HOLOCAUSTO JUDÍO
EL GENOCIDIO JUDIO EN
ALEMANIA EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
Relato Real Vivido
por Olga Lengyel |
El Tesoro Perdido
De Hitler |
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Un Nuevo Motivo Para Vivir-(Relato Real - Capítulo X Los Hornos de Hitler de Olga Lengyel) |
A veces, venían también hombres a nuestra enfermería. Generalmente eran
internados que trabajaban en los campos de mujeres eres. Cuando regresaban a sus
barracas por la noche, en centraban su enfermería cerrada. No podíamos negarnos
a atenderlos, aunque estaba estrictamente verboten por los alemanes. Pero sus
lesiones procedían de accidentes de trabajo.

Entre ellos llegó un día un francés ya entrado en años, a quien designaré con la
inicial "L". La herida que tenía en un pie lo convirtió en visitante asiduo de
la enfermería.
L. era una persona encantadora, y lo recibíamos con verdadera alegría. Todos los
días nos traía noticias alentadoras de la situación militar y política de
Europa. Mientras le curábamos sus lesiones, él calmaba nuestro es ' espíritu
atribulado.
Aquel hombre era casi la única fuente de noticias que teníamos. Por lo menos,
nos daba información verídica, y no rumores fantasmagóricos. De la actitud de
nuestros carceleros no podía sacar conclusión ninguna, porque parecían
considerar al campo como institución de carácter permanente. Vista desde
Auschwitz-Birkenau, aquella sangrienta guerra se nos hacía muy lejana y casi
irreal.
La verdad era que no teníamos experiencias de guerra, como no fuesen, muy de
tarde en tarde, algunas alarmas aéreas. En cuanto sonaban las sirenas, los
valientes S.S. ponían pies en polvoroso a toda velocidad y huían a esconderse en
los bosques, deteniéndose exclusivamente para devolvernos a nuestros campos.
Cerraban y atrancaban con todo cuidado las puertas: las presas quedaban
expuestas al peligro de las bombas, pero los S.S. se escondían.
Como
estaba yo pasando entonces por una grave depresión nerviosa, las noticias que
nos traía L. eran un verdadero estímulo para mi espíritu. En lo material había
mejorado mi situación desde que empezara a trabajar en la enfermería. Pero mi
vida me parecía una carga terrible. Había perdido a mis padres y a mis hijos, y
no sabía una palabra de mi marido, que era la única persona cuya existencia me
sostenía en el mundo de los vivos. Estaba mentalmente al borde del suicidio. Mis
compañeras notaban a ojos vistos que me estaba demacrando día a día.
Me llamó a parte en cierta ocasión y me reprendió:
-No tiene usted derecho a destrozar su vida. Aunque esta existencia no
represente atractivo ninguno personal para usted, no tiene más remedio que
seguir adelante, aunque sólo sea para aliviar los sufrimientos de las personas
que hay a su alrededor. El puesto en que está se presta perfectamente a rendir
servicios muy valiosos.
Me miró con ojos penetrantes y continuó:
-Naturalmente, esto también tiene sus peligros. ¿Pero no hay acaso peligro en
nuestra vida toda, mientras sigamos aquí? ¿No es el peligro el pan nuestro de
cada día? Lo esencial es que tengamos un objetivo, una ilusión.
Entonces me tocó a mí mirarle cara a cara hasta el fondo de los ojos.
-Me pongo a su servicio -le contesté-. ¿Qué debo hacer? -Puede hacernos dos
favores a todos -replicó-. En primer lugar, puede divulgar con cuidado todas las
noticias que yo le traigo. Esto es de vital importancia ' para mantener alto el
espíritu de nuestras prisioneras. ¿No le parece?. El correr "falsos rumores"
estaba Prohibido por los alemanes bajo pena de muerte. ¿Pero qué 'más daba
morir? Yo ni siquiera pensaba en ello.-En segundo lugar -prosiguió-, el trabajo
que usted desempeña la convierte en la mujer ideal para hacer de oficina de
correos.
