LAS LENGUAS ROMÁNICAS

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También llamadas romances o neolatinas, las lenguas románicas son el resultado de la diferente evolución que experimentó el latín vulgar en las diversas regiones de la Romania (que en la actualidad abarca España, Francia, Italia, Portugal y Rumania)

El latín es una de las lenguas que, junto con el osco, el umbro y el falisco, configura la rama itálica del indoeuropeo, una lengua que se hablaba hace seis mil o siete mil años en una zona de Europa o de Asia que no ha sido posible precisar, puesto que no ha llegado hasta nosotros documento alguno (entonces no existían sistemas gráficos de escritura).

A finales del siglo XVIII, la incipiente lingüística comparada identificó ese tronco común con el sánscrito (hoy sabemos que éste no es sino otro descendiente del indoeuropeo). Ya en los siglos XIX y XX, la reconstrucción del árbol genealógico de esta vasta familia arrojó nueva luz sobre el nexo de unión entre sus distintos componentes, y permitió descubrir que el latín —hermano del osco, el umbro y el falisco— formaba parte de la rama itálica. 

La romanización

Original de Roma, una pequeña aldea del Lacio que más tarde se convertirla en cabeza del imperio, el latín fue extendiendo sus dominios progresivamente, a menudo a través de conflictos bélicos. Así, las guerras púnicas o fenicias decidieron la supremacía de Roma sobre el Mediterráneo y ya la primera (264-241 a. C.) concluyó con la incorporación de Sicilia, Córcega y Cerdeña. A partir de la segunda (218-201 a. C.), cuando Aníbal fue derrotado por Escipión en África, el poder romano se extendió por toda la cuenca occidental del Mare Nostrum y, a partir de ese momento, el avance será imparable: Hispania (197 a. C.); lllyricum (167 a. C.); Africa yAchaía (Grecia>, en el 146 a. C.; Asia (129 a. C.); GaIIia Narbonensis (la antigua Provenza), en el 118 a. C.; Gaula Cisalpina (81 a. C.); Gaula Transalpina (51 a. C.); Aegyptus (30 a. C.>; Rhaetía y Noricum (15 a. C.>; Pannonia (lCd. C.); Cappadocia (17 d. C.); Britannia (43 d. Ci; Dacia (107 d. C.). Una enorme extensión del globo quedó bajo el control de Roma.

La romanización (es decir, la asimilación espiritual y cultural de los diversos pueblos sometidos) no se efectuó de la misma manera en todas partes: en Italia, el proceso fue rápido (gracias a la afinidad de sus habitantes); en Hispania y las Galias se desarrollaron centros romanos florecientes; en las provincias periféricas, por el contrario, la romanización fue más débil y acabaron perdiéndose para el mundo latino (sobre todo desde la invasión de tribus nórdicas).

El apelativo romani sirvió desde antiguo para designar a todos los ciudadanos del imperio, por oposición a los bárbaros y extranjeros. Con el nombre de Rumania y de rumano se ha perpetuado en la zona más oriental de las posesiones romanas, y también se ha conservado en el término romanche (o retorromance, en el este de Suiza y al noreste de Italia), así como en la forma Romagna (en la actualidad, una provincia italiana). Además de Romanus, existía la palabra romanicus (testimoniada desde el siglo y), aplicada al mundo romano (Romania) en contraposición con Barbaria; y de ahí deriva el adverbio romanice (‘en lengua vulgar’) que hoy identifica a las lenguas que han resultado de la evolución del latín. 

Del latín vulgar al románico común

El latín que hablaba el pueblo no era el mismo que el que manifestaban los escritores. El primero era un latín vulgar, sujeto al cambio; el segundo, un latín culto reacio a las innovaciones. Con todo, se aprecia un descenso en el nivel literario y gramatical de los escritos que se conservan del periodo comprendido entre el siglo VI y el VIII: obras históricas y didácticas, textos del derecho y la administración están redactados en un latín más o menos bárbaro. La reforma carolingia (patrimonio de la Iglesia y de los doctos> viene a coincidir con el nacimiento de un nuevo idioma (eL romance), diferente de la lengua litúrgica y de la literaria. Una centuria después, la expresión rustíca Romana lingua que figura en uno de los cánones del concilio de Tours (año 813) confirma la transformación: recomienda a los presbíteros que prediquen en lengua románica, con el fin de que los fieles puedan entenderles:

Los lingüistas hablan de románico común para referirse a esta fase de diferenciación, pero no les resulta sencillo determinar de qué lengua se trata (pues no se conserva ningún texto auténtico e íntegro que refleje tal estadio lingüístico). Raynouard, en el siglo XIX, aseguró que esa lingua romanica no era otra que el provenzal antiguo. Desde Friedrich Diez, se ha formulado sucesivas hipótesis en torno a la delimitación y clasificación de los idiomas neolatinos, sobre la base de criterios históricos, lingüísticos, políticos o literarios que han hecho variar el número de lenguas.

