|
Un día del otoño de 1516,
un soldado lisiado se prosternó torpemente ante su rey, Manuel I de Portugal. El
soberano contempló con cierto desagrado a Fernando de Magallanes. En los últimos
años, los superiores de quienes Magallanes había osado discrepar habían hecho
correr informes malintencionados acerca de su conducta. Mas no había quien
pusiera en tela de juicio su noble cuna, sus brillantes hazañas militares y su
inflexible lealtad a la Corona. De mala gana, el rey Manuel le hizo seña para
que hablara.
Magallanes relató que, a
los 36 años, lo habían empobrecido ocho de navegar, explorar y combatir por la
Corona en África y las Indias portuguesas. Más aún, había sido gravemente herido
tres veces al servicio del monarca, incluyendo una lanzada en la rodilla que lo
dejó cojo para siempre. Solicitaba humildemente un aumento en su pensión. Manuel
I, que no era nada dadivoso, denegó la petición.
Sorprendido y dolido,
Magallanes siguió arrodillado. ¿Podría entonces dársele el mando de alguna
carabela rumbo a las Indias, para tratar de rehacer su fortuna? Tampoco,
respondió el rey; no había lugar para él al servicio de Portugal. El soldado,
humillado, sólo pudo hacer una petición más: que se le permitiera servir a algún
otro rey. Manuel lo despachó, rezongando que no le importaba dónde fuera o qué
hiciera Magallanes.
Amargamente humillado,
Magallanes pasó meses dando vueltas a aquellas ásperas palabras. Poco a poco fue
forjando un plan. Su amigo Francisco Serrano, que se había establecido en las
Molucas, llevaba años apremiándolo para que se le uniera. Aquellas islas,
enclavadas al oeste de Nueva Guinea, eran conocidas también como islas de la
Especiería, por ser fuente de la mayor parte de las especias que los europeos
codiciaban ardientemente. Además, añadía Serrano, los beneficios del tráfico de
especias eran fabulosos.
Magallanes acabó
escribiendo a su amigo: "Pronto llegaré contigo, si no por cuenta de Portugal,
por la de España." Y mientras escribía estas palabras históricas, evocaba mapas
y globos que había visto en el gabinete cartográfico real, en Lisboa, así como
los insistentes rumores acerca de la existencia de un estrecho inexplorado, en
el continente sudamericano, hasta el "Mar del Sur" (el Pacífico) que Balboa
acababa de descubrir. De conseguir dar con el estrecho, podría abrir una vía
occidental a las Indias, en lugar del largo camino alrededor de África y a
través del océano Indico que los portugueses usaban y defendían fieramente.
Por suerte para
Magallanes, en España varios hombres de importancia ponderaban la misma
posibilidad. Y todos convinieron en que Fernando de Magallanes, con su rica
experiencia de las Indias, era el hombre más indicado para la empresa. No bien
lo llamaron de España, Magallanes abandonó Portugal.
A su tiempo, los que
apoyaban a Magallanes le concertaron una entrevista con Carlos 1 de España, rey
de 17 años que debía dar el visto bueno a la expedición. Todo marchó bien desde
el primer momento. El joven monarca quedó impresionado por el veterano rengo,
con su apasionada ambición, su lógica geográfica y su conocimiento personal de
las Indias. Seguramente las hazañas pasadas de Magallanes y lo apasionante del
viaje propuesto despertaron también el sentido aventurero del joven rey. En
cualquier caso, sabía bien qué beneficios podía esperar España si rompía el
monopolio portugués del tráfico de especias abriendo un nuevo camino a las
Indias por el occidente. El 22 de marzo de 1518 el rey Carlos aprobó que se
costeara "un viaje para descubrir tierras desconocidas" pasando por el estrecho,
y designó a Magallanes capitán general de la expedición.
