|
Ninguna enfermedad deforma tanto
al ser humano como la lepra. La Biblia ya la mencionaba, y según estimaciones de
la Organización Mundial de la Salud (OMS), hoy todavía padecen esta enfermedad
unos 15 millones de personas en el Sudeste asiático (especialmente India),
África, Centroamérica y Sudamérica. Anualmente hay alrededor de 400.000 nuevas
infecciones causadas por la Mycobocterium leprae. Tras una fase
asintomática de cuatro a diez años (período de incubación), produce mutilación y
caquexia crónica. Para que el bacilo de la lepra se contagie, es necesario un
contado constante y estrecho. La lepra es la enfermedad de los pobres, de la
miseria. Los niños están especialmente expuestos.
La pérdida de identidad Principalmente se
distingue entre dos tipos de lepra: la lepromatosa o
cutánea y la tuberculoide o neuronal. La primera comienza de forma
insidiosa con úlceras en la nariz y la frente, pérdida de cabello y formación de
cicatrices hasta que la cara se vuelve irreconocible. Ésta toma rasgos leoninos,
con la nariz inflamada y los labios abotagados, lo cual hace imposible
distinguir ni la edad ni el sexo de la persona. Internamente, se destruyen las
mucosas de la boca y la nariz, se pierden los dientes y la voz se vuelve ronca y
nasal. Por su parte, la lepra tuberculoide evoluciona con hipersensibilidad,
parálisis y, finalmente, pérdida de los dedos e incluso de las manos y los pies
(Lepra mutilans). La putrefacción de los miembros suele ir acompañada de
un hedor repugnante.
Lavarse es pecado La lepra penetró en el
área mediterránea ya en la Antigüedad y en el siglo IV llegó a centroeuropa. La
causa fue la creciente decadencia de la antigua cultura del baño. Mientras que
la Roma pagana era conocida por sus termas, muchos cristianos consideraban
pecado el contacto y lavado del cuerpo. Hasta que no regresaron los cruzados de
Arabia, los baños no volvieron a ser populares, al menos provisionalmente;
durante casi 1000 años la higiene del cuerpo estuvo mal vista.
Aislamiento de los enfermos El repugnante
aspecto de los enfermos se considera a menudo una consecuencia de sus pecados.
La Biblia ya prescribía su aislamiento y varios concilios eclesiásticos
establecieron la exclusión de los enfermos. Hasta el siglo XI los leprosos
vivían desterrados en chozas en el campo, a las puertas de la ciudad. En
Alemania se les llamaba hermanos del cuerno, pues al mendigar debían avisar a
los sanos del encuentro inminente haciendo sonar uno. Más tarde se les alojó en
hospitales separados, las llamadas leproserías. En tiempos de penurias también
se albergaron en ellas muchos simuladores que preferían mezclarse con los
mutilados y malolientes enfermos de lepra antes que morirse de hambre pobres y
excluidos. En el siglo XVIII se cerraron casi todas las leproserías, pero
incluso actualmente existe un sanatorio en Eontilles, cerca de la Costa Blanca
española, que acoge a unos 80 pacientes.
Vías de infección: Además
del abandono finco, también los tatuajes juegan un papel importante en la
propagación de la enfermedad. Se toman espinas, agujas, cuchillos u otras
herramientas, se remueve el color con saliva, mucosidad nasal, orina o
excrementos de paloma, y al tatuar con ayuda de las herramientas se introduce el
color con el agente patógeno directamente en la circulación sanguínea humana.
La muerte social En la Edad Media no sólo
los médicos diagnosticaban la lepra, también lo hacían los sacerdotes. La
diagnosis se realizaba tras efectuar una sangría, inspeccionar la sangre y la
orina y observar todo el cuerpo. Si se creía que se trataba de lepra, el enfermo
era conducido a la iglesia en una procesión. Se le acostaba ante el altar, se
entonaban cantos funerarios y se le vestía con el llamado traje de Lázaro. Los
vivos colores de esta vestimenta hacían que el enfermo fuera visible desde bien
lejos. Además, tenía que llevar guantes y una castañuela con la que avisar de su
presencia. Su matrimonio se consideraba disuelto y sus propiedades pasaban a
manos de parientes o de la Iglesia.