Una de las propuestas es la de Tagliavini, que las divide en el grupo del Este, por un lado, y el grupo del Oeste, por el otro, según una línea que atraviesa el noreste de Italia. Los dialectos situados al noroeste de esta línea imaginaria serían más innovadores, en tanto que los otros serían más conservadores. De Este a Oeste localiza los siguientes subgrupos: balcanorrománico (rumano, dálmata) e italorrománico (italiano, sardo, retorrománico), en el Este; galorrománico (francés, francoprovenzal, provenzal, catalán> e iberorrománico (español, gallego, portugués), en el Oeste. El italiano constituiría la transición entre el balcanorrománico y el italorrománico, mientras que el catalán sería el puente entre el galorrománíco y el iberorrománico.

Esta fragmentación en el seno del romance común posiblemente se empezó a fraguar entre la caída del Imperio romano de Occidente (476 d. C.) y los primeros testimonios escritos en románico que se conservan en varios lugares de Europa. Se inició entonces y de forma paulatina se fue acelerando debido a dos factores: la tendencia general de las lenguas a evolucionar con el tiempo y la diferente dirección que tomó cada una de ellas dadas las divergencias entre las comunidades que hablaban aquella rustica lengua.

Los árboles genealógicos que se han venido trazando para ilustrar las relaciones genéticas en el interior del romance común a menudo se establecen sobre criterios históricos —antes que lingüísticos— y enfatizan las ramificaciones progresivas pero no dan cuenta de las coincidencias lógicas entre variedades que han estado en contacto durante muchos siglos. Además, tampoco pueden explicar por qué en el centro un mismo concepto se expresó con un derivado de X étimo latino y en la periferia con el derivado del étimo latino Y cuando es general la aceptación del principio que confirma la transmisión de rasgos innovadores desde el centro a las provincias.

Estas y otras cuestiones son todavía en la actualidad objeto de estudio de la lingüística románica, cuyo fundador fue curiosamente un alemán (Friedrich Diez), a quien debemos la primera Gramática románica (1836), así como el primer Diccionario etimológico de las lenguas románicas (1854). A continuación llegarían innumerables contribuciones en este terreno: las de W. Meyer-Lübke, Bourciez, Tagliavini, Rohlfs, Menéndez Pidal, etc. En la segunda década del siglo XX, los romanistas crearon una asociación internacional que celebra congresos periódicos desde 1928 y publica desde 1925 la Revue de linguistique romane. 

Tendencias en la evolución de los distintos romances

Por lo que se refiere al vocalismo, fue generalizada la pérdida de las vocales finales átonas del latín (colpahu español, golpe; francés, coup), así como la desaparición del rasgo fonológico de la cantidad vocálica (largas y breves convergieron en una sola vocal) y la diptongación de las vocales medias tónicas. Las vocales nasales se encuentran sólo en francés y en portugués, y las redondeadas únicamente en francés y algunas variedades del retorromance y del noreste de Italia.

Los más importantes procesos fonológicos que afectaron al consonantismo fueron: la lenición de consonantes intervocálicas (las sordas se sonorizan y las sonoras desaparecen) y la palatalización de consonantes velares y dentales, a menudo con una africación posterior (lactuca > gallego, leituga; español, lechuga; catalán, lletuga). Ambos procesos tuvieron mayor incidencia en el Oeste (de las lenguas occidentales, el sardo fue la única que no palatalizó). Otra característica es la reducción de las geminadas latinas, que solamente preservó el italiano.

Ya en el ámbito de la gramática, habría que destacar los siguientes fenómenos: en el sistema verbal, la creación de formas compuestas (normalmente mediante la combinación de habere con el participio pasado de otro verbo), paralelas al paradigma sintético ya existente; y la construcción de la pasiva con el auxiliar ser y el participio del verbo que se conjuga (el francés y el italiano también emplean ser como auxiliar en los tiempos compuestos de verbos de «estado» y «movimiento»).

Los seis casos de la declinación latina se redujeron y posteriormente fueron reemplazados por frases prepositivas (con todo, el rumano moderno mantiene un sistema de tres casos, probablemente a causa de la influencia del eslavo). Si en latín no había artículos, los romances los desarrollaron a partir de los determinantes; son siempre proclíticos, menos en rumano, lengua en la que van pospuestos al sustantivo. En cuanto a los demostrativos, la mayoría de las lenguas románicas cuenta con tres deícticos que expresan «cercanía» (este), «distancia media» (ese) y «lejanía» (aquel» sin embargo, el francés, el catalán y el rumano distinguen sólo dos términos (uno para «proximidad» y otro para «lejanía»).

El género neutro desapareció en todas partes menos en Rumania. El orden sintáctico responde a la libre disposición de los elementos en la oración propia del latín; aun así domina ordenación sintagmática de sujeto + verbo + objeto (aunque las lenguas del sureste permiten mayor flexibilidad en la ubicación del sujeto).

FUENTE CONSULTADA: GRAN ENCICLOPEDIA UNIVERSAL-ESPASA CALPE

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