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Aunque en su juventud Virgilio participó de la corriente literaria de los
poetas, cuya producción consistía principalmente en breves poemas sobre
argumentos de amor o temas ligeros, para escribir la Eneida se inspiró, sin
duda, en la antigua poesía épica romana de Naevius y de Ennius, y más aún en los
poemas homéricos.
Se puede, en efecto, dividir la Eneida en dos partes: los seis
primeros libros, que relatan el viaje de Eneas, recuerdan la Odisea, mientras
que pensamos en la Iliada leyendo los otros seis libros, que relatan los grandes
hechos cumplidos por Eneas en Italia hasta su victoria final sobre los latinos.
El
poema fue escrito bajo el reinado de Augusto, para celebrar la pacificación del
Imperio, pero en realidad es algo más que una alabanza al emperador. Aparece
como la apología del espíritu de Roma a través de las aventuras del héroe
legendario Eneas, cuyos descendientes habrían fundado la ciudad. Virgilio mezcló
en su poema la leyenda con la realidad, según costumbre de los poetas épicos.
Este
poema, editado por primera vez por los amigos de Virgilio, Varius y Tuca, ha
suscitado la admiración de los poetas de todos los tiempos, y siempre se lo ha
considerado como una de las más bellas exaltaciones de Roma que se hayan
escrito. Por el interés de su argumento general, por la belleza de sus episodios
secundarios, por la puntualidad y excelencia del estilo, por la melodía de los
versos y por una profunda comprensión de las grandezas y los dolores humanos, es
la Eneida uno de los grandes poemas épicos de la literatura universal.
Después de una breve introducción en que Virgilio anuncia cuál será el tema de
la Eneida, comienza el relato. Eneas, príncipe troyano, navega por las aguas
sicilianas hacia Italia, cuando Eolo, obedeciendo a la voluntad de la pérfida
Juno, desencadena una terrible tempestad, durante la cual se extravían algunos
barcos troyanos, mientras otros encallan en las costas. Felizmente, Neptuno,
irritado por la audacia de Eolo, devuelve la calma al níar y a los vientos.
Eneas, con siete de sus naves, se refugia en un puerto, cerca de Cartago. Es
recibido con benevolencia por la reina Dido, viuda del rey Siqueo. Interrogado
sobre las desgracias de su patria, cuenta los últimos días de Troya, con los
trágicos acontecimientos que siguieron a la entrada en la ciudad del caballo de
madera ideado por Ulises. Explica cómo, habiéndosele aparecido en sueños Héctor,
para aconsejarle la huida, logró salvarse con su padre Anquises, su pequeño hijo
Ascanio (también llamado Yulo) y los dioses de su patria.
Eneas, príncipe troyano, habiendo
huido del incendio de la ciudad, se dirige con sus compañeros hacia Cartago,
después de errar siete años por los mares. Pero Eolo, respondiendo a los deseos
de Juno, cuyo odio hacia Eneas es implacable, levantó una tempestad que dispersa
sus naves. Vuelta la coima, Eneas, con siete naves, logra desembarcar cerca de
Cártago, adonde halla a los camaradas de sus otros barcos que cree perdidos;
piden hospitalidad a la reina Dido, siendo recibidos can benevolencia. Eneas se
adelanta entonces con su séquito, y se presenta a la soberana. Mientras todos se
dirigen hacia el palacio de Dido, Venus pide a Cupido, dios del Amor, que tome
la figura de Ascanio, hilo de Eneas. En el banquete, mientras acaricia al que
toma por hijo del héroe troyano, Dido siente nacer en su corazón un profundo
amor por Eneas.
Tal
como las divinidades y Héctor se lo han anunciado, debe tomar el mando de los
sobrevivientes y conducirlos a Italia, donde levantarán una nueva ciudad de
Troya, más bella y más poderosa que la primera. Desgraciadamente, en el
transcurso de la terrible noche en que Troya es saqueada e incendiada, Eneas
pierde a su esposa Creúsa. Más tarde su espectro se le aparece para revelarle
que, después de un largo exilio, hallará un reino floreciente y que la hija de
un rey será su esposa. Eneas y sus compañeros construyen una flota, haciéndose a
la mar a principios de la primavera. Tocan primero la tierra de los tracios,
antiguos aliados de Troya, donde quieren fundar una ciudad; pero la sombra de
Polidoro, hijo del rey Príamo, que fuera muerto sobre la misma playa, les hace
desistir de su propósito.
