LUIS XIV
HISTORIA DE FRANCIA: EL REY SOL - EL ESTADO SOY YO

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Luis XIV de Francia El rey Sol

 

 

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El reinado de este monarca, conocido como el «rey Sol» por la brillantez de su corte, marcó uno de los momentos culminantes de la historia francesa, tanto desde el punto de vista político como cultural. Fue el máximo representante del absolutismo monárquico, que resumió en la frase «el Estado soy yo» 

Minoría de edad

A la muerte de su padre, Luis XIII (1643), Luis se convirtió en rey con cinco años, bajo la regencia de su madre, Ana de Austria, y su valido el cardenal Mazarino. El joven soberano creció solitario y descuidado por su madre, que le inculcó una religiosidad formalista e intransigente. En 1648, los nobles y el Parlamento de París se aliaron contra el poder de Mazarino (guerra de la Fronda), obligando a la familia real a llevar una existencia errante, que forjó el carácter del monarca y su determinación de imponer su autoridad sobre las demás fuerzas del reino.

La victoria de Mazarino sobre los rebeldes (1653) permitió al ministro pacificar el país y construir un formidable aparato estatal que luego emplearía su pupilo, al que también inculcó el gusto por las artes y la ceremonia. En 1654, Luis XIV fue consagrado en Reims, y pronto asumió sus deberes militares en la fase final de la guerra contra España <entrada en Dunkerque, 1658). Siguiendo las directrices de Mazarino, la paz con España se selló en los Pirineos (1659) mediante el matrimonio de Luis XIV con María Teresa de Austria, hija de Felipe IV.

Primera etapa de gobierno

A la muerte de Mazarino (1661), Luis XIV sorprendió a la corte con su decisión de ejercer personalmente el poder. Su concepto de una monarquía de derecho divino (expuesta por Bossuet en su Política sacada de la Sagrada Escritura, 1679) le convertía en un auténtico lugarteniente de Dios en la Tierra, y en encarnación viva de todo el reino. Dueño de un poder absoluto, su persona y su voluntad adquirían un carácter sagrado e inviolable. Imbuido de estas ideas, se esforzó por controlar todas las actividades de gobierno, desde la regulación de la etíqueta cortesana hasta las reformas económicas o las disputas teológicas. Para estas tareas se rodeó de un grupo de eficaces ministros y colaboradores (Le Tellier, Colbert, Vauban, Bossuet, Louvois, etc.), elegidos preferentemente entre la burguesía, y, por tanto, más dóciles a sus deseos que los levantiscos nobles.

Su primera preocupación fue someter a su autoridad a los demás poderes del reino: los estados generales (parlamentos) no fueron convocados en sus 54 años de gobierno efectivo, mientras las asambleas locales eran suprimidas o privadas de competen-•das. Reformó la administración, auxiliado por Colbert y Le Tellier, centralizando el gobierno por medio de un Consejo y varias secretarías de Estado (Guerra, Asuntos Exteriores, Casa del Rey, Asuntos Religiosos), y las finanzas a través de un Consejo Real. La administración territorial se confió a intendentes sometidos a un estrecho control por a monarquía.

La nobleza, fuente de constantes rebeliones en los decenios precedentes, fue excluida de los órganos de gobierno, aunque se le reconocieron privilegios sociales y fiscales para contentarla. Pero el paso más importante en su «domesticación» fue atraerla a la corte. Los aristócratas acudieron al entorno real en busca de pensiones y honores, y se alejaron cada vez más de sus bases locales de poder. Los tremendos gastos de la brillante vida cortesana impuesta por el rey mermaron el poder económico de los nobles, que acabaron dependiendo del favor real para mantener su nivel de vida, lo que aseguró su docilidad.

La protección a las artes que ejerció el soberano fue otra faceta de su acción política. Los escritores Moliére y Racine, el músico Lully o el pintor Rigaud ensalzaron su gloria, como también las obras de arquitectos y escultores. El nuevo y fastuoso palacio de Versalles, obra de Le Vau, Le Brun y Le Notre, fue la culminación de esa política. Al trasladar allí la corte (1682), se alejó de la insalubridad y las intrigas de París, y pudo controlar mejor a la nobleza. Versalles fue el escenario perfecto para el despliegue de pompa y para la sacralizacián del soberano.

Todos esos gastos fueron posibles gracias a las reformas económicas promovidas por Colbert, dentro del espíritu mercantilista. Además de aumentar y mejorar la percepción de impuestos, se crearon manufacturas reales y compañías comerciales, se desarrolló la marina y se construyeron puertos, caminos y canales que facilitaron las comunicaciones y favorecieron el comercio.

