El
soldado alemán, acurrucado dentro del foso, vigilaba atentamente el horizonte.
No, ya no experimentaba miedo... El miedo (él lo sabía) es una barrera fácil de
pasar y que arrastra al hombre a las más descabelladas aventuras. Y él tuvo
miedo cuando le entregaron en el cuartel
las minas magnéticas que debía colocar, sin ser visto, en el vientre de los
tanques. ‘Minas magnéticas... una intervención muy ingeniosa, sí, pero muy
arriesgada. A través de la tierra, le parecía sentir el pulso de sus ocultos
compañeros.

De
pronto, todo comenzó a temblar: los tanques rusos se acercaban. El soldado,
graduó la espoleta y esperó... Al pasar sobre su foso sólo se
escuchó una
terrible detonación.
Los
soldados alemanes pertenecientes a los célebres cuerpos de “Cazadores de
Tanques” se vieron muy favorecidos en su arriesgada misión por la aparición de
una ingeniosa mina magnética. Se trataba de un implemento muy liviano y
manuable, pero de excepcional poder explosivo.
El artefacto poseía cuatro
poderosos imanes montados sobre pivotes “locos” y que, por lo tanto, podían
articularse y adherirse a cualquier superficie, plana o curva, con rugosidades o
sin ellas, angular o aplanada. Los imanes le permitían adaptarse a la superficie
exterior de ¡os tanques, en cualquier posición y desde cualquier ángulo. Entre
los cuatro imanes se encontraba el cono de descarga, por el que se proyectaba la
mayor parte de la potencia explosiva e incendiaria de la mina.
El
artefacto estaba provisto de una espoleta que le permitía regular la acción y,
además, dar tiempo suficiente al soldado para ponerse a cubierto del estallido.
El empleo de esta mina magnética permitió a los combatientes alemanes realizar
acciones de gran audacia.
En efecto, conociendo la proximidad de unidades de
tanques rusos y estudiando la conformación del terreno, los jefes de unidades
disponían a sus hombres en los lugares más apropiados para el paso de los
blindados. Allí, los soldados cavaban pequeños fosos, en los que apenas cabía
uno de ellos, acurrucado. Los fosos eran recubiertos con ramas y tierra,
disimulando así su presencia.
En el interior permanecía un hombre provisto de
una o varias minas magnéticas. Al aparecer los tanques, los hombres vigilaban
disimuladamente sus movimientos y esperaban su llegada. Después, al pasar los
blindados por sobre los escondites, los soldados, rápidamente, aplicaban las
minas, por medio de sus imanes, contra la superficie inferior de los tanques. La
espoleta, graduada convenientemente, hacía que éstas estallaran dos, tres o
cuatro minutos más tarde, cuando las unidades ya se hallaban lejos de los
reductos alemanes. La explosión, por otra parte, se producía en la parte más
sensible y menos defendida del tanque: la inferior.
La
operación cumplida por los “Cazadores de Tanques” era extremadamente peligrosa.
Los riesgos corridos por los soldados eran enormes. Pero, sin duda alguna, la
presa valía el riesgo. Y decenas de tanques destruidos por este procedimiento
justificaron el riesgo y las bajas sufridas.
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BOMBA DE PROFUNDIDAD
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Al producirse el estallido de las
hostilidades, Alemania contaba con una flota submarina muy reducida: 57
submarinos de los cuales 25 pertenecían al Tipo VII. Doenitz utilizó durante
toda la campaña, una táctica de gran éxito: agrupó a estos sumergibles en
unidades de ataque.