En Sevilla hicieron falta
18 meses para completar los preparativos del viaje. Tan largo retraso obedeció
en parte a las maquinaciones del cónsul del rey Manuel en Sevilla. Aunque el
destino de la expedición era un secreto oficial, los espías de Manuel se habían
enterado de la verdad, y el rey estaba dispuesto a evitar aquel intento español
de apoderarse de las riquezas de unas Indias que él tenía por dominio personal.
Aun más siniestros eran los empeños de don Juan de Fonseca, obispo de Burgos y
consejero del rey de España, y de los banqueros alemanes que sufragaban la
expedición. Aterrados por las generosas recompensas prometidas a Magallanes por
el rey Carlos, y temerosos de que la expedición resultara "demasiado
portuguesa", decidieron limitar la autoridad de Magallanes. Al cabo de unos
meses de intriga, el obispo Fonseca consiguió que su hijo natural Juan de
Cartagena fuera nombrado capitán de uno de los barcos (los demás estaban al
mando de oficiales portugueses) y colocados en puestos clave otros españoles
más.
Mientras tanto,
Magallanes trabajaba metódicamente aprovisionando su flota para la exploración.
Fueron adquiridas cinco naves: la Trinidad (nave capitana de Magallanes), la San
Antonio, la Concepción, la Victoria y la Santiago. "Muy viejas y remendadas",
escribía desdeñosamente al rey Manuel el cónsul portugués, "no quisiera navegar
en ellas, así fuese a las Canarias, pues tienen las cuadernas como manteca." No
advertía que Magallanes, tan marino como soldado, mandaba reconstruir los barcos
para que resistieran los azares del viaje.
Uno de los grandes
problemas fue el reclutamiento de marineros suficientes para tripular la flota.
Los orgullosos marineros castellanos no querían servir a un comandante
extranjero. Peor aún: el taciturno Magallanes se negaba a decir exactamente
adónde iba, y los marinos profesionales no se decidían a comprometerse en una
expedición de dos años o más a "un mundo desconocido". A decir verdad, parece
que el único que se alistó gustoso fue Antonio Pigafetta, joven noble italiano
que quería ver las "grandes y maravillosas cosas del océano". Acaso fuera
también secretamente espía de los mercaderes venecianos interesados en el
tráfico de las especias. En todo caso, la historia tiene una deuda con Pigafetta,
pues su diario, vívido y detallado, es una narración de primera mano de aquel
trascendental viaje de Fernando de Magallanes.
Pese a las dificultades,
el capitán general consiguió al fin una tripulación completa de unos 250
hombres, que incluía italianos, franceses, alemanes, flamencos, moros y negros,
a más de españoles y portugueses. Parecía confiar en que su personalidad de
hierro aglutinaría aquel conjunto heterogéneo en un cuerpo disciplinado.
El 20 de septiembre de
1519 todo estaba al fin dispuesto. Retumbó el cañón y ondearon banderas mientras
las cinco naves enfilaron al Atlántico desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda,
en la desembocadura del Guadalquivir. El 26 de septiembre abordaron las Canarias
para acabar de abastecerse y tomar agua dulce. A las pocas horas arribó un barco
al puerto con una carta urgente para Magallanes de sus amigos de España. El
mensaje era alarmante: Cartagena y los suyos proyectaban amotinarse y matar al
jefe. Fríamente, Magallanes decidió no hacer más de momento que vigilar de cerca
a Cartagena. Confiaba en que,, llegada la ocasión, su experiencia de soldado
seria más que suficiente ante cualquier insubordinación.
Pocos días después, la
pequeña armada siguió hacia el sur por la costa de África. Las instrucciones de
Magallanes fueron característicamente rotundas: "Seguid de día mi bandera y de
noche mi farol." Cojeando silencioso por el puente de mando de la Trinidad,
repartía su atención entre el océano desierto, delante, y los cuatro navíos que
espumaban detrás. Antes de la puesta del Sol, hacía que sus capitanes se
acercaran a la nao capitana y gritaran según se acostumbraba en aquella época:
"Dios os salve, capitán general y señor, y a la tripulación del barco." Por este
procedimiento, Magallanes recordaba a todos los expedicionarios que su autoridad
era absoluta.
