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Un nuevo rey de Francia : Luis XVI
Luis
XVI, nieto de Luis XV, reinó por espacio de quince años antes de que
estallara la revolución, años que fueron testigo de algunos éxitos del rey,
aunque mucho más aún de desilusiones y reveses. Fue aquel un período en que los
problemas no cesarían de crecer y agravarse, hasta llegar un momento en que no
se vislumbró ninguna solución posible; en suma, unos años de angustia y de
continua agitación política.
Luis XVI (Versalles, 23 de agosto
de 1754 – París, 21 de enero de 1793), fue rey de Francia y de Navarra entre
1774 y 1789 y rey de los franceses entre 1789 y 1792, que ostentó el título de
duque de Berry.
Una
época en que la cultura aristocrática del Antiguo Régimen llegó a su punto
culminante y los privilegiados pudieron dedicarse sin trabas a una existencia
frívola y elegante; los últimos momentos de una edad dorada en que la nobleza
francesa saborea "toda la dulzura de vivir".
Algunos coetáneos perspicaces creyeron a la sazón que sólo un espíritu genial
podría poner remedio a la pavorosa Situación en que se hallaba sumida la
monarquía en Francia. Desgraciadamente, Luis XVI no era ningún genio y ni
siquiera poseía una enérgica personalidad. De él se ha dicho que en otras
circunstancias hubiera sido un perfecto burócrata trabajador manual, pues poseía
todas las cualidades requeridas para ello: orden, sentido del deber y
extraordinario amor al trabajo.
El
monarca era un hombre bueno, honrado y afable; precisamente el tipo de esposo
que la reina María Antonieta calificaba, con su habitual desparpajo, de "pobre
diablo", en carta dirigida a una íntima amiga. En el transcurso de los años, el
pueblo francés se forjó la misma opinión de aquel bonachón de Luis, que tampoco
se parecía a un auténtico rey.
Era
de carácter lento, torpe en sus maneras y hasta tal punto irresoluto que el solo
hecho de tener que adoptar cualquier decisión significaba una verdadera tortura
para él, careciendo además de voluntad y de confianza en sí mismo. Luis XV
apreció siempre sinceramente a su nieto, destinado a sustituirle. en el trono,
pero sin forjarse la menor ilusión sobre su talento de gobernante: "Este
joven difícilmente sabrá enfrentarse con la chusrevolucionaria”. Y, en
efecto, Luis XVI permaneció indeciso entre los principios de la monarquía de
derecho divino, en que fuera educado, y las ideas de reforma social esparcidas
por todas partes.
La
herencia que el destino reservaba a Luis XVI nada tenía de enividiable, y no
obstante, el rey se hallaba dispuesto a ofrecer sus mejores energías para
superar cualquier dificultad. Comprendía que era necesario actuar para
restablecer el prestigio de una monarquía tan gravemente quebrantada. Luis XVI
se esforzaba en demostrar que no era un déspota y creyó que daba suficientes
pruebas de ello al restablecer los parlamentos abolidos por Luis XV. Esto
sucedió en 1774 y su consecuencia inmediata fue la dimisión de Maupéou.
El
nuevo rey hubo de admitir poco después que dicha consecuencia no sería la única.
Los miembros del Parlamento eran rencorosos y no sabían olvidar, de modo que
apenas restablecidos en sus funciones, emprendieron con renovada energía la
lucha en defensa de sus derechos y de sus intereses feudales, enfrentándose de
nuevo con la autoridad real. En años sucesivos los parlamentos consagraron la
mayor parte de sus actividades a obstaculizar las acertadas reformas que Luis y
sus diversos ministros intentaron implantar en beneficio de la nación francesa.
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