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El Libro Que Encendió La Mecha: Uno de los más
importantes alegatos contra la guerra fue el libro de la austriaca Bertha
Kinsky von Suttner, ¡Abajo las armas!, aparecido en 1889. El impacto
que provocó en amplios sectores de la opinión pública esta obra de la hija del
conde Kinsky, mariscal de campo y chambelán del emperador Francisco José,
desembocó en los años siguientes en varias campañas antibélicas, a las cuales se
adhirieron intelectuales como Víctor Hugo, Tolstoi, Bjórnson, Strindberg,
Renan y muchos otros.
Un efecto más específico en los gobiernos europeos tuvo La guerra futura,
publicado en 1888 por el banquero ruso polaco J. S. Bloch. Este autor
profetizaba para un futuro más o menos inmediato una larga y cruel guerra de
trincheras seguida de un colapso económico tanto para vencidos como para
vencedores.
Tras
la lectura del libro de Bloch, el zar Nicolás II a travé s
de su ministro de Relaciones exteriores, Muraviev, puso sobre aviso a las
naciones europeas sobre la convenieneia de reducir los armamentos y de celebrar
una conferencia de distensión. «El gobierno ruso creía
que el momento actual era favorable para estudiar, en una conferencia
internacional, los medios más eficaces de asegurar a todos los pueblos los
beneficios de una paz real y duradera», explicó el zar, quien creía
que tal reunión «sería un feliz presagio del siglo que iba a comenzar» y
«recogería en un haz poderoso los esfuerzos de todos los estados que quisiesen
hacer triunfar la gran concepción de la paz universal contra los elementos de
desorden y discordia. Consagraría los principios de equidad y de derecho sobre
los que deben descansar la seguridad de los estados y la felicidad de los
pueblos».
La
invitación rusa fue acogida con entusiasmo, más afectado que sincero, por los
gobiernos europeos y la conferencia se celebró en mayo de 1899, en La Haya. La
poca disposición dé las potencias europeas
—sobre todo de Alemania y Francia—, a transigir en lo que consideraban un
intento de «limitar su independencia», había condenado de antemano el éxito de
la reunión, mas la inesperada presencia de un grupo de Así, en esta conferencia
de La Haya se convino en que la limitación de armamentos «sería un gran paso
para el bienestar moral y material de la Humanidad» y que el arbitraje
internacional era «el medio más eficaz para resolver cuestiones de orden
jurídico y para la interpretación de convenciones internacionales».
El Tribunal de La Haya
Casi
obligadas por las circunstancias, las potencias occidentales consintieron en
levantar en La Haya un monumental Palacio de la Paz, que fue financiado por el
magnate del acero estadounidense Andrew Carnegie (imagen) , destinado a
ser la sede de un Tribunal
de arbitraje para los litigios internacionales. En medio de una atmósfera
cargada y con la previsión del inevitable desastre, los pacifistas, por
iniciativa de D’Estournelles de Constant, crearon simultáneamente la
Unión interparlamentaria. El propósito de esta organización era presionar a los
parlamentos para que se firmaran acuerdos entre las naciones aceptando someter
sus conflictos al Tribunal de La Haya.
Uno de los primeros y tímidos tratados europeos de arbitraje fue el firmado en
1903 entre Gran Bretaña y Francia. De acuerdo con él ambos países convenían en
llevar al Tribunal de La Haya «aquellas disputas de orden jurídico que no hayan
podido ser resueltas por la vía diplomática, siempre que no pongan en peligro
los intereses vitales, ni la independencia o el honor de ninguno de los dos
estados contratantes, ni de un tercero...».
Sin
embargo, coherentes con su política expansionista, Francia, Gran Bretaña y el
resto de las grandes potencias sólo sometieron a la consideración del Tribunal
de La Haya unos pocos litigios intrascendentes, haciendo caso omiso al cariz que
tomaban los acontecimientos mundiales y a la cada vez más evidente amenaza de
guerra.
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