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En la áspera y larga campana librada
por el Ejercito Expedicionario trances en Indochina, el peso
principal de la lucha recayó casi siempre sobre los batallones y
regimientos de la Legión Extranjera, la aguerrida tropa de élite
cuya historia encierra casi todas las paginas mas brillantes de la
historia militar francesa en los últimos 130 anos.
Se puede decir,
en efecto, que no ha habido guerra ni campana de conquista colonial
emprendida por Francia durante ese periodo en la que no haya
participado este cuerpo de mercenarios que, procedentes de los
países mas remotos y diversos, se enrolaban en la Legión a impulsos
de la sed de aventuras, de su afición a la guerra y, muchas veces
también, en busca de un refugio seguro para eludir la acción de la
justicia.
Estos individuos tan diferentes entre
si, convertidos en formidables soldados por obra y gracia de una
discipline férrea y de una instrucción completa en la que no se
escatima ningún rigor, han derramado su sangre por Francia en dos
guerras mundiales y han dejado sus huesos en cuatro continentes
batiéndose en defensa de una bandera que no era la de su nación de
origen.
La Legión Extranjera fue fundada el 9
de marzo de 1831, durante el reinado de Luis Felipe de Orleans, al
darse cuenta el gobierno francés de que la conquista de Argelia
presentaba mas dificultades de las esperadas; en esa época los
franceses, muy vivo aun el recuerdo de las penalidades soportadas en
las campanas napoleónicas, no parecían muy dispuestos a hacerse
matar en una empresa que se les antojaba descabellada y vana. Los
oficiales de enrolamiento del nuevo cuerpo hicieron su primera buena
cosecha de carne de cañon entre los tejedores de seda de Lyon;
estos, que habían desatado una insurrección contra el gobierno por
motives gremiales, estaban siendo victimas de una represión
implacable, al punto de que muchísimos de ellos no vieron otra
alternativa que alistarse en la Legión para escapar a la cárcel.
En cuanto a los extranjeros eran en su
mayoría polacos que se habían refugiado en Francia después del
fracaso de una rebelión contra el gobierno zarista, e italianos
—sardos, piamonteses, lombardos— muchos de los cuales sirvieron ya a
Francia en los ejércitos de Napoleón; unos y otros se habían
enrolado en bloque, en unidades ya constituidas y mandadas por sus
propios oficiales.
La Legión Extranjera recibió el bautismo de fuego
en los campos de batalla argelinos, y sus primeros hechos de armas
no fueron muy afortunados: los hombres se batían mas por emulación
que por disciplina, sin el menor espíritu de cuerpo, frente a un
enemigo valeroso y tenaz que, además, estaba defendiendo su suelo;
en ocasiones faltó muy poco para que todo concluyera en un desastre
irreparable, de forma que se resolvió introducir una serie de
reformas sustanciales.
En lo sucesivo no habría enrolamiento
colectivo, sino individual y los voluntarios serian encuadrados por
oficiales seleccionados; se impondría también el uso del francés
para evitar que —como ya había sucedido— en el combate los
legionarios se desconcertasen por no entender las órdenes de sus
comandantes. Al aprobar el decreto de Luis Felipe, la Cámara
introdujo un párrafo que establecía que la Legión no debía ser
empleada en territorio metropolitano, y menos aun en misiones de
orden publico: se quería evitar así que en caso de una eventual
rebelión interna los gobiernos franceses pudieran defenderse
ordenando a mercenarios extranjeros hacer fuego sobre ciudadanos
franceses.
Con el tiempo se iba a ver que esta medida era prudente y
previsora, ya que la Legión Extranjera no tardó mucho en hacerse
famosa por su valor en el campo de batalla como por su despiadada
crueldad con el enemigo antes, en y después del combate, y por sus
abuses y desmanes en perjuicio de las poblaciones nativas de las
colonias.
