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Resolución del problema de los
movimientos planetarios
El
tema de los movimientos planetarios es inseparable de un nombre:
Johannes Kepler. La obsesión de Kepler por la geometría y la
supuesta armonía del universo le permitió, luego de varios frustrados intentos,
enunciar las tres leyes que describen con extraordinaria precisión, el
movimiento de los planetas alrededor del Sol. Desde una posición cosmológica
copernicana, que como hemos visto en esa época era más una creencia filosófica
que una teoría científica, Kepler logró esta magnífica empresa de manera
totalmente empírica, sin más teoría que su propio convencimiento sobre el
carácter fundamental (divino) de la geometría, y utilizando la gran cantidad de
datos experimentales obtenidos por Tycho Brahe.
La
primera ley establece, a pesar de su autor, que los planetas describen órbitas
elípticas alrededor del Sol, que ocupa uno de sus focos. En la escala de valores
geométricos de Kepler, el círculo ocupaba un lugar privilegiado y de ahí su
decepción, luego de múltiples intentos por compatibilizar las observaciones con
órbitas circulares.
Primera Ley: "La orbita que
describe cada planeta es una elipse con el Sol en uno de sus focos"

Las
elipses de las trayectorias sonde muy poca excentricidad, de tal manera
que difieren muy poco de la circunferencia. Asì por ejemplo , la excentricidad
de la órbita de la Tierra es e=0,017, y como la distancia Tierra-Sol es
aproximadamente 150.000.000 de Km. la distancia del Sol (foco) al centro de la
elipse es de ae=2.500.000 Km.
La
segunda ley se refiere a las áreas barridas por la línea imaginaria que une cada
planeta al Sol, llamada radio vector. Kepler observó que los planetas se mueven
más rápido cuando se hallan más cerca del Sol, pero el radio vector encierra
superficies iguales en tiempos iguales. (Si el planeta tarda el mismo tiempo en
ir de A a B en la figura , que de c a D, las áreas en blanco son iguales).
Segunda Ley: "Cada
planeta se mueve de tal manera que el radio vector (recta que une el centro del
Sol con el planeta) barre area iguales en tiempos iguales"

El
radio vector r, o sea la distancia entre el planeta y el foco (Sol) es variable,
pues es mínima en el perihelio y máxima en el afelio. Como la velocidad areal
(área barrida en la unidad de tiempo) es constante, la velocidad del planeta en
su órbita debe ser variable. En virtud de esta ley, si las áreas PFM y AFN son
iguales, el arco PM será menor que el AN, lo que indica que el planeta se
desplaza más ligero en el perihelio. Es decir, su velocidad es máxima a la
mínima distancia al Sol y mínima a la máxima distancia.
Finalmente, la tercera ley relaciona el semieje mayor de la órbita, llamado a,
al período orbital del planeta p, de la siguiente manera: a3/P2 = constante. De
acuerdo a esta ley, la duración de la trayectoria orbital de un planeta aumenta
con la distancia al Sol y así sabemos que el “año” (definido como el tiempo
empleado por el planeta en volver al mismo punto de su órbita) en Mercurio tiene
88 días (terrestres), en Venus 224, en la Tierra 365 y sigue aumentando a medida
que nos alejamos del Sol. Estas leyes permiten también deducir las distancias
relativas de los objetos del sistema solar, si conocemos sus movimientos.
Determinando independientemente alguna de ellas es posible conocer sus valores
absolutos.
Las Tres Leyes de Kepler from alexiscb on Vimeo.
Tercera Ley: "El
cuadrado de los períodos de revolución de dos planetas es proporcional a los
cubos de sus distancias medias al Sol."
(ver una
animación de Liventicus)
Si
a1, y a2 son las distancias medias al Sol de dos planetas, por ejemplo Marte y
la Tierra, y p1 y p2 son los respectivos tiempos de revolución alrededor del
Sol, de acuerdo con esta ley resulta que:

donde
el tiempo està dado en años y la distancia en unidades astronómicas (UA=150.000.000
Km.)
Dados el periodo P y la distancia a de un planeta
al Sol; y el período o la distancia de otro, se puede determinar el dato
incógnita. Por ejemplo, para la Tierra P1 1 año; a1 = 1 UA; y para Venus a2 =
0,72 UA, se puede calcular el período P2 de Venus:

Si dado el período de revolución de un planeta se
desea conocer la distancia, se aplica la expresión:

que para el caso del planeta más lejano del
sistema solar, Plutón, donde P2 = 248 años, resulta:

Posteriormente al enunciado de esta ley hecho por Kepler, Newton probó que en la
misma deben aparecer las masas de los cuerpos considerados, y de esta manera
obtuvo la siguiente fórmula:

donde
M es la masa del Sol (el cuerpo situado en el foco de la Órbita), igual a 330
000 veces la masa de la Tierra, y m1 y m2 son las masas de los de cuerpos
considerados que se mueven a su alrededor en orbitas elípticas. Esta expresión
permite calcular la masa de un planeta o satélite, si se conoce su periodo de
traslación P y su distancia media a al Sol.
(ver Ley de Bode)
En
general para los planetas del sistema solar solo las masas de Júpiter y Saturno
no son despreciables respecto a la del Sol. De esta manera , en la mayoría de
los casos se considera (M+m) igual a: 1 masa solar y se obtiene así la
expresión dada originalmente por Kepler.
Por
primera vez una única curva geométrica, sin agregados ni componentes, y una
única ley de velocidad resultan suficientes para predecir las posiciones
planetarias, y por primera vez también, las predicciones son tan precisas como
las observaciones.
Estas
leyes empíricas recién encontraron su sustento físico y matemático en la teoría
de la gravitación universal de Newton, quien estableció el principio físico que
explica los movimientos planetarios. La construcción de este cuerpo de ideas que
comienza con Copérnico y culmina en la mecánica de Newton es un ejemplo por
excelencia de lo que se considera un procedimiento científico, al que se puede
describir muy esquemáticamente de la siguiente forma: se observa un hecho, se
mide y se confecciona una tabla de datos; luego se trata de encontrar leyes que
relacionen estos datos y, finalmente, se busca un principio que sustente o
explique las leyes.
Una vez encontrado, este principio físico permite en general
conectar hechos considerados previamente independientes y explicar más fenómenos
además de aquellos que motivaron su formulación. Newton fue así capaz de
establecer que el movimiento de los planetas alrededor del Sol y la caída de los
cuerpos sobre la superficie terrestre son dos manifestaciones del mismo
fenómeno: la gravedad.
En
general es difícil separar estos pasos claramente. El salto del sistema
tolemaico al copemicario se realizó en mayor medida debido a la reinterpretación
de ciertas observaciones que a la obtención de nuevos datos. Incluso Kepler
formuló sus leyes escudriñando más en detalle esencialmente las mismas
observaciones Ptolomeo había mencionado que los movimientos aparentes de los
astros podían explicarse suponiendo que la Tierra estaba en movimiento. Pero tal
suposición no proporcionaba más que un mecanismo conveniente para los cálculos,
y dado que la cosmología aristotélica requería una Tierra inmóvil en el centro
del universo, prefirió adoptar la suposición que resultaba verdadera en el marco
de la física aceptada en ese momento.
En realidad la escuela de Pitágoras había
establecido mucho tiempo antes, en el siglo VI a.C., que tanto la Tierra como el
Sol se movían alrededor del “fuego central”. Aristarco de Samos (siglo nI a.C.)
—mejor conocido por sus mediciones de las distancias al Sol y a la Luna, lo que
configuró una tarea extraordinaria considerando las herramientas matemáticas de
la época— sostenía que la Tierra rotaba sobre su eje y describía una órbita
alrededor del Sol. También algunos filósofos del Renacimiento habían asignado
movimiento a la Tierra. Pero ninguno de ellos usó esa suposición como punto de
partida para dar una descripción detallada y sistemática de los movimientos
aparentes de los cuerpos celestes.
En la
labor científica no es sencillo decidir qué elementos o datos deben ser
relacionados por las leyes. Kepler nos brinda un ejemplo de selección de “pistas
útiles”.
En
1609 el científico italiano
Galileo
Galilei (1564-1642) fue el primero en dirigir un
telescopio al cielo y como resultado, proporcionó a la astronomía el primer