Durante el transcurso del
banquete, Eneas cuenta a la reina las desgracias de Troya, la historia de
Laocoonte, de Sinon, y la treta del caballo de madera ideado por Ulises; la
matanza de los pobladores y la muerte de Príamo. Evoca la noche en que se le
apareció su madre, Venus, pidiéndole que intentará salvar a su padre, su esposa
Creüsa y su hijo. Escapó entre las llamas, llevando sobre los hombros a su padre
Anquises, y sujetando con lts mano a su hijo. Grande fue su dolor al notar la
desaparición de su mujer; sólo más tarde su espectro se presentará a Eneas para
ordenarle que guie a sus compañeros
en el éxodo.
Eneas
y sus compañeros vuelven al mar, y sus embarcaciones llegan más tarde a las
islas Estrófades. Pero la fatalidad los ha llevado al reino de las Arpías,
monstruos con rostros de mujer, cuerpo de buitre y grandes garras, qué les
impiden permanecer en tierra. Después de algunos días de navegación, los
exilados entran en el puerto de los caonianos y desde allí se dirigen a la
ciudad de Butrota. Se enteran con alegría que Héleno, hijo de Príamo, reina en
Grecia; ha ascendido al trono, casando luego con Andrómaca, viuda de Pirro. El
rey y la reina los reciben con alegría, y hasta les dan, en nombre de los
dioses, avisos y consejos para evitar los peligros. Después de otro desembarco
desafortunado, en la isla de los Cíclopes, a cuya ferocidad logran apenas
sustraerse, atraviesa Escila y Caribdis, y luego Eneas y sus compañeros arriban
al reino de Dido. Desgraciadamente, Anquises no está ya con ellos, pues el
anciano ha muerto en Drépano durante el viaje. Aquí termina el relato de Eneas.
Conmovida por tantas aventuras, Dido ofrece espléndida hospitalidad a los
troyanos, los cuales per rnanecen algún tiempo en Cartago, dichosos de Eiaber
encontrado al fin una tierra tan acogedora. Pero Júpiter había reservado otro
destino para Eneas. Por intermedio de Mercurio le ordena ir hacia Italia y
establecerse allí con sus compañeros. Eneas obedece y manda preparar todo lo
necesario para su partida. Levan anclas, pero mientras los barcos se alejan, la
reina Dido, desesperada, no pudiendo soportar la pérdida del hombre que ama, se
arroja sobre una pira funeraria que ha hecho encender y hunde en su pecho la
espada que había ofrecido a Eneas y que éste olvidó al partir .
Habiendo salido de Troya con
veinte naves, los desterrados desembarcaron en Tracia, donde le sucedió a Eneas
una aventura extraordinaria: al cortar un arbusto, brotó sangre negra, mientras
se escuchaban gemidos y lamentos. Al repetir la acción, una voz que salía de la
tierra le reveló que bajo el arbusto se encontraba el cadáver de Polidoro, hijo
de Príamo, muerto por Polymnestor, rey de Tracia, que quería apoderatse de sus
riquezas. Seguidamente los troyanos se dirigieron a Delos y después a Creta,
desembarcando por fin en una de las islas Estrófades. Pero allí, mientras Eneas
y sus compañeros se disponían a comer, las Arpías descendieron sobre ellos e
infectaron las viandas. Los soldados intentaron cazarlas, pero en ese momento la
reina de las Arpías, posándose en lo alto de una roca, les hizo siniestras
profecías.