Ardiendo de rencor,
Cartagena esperaba una oportunidad de salir al paso al capitán general. Llegó
cuando Magallanes, fiel a su formación portuguesa, siguió el camino de da Gama,
costeando África un trecho antes de poner rumbo al occidente por el Atlántico.
Cartagena preguntó incisivamente por qué la expedición no seguía un "itinerario
español", diagonal hacia el sudoeste. La res puesta lo dejó frío. Magallanes se
limitó a decirle que atendiera a sus obligaciones y cumpliera las órdenes
recibidas.
Después de sufrir
violentas tormentas frente a Sierra Leona, la flota cambió al fin rumbo y puso
proa a sudoeste, pero no tardó en quedar atrapada por las calmas chichas
ecuatoriales. Los barcos pasaron tres semanas quietos en el mar vitrificado. La
brea se derretía, los palos se resquebrajaban con el calor abrasador, y los
hombres empezaron a rezongar sospechando que el viaje era inútil. Pero el
menudito capitán general seguía envuelto en su silencio acostumbrado.
Al fin se alzó el viento
y los barcos reanudaron su camino. Las noticias son vagas y contradictorias,
pero el hecho es que Cartagena volvió a desafiar la autoridad de Magallanes. Un
atardecer, en vez de gritar personalmente el saludo acostumbrado, se lo
encomendó al contramaestre, que se dirigió groseramente al capitán general
llamándolo "capitán" a secas. Magallanes reprendió duramente al marinero, pero
no hizo de momento nada contra Cartagena. Sin embargo, tres días después
Cartagena declaró rotundamente ante Magallanes que ya no obedecería sus órdenes.
Era rebelión abierta, exactamente lo que Magallanes estaba esperando. Agarró a
Cartagena por la chorrera y con voz de hielo hizo constar que el español era su
prisionero. El rebelde quedó custodiado por otro oficial y aquella tarde un
nuevo capitán obediente dio el grito en su lugar.
Vientos favorables
empujaban a los barcos a través del Atlántico y no tardaron en perfilarse en el
horizonte las costas de Brasil. La flota navegó hacia el sur siguiendo costas
vestidas de selva y ancló a mediados de diciembre en la espléndida bahía donde
más tarde se alzaría Río de Janeiro. Allí, Magallanes concedió a sus fatigados
marineros un par de idílicas semanas en tierra.
Los indios de la región,
anota Pigafetta, eran caníbales. Por suerte para los europeos, fueron recibidos
como dioses y festejados con banquetes de lechón y piñas, cambio gratísimo
después del cerdo salado y la galleta de a bordo. Pasaron también muy buenos
ratos persiguiendo a las muchachas indias, que iban desnudas y a quienes sus
padres anhelaban dar como esclavas a cambio de un cuchillo o un hacha. El
matrimonio, por el contrario, lo respetaban celosamente los brasileños: "Pero no
nos ofrecieron nunca a sus mujeres: además, no hubieran éstas consentido
entregarse a otros hombres que no fuesen sus maridos, porque a pesar del
libertinaje de las muchachas, su pudor es tal cuando están casadas, que no
toleran nunca que sus maridos las abracen durante el día."
Magallanes, que se había
casado poco antes con una española, se mantuvo apartado hasta que llegó el
momento de reintegrar a sus deberes a los hombres reacios. Había barricas de
agua corrompida que lavar y dar. El 27 de diciembre, entre los adioses
lacrimosos de las muchachas nativas, el capitán general ordenó a sus hombres
levar anclas y poner rumbo al sur en busca del estrecho.