conjunto de datos cualitativamente nuevos, desde la antigüedad. El telescopio
permitió descubrir nuevas pruebas en favor del modelo heliocéntrico. La Vía
Láctea, hasta entonces un objeto nebuloso considerado más cercano a la esfera de
la Tierra que a la de las estrellas, pudo resolverse por primera vez en una
enorme cantidad de estrellas, demasiado débiles y pequeñas para ser separadas
individualmente por el ojo desnudo. El telescopio permite efectivamente separar
dos estrellas que a simple vista parecen como una sola. Esta propiedad se llama
poder de resolución y se define con la mínima separación angular de dos
estrellas que puede observarse.
Cuanto mayor es la apertura (o el diámetro del
objetivo) mayor es el poder de resolución. Esta innumerable cantidad de nuevos
objetos volvió a dar credibilidad a la idea de un universo mucho más grande de
lo supuesto por los antiguos astrónomos, tal como había sugerido
Copérnico. El telescopio también
permitió resolver una paradoja usada por Tycho contra el modelo copenicano: si
el universo es tan grande como requiere la ausencia de paralaje, entonces las
estrellas deben ser extremadamente grandes. Hasta entonces los tamaños estimados
de las estrellas no eran superiores al del Sol y estas estimaciones se hacían
suponiendo un valor para la distancia a las estrellas . En base al mismo, el
tamaño angular observado podía transformarse en una estimación de sus
dimensiones lineales.
Pero si esta distancia aumentaba tanto, también aumentaba
el tamaño de las estrellas. Las estrellas más brillantes tendrían diámetros más
grandes que la órbita de la Tierra y esto parecía imposible. El telescopio
permitió descubrir que tal argumento era falso. Aunque aumentó notablemente el
número de estrellas visibles no hizo lo mismo con su tamaño. A diferencia del
Sol, la Luna y los planetas que se agrandan sustancialmente cuando se observan a
través del telescopio, las estrellas mantienen su tamaño. El diámetro angular de
las estrellas se había sobrestimado y actualmente sabemos que esto es una
consecuencia de la turbulencia atmosférica, el mismo fenómeno que hace parecer
que las estrellas titilan.
El
nuevo instrumento permitió también descubrir “imperfecciones” en las superficies
lunar (cráteres, montañas, zonas claras y oscuras) y solar, lo que sembró dudas
sobre la “naturalidad” de la distinción tradicional (aristotélica) entre las
regiones terrestre (repleta de imperfecciones) y celeste (perfecta). El
movimiento de las manchas observadas en la superficie solar sugirió que el Sol
rota y así la rotación de la Tierra dejó de ser una idea descabellada. El
descubrimiento de las “lunas” de Júpiter y su movimiento alrededor del planeta
terminaron por destruir la idea de que todos los objetos celestes deberían
moverse alrededor del centro del universo.
Pero la pregunta obligada es
ahora: ¿Qué es lo que hace mover los planetas?
La
explicación física del movimiento planetario en la antigüedad era que los
planetas y las esferas que los contenían estaban hechos de un elemento celeste
perfecto que rotaba eternamente alrededor del centro del universo. El movimiento
circular uniforme se consideraba natural. Pero un planeta moviéndose de acuerdo
a las leyes de Kepler, cambiando su velocidad, dirección y curvatura en cada
punto de su órbita, parecía requerir algún tipo de fuerza responsable de estos
cambios. Kepler introdujo la noción de fuerzas originadas en el Sol y los
planetas que proporcionaban la causa del movimiento planetario y de sus
satélites.
Las mismas estaban relacionadas con el magnetismo, cuyas propiedades
habían sido recientemente descubiertas: la Tierra y los planetas eran para
Kepler grandes imanes y las atracciones y repulsiones de los polos determinaban
las trayectorias planetarias. Si bien estas ideas no prosperaron, la concepción kepleriana del sistema solar como un sistema autocontenido, tanto de sus
componentes como de las causas de los movimientos de las mismas, resultó muy
importante en los desarrollos sucesivos de las ideas cosmológicas.
Fuente Consultada:
Astronomía Elemental de
Alejandro Feinstein y Notas Celestes de
Carmen Nuñez
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