Cuando la campaña de los
submarinos alemanes contra la navegación aliada, principalmente británica, se
hizo más y más intensa, los ingleses ensayaron toda clase de elementos
destinados a protegerlos del peligro de los sumergibles. La guerra submarina, en
efecto, que había aumentado gradualmente su intensidad hasta convertirse en una
verdadera pesadilla para los Altos Mandos aliados, debía ser contrarrestada
rápida y eficazmente.
Fue así qua los convoyes aliados zarparon, en toda
oportunidad, protegidos por gran cantidad de naves de escolta, torpederos,
destructores y aun cruceros. Sin embargo, a pesar de la celosa vigilancia, los
submarinos alemanes continuaron haciendo estragos en la navegación aliada. La
represión de las naves inglesas que escoltaban los convoyes no era, por otra
parte, todo lo eficaz que debía ser.
En efecto; ante un ataque, los buques
escolta dejaban caer en las profundidades grandes cantidades de bombas de
profundidad. Pero eso no bastaba. Y no bastaba porque los grandes submarinos alemanes de tipo oceánico, estaban en condiciones de sumergirse a grandes
profundidades y permanecer después con sus motores detenidos a la espera del
alejamiento de los buques de escolta. De esta manera podían eludir fácilmente la
lluvia de bombas de profundidad que los ingleses lanzaban al azar. Los
británicos, enfrentados con esa realidad y para contrarrestar la táctica de los
sumergibles germanos, comenzaron a emplear una nueva bomba, de 1.000 kilogramos
(en lugar de las comunes de 150 kilos). El nuevo proyectil poseía dos masas
explosivas que no explotaban al unísono sino con un intervalo de un segundo, lo
que daba a la bomba un mayor efecto explosivo.
La nueva bomba tenía 50
centímetros de diámetro y, dado que era demasiado pesada para ser lanzada por
los medios comunes (explosivo o neumático) era despedida por los tubos
lanzatorpedos de los destructores. En sus extremos la bomba tenía dos flotadores
que retardaban la velocidad de inmersión. Efectivamente, el explosivo descendía
a las profundidades lentamente y daba tiempo a la nave que lo había arrojado
para alejarse de allí.
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BOMBA COHETE RUSA |

La columna alemana, integrada por
varios tanques y numerosos camiones cargados con abastecimientos, avanzó
lentamente por la polvorienta carretera. A la cabeza, varias motocicletas se
adelantaron algunos cientos de metros. Constituían la avanzada de exploración e
iban tripuladas por dos hombres en cada una. Una negra masa de nubes cubría el
horizonte lejano. Sorpresivamente, a lo lejos, como saliendo de las nubes,
varios puntos negros fueron visibles. Eran aviones, indudablemente. Los
motociclistas detuvieron en -seguida la marcha de sus vehículos.
Echand pie a
tierra uno de los soldados levantó una pequeña bandera blanca y negra y la elevó
por sobre su cabeza. Después la hizo girar rápidamente. Pero ya era tarde. Los
puntos negros, aumentando su tamaño velozmente, ya mostraban caracteres
definidos.
Eran cuatro cazas soviéticos que avanzaban hacia ellos. A escasos
centenares de metros de la cabeza de la columna, los aviones rusos perdieron
altura y se arrojaron sobre la misma. Dos, cuatro, ocho trazos luminosos
partieron de sus alas. Ocho explosiones sucesivas diezmaron a la columna
alemana, instantes más tarde.
Los rusos desarrollaron, durante
el transcurso de la guerra, un sistema de bombardeo en picada y a baja altura
que difería totalmente de todos los empleados hasta ese momento. El sistema de
vuelo, lo mismo que la línea de ataque y puntería eran normales, es decir,
semejantes a cuanto era conocido hasta ese momento. Lo novedoso, y muy efectivo,
según los informes recogidos, era lo concerniente al disparo de la bomba. Porque
la bomba no se arrojaba sino que se disparaba. El proyectil, en efecto, no caía
por gravedad sino que era disparada desde unos rieles que el avión tenía
montados debajo de las alas. El disparo y propulsión de los proyectiles se
efectuaba merced a un sistema de cohetes múltiples que cada bomba tenía adosados
a su parte posterior.
El escape de gas se efectuaba a través de una tobera
única. La ignición, por su parte, se efectuaba eléctricamente una a una, o en
salvas, o en un disparo total. Las bombas medían 18 centímetros de diámetro por
80 de longitud. Pesaban 45 kilogramos y tenían percutor por contacto o por
inercia. En la parte posterior, la bomba tenía adosadas cuatro aletas
direccionales paralelas. Necesariamente, la propulsión propia de estos
proyectiles disminuía la parábola y desviación de su trayectoria de la bomba,
con lo que favorecía la puntería y el ataque era, en consecuencia, más certero. |