El primer día del año
1520 pasó casi inadvertido. Los vigías escrutaban la costa impenetrable de
Brasil buscando señales del estrecho. Cundió la esperanza cuando, al cabo de dos
semanas y 1200 millas de navegación, descubrieron un vasto canal al oeste, hacia
la latitud donde todos los mapas situaban el estrecho. Pero el canal se estrechó
en seguida, pues no era sino el estuario del río de la Plata.
Amargamente desengañado,
Magallanes concluyó que los mapas estaban equivocados. El estrecho debía de
estar más al sur, en las heladas regiones de la Terra Australis, el legendario
continente cuya existencia se suponía en lo bajo del globo terráqueo. Muchos
marineros se desanimaron tanto que quisieron regresar, pero la férrea voluntad
de Magallanes y su desprecio de la cobardía les hicieron seguir. Batidos por
mares salvajes, vientos huracanados y granizadas interminables, los cinco navíos
seguían adelante mientras se acercaban el otoño y el invierno australes. El
hielo empezó a trabar los aparejos; los marineros no daban abasto a quitarlo. El
mismo capitán general no dormía más de un par de horas seguidas y, como el resto
de la tripulación, pasó semanas enteras sin probar una comida caliente. Se
cuenta que Cartagena masculló: "Este loco nos lleva a la destrucción. Con la
ambición puesta en encontrar el estrecho, acabará por crucificamos a todos."
A fines de marzo,
Magallanes se compadeció de su tripulación aterida y decidió invernar en tierra.
La flotilla recaló en una bahía imponente pero abrigada, que llamaron Puerto de
San Julián, cerca de la punta meridional de Argentina. Ningún nativo les dio la
bienvenida.
Odo eran montes grises y
playas desoladas. Descendió sobre ellos, como una niebla, la depresión. Llevaban
seis meses en el mar y no habían llegado a nada ni encontrado nada. ¿De qué
serviría a España aquella costa estéril? ¿Dónde estaba el imaginario estrecho
hacia las islas de las especias?
Los capitanes rogaron a
Magallanes que volvieran a la patria, o al menos a las latitudes más clementes
del río de la Plata para pasar el invierno, pero Magallanes se negó tercamente
hasta a discutió el asunto. En seguida estalló el motín que tanto había
esperado. Según Pigafetta, el cabecilla era Juan de Cartagena. Amo de tres
barcos, al parecer planeaba lanzarse hacia la entrada del puerto y poner proa a
España, pero no estuvo a la altura de Magallanes, quien metió algunos de sus
hombres a bordo de un barco amotinado para que se apoderasen de éste, y una vez
dueño de tres barcos cerró la boca del puerto y recuperó el dominio sobre las
cinco naos.
Magallanes juzgó
inmediatamente a corte marcial a los jefes de la conjuración y todos ellos
fueron hallados responsables de amotinamiento. Con sombrío sentido teatral,
dispuso una ejecución ritual ante un fondo de rocas ásperas, en presencia de
oficiales y marineros. Uno de los capitanes amotinados fue llevado al tajo y
allí su propio sirviente le cortó la cabeza. Su cuerpo y el de otro capitán
muerto en la pelea fueron arrastrados y descuartizado,,,, y los miembros
colgados de cuatro horcas alzadas en la playa de la bahía. La autoridad de
Magallanes estaba restablecida incuestionablemente. En cuanto j Juan de
Cartagena, acompañado de un clérigo amotinado, fue abandonado cuando la flota al
fin volvió a ponerse en marcha.
Pasaron dos meses en
Puerto de San Julián antes de ver nativos, hasta que "un día vimos de repente un
hombre desnudo de estatura gigantesca, bailando en la playa, cantando y
echándose polvo en la cabeza ... Este hombre era tan grande que nuestra cabeza
llegaba apenas a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de
rojo, excepto los ojos, rodeados por un círculo amarillo, y dos trazos en forma
de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados con
algún polvo."