Ignorando la muerte de la reina, Eneas sigue su viaje hacia Italia. Una gran
tempestad lo obliga a desembarcar en el puerto de Drépano, en Sicilia, donde es
recibido por el rey Acestes. Ofrece sacrificios sobre la tumba de su padre,
organizando también juegos y competiciones a fin de honrar a los manes de
Anquises. Faltando ya poco para la partida, las mujeres troyanas, cansadas de
tan larga navegación, incendian los barcos. Eneas, desesperado, es aconsejado
por la aparición de Anquises, quien le pide que abandone a las mujeres y a los
ancianos en la tierra de Acestes, llevando hacia Italia a sus más valientes y
jóvenes guerreros. Lo invita igualmente a descender al reino de los muertos, en
el que conocerá el glorioso destino que le está reservado junto con sus
descendientes
Después de
salir de la isla de las Arpías, los troyanos hicieron escala en Butrota, donde
era rey Heleno, segundo esposo de Andrómaca; tocaron después la isla de los
Cíclopes. Habiéndose hecho nuevamente a la mar, llegaron a Drépano, donde había
muerto Anquises. Aquí termina el relato del héroe a la reina Dido. La desdichada
reina, enamorada de Eneas, le pide que la tome por esposa. Pero él, obedeciendo
las órdenes de Júpiter, debe partir. Terminados los preparativos, sale de
Cártago, mientras Dido expira entre las llamas, después de atravesarse el pecho
con su espada. Llegados a Sicilia, tierra de Acestes, los troyanos celebran
sacrificios y juegos en honor de Anquises; parten al fin, pero antes de llegar a
Cumas, el piloto Palínuro es arrojado al mar por el dios del sueño. La Sibila,
después de profetizar sobre su viaje, conduce a Eneas al reino de los infiernos
guardado por Cerbero, el monstruo de tres cabezas. Para poder penetrar, la
Sibila arroja un pastel que adormece a la bestia en su cueva.
Las
naves troyanas surcan nuevamente los mares y llegan al puerto de Cumas; Eneas
consulta a la Sibila, quien le profetiza las guerras que deberá soportar en
Italia. Lo acompaña a los infiernos, allí encuentra a su padre, que le muestra
el noble linaje de héroes que engendrará. Entre ellos se encuentra Silvius, el
primer hijo que le dará su esposa Lavinia; Silvius será rey de Alba y el primero
de los reyes latinos, entre los cuales se encuentra Rómulo, fundador de Roma. Le
habla de los hombres ilustres de la República, Julio César y Augusto, cuyo
imperio se extenderá hasta las más lejanas tierras. Ha sido enviado a Italia
para que nazca Roma, y de su raza provendrán los hombres de la familia Julia,
que reinarán sobre el mundo. Después de conocer la grandeza prometida a su
estirpe, Eneas se despide de Anquises y, acompañado de la Sibila, sale por la
puerta de marfil.
Después de
embarcarse en Gaeta, los troyanas llegan al Lacio, reino de Latino, cuya esposa
Amata le había dado una sola hija, Lavinia, prometida a Turno, rey de los
rútulos. Eneas se presenta ante Latino con numerosos regalos; éste lo recibe con
buen ánimo, prometiéndole la mano de su hija Lavinia. Juno, enemiga de Eneas,
por intermedio de Alecto, una de las tres Furias, hace nacer el odio hacia el
troyano en el corazón de Amata, esposa de Latino. La Furia, bajo el aspecto de
una vieja vestal, se le aparece a Turno en sueños, aviva los célos, incitándolo
contra el que quiere arrebatarle la mujer que le ha sido prometida. Prosiguiendo
su obra nefasta, Alecto mueve a todos los reyes
Siguiendo su viaje, los troyanos llegan a la desembocadura del Tíber y acampan
en sus orillas. Exploran aquellas tierras, y Eneas envía embajadores al rey
Latino solicitándole permiso para establecerse en sus dominios. Juno excita
hacia Eneas el odio de Amata, esposa de Latino, anunciándole que el héroe
troyano quiere desposar a su hija Lavinia, prometida de Turno, rey de los
rútulos. Entretanto, Alecto, una de las Furias, aviva los celos de Turno, quien
arrastra a la guerra contra el extranjero a todos los reyes del Lacio. Por su
simpatía hacia Eneas, Latino es obligado a renunciar, mientras los guerreros se
aprestan para la lucha.
