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María Salomé Loredo
nació en España el 11 de octubre de 1854 y llegó a la Argentina
cuando tenía once años. A los diez años de edad era común que
contara a su madre y al sacerdote de su pueblo que la imagen del
Sagrado Corazón a quien ella veneraba en la iglesia del lugar, le
sonreía con mucho amor. Con tales antecedentes desde su infancia,
que ella tomaba con naturalidad, llega a Buenos Aires traída por su
familia, que se instala en Saladillo, provincia de Buenos Aires.
De familia vasca y campesina, pastoreó
ovejas cuando niña y aprendió a amar las flores, apasionada por los
claves, al punto que hoy su tumba está cubierta por esas mismas
flores. Desde el comienzo María es rodeada de augurios místicos.
El
día de su nacimiento cesa una atroz sequía en las provincias
vizcaínas y cae a raudales la lluvia bienhechora. A los 10 años
permanece en éxtasis ante el Corazón de Jesús y corre luego a dar a
su madre la buena nueva: ¡Jesús le había sonreído! "Tal era su
dulzura —nos cuenta su panegirista— que el niño enfermo se
reconfortaba con solo mirarla; ella le transmitía fuerza y confianza
y esa fe ayudaba a la medicina para levantar los ánimos decaídos."
En 1869, impulsados por los avatares
de la guerra carlista, los Loredo emigran a la Argentina, donde
llegan bajo el gobierno de Sarmiento. Se instalan en Saladillo,
donde el padre continúa las labores campesinas. "Todas las chicas
eran lindas —cuenta Yderla Anzoátegui—, pero la belleza de María era
motivo de admiración, tanto, que muy pronto empezaron los
cortejantes a rondarla y a los cinco años de haber llegado, y al
cumplir sus 19 años, la hermosa joven contraía nupcias con el señor
José Antonio Demaría, político y acaudalado terrateniente de la
provincia de Buenos Aires. Por este casamiento, María quedó
emparentada con. familias de alta estirpe y honda raigambre en la
sociedad argentina."
María Loredo había sido una ferviente católica
durante toda su vida y nunca dejó de serlo. Si se le preguntaba de
dónde provenían sus poderes ella contestaba invariablemente que no
los tenía, que eran Dios y Cristo los que le habían encomendado una
misión y que lo único que hacía ella era cumplirla con alegría.
Describía su relación con Jesús como alguien puede estar hablando de
un amigo, con tanto amor, tanta fidelidad, tanta fe, tanto respeto.
Durante los cuatro años de ese, su
primer casamiento, María frecuenta reuniones y tertulias, alterna
con Julio A. Roca, Juárez Celman, Pellegrini, Mitre, Alsina,
Hipólito Yrigoyen y otros. Roca le regalará una casa. Como toda dama
de alcurnia que se respete, María tiene asignada una misión: la
beneficencia, y la ejerce con entusiasmo.
Viuda a los 23 años vuelve a casarse a
los 28, esta vez con Aniceto Subiza "hombre de bien poseedor de
grandes prendas morales y también de una sólida fortuna . . .". Ella
prosigue su tarea beneficente, reza con pasión ante el Corazón de
Jesús, y acaba por enfermarse.
Sobreviene entonces su encuentro con
Pancho Sierra, (ver Pancho Sierra), y la designación de María como
sucesora del famoso curalotodo. La nueva viudez lanza a la mujer
decididamente al cumplimiento de su misión.
María abre una sala de conferencias,
desde donde predica sencillos y ortodoxos sermones cristianos,
postulando una vida sana física y moralmente. Postula la vuelta a
Dios, el regreso a Jesucristo. Pero no solo eso: María resuelve
problemas, cura enfermos, consigue trabajo. Si no fuera por el cariz
mágico (negado públicamente por sus apologistas y aceptado por sus
adeptos), su organización parecería una suerte de sociedad de
beneficencia de "medio pelo".
"Cuántos necesitados llegaban hasta
ella —cuenta Anzoátegui— para pedirle trabajo; ella recurría a la
inmensa cantidad de gente que conocía y siempñe, de un modo u otro,
remediaba la urgencia de! pobre que se lo había encargado.
"Después, la persona agradecida le
llevaba su regalo que ella, más tarde, repartía entre otros
necesitados que la visitaban."