No tardaron en aparecer
más gigantes, que entablaron buenas relaciones con los exploradores, hasta el
punto de bailar con ellos, dejando huellas de medio palmo de profundidad en la
arena. Al parecer rellenaban con hierba seca las pieles en que se envolvían los
pies, a fin de proporcionarse más calor, lo cual daba la impresión de unos pies
descomunales, por lo que Magallanes llamó 11 patagones" a los gigantes, y la
comarca no tardó en ser conocida con el nombre de Patagonia.
Con el apremio de seguir
la exploración, Magallanes mandó la Santiago a reconocer la costa hacia el sur.
El barco se perdió en una tormenta, pero los sobrevivientes (por suerte todos,
menos uno) informaron haber hallado un puerto mucho más favorable. A él se
dirigieron a fines de agosto los cuatro barcos restantes, después de cinco meses
en el tétrico fondeadero de Puerto de San Julián, y allí permanecieron hasta el
18 de octubre.
Para entonces se acercaba
rápidamente la primavera austral y Magallanes ansiaba seguir la busca del
huidizo estrecho. Tres días después y aproximadamente cien millas más al sur, la
flota costeó un cabo arenoso y entró en otra vasta bahía. Los capitanes
protestaron diciendo que era inútil perder tiempo explorándola: no podía haber
estrecho en el extremo occidental de la bahía. Pero el capitán general no estaba
dispuesto a perder ninguna oportunidad. Ordenó a los capitanes de la Concepción
y la San Antonio que buscaran en la bahía una salida por el oeste.
Una repentina tormenta
hizo desaparecer los dos barcos tras un promontorio rocoso que asomaba en la
bahía, y el viento impidió a Magallanes seguirlos durante dos días. Cuando por
fin consiguió doblar el cabo, no tardó en ver los dos barcos perdidos, con
gallardetes al viento y disparando cañonazos. De fijo tenían buenas nuevas, pero
el capitán general, con su dominio acostumbrado, no prorrumpió en expresiones de
alegría. Se limitó a inclinar la cabeza y santiguarse. Pronto la San Antonio se
acercó para que su capitán anunciara gozoso que los barcos habían navegado más
de 100 millas por un canal angosto y hondo, con marcas muy notables y sin rastro
de agua dulce. No era la desembocadura de un río, debía de ser el estrecho al
gran Mar del Sur.
La flotilla se adentró
majestuosamente por un paso imponente, entre montañas altísimas. "Y pensaron que
en el mundo no había mejor ni más hermoso estrecho que éste", declaró Pigafetta
entusiasmado. Este estrecho de Todos los Santos, como lo llamó el capitán
general, y que hoy lleva, con justicia, su nombre, no es un canal ordinario. Su
anchura varía entre 3 y 30 kilómetros, y constituye un laberinto líquido lleno
de quiebros, vueltas y ramificaciones que llevan a incontables callejones sin
salida y angosturas. Salvo unas cabañas llenas de cuerpos momificados y la breve
visita de una canoa de nativos que desaparecieron misteriosamente en la noche,
los exploradores avistaron pocas señales de vida humana. Pero más adelante
vieron parpadear y lucir hacia el sur muchas hogueras, y Magallanes llamó al
lugar Tierra del Fuego, como sigue llamándose hasta la fecha la gran isla que
hay al sur del estrecho.
Toparon con una isla
grande en el canal y Magallanes ordenó al capitán de su nave de mayor tamaño, la
San Antonio, que explorara su lado meridional mientras el resto de la flota
seguía por la orilla norte. No tardaron en encontrar un buen lugar donde fondear
en la desembocadura de un río pululante de sardinas. Magallanes puso a su
tripulación a salar una buena provisión de pescado. Luego, en vez de arriesgar
su embarcación por aquellas aguas inexploradas, mandó algunos marineros en un
esquife a buscar una salida al mar. Pocos días después volvieron, gritando que
la habían hallado. La nueva produjo a Magallanes tal emoción que, según
Pigafetta, aquel hombre de hierro lloró.