Empezarán a traerle cartas y paquetes. Usted las entregará según las
instrucciones que se le den. Y no diga una palabra a nadie, ni siquiera a sus
mejores amigas. Porque si la sorprenden, la someterán a interrogatorio, no
queremos que haya testigo ninguno contra usted. ¡No toros son capaces de tolerar
el tormento! ¿Se cree usted lo suficientemente fuerte para aguantar sus
torturas? Me quedé en silencio. ¿Sería posible que hubiese más padecimientos
todavía?
-Procuraré ser fuerte. Se quedó pensando, y añadió: -Otra cosa. Tenemos que
observar cuanto ocurre aquí. Porque más adelante escribiremos todo lo que hemos
visto. Cuando termine la guerra, el mundo tiene que enterarse de esto. Debe
hacerse pública la verdad. A partir de aquel momento, tuve ya un motivo para
vivir. Era miembro del movimiento de resistencia. Después de aquella entrevista,
tuve ocasión de verme con otros elementos de la "resistencia".
Limitábamos
nuestras relaciones a nuestro trabajo, y ni siquiera nos preguntamos cómo nos
llamábamos. Se hacía así por precaución obligatoria, para evitar traicionarnos
recíprocamente en caso de que nos arrestasen y sometiesen a tortura. A través de
estos nuevos contactos, me enteré por fin de los detalles más concretos sobre la
cámara de gas y los crematorios.
Al principio, los condenados a muerte de Birkenau eran fusilados en el bosque de
Braezinsky o ejecutados por gas en la infame casa blanca del campo de
concentración. ]Los cadáveres eran incinerados en una fosa. Después de 1941, se
pusieron en servicio cuatro crematorios, con lo que aumentó considerablemente el
"rendimiento" de esta inmensa planta exterminadora.
En los Primeros tiempos, judíos y no judíos eran enviados por igual al
crematorios sin favoritismo ninguno. A partir de junio de 1943, la cámara de gas
y los crematorios estaban reservados exclusivamente a los judíos y gitanos. Como
no fuese por error o por algún castigo especial, los arios no eran mandados
allá. Pero, generalmente, éstos eran ejecutados por fusilamiento, horca o
inyecciones de veneno.
De las cuatro unidades destinadas a crematorio que había en Birkenau, dos eran
enormes y consumían un número extraordinario de cadáveres. Las otras dos eran
más pequeñas. Cada unidad constaba de un horno, un gran vestíbulo y una cámara
de gas. Por encima de cada unidad se erguía una alta chimenea, que generalmente
estaba alimentada por nueve hogueras. Los cuatro hornos de Birkenau eran
calentados por un total de treinta hogueras o fogatas. Cada horno tenía sus
grandes bocas. Esto es, había 120 bocas, en cada una de las cuales cabían al
mismo tiempo tres cadáveres. Esto quería decir que podían destruirse 360
cadáveres en cada operación. Aquello no era más que el comienzo de la "Meta de
Producción" nazi.
A trescientos sesenta cadáveres cada media hora, que era el tiempo necesario
para reducir a cenizas la carne humana, salían 720 por hora, o sea, 17,280
cadáveres cada veinticuatro horas. Y conste que los hornos funcionaban con
asesina eficiencia día y noche. Sin embargo, esto no era todo. Debe recordarse
además las fosas de la muerte, en que se podían destruir otros 8,000 cadáveres
diariamente. En números redondos, venían a cremarse al día unos 24,000
cadáveres. Admirable récord de producción... que deja muy en alto el pabellón de
la industria alemana.
Estando todavía en el campo de concentración, logré hacerme con estadísticas
detalladas del número de convoyes que llegaron a Auschwitz-Birkenau en 1942
y.1943. Hoy los Aliados conocen el número exacto de tales contingentes, porque
estas cifras fueron declaradas por los testigos muchas veces en el curso de los
procesos contra los criminales de guerra. Voy a citar sólo unos cuantos
ejemplos. En febrero de 1943, llegaban a Birkenau dos o tres trenes diarios.