PREVENCIÓN: La mejor manera
de prevenir la transmisión de la lepra es por medio del diagnostico temprano y
el tratamiento de la gente infectada. La enfermedad también se puede prevenir
por medio del lavado cuidadoso de las manos. Los que habitan la misma casa y
otros contactos cercanos deben ser examinados por un doctor inmediatamente y
cada año por cinco años después del contacto con una persona que tenga la
enfermedad. El doctor puede recetar medicina preventiva para algunos contactos.
Normalmente el tratamiento es con antibioticos
Propagación con la colonización y el comercio de esclavos
Mientras que con la mejora de las condiciones de vida la enfermedad se fue
extinguiendo en Europa a lo largo del siglo XVI, la península Ibérica la propagó
por Centro y Sudamérica. El conquistador español Hernán Cortés (1485-1547) mandó
construir las primeras leproserías en México. Además de la lepra, los
conquistadores llevaron también la viruela. Debido a que éstos se contagiaron a
menudo con la sífilis, para algunos fue signo de justicia igualitaria.
Latinoamérica sigue siendo hoy día uno de tos territorios más afectados por la
lepra.
El origen deja limosnera Ni
siquiera en la iglesia se trato a los enfermos con cristiano amor al prójima
Cuando en el mejor de los casos se les permitía asistir a los Servicios
religiosos, tenían que entrar en el templo por puertas especiales y ocupar un
lugar aparte, a menudo detrás de una pared can sólo una rendqa para ver al cura.
Antes y después de la misa, los leprosas pedían donativos a los asistentes
delante de la iglesia can sus limosneras sujetas a largos palos. Posteriormente
se excluyó completamente a los leprosos de la iglesia y se prefirió recoger
dinero para ellos durante la misa- Se considera que éste es el origen de la
actual limosnera.
Enterrados en vida en Molokai Después de que
James Cook (1728-1779) descubriera Hawai en 1778, se introdujeron allí muchas
enfermedades infecciosas, entre ellas, en 1845, también la lepra. En sólo 80
años el número de habitantes se redujo en cuatro quintos, de 330 000 personas a
unas 60 000. Por miedo a otros contagios, se reunió a todos los que presentaban
síntomas claros y se les desterró a la isla de Molokai; a su espalda tenían
abruptos riscos y frente a ellos sólo el mar. En aquel lugar se abandonó a los
enfermos a su suerte, no había medicamentos ni médicos, ni siquiera viviendas.
Hasta
que llegó el padre Damian de Veuster (1840-1889), religioso belga. En 1873 él
mismo se hizo desterrar a la isla. También a él le repugnaron los enfermos
malolientes y los gusanos en sus heridas putrefactas. Sin embargo, organizó la
construcción de alojamientos, proporcionó ropas y medicinas y compartió su vida
y su muerte hasta que falleció en Molokai, con sólo 49 años de edad, tras haber
contraído también la enfermedad. El padre Damián siguió a su manera el ejemplo
de Santa Isabel de Hungría, hija de un rey húngaro que cuidaba leprosos en
Marburgo del Lahn, y fue canonizado en 1995.
San Lázaro y la Orden del mismo
nombre El santo patrón de las leprosos es San Lázaro (de ahí el término lazareto
quien según la Biblia fue resucitado par Jesucristo de entre los muertas. La
Orden de San Lázaro, que lleva su nombre (s. XI). acogía a caballeros enfermos
de la Orden del Temple y de la de San Juan, que también iban a la lucha como
muertas vivientes y sin llevar la cabeza cubierta. Eran conocidos por su
valentía. Su simple vista producía pánico y horror al enemigo.
La enfermedad tiene curación En 1873,
Gerhard Armauer Hansen (1841-1912) consiguió identificar el agente patógeno en
Bergen, Noruega. Le ocurrió como a muchos descubridores y al principio sus
conocimientos no se tomaron en serio. Pero, finalmente, se comenzó a aislar a
los enfermos para impedir así una mayor propagación. Hoy en día, si la
enfermedad se diagnostica a tiempo, es posible detener su avance con una terapia
combinada a base de antibióticos. El peligro de contagio es relativamente bajo,
pero a causa de las mutilaciones, sigue siendo difícil reintegrar en la sociedad
a los que se curan.
Fuente Consultada: Grandes Catástrofes de la
Historia
|