
«Para qué
queremos una revolución si no conseguimos un hombre nuevo? Jamás lo he
entendido. ¿Para qué? Naturalmente para lograr un hombre nuevo. Éste es el
sentido de la revolución, tal como lo veía Marx, no la revolución burguesa»
Herbert
Marcuse nació en Berlín en 1898. Después de estudiar literatura, se interesó por
la filosofía, trasladándose a Friburgo para asistir a las clases que impartía
Heidegger. Pero fue la lectura de Marx, en especial de sus Manuscritos
económico-filosóficos, lo que produjo un giro radical en su pensamiento,
acuciado más por una necesidad derivada de la situación política en Alemania (el
fracaso de la revolución, encarnado en el asesinato de Karl Liebknecht y Rosa
Luxemburg y el afianzamiento del nacionalsocialismo, que auguraba la victoria
del nazismo y el fracaso de una
política socialista),
que por una elección personal. Efectivamente, la clase obrera alemana fue
incapaz de detener a Hitler, por lo que su ascenso no se entendió como un hecho
aislado o accidental, sino que fue interpretado por los intelectuales,
especialmente por los integrantes de la Escuela de Frankfurt, como un estadio
derivado del desarrollo del capitalismo tardío. A esta escuela accedió Marcuse
en 1932, a través de Kurt Ríezler, amigo de Heidegger y de Horkheimer.
Fundada por un científico judío vinculado al radicalismo marxista, la Escuela de
Frankfurt comenzó su andadura como parte del lnstitut fürSozialforschung,
el Instituto de Investigación Social, dedicado a estudiar los movimientos
obreros, revisar las teorías de Marx y analizar desde una perspectiva
interdisciplinar (filosofía, ciencias sociales, epistemología, psicoanálisis,
economía, etc.) distintos problemas sociales, sobre todo los concernientes a la
situación de Occidente y a su contrapartida comunista. El lnstítuto
se enfrentó tanto al capitalismo
burgués como al socialismo bolchevique, criticando las filosofías que los
justificaban: el positivismo y el marxismo ortodoxo.
Como miembro de la Escuela de Frankfurt, también denominada Teoría
Crítica, Marcuse colaboró en todos los proyectos interdisciplinares que tendían
a configurar un nuevo modelo de teoría social. Trasladada a la Columbia
University (New York) en 1934, la escuela, dirigida por Horkheimer, mantuvo
viva la tradición de los intelectuales de izquierda y sirvió de referencia a
todos los movimientos emancipatorios. Su análisis crítico estaba claramente
orientado a la transformación del mundo, a una praxis social que desocultara el
tipo de racionalidad sobre el que se asientan las sociedades modernas
industrializadas, sean liberales o socialistas, racionalidad que permitía
mantener y confinar al mundo en su estado existente.
La Teoría Crítica asume que el teórico, el investigador, es un elemento endógeno
a la realidad que interpreta y que pretende transformar. Su relación con ella es
dialéctica, porque es parte constitutiva de la sociedad que pretende conocer y
en la cual se origina su análisis: toda cultura pertenece a una estructura
ideológica que tiende a perpetuar el sistema que la genera, desviando las
acciones individuales de la emancipación así como de la propia comprensión de la
realidad en la que se encuentra sumergida. La Teoría Crítica pretende liberar a
los individuos de estas formas ideológicas de dominio.
Marcuse encontró en Freud la posibilidad de una praxis subversiva que
desenmascarase cómo son los propios individuos los que inconscientemente
reproducen e internalizan la represión de las sociedades capitalistas y
comunistas, echando a perder toda revolución. Después de trabajar en la OSS
(Oficina de Servicios Secretos) de Estados Unidos para luchar contra el
fascismo, Marcuse publicó
Eros y civilización (1955), en la que sintetizó el pensamiento de Marx y
Freud, eliminando el pesimismo de este último, que, en su obra El malestar
de la cultura, afirmaba que inevitablemente toda civilización estaba
estructurada sobre la represión y el sufrimiento. Para
-Marcuse,
los dos instintos
fundamentales de la teoría
freudiana, Eros y Thánatos, no desembocan inevitablemente en sistemas opresivos.
En el propio inconsciente del hombre se encuentra la posibilidad de instaurar
una sociedad no represiva, que se fundamente en la liberación de los instintos,
mediante una autosublimación de la sexualidad del Eros. Todo producto y
actividad cultural (arte, filosofía, etc.) evidencia un impulso
inconsciente en el hombre
hacia la libertad y la felicidad, capaz de instaurar una nueva sociedad libre y
permisiva, en la que no se produzca un superávit de trabajo, ni restricciones
innecesarias en la sexualidad, ni enajenación alguna, mediante la liberación de
aquellos condicionantes históricos y sociales que reprimen el principio del
placer:
La lucha por la existencia necesita la modificación represiva de
los instintos principalmente por falta de medios y recursos suficientes para una
gratificación integral, sin dolor y sin esfuerzo, de las necesidades
instintivas. Si esto es verdad, la organización represiva de los instintos se
debe a factores exógenos —exógenos en el sentido de que no son inherentes a la
«naturaleza» de los instintos, sino que son producto de las especificas
condiciones históricas bajo las que se desarrollan los instintos.