Y además, cura. Aunque manifestase: "No
soy yo; es vuestra fe la que os cura", poseía el "toque real"
del manosanta. Depositaba, además, gran fe en el agua fría,
la medicina de su maestro Pancho Sierra. Conocía algo de yuyos pero,
sobre todo, el llamado poder de la fe. Nunca negó la medicina, pero
afirmaba que los médicos no pueden curar los males del espíritu,
solo Dios puede hacerlo y a El hay que pedírselo.
Fue
llevada ajuicio por su presunto ejercicio ilegal de
la medicina. Fue absuelta. En una de
las ocasiones en que fue detenida, se cuenta que salió de su celda y
ganó la calle caminando sin que nadie supiera cómo. Sus detractores
hicieron caer las sospechas sobre los policías que la custodiaban,
afirmando que eran seguidores de ella, pero los hombres de uniforme
lo negaron y nunca se supo con certeza cómo salió del calabozo que
permaneció
cerrado con llave aun cuando María Loredo ya no estaba en él.
También profetizaba. Le predijo a
Hipólito Yrigoyen su ascenso a la Presidencia, y le aconsejó no
aceptar el segundo período. A su amigo Lázaro Costa, que le daba
crédito para pagar entierros s los pobres, le auguró que su casa
mortuoria sería la más importante de Buenos Aires.
Gente ilustre acudía a consultarla
para aprovechar este don, y hasta un obispo chileno no tuvo a menos
concurrir a la Misión para charlar con ella. No atribuía su videncia
ni sus poderes al espiritismo, que estigmatizaba como contrario a
Dios, sino que se consideraba encomendada por El mismo para
regenerar al mundo. De allí que designara Apóstoles y asumiera su
carisma a conciencia.
Su doctrina es ascética, pero conserva
el aspecto más pagano del catolicismo: la invocación a los santos
para conseguir lo que se desea, de acuerdo a la especialidad de cada
uno. Introduce, además, a un nuevo santo: Pancho Sierra, que es
citado en las oraciones junto a sus "colegas" oficiales, a
Jesucristo y a la Virgen María.
Sus "milagros" son eclécticos. Desde
salir de un calabozo cuya puerta se abre misteriosamente, cuando
estuvo detenida, hasta las curaciones o el conseguir trabajo. Los
produce hasta después de muerta, cuando alguien pide su intercesión.
Uno de los más notables es el haber logrado que la muy morosa Caja
de Previsión para independientes despachara por fin el expediente de
una pobre señora que ya desesperaba de cobrar algún día su
jubilación.
Su muerte registra una de las grandes
manifestaciones de dolor popular. Los diarios registran en sus
necrológicas el deceso de la gran dama que eligió otro camino, esta
vez evitando las fórmulas que se suelen emplear en esos casos.
Dijo La Nación (5/10/28): "El
sepelio de los restos de doña María Salomé Loredo de Subiza —la
Madre María— según la consagración de la popularidad, se realizó
ayer, en el cementerio del oeste. Y certificaba esa popularidad,
singularmente difundida, la presencia de una multitud enorme, que la
veló en su casita de Turdera, cerca de Témperley, acompañó su
féretro a través de la ciudad y asistió a la inhumación con
recogimiento conmovido."
¿Qué milagros hizo? ¿Qué obras
benéficas llevó a cabo para ser llamada con esa familiaridad y
llorada como una santa? Hacía milagros en efecto. En aquella casita
de Turdera, recibía a los que ya no creían en otros remedios ni en
otros consuelos. Llevaba plegarias compuestas de palabras simples,
imponía las manos a los menesterosos de alivio, prescribía oraciones
que no están en los devocionarios, daba consejos con voz límpida,
suave, e indicaba procedimientos sencillos: una gota de agua, una
gota de aceite. Y así, quién sabe por qué virtud de sugestión, por
qué influencia de la propia credulidad, llegó a ser para todos,
ricos y pobres, de lejos y de la vecindad, a ser lo que fue, es
decir, la Madre María, la extraña y bienhechora mujer, que a veces
se mostraba en las calles o en los teatros de la Metrópoli, con sus
ojos grandes, fijos, serenos, su talla firme, su masa de cabellos
blancos, arrollados en un grueso rodete.
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