroastro, de Persia, habían
sembrado ya las semillas de dos nuevas religiones entre los nómadas del
desierto. Sin embargo, entre los árabes abundaba el politeísmo y el
fetichismo. El comerciante Mohammed había recorrido gran parte de su país y
conocía la manera de ser de las gentes, sabía de su miseria y de las
dificultades para vivir, así como de la opresión de los poderosos. Cuando
tuvo 40 años de edad se sintió profeta y empezó a predicar en forma no muy
clara una nueva doctrina. Se había casado con la viuda de un camellero, una
mujer mayor que él y rica. Era imposible que pudiera imaginar el triunfo tan
grande que aguardaba a su fe y a su pueblo. Sus primeros conversos fueron su
esposa, su primo Alí, siervo de Zaid, y su amigo Abu Bekr.
Éste y cinco
compañeros fueron los primeros discípulos de Mahoma. Se había retirado éste
a un valle solitario donde meditaba y se le apareció un ángel que le instigó
a afrontar todas las dificultades y persecuciones por Alá. Sus predicaciones
en La Meca, la capital religiosa de Arabia, no tuvieron al principio el
éxito deseado. Su esposa había muerto, se encontraba solo y entonces
emprendió la hejira, es decir, la huida a Medina donde le acogieron algunos
de sus discípulos. Era el año 622, la fecha a partir de la cual cuenta la
era musulmana. El profeta tenía entonces 52 años de edad. A partir de este
momento el destino se le presentó más propicio y emprendió la guerra abierta
por el triunfo de su fe. Era preciso imponer su credo por la fuerza de las
armas, conquistar La Meca y unir a todos los árabes bajo un signo común, la
media luna. Cuando sus huestes lograron entrar en La Meca, Mahoma mandó
destruir 360 ídolos que allí se veneraban. A los 62 años se extinguió el
profeta cuando su fe, íntimamente mezclada a su política, se encontraba ya
profundamente arraigada. Había entrado triunfalmente en La Meca dos años
antes de su muerte, en el 630, y su obra estaba terminada.
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LA FE
MUSULMANA |
Mahoma había leído o bien oído hablar del Evangelio y de Jesús; conocía la
fe de los judíos, y los nombres de los grandes patriarcas del Antiguo
Testamento no le eran extraños. Por esta razón aseguraba que era el ángel
Gabriel quien le había aparecido, y reverenciaba los nombres de Abraham,
Moisés y Jesucristo. Pero su religión no es una mezcla de judaísmo y de
cristianismo, sino algo distinto, sensual y violento, con atisbos geniales y
poéticos. Sólo existe un dios que es Alá, y Mahoma es su principal profeta.
La piedra negra, la Kaaba, que se conserva en La Meca, cubierta por un paño
negro era adorada mucho antes del advenimiento de Mahoma y el profeta
conservó esta devoción incrementándola con el mandamiento de que todo fiel
ha de peregrinar por lo menos una vez en su vida hasta La Meca y dar tres
veces la vuelta alrededor de la piedra sagrada. Así como los cristianos
tienen los Evangelios por libros sagrados, Mahoma impuso el Corán, donde
están recopilados una serie de preceptos minuciosos que regulan la vida. La
religión, como unión entre el fiel y Alá, viene determinada por un
reglamento donde todo está previsto. Es preciso realizar cada día unas
abluciones, unas genuflexiones y unas reverencias mirando hacia La Meca.
La
limosna era obligada, así como el ayuno. Durante el Ramadán no se puede
comer ni beber cosa alguna desde la salida hasta la puesta del sol. El buen
musulmán se abstiene de comer carne de cerdo y de probar bebidas
alcohólicas. El creyente ha de estar circuncidado y no puede tener más de
cuatro mujeres legítimas; tampoco puede fabricar imagen alguna ni adorar
ningún objeto devoto. Su pensamiento ha de estar con Alá y a él ha de
subordinar toda su voluntad. Cada persona, al nacer, lleva ya impreso en su
interior el kismet, el destino que es desconocido y fatal. Nuestra vida es
una predestinación y nada podemos contra éste sino ineluctable. El destino
del hombre en esta vida es obrar bien, trabajar, sufrir y aguardar la
muerte. El que muere libre de culpa, habiendo practicado todas las reglas,
después de cumplir todas las disposiciones santas, habiendo dado limosna a
los pobres, habiendo practicado la justicia, tiene derecho a esperar una
recompensa eterna en el Edén.
El paraíso de los mahometanos no se asemeja en
nada al cielo espiritual de los cristianos que esperan contemplar a Dios
cara a cara, suprema felicidad. El paraíso de Mahoma es de carne. En él
corren ríos de ambrosía; bajo los árboles reina siempre un frescor delicioso
y hermosas huríes cuidan de los bienaventurados para facilitarles cuanto
deseen. Es, pues, un paraíso sensual, donde los sentidos son recreados sin
que su goce canse nunca, y también un paraíso carnal donde la fogosidad
árabe encontrará satisfacción completa. Los condenados permanecerán en un
desierto de soledad, azotados por un viento implacable que levantará nubes
de arena y no podrán beber sino oleadas de fuego, caminando incesantemente
por una ruta sin fin. Para conseguir la entrada en el Edén es preciso luchar
en la guerra santa contra el infiel. Entonces los que mueran en el campo de
batalla, en defensa de la media luna, cubiertos de heridas, renacerán
resplandecientes en el paraíso donde les aguardan las huríes. Estas ideas
que a los hombres de occidente pueden parecernos demasiado simplistas y que
nos ofrecen un vago parecido con el Walhalla de los dioses nórdicos,
levantaron de su secular marasmo el pueblo árabe y lo lanzaron a la
conquista del mundo conocido.
Un siglo después de la muerte del profeta los
estandartes mahometanos se extendían desde las orillas del Atlántico hasta
los confines de la India, y sobre tres continentes resonaba el canto del
muecín invocando a la oración desde los innumerables minaretes de las
mezquitas que los hombres de la media luna levantaron a su paso.
En el siglo XV, Mohamed II entró en la catedral de Constantinopla, en Santa Sofía. La
India fue conquistada a la nueva fe, y si en la batalla de Poitiers los
árabes no hubiesen sido derrotados, detenidos más tarde a las puertas de
Viena y aniquilados en la batalla de Lepanto, el destino del mundo
civilizado quizás hubiese sido otro del que hoy conocemos. Hoy la mezquita
de Omar se levanta grandiosa y llena de majestad en el mismo lugar donde,
según Mahoma, el ángel le instó a predicar la gran nueva, pero el mundo
musulmán permanece dentro de unas fronteras bien delimitadas. Durante largos
siglos el cristianismo y el mahometismo lucharon implacablemente. Jerusalén,
la ciudad santa de los cristianos, cambió cinco veces de mano durante las
Cruzadas.
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