Cada uno de ellos arrastraba de treinta a cincuenta vagones, En estos
transportes llegaban una gran proporción de judíos, pero también otros numerosos
enemigos políticos del régimen nazi, a saber, prisioneros políticos de todas
nacionalidades, criminales ordinarios y un número considerable de prisioneros de
guerra rusos. Sin embargo, la especialidad suprema de Auschwitz-Birkenau era el
exterminio de los judíos de Europa, quienes constituían el elemento indeseable
entre todos, según la doctrina nazi. Cientos de miles de israelitas eran
quemados en los crematorios. A veces había tal exceso de traba o en los mismos,
que no daban abasto en una jornada diaria para desembarazarse de los cadáveres
acumulados. Entonces tenían que quemarlos en las "fosas de la muerte". Eran
trincheras de más de cincuenta metros de largo por cuatro de ancho. Estaban
provistas de un sistema muy hábil de drenaje para dar salida a la' grasa humana.
Hubo además una temporada en que los trenes llegaban todavía en mayor número. El
año 1943, fueron transportados cuarenta y siete mil judíos griegos a Birkenau.
De ellos fueron ejecutados inmediatamente treinta y nueve mil. Los demás fueron
internados, pero murieron como moscas, porque no pudieron adaptarse al clima.
Los griegos y los italianos fueron quienes sucumbieron en mayor número al frío y
a las privaciones, probablemente porque eran los peor alimentados y los más
depauperados de cuantos llegaban. El año 1944, tocó el turno a los judíos
húngaros, y más de medio millón fueron exterminados.
Tengo las cifras correspondientes únicamente a los meses de mayo, junio y julio
de 1944. El doctor Pasche, médico francés del Sonderkommando en el crematorio,
me proporcionó los datos que publico a continuación, y conste que estaba en un
puesto en que podía perfectamente enterarse de las estadísticas de
exterminación:
Mayo, 1944 360,000
junio, 1944 512,000
Del 1 al 26 de julio, 1944 442,000
1,314,000
En menos de un trimestre los alemanes habían liquidado a más de 1.300,000
personas en Auschwitz-Birkenau.
Tuve muchas oportunidades para presenciar la llegada de los transportes de
prisioneros. Un día se me mandó, en compañía de otras tres internadas, a buscar
mantas para la enfermería. En el momento en que llegábamos a la estación,
entraba en vías un transporte. Los vagones de ganado estaban siendo vaciados de
los seres humanos golpeados y enclenques que habían hecho el viaje juntos, a
base de ciento ' por casta vagón. De aquella espesa y desgraciada turba, surgían
gritos desgarrados en todos los idiomas de Europa, en francés, rumano, polaco,
checo, holandés, griego, español, italiano... vaya usted a saber cuántos más.
¡Agual ¡Agual ¡Algo que beber!
Cuando llegué yo como ellos, lo había visto todo a través de una nube de
incredulidad, -y no podía dar cuenta de los detalles; apenas era posible dar
crédito a lo que se veía. Pero, pasado el tiempo, había aprendido a
interpretarlo todo. Reconocí a ciertos jefes de las S.S. Identifiqué al infame
Kramer, a quien los periódicos habían de denominar "la bestia de Belsen " cuya
poderosa silueta dominaba la escena. Su máscara de hiel¿ bajo el pelo espeso
vigilaba a los deportados con expresión viva y penetrante. Me sentí fascinada al
mirarlo, como quien clava los ojos en una cobra. jamás olvidaré la tenue son
risa de satisfacción al ver aquella masa humana tan completamente reducida y
entregada a su voluntad.