En 1845, por ejemplo, un terrible escándalo conmovido a
la opinión publica francesa: el coronel Pélissier, encargado de
perseguir en las montañas de Kabilia a un grupo de argelinos, rodeó
con sus soldados un poblado berberisco y ordenó que le prendieran
fuego.
Hombres, mujeres y niños, todos los habitantes del poblado
murieron, porque los legionarios que rodeaban el aduar disparaban
sobre los que pretendían huir de sus chozas incendiadas. Ya en esa
época los legionarios parecían justificar plenamente el juicio de un
coetáneo que, después de verlos desfilar por una ciudad argelina,
escribía: "Es, sin duda, una asociación de hombres valerosos hasta
la temeridad, pero totalmente al margen de la ley y de la sociedad.
La Legión Extranjera se ha creado, en la disciplina y en el combate,
una fama que, inspira cierta inquietud a sus amigos, pero que
también infunde respeto a sus enemigos".
Mientras tanto, ¡os regimientos de la
Legión que combatían en Argelia fueron habituándose a la especial
manera de guerrear de los cabileños, y poco a poco comenzaron a
imponer su superioridad táctica y en armamento. En su lucha contra
los rebeldes de AbdelKader —la insurrección en la Kabilia sólo pudo
ser sofocada después de varias décadas de lucha— los regimientos
legionarios se forjaron una sólida reputación de combatientes duros
e implacables.
Es en esa época cuando empieza a
surgir lo que después algunos han llamado la "mitomanía legionaria";
contra esa tendencia generalizada a exagerar la magnitud de las
hazañas cumplidas por los legionarios en el campo de batalla
prevenía el general francés Thomás cuando escribió: "Hemos aprendido
a inflar con aires de victoria nuestros partes de guerra, al punto
de transformar en otros tantos Austerütz las vulgares escaramuzas en
las cuales nuestros soldados se limitan a perseguir a un enemigo que
se retiraba sólo para tender una nueva emboscada".
Después, cuando la Legión estuvo bien
probada en la brega, los gobiernos de París tomaron la costumbre de
enviarla a cualquier parte del mundo en que fuera necesario defender
el prestigio de las armas francesas. La primera expedición tuvo por
teatro España, desgarrada por las guerras carlistas, entre 1835 y
1839; en esa campaña participó un regimiento integrado por unos
4.000 legionarios que engrosaron los ejércitos de la reina Isabel II
en su lucha contra los partidarios de su tío Carlos (a quienes, por
esa razón, se les llamaba "carlistas") que querían para éste el
trono español.
Al término de la campaña de esos 4.000 hombres sólo
regresaron a sus cuarteles de Sidi Bel Abbés unos 500; los restantes
habían quedado para siempre en las sierras de Cataluña En 1854,
Napoleón III decidió enviar varios regimientos de la Legión a Crimea,
para defender a los turcos contra los cosacos del zar Nicolás I;
ante los muros de Sebastopol los legionarios se batieron
valerosamente hombro con hombro con los ingleses y los piamonteses,
que también habían acudido al llamado de auxilio del Sultán. Para
ese entonces los hombres de la Legión están bien equipados y
sometidos a una disciplina de hierro que los diferencia de las demás
unidades del ejército francés.
Sus compañeros de armas los llaman
"barrigas de cuero", por la reluciente cartuchera de ese material
que les cuelga de la cintura. Los suboficiales representan el más
sólido nexo entre hombres de nacionalidades y lenguas tan diversas;
del mantenimiento de la disciplina se encargaban los sargentos y el
"ayudante de compañía" (un suboficial) es en la práctica el
verdadero comandante de la unidad.
A los oficiales de carrera les cuesta
al principio hacerse obedecer y respetar por sus hombres; éstos
prefieren a los que provienen de las filas y se han ganado ¡os
grados por su valentía en el combate. La expedición a Crimea se
prolongó hasta 185ó, y aparte de los muertos en acción frente al
enemigo, la Legión vio raleadas sus filas por una epidemia de cólera
que azotó el campamento francés.
Continua parte II |