Habiéndose dormido Eneas en el borde del Tiber, se le
apareció el dios del río balo el aspecto de un anciano envuelto en una túnica,
anunciándole que encontraría una cerda blanca con veinte cerditos en el lugar en
que Ascanio fundaría la ciudad de Alba; le aconsejó después buscar la alianza
de Evandro, rey de los palántídas. Eneas sigue este consejo y recibe
la ayuda de Evandro y de su hilo
Palante. También consigue después el apoyo de Tarchon, rey de los etruscos.
Los rútulos
aprovechan la ausencia de Eneas y atacan el campamento. Dos jóvenes troyanos,
Euríalo y Niso, unidos por estrecha amistad, deciden atravesar las líneas
enemigas y avisar a Eneas. Logran eludir los guardias del campo contrario, pero
finalmente son rodeados por una partida adversaria.
Niso puede escapar, no así
su compañero, que cargado con
el peso de las armas arrebatadas, es capturado. Niso
vuelve sobre sus pasos y pide a Volcanes
que lo mate en lugar de su amigo. Pero éste ya ha traspasado con su espada el
cuerpo de Euríalo. Niso, enloquecido de dolor, se precipita sobre el jefe
enemigo y lo mata, pagando con su vida el acto de arrojo.
Eneas, preocupado, presenciaba estos preparativos de guerra cuando se le
apareció el dios del Tíber, ordenándole remontar el río para solicitar socorro a
Evandro, que había establecido una colonia de arcadios en las tierras adonde más
tarde seria construida Roma. Evandro y su hijo Palante reciben con simpatía al
héroe, pues en otro tiempo el viejo rey había sido amigo de Anquises. Venus, que
había encargado a Vulcano la forja de armas para Eneas, entrega a su hijo una
coraza, un casco, una lanza y un magnífico escudo, que debería llevar al día
siguiente.
La batalla
continúa con alternativas de reveses y victorias para los dos bandos; muchos
héroes han muerto. Palante es mortalmente herido por Turno, quien viendo en
peligro la vida de Lausus corre en su ayuda. Eneas atraviesa con su lanza
el cuerpo de Lausus, que intenta proteger a su padre Mezencio.
Camila reina de los volscos, cae alcanzada por Aruns y muere en los brazos de
sus compañeras.
Mientras Eneas se ocupa de reunir las tropas de socorro aliadas, los rútulos,
azuzados por Juno, atacan el campamento de los troyanos e intentan incendiar su
flota. Pero la valentía de los sitiados, por primera vez al mando de Ascanio,
los obliga a batirse en retirada.Mientras la lucha prosigue alrededor de las
fortificaciones, Eneas consigue asegurarse el apoyo de Tarchon, jefe de los
etruscos. Con tropas nuevas corre en ayuda de sus compañeros. Se lucha
encarnizadamente. Muchos valientes guerreros caen en los dos bandos; entre
ellos, Palante, hijo de Evandro, y Camila, la intrépida amazona ahijada de Turno.
La suerte parece favorecer a los troyanos que, de sitiados, se han convertido en
sitiadores, persiguiendo a los latinos hasta los muros de Lorenza. El anciano
rey acepta, a pesar suyo, que el resultado de la guerra se decida en un combate
entre Eneas y Turno.
La lucha se vuelve más
encarnizada. Corre la sangre sobre el campo de batall4; muchos valientes
guerreros caen en los dos bandos, entre ellos Camila, la intrépida amazona.
Entonces, Eneas y Turno deciden confiar el resultado del combate a sus propias
armas, lo cual acepta el anciano rey. Se baten en duelo, y Eneas resulta
vencedor. A punto de perdonar la vida del rótulo herido, advierte que éste lleva
el escudo de su amigo Palante, que Turno ha arrebatado al hilo de Evandro;
impulsado por la ira, hunde su espada en el pecho del héroe enemigo. Como lo
establecía el pacto previo, desposará a Lavinia y fundará una nueva ciudad.
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