Mientras eran desembarcados los prisioneros, la orquesta del campo, integrada
por internados vestidos de pijamas rayados, interpretaba aires alegres para dar
la bienvenida a los recién llegados. La cámara de gas esperaba, pero las
víctimas tenían que ser tranquilizadas primero. Las mismas selecciones que se
realizaban en la estación eran efectuadas generalmente al compás de lánguidos
tangos, de números de jazz y de baladas populares. A un lado esperaban la
primera selección. Los viejos, enfermos y niños de menos de doce o catorce años
eran destacados a la izquierda y el resto a la derecha.
La izquierda quería
decir la cámara de gas y el crematorio de Birkenau; la derecha, detención
temporal en Auschwitz. Todo tenía que llevarse a cabo "como era debido" en
aquella lúgubre ceremonia. Las mismas tropas de las S.S. observaban
escrupulosamente las reglas del juego. Tenían interés en evitar incidentes. Con
aquella táctica, unos cuantos guardianes se bastaban para mantener el orden
entre los millares de condenados. Las separaciones daban pie a dramáticos
episodios, pero los nazis sabían llevar la cosa a la perfección. Cuando una
joven se empeñaba en no querer separarse de su madre anciana, muchas veces
transigían' y mandaban a la deportada unirse con la persona de quien no querían
apartarse. Así, ambas pasaban al grupo de la izquierda, en línea recta hacia la
muerte.
Luego, siempre a los compases de la música -no podía menos de recordar al Pie
Piper de la leyenda-, los dos cortejos empezaban su procesión. En el interim,
los internados de servicio habían reunido todos los equipajes. Los deportados
seguían creyendo que se iban a encontrar con sus pertenencias cuando llegasen a
su destino.
Otros internados colocaban a los enfermos en las ambulancias de la Cruz Roja.
Los trataban con delicadeza hasta que las columnas se perdían de vista, pero en
seguida, la conducta de aquellos esclavos de las S.S. cambiaba completamente.
Con verdadera brutalidad, empujaban a los enfermos a los camiones de la basura,
como si fuesen sacos de patatas, porque las ambulancias ya estaban abarrotadas.
Así taraban a sus compañeros de infortunio. En cuanto todo el mundo había
encajado a empellones en su sitio, el camión salía en dirección a los
crematorios, entre los gemidos y gritos de pavor de los pobres presos. Gracias a
la prueba directa que me conseguí a través del doctor Pasche y de otros miembros
de la resistencia, puedo reconstruir las últimas horas de los que eran formados
a la izquierda. Al compás de los aires cautivadores interpretados por los
internados músicos, cuyos ojos estaban arrasados de lágrimas, el cortejo de los
condenados 'partía hacia Birkenau.
Afortunadamente, no tenían idea de la suerte
que les estaba deparada. Al ver el grupo de construcciones de ladrillo rojo que
se divisaban adelante, suponían que era un hospital. Las tropas de las S.S. que
los escoltaban se conducían con irreprochable "corrección". No eran tan finos
cuando trataban con los seleccionados del campo, a los cuales no hacía falta
manejar con guante blanco; pero a los recién llegados había que tratarlos con
toda finura casta el fin. Los condenados eran conducidos a un largo viaducto
subterráneo, llamado "Local B", que se parecía al pasillo de un establecimiento
de baños. Podían acomodarse allí hasta dos mil personas. El "Director de los
Baños", de blusa blanca, repartía toallas y jabón ... un detalle más de aquella
inmensa farsa. Entonces los prisioneros se quitaban la ropa y dejaban todos sus
objetos en una enorme mesa. Bajo los ganchos para colgar las prendas había
placas que decían en todos los idiomas europeos: "Si desea usted recoger sus
efectos al salir, torne nota, por favor, del número de su percha".
El "baño" para el cual estaban siendo preparados los condenados, no era más que
la cámara de gas, que caía a la derecha de aquel vasto pasillo o vestíbulo. Esta
dependencia estaba equipada con muchas duchas, a cuya vista cobraban confianza
los deportados. Pero los aparatos no funcionaban, ni salía agua de los gritos.