Pero la San Antonio no
volvió. Teniendo que hubiera naufragado, Magallanes perdió cerca de tres semanas
buscándola en vano, hasta que tuvo que rendirse a la triste evidencia de que la
tripulación había desertado y retornado a España, llevándose gran parte de las
escasas provisiones de la flota. Aunque la catástrofe dejó a Magallanes bastante
desabastecido, resolvió seguir hacia el oeste entre las brumas, vueltas y aguas
agitadas del estrecho. Finalmente, el 28 de noviembre, los tres barcos salieron
de los 450 kilómetros de canal a un océano vasto y pacífico. Después de la
indispensable ceremonia de acción de gracias, Magallanes anunció a sus
oficiales: "Señores, navegamos por aguas que ningún navío recorrió antes. Ojalá
siempre las hallemos tan sosegadas como esta mañana. Con esta esperanza
llamaré a este mar, Pacífico."
En vez de lanzarse
osadamente al noroeste por la inmensa extensión del océano, Magallanes avanzó
hacia el norte durante algún tiempo, siguiendo la costa de lo que hoy es
Chile. Aunque este derrotero sólo sirvió para aplazar la angustia de adentrarse
en la soledad, trajo consigo una apreciable ventaja: algo de calor. Los
exhaustos marineros de Magallanes, que llevaban tiritando desde su llegada a
Puerto de San Julián, más de ocho meses antes, se regocijaron al sentir que el
sol y un aire más benévolo les acariciaban la piel.
Los barcos prosiguieron
hacia el norte por espacio de casi tres semanas hasta que Magallanes, preocupado
por la disminución de las provisiones, dio la orden decisiva de poner rumbo al
noroeste. La señal corrió de buque en buque, tres timones viraron a estribor y
la flotilla se adentró en el mar abierto. Magallanes no podía saber que en su
recorrido pasaría de largo cerca de innumerables islas que salpican el Pacífico
central, ni que aún lo separaba de las Molucas sin océano que cubre un tercio de
la superficie terrestre.
El año de 1521 se inició
sin novedad; día tras día, semana tras semana los vigías escrutaban el horizonte
esperanzados, pero las anheladas islas no aparecían. Se hubiera dicho que los
tres barcos chapoteaban sin adelantar en un disco inalterable y enorme de agua
azul, sin fin visible.
Los horrores del hambre
no tardaron en ser una atroz realidad. Pigafetta recuerda con vivos tonos que
comíais galleta y, cuando se acabó, buscaron tiligas, que estaban llenas de
gusanos y hedían a olores de ratón. Bebieron agua amarilla, podrida de varios
días. Y llegaron a comer pedazos del cuero con que habían recubierto el palo
mayor para impedir que la madera rozase las cuerdas ... Estaba tan duro que era
preciso remojarlo en el mar durante cuatro o cinco días, y en seguida lo cocían
y comían, lo mismo que el aserrín. Los marineros hambrientos, debilitados por el
escorbuto, se disputaban las ratas atrapadas en la bodega.
El sufrimiento de sus
hombres suscitó en Magallanes un imprevisto caudal de compasión. Todas las
mañanas cojeaba entre las víctimas, cuidando de los que habían escapado de la
muerte durante la noche. Pigafetta advirtió con admiración que el capitán
general "nunca se quejan. nunca se hundía en la desesperanza".
Por fortuna, el 24 de
enero, después de casi dos meses de navegar sin ver tierra, apareció en el
horizonte un diminuto atolón deshabitado. Los hambrientos marineros se atracaron
de aves marinas y huevos de tortuga y renovaron su provisión de agua dulce. Un
par de semanas después vieron otra isla, pero el viento se llevó de largo a la
flotilla sin que los pilotos pudieran remedlirio.
Siguieron pasando
semanas. El 4 de marzo llevaban 97 días viajando por el Pacífico- los hombres de
la Trinidad comieron la última migaja. Dos días después uno de los pocos que
conservaban fuerzas para trepar a la arboladura gritó roncamente desde lo alto:
",Gracias a Dios! ¡Tierra, tierra, tierra!"