(Eros y civilización).
Queda abierta la posibilidad de que, mediante una praxis adecuada que cambie
esos condicionantes, la sociedad pueda llegar a ser libre y no represiva. Estos
valores
se desarrollaron en la cultura de
los años sesenta; Marcuse se convirtió en su abanderado
teórico y político.En 1964 escribió una obra extremadamente crítica con las
sociedades capitalistas y comunistas avanzadas: El hombre unidimensional.
En ella denunciaba que k aparente libertad de ¡os sistemas democráticos escondía
subrepticiamente muy sutiles y organizadas formas de represión y control social,
que impedían el desarrollo dé potencial revolucionario y transformador.
Las sociedades industriales avanzadas se sirven de la cultura, los medios de in
formación, la publicidad, el arte, e incluso la filosofía para reproducir y
perpetuar e sistema existente, impidiendo que surja dentro de él la oposición,
la crítica y la negatividad. Anticipándose a la doctrina del «pensamiento único»
y de la «globalizacíón», Marcuse denuncia la unidimensionalidad, la homogeneidad
aplastante del pensamiento y la acción, esferas castradas de todo impulso
transformador, crítico revolucionario. Falta una verdadera conducta opositora,
una cultura disidente orientada a la transformación y emancipación dé ¡as
estructuras represivas y «unidimensionales».
En contra de
los postulados marxistas ortodoxos,
que veían en el propio desarrollo del capitalismo la consecución de su crisis, y
en la clase obrera, el proletariado, un potencial revolucionario que traería
necesariamente una sociedad sin clases Marcuse cree que el capitalismo ha
fagocitado la posibilidad emancipatoria de la clase trabajadora a través de una
venenosa «tolerancia represiva», una política estable basada en el «bienestar» y
en el control social absoluto cada vez menos identificable.
Por este motivo, la esperanza de una liberación y de la consecución de una
sociedad abierta y libre, deja de estar en manos del proletariado: son las
minorías no integradas, los
grupos marginales y radicales, los únicos que pueden llevar a cabo una oposición
total y una verdadera emancipación. A estos grupos prestó su ayuda Marcuse,
alimentando una nueva izquierda contraria al marxismo ortodoxo y radicalmente
crítica y opositora contra el establishment.
En sus escritos posteriores, Tolerancia represiva (1965), Ensayo
sobre la libe-radón (1969) y Contrarrevolución y revuelta (1972),
Marcuse se dedicó a vertebrar un
pensamiento abiertamente crítico
con el liberalismo y alentador de todo movimiento social revolucionario, lo que
le granjeó la enemistad del ámbito académico más oficialista. Denunció asimismo
que el movimiento de los sesenta había generado una reacción conservadora y
contrarrevolucionaria, enmascarada bajo una apariencia
liberal
y permisiva. Esta postura enormemente crítica de sus escritos provocó que no
pudiera seguir trabajando como profesor en la Universidad de Brandeist, por lo
que tuvo
que, marcharse a California (La
Jolla), donde vivió retirado, consagrado a dar conferencias,
articular grupos radicales, publicar artículos, etc., bajo una perspectiva
marxista y libertaria.
Hacia el final de su vida, Marcuse dio un giro hacia la estética con su obra
La dimensión estética (1979). En el arte se esconde un potencial enormemente
revolucionario y emancipatorio que se proyecta hacia la meta de una sociedad
más libre y menos represiva.
Hasta el final de sus días (muere en 1979), Marcuse fue uno ‘de los
intelectuales de mayor influencia en Estados Unidos. Su importancia se fue
eclipsando a medida que se desvanecían aquellos movimientos y grupos radicales
de izquierda a los que él prestó su apoyo, y en razón de la clara postura
neoconservadora de las sociedades contemporáneas. No obstante, sus escritos
—algunos, inéditos, se hallan en la Stads Bibliotek de Frankfurt— suponen
una de las más críticas y positivas aportaciones de la Escuela de Frankfurt. En
palabras de Lubasz, que celebró una conversación con Marcuse emitida por la BBC
de Londres, la Teoría Crítica a la que pertenecía Marcuse se opuso «al primado
de la producción de mercancías, a la dominación carente de sentido, a la
irracionalidad, a la manipulación, a la opresión. Al margen de todo lo que, por
lo demás, pueda decirse de la Escuela de Frankfurt, una cosa parece cierta: ha
sido fuente de inspiración del pensamiento político crítico de nuestro tiempo.
Es un ejemplo de filosofía radical».
Marcuse
defendió cualquier movimiento de carácter social y revolucionario, pero, en el
caso de los movimientos estudiantiles de finales de la década de los sesenta,
afirmó que, bajo la apariencia de una revolución de carácter liberal y
permisivo, se enmascaraba una reacción conservadora y claramente
contrarrevolucionaria. Barricadas en las calles de París en 1968
Ver En este Sitio: El Mayo Francés
Fuente Consultada: Gran
Enciclopedia Universal Tomo 25
|