En cuanto los condenados llenaban la baja y angosta cámara de gas, los alemanes
acababan con su farsa. Se quitaban las caretas. Ya no eran necesarias las
precauciones. Las víctimas no estaban en condiciones de escapar ni de ofrecer la
menor resistencia.Había ocasiones en que los condenados a muerte retrocedían al
llegar a la puerta, como avisados por un sexto sentido. Los alemanes los
empujaban brutalmente, sin tener inconveniente en disparar sus pistolas sobre la
masa. La estancia se atascaba con el mayor número posible de deportados. Cuando
quedaban fuera uno o dos niños, se les tiraba por encima de las cabezas de los
adultos.
Luego la pesada puerta se cerraba como la losa de una cripta. Dentro de
la cámara de gas se desarrollaban horribles escenas, aunque es mucho de dudar
que aquella pobre gente sospechase ni siquiera entonces. Los alemanes no abrían
inmediatamente el gas. Esperaban. Porque los expertos habían visto que era
necesario que subiese primero la temperatura de la habitación unos cuantos
grados. El calor animal emanado del rebaño humano facilitaba la acción del gas.
A medida que subía el calor, el aire se hacía pestilente. Muchos condenados
murieron según tengo entendido, antes de que se abriesen las espitas del gas.
En
el techo de la cámara había un boquete cuadrado, enrejillado y cubierto con un
cristal. Cuando llegaba la hora, un guardián de las S.S., provisto de una careta
antigás abría el hueco y soltaba un cilindro de "Cyclone-B", gas preparado en
Dessau a base de hidrato de cianuro. Se decía que el Cyclone-B tenía un efecto
devastador. Pero no siempre ocurría así, probablemente porque los alemanes
querían hacer economías debido al número elevado de hombres y mujeres que había
que liquidar. Además, q ' quizás algunos condenados opusiesen gran resistencia
orgánica. En todo caso, había muchas veces sobrevivientes; pero los alemanes no
tenían entrañas: respirando todavía, se llevaban a los moribundos al crematorio
y se los empujaba a los hornos. Según el testimonio de antiguos internados de
Birkenau, muchas personalidades destacadas del nazismo, políticos y otros,
estaban presentes cuando se inauguraron el crematorio y las cámaras de gas. Se
dice que expresaron su admiración por la capacidad funcional de aquella enorme
planta exterminadora. El mismo día de la inauguración, fueron sacrificados doce
mil judíos polacos, lo cual no era gran cosa para el Moloch nazi.
Los alemanes dejaban con vida cada vez a unos cuantos millares de deportados,
pero únicamente con el objeto de facilitar el exterminio de millones de otros. A
estas víctimas las obligaban a desempeñar los "trabajos sucios". Eran parte del
"Sonderkommando". De tres a cuatrocientos atendían cada crematorio. Su tarea
consistía en empujar a los condenados al interior de la cámara de gas y, después
de efectuado el asesinato en masa, debían abrir las puertas y sacar los
cadáveres. Eran preferidos los médicos y dentistas para ciertas operaciones, los
últimos, por ejemplo, para rescatar las dentaduras postizas de los cadáveres -y
aprovechar los metales preciosos de que estaban hechas. Además, los miembros del
Sonderkommando tenían que cortar el pelo a las víctimas, lo cual suponía otra
ganancia para la economía nacional socialista.
El doctor Pasche, a quiera se le había destinado al Sonderkommando, me facilitó
los datos de la rutina diaria del personal del crematorio. Porque, por extraño
que parezca -y ésta no era la única circunstancia extraña y paradójica que había
en los campos de concentración- los alemanes tenían un médico especial para
atender a los esclavos de la planta exterminadora. El doctor Pasche desempeñaba
un puesto activo en el movimiento de resistencia, llevando las estadísticas
diarias a riesgo de su vida. Comunicaba los datos que obtenía únicamente a los
pocos de quienes podía estar totalmente seguro, con la es a de que algún día,
dichas cifras fuesen conocidas del =O entero. El doctor Pasche no se hacía
ninguna ilusión respecto a la suerte que le esperaba. Y, en efecto, fue
"liquidado" mucho antes de la liberación de Auschwitz.