La pequeña flota acababa
de anclar ante la isla llamada hoy Guam, cuando la rodeó una multitud de canoas
de balancín repletas de emocionados nativos que subieron a bordo en tropel, y
con ágiles dedos se llevaron todo cuanto hallaron a su alcance. La rapiña
continuó hasta que algunos marineros, hartos, dispararon las Magallanes llamó
desdeñosamente a aquella tierra la isla de los Ladrones.
Con los isleños en jaque
merced al sencillo expediente de quemarles las chozas, el capitán general
consiguió mandar una partida a tierra para que saqueara un poco. Los europeos se
apoderaron del agua dulce y la comida fresca de los nativos, que tanto
necesitaban los enfermos de escorbuto, y disfrutaron una comilona de cerdo
asado, pollo, arroz, ñames, plátanos y cocos. Pocos días después se detuvieron
en otra isla para volverse a avituallar, y en breve empezaron a recobrar salud
los marineros agotados. Curaron las úlceras, se afianzaron los dientes flojos,
mejoraron las encías reblandecidas.
Fortificados y con el
ánimo recuperado, los exploradores navegaron al oeste. El 16 de marzo apareció
otra isla grande, y en los días siguientes no dejaron de dibujarse en el
horizonte nuevas islas. Magallanes fue comprendiendo que había dado con un
enorme archipiélago desconocido. Eran las islas Filipinas. Aunque allí no había
especias, los isleños tenían abundancia de oro y de perlas. Con el tiempo se
constituiría un próspero comercio transpacífico entre las islas y los puertos
españoles de las costas occidentales de América Central y del Sur.
Anclado ante una de las
islas, Magallanes comprobó con emoción que virtualmente había dado la vuelta al
mundo. Al acercárselas una canoa llena de isleños, el negro Enrique, esclavo del
capitán general desde sus días de juventud en el Lejano Oriente, habló a los
nativos en malayo, lenguaje usado en todas las Indias. Los isleños le
entendieron y contestaron. Magallanes había salido de las Indias orientales ocho
años atrás, en 1513. Ahora, a fuerza de alejarse continuamente de ellas, las iba
alcanzando de nuevo.
Aquel momento supremo en
la vida del capitán general parece haber ejercido sobre él un efecto
extraordinario. Siempre profundamente religioso, le acometió un obsesivo celo
misionero. Aplazó la última etapa de su viaje a las Molucas, se detuvo en la
gran isla de Cebú, improvisó un altar en la orilla y comenzó a predicar a
multitudes de nativos fascinados. "El capitán les dijo que no debían volverse
cristianos por miedo", informó Pigafetta, "ni por darle gusto, sino por su
voluntad." Sus sermones, traducidos por el negro Enrique, debieron de ser
extraordinariamente eficaces. En un solo domingo, el 14 de abril, Magallanes
bautizó a docenas de jefes locales, incluyendo al mismo rajá de Cebú, junto con
centenares de súbditos. "Después de haber plantado una gran cruz en medio de la
plaza se pregonó que cualquiera que quisiera cristianarse debería destruir todos
sus ídolos, colocando la cruz en su lugar. Todos consintieron. El capitán,
tomando al rey de la mano le condujo al tablado (adornado con tapicerías y ramas
de palmeras) y se le bautizó con el nombre de Carlos, por el emperador... Mostré
a la reina una imagen pequeña de la Virgen con el niño Jesús, que le agradó y
enterneció mucho. Me la pidió para colocarla en lugar de sus ídolos y se la di
de buena gana." Fue entonces negociada una ,santa alianza" con el rajá,
estableciendo la autoridad de España sobre Filipinas.