En la visión de Luis XIV, el desarrollo interior debía ir parejo a la grandeza exterior, centrada en la expansión territorial. Por sus enormes recursos y la potencia de su ejército, Francia podía aspirar a hacer efectivo el puesto hegemónico en Europa que había perdido España. Precisamente, la guerra de Devolución (1667-68) arrebató a los Austrías parte de sus posesiones en los Países Bajos, aunque la presión inglesa y holandesa obligó a Francia a renunciar temporalmente a sus pretensiones. La hostilidad contra Holanda se incrementaba por la rivalidad marítima mercantil, y Luis XIV decidió castigar sus intromisiones invadiéndola (1672-78). Pronto, Austria y España se coligaron en apoyo de Holanda. La paz de Nimega (1679) amplié las fronteras de Francia 

por el Norte y el Este, rápidamente fortificadas por Vauban, aunque Holanda logró mantener su independencia y su pujanza comercial. Por esta misma época se produjo la «crisis de las regalías» (1673-75), el primer enfrentamiento con el papado. El afán regio por someter a la Iglesia francesa a su autoridad, al margen de Roma <galicanismo), culminó en una amenaza papal de excomunión, cuando Luis XIV pretendió percibir las rentas de los obispados (regalías). 

De los «cuatro artículos» a Ryswick

El año 1682 marcó el apogeo del reinado de Luis XIV. Victorioso en Europa, todopoderoso en la nueva corte de Versalles, una asamblea del clero de Francia aprobó el edicto de los «cuatro artículos», que prodamaba la independencia del poder real respecto al Papa. Por otra parte, el fallecimiento de la reina (1666) y de Colbert (1683), sustituido por el belicoso Louvois, desataron en el monarca una exagerada piedad, que se tradujo, en estos momentos, en la persecución de toda disidencia religiosa en el reino.

La revocación del Edicto de Nantes (1685) significó el fin de la tolerancia con los protestantes (hugonotes), y los que no se convirtieron tuvieron que exiliarse. La pérdida de una importante minoría de artesanos, comerciantes y financieros tuvo graves consecuencias para el reino. También se persiguió a los jansenistas, católicos críticos (destrucción de Port Royal, 1709-11). Estos hechos lograron enconar todavía más la enemistad tanto de Roma como de los protestantes de Holanda e Inglaterra (donde el católico Jacobo II Estuardo había sido destronado en 1688).

Los problemas comenzaron cuando Luis XIV emprendió su política de «reuniones», anexionando territorios en torno al Rhin con pretextos jurídicos más o menos  sólidos (1688), al tiempo que apoyaba a tos Estuardo en sus intentos por recuperar el trono, y disputaba a ingleses y holandeses el dominio de los mares. La hostilidad general europea se tradujo en una Gran Alianza (Holanda, Inglaterra y el Imperio). A pesar de las victorias iniciales, la muerte de Louvoís (1691) y el progresivo agotamiento del país, rodeado de enemigos, provocaron la ruina de las pretensiones francesas. En la paz de Ryswick (1697), Luis XIV tuvo que renunciar a gran parte de sus adquisiciones, además de reconocer como rey de lnglaterra al odiado Guillermo III de Orange, al que ya se habla enfrentado en la invasión de Holanda. También hubo de doblegarse ante Roma y abolir los cuatro capítulos galicanos (1693).

Los últimos años

La encuesta de 1698 reveló el estado de postración económica del reino. Luis XIV intentó restaurar las finanzas y se rodeó de un nuevo grupo de colaboradores (ChamiIlard, Torc Desmaretz) más leales y menos brillantes que sus predecesores. Pero la recuperación económica fue impedida por una nueva campaña exterior. Al morir Carlos II de España sin herederos habla nombrado sucesor al duque Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV Aquél aceptó la herencia, pero se negó a renunciar a sus derechos al trono francés, lo que provocó la inmediata hostilidad de Inglaterra y Holanda, temerosas de la eventual unión entre la potencia continental de Francia y el imperio colonial español. Por tanto, apoyaron las pretensiones del candidato austriaco Carlos de Habsburgo, hijo del emperador Leopoldo I. La guerra de Sucesión española (1701-15) se convirtió en un nuevo conflicto europeo. Los esfuerzos que exigió fueron fatales para Francia, que estuvo a punto de perder todos los territorios que había ganado en la centuria anterior. Las últimas victorias francesas en Villaviciosa (1710) y Denain (l7l2)y el agotamiento general de los contendientes permitieron a Francia alcanzar una paz honrosa en Utrecht. (1713). Felipe V fue reconocido como rey de España, y Francia retuvo varios territorios en Flandes y el Rhin, aunque se evidenció la pérdida de su hegemonía en Europa.

Retirado en Versalles y privado de sus herederos directos, Luis XIV intentó asegurar la sucesión para su hijo ilegítimo, el duque del Maine. Pero a su muerte (1715), su sobrino el duque de Orleans logró que el Parlamento de París anulara el testamento y actuó como regente de Luis XV, el enfermizo bisnieto del Rey Sol.

       
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