De los informes de los testigos visuales, podemos imaginarnos el espectáculo que
ofrecía la cámara de gas cuando se cerraban las puertas. Entre las torturas de
sus sufrimientos, los condenados trataban de treparse uno encima de otro.
Durante su agonía, había quienes clavaban las uñas en la carne de sus vecinos.
Por regla general, los cadáveres estaban tan apretados y entremezclados que era
imposible separarlos. Los técnicos alemanes inventaron unas pértigas provistas
de ganchos en su extremo, que se clavaban en la carne de los cadáveres para
extraerlos.
Una vez fuera de la cámara de gas, los cadáveres eran transportados al
crematorio. Ya he dicho anteriormente que no era raro que hubiese todavía
algunas víctimas con vida. Pero se les trataba como cadáveres y eran
introducidos en los hornos con los muertos. Con un montacargas se levantaban los
cadáveres y se metían en los hornos. Pero primero se les catalogaba
metódicamente. Los niños iban por delante, para que sirviesen de tizones; luego,
llegaba su turno a los cadáveres depauperados, y, finalmente, a los más
corpulentos.Mientras tanto, el servicio de recuperación funcionaba sin descanso. Los
dentistas sacaban a los cadáveres las dentaduras metálicas, los puentes, las
coronas y las placas. Otros oficiales del Sonderkommando recogían los anillos,
porque, a pesar de todo el control que tan rigurosamente se llevaba, había
internados que se quedaban con ellos. Naturalmente, los alemanes no querían
perder nada de valor.
Los Superhombres Nórdicos sabían aprovecharlo todo. En envases inmensos se
recogía la grasa humana, que se había derretido (lo a altas temperaturas. No
tenía nada de extraño que el jabón del campo fuese de manera tan peculiar. Ni
hay por qué asombrarse de que los internados sospechasen a veces del aspecto de
algunos pedazos de salchichón Hasta las mismas cenizas de los cadáveres eran
utilizadas para abonos de las granjas de labor y de los jardines aledaños. El
"exceso" era arrojado al Vístula. Las aguas de este río se llevaron los restos
de millares de pobres prisioneros. El trabajo del Sonderkommando era,
indudablemente, el más penoso y repugnante. Había dos turnos de doce horas cada
uno. Este personal vivía en barrio aparte del campo, y tenía rigurosamente
prohibido el contacto con los demás presos. A veces, a guisa de castigo, no se
les permitía siquiera 'volver al campo, sino que tenían que vivir en el mismo
edificio de los crematorios. ¡Allí les sobraba calor, pero qué lugar más
horrendo para comer y dormir.
La vida de los miembros del Sonderkommando era verdaderamente infernal. Muchos
de ellos se volvieron locos. Con frecuencia se veía a un marido a quien
obligaban a quemar a su misma mujer; a un padre que hacía otro tanto con sus
hijos; a un hijo, con sus padres; y a un hermano, con su hermana.
Al cabo de tres o cuatro meses en aquel infierno, los trabajadores del
Sonderkommando veían llegar su turno. Los alemanes lo tenían previsto así.