Sólo un jefe, que mandaba
en la diminuta isla de Mactán, estuvo en desacuerdo con la conquista pacífica de
Magallanes. Embriagado por su éxito evangélico y político, el capitán general
olvidó su cautela acostumbrada. Apiñó a toda prisa unos cincuenta voluntarios en
tres botes y se lanzó a la disparatada empresa de someter la isla por la fuerza.
El 27 de abril de 1521,
el pequeño ejército cristiano se acercó a la isla de Mactán con el agua hasta
los muslos. Los esperaban cientos de guerreros apostados detrás de una serie de
hondas trincheras defensivas. Ni siquiera los arcabuces, las ballestas y las
armaduras de hierro de los europeos bastaron para contener a la horda de
filipinos que gritaban mientras mandaban nubes de "flechas, jabalinas, lanzas
con punta endurecida al fuego, piedras y hasta inmundicias, de suerte que apenas
podíamos defendernos". Los cristianos no tardaron en salir huyendo derecho a sus
botes. Conducía la retaguardia el rengo capitán general, ya herido en la pierna
por una flecha, con un puñado de soldados. Durante una hora la reducida tropa
luchó desesperadamente al borde del agua, contó Pigafetta, "hasta que al fin un
isleño consiguió herir al capitán en la cara con una lanza de bambú.
Desesperado, éste hundió su lanza en el pecho del indio y la dejó clavada. Quiso
usar la espada, pero sólo pudo desenvainarla a medias, a causa de una herida que
recibió en el brazo derecho ... Entonces los indios se abalanzaron sobre él con
espadas y cimitarras y cuanta arma tenían y acabaron con él, con nuestro espejo,
nuestra luz, nuestro consuelo, nuestro guía verdadero".
Después de la muerte de
Magallanes, las relaciones entre los exploradores y sus huéspedes de Cebú se
echaron a perder rápidamente. Los hombres de piel blanca parecieron de pronto
menos divinos, más vulnerables. El rajá, influido por un tripulante descontento,
sospechó traición en los españoles. El primero de mayo invitó a 27 oficiales de
la flota a un banquete, les dejó comer tranquilamente hasta hartarse y a
continuación mandó matar a la mayoría.
Esta catástrofe redujo a
114 los sobrevivientes de la expedición, que al principio contaba con unos 250
hombres. No había suficientes marineros para tripular tres barcos. Los
sobrevivientes vaciaron y quemaron apresuradamente la Concepción, se refugiaron
en la Trinidad y la Victoria y huyeron de Cebú.
Sin un Magallanes que los
dirigiera, los dos navíos vagaron por el mar de China meridional y el mar Sulú
durante seis meses, pirateando ocasionalmente en perjuicio de los comerciantes
de la región, hasta que toparon con la isla de Tidore, una de las Molucas. Allí
cargaron tal cantidad de especias, sobre todo clavo, que la Trinidad empezó a
hacer agua. Tomaron entonces la decisión de dejarla atrás para carenarla, y la
Victoria, mandada por Juan Sebastián de Elcano, se internó hacia el sudoeste por
el océano índico en diciembre de 1521.
El largo viaje no fue
tranquilo. Elcano, que había tenido que ver en el motín de Puerto de San Julián,
no resultó popular como capitán. Hubo conatos de motín y deserciones por el
camino. Las tormentas no dejaban doblar el cabo de Buena Esperanza. Mientras
remontaban la costa occidental de África no cesaban de morir marineros de
escorbuto e inanición. Hasta septiembre de 1522, el día 8, casi tres años justos
desde su partida de España, la fatigada y crujiente Victoria no atracó en el
puerto de Sevilla. Una multitud silenciosa presenció con asombro el desembarco
de 18 sobrevivientes. Al día siguiente, flacos y descalzos, fueron con cirios
encendidos a dar gracias al templo favorito de Magallanes, la iglesia de Santa
María de la Victoria.
Luego de honrar así a su
jefe muerto, Juan Sebastián de Elcano aceptó del rey Carlos.
VOLVER ARRIBA
|