Perecían en la cámara de gas y luego eran quemados por los que habían venido a
ocupar sus puestos. La planta exterminadora no podía dejar de producir, aunque
cambiase el personal. Entonces tuve ya dos motivos para seguir viviendo: uno era
trabajar por el movimiento de resistencia y ayudar cuanto tiempo pudiese
mantenerme sobre mis pies; el segundo era soñar y rezar porque llegase el día en
que fuese libre y pudiese decir al mundo entero:
"¡Esto es lo que vi con mis propios ojos ¡No podemos consentir que vuelva a
repetirse
"EL CANADA - ( De Libro: Los Hornos de Hitler de Olga Lengyel )
Teníamos en Auschwitz-Birkenau un edificio que no sé por qué se llamaba
"Canadá". Dentro de sus muros se almacenaban las ropas y demás pertenencias
quitadas a los deportados cuando llegaban a la estación, o cuando se iban a
duchar, o en el vestíbulo del crematorio.El "Canadá" contenía una riqueza
considerable, porque los alemanes habían animado a los deportados a que se
llevasen sus objetos de valor. ¿No habían anunciado acaso en muchas ciudades
ocupadas que no era "contra las ordenanzas" llevarse los efectos personales
consigo? Esta invitación indirecta resultó mucho más eficaz que si hubiesen
indicado directamente a las víctimas que se llevasen sus joyas. En realidad
muchos deportados se llevaban cuanto podían, con la esperanza de ganarse algunos
favores a cambio de sus objetos de valor.
En los equipajes se encontraban un poco de todo: tabaco, chamarras de piel
jamón ahumado y hasta máquinas de coser. ¡Qué cosecha tan magnífica para el
servicio de recuperación del campo En el Canadá había especialistas dedicados
exclusivamente a descoser forros y despegar suelas con objeto de hallar tesoros
ocultos.
El sistema debió dar a los alemanes buenos resultados, porque encargaron de la
tarea a un contingente considerable de energía humana integrado por cerca de mil
doscientos hombres y dos mil mujeres. Todas las semanas, salían de Auschwitz
para Alemania uno o más trenes atiborrados de productos procedentes del servicio
de recuperación.
A los numerosos objetos quitados a los deportados o sustraídos
de sus equipajes, se añadía el pelo de las víctimas, procedente de los rapados
de vivos y cadáveres. De todos los artículos almacenados en el Canadá que más
dolorosamente me impresionaron, había una fila de coches de niño, que me
trajeron al pensamiento a todos los desgraciados párvulos que los alemanes
habían ejecutado. Otra sección emocionante era la destinada a los zapatos de
niños y juguetes, que siempre estaba bien abastecida. Pertenecer al personal
del Canadá o estar asociado con sus comandos constituía un gran privilegio para
los cautivos. Estos "empleados" tenían numerosas oportunidades de robar, y, a
pesar de las amenazas de castigos severos, las aprovecha . han cuanto podían.
Pero aquellas ordenanzas no rezaban con los oficiales alemanes, los cuales
hacían numerosos viajes de inspección al Canadá y se llevaban unos cuantos
diamantes como recuerdo en una cámara fotográfica, o una pitillera. Muchos
comandos robaban con la esperanza de poder comprar su libertad. Gracias a los
sobornos de este tipo, ocurrieron muchas fugas mientras estuve en el campo.
Generalmente no se salían con la suya. Los alemanes aceptaban de mil amores
cuanto se les ofrecía, ' pero en lugar de facilitarles la huída, les complacía
más abatir a tiros a sus clientes.
Los objetos robados del Canadá se negociaban después en el mercado negro.
Pese a las feroces medidas disciplinarias, teníamos un mercado negro muy activo.
Los precios se fijaban de conformidad con la escasez de los artículos, lo pobre
de las radones, y, naturalmente, en proporción con los riesgos que suponía
conseguir el artículo en cuestión. Por tanto, no debe extraiíarse nadie de que
una libra de Margarina costase 250 marcos de oro, o sea cerca de 100 dólares; un
kilo de mantequilla, 500 marcos; un kilo de carne, 1,000 marcos. Un cigarrillo
costaba 7 marcos, pero el precio de una fumada estaba sometido a fluctuaciones.
Claro está, sólo unos cuantos podían permitirse esos lujos. Sólo los
escrupulosos empleados o trabajadores del Canadá disponían de medios. Teníán que
establecer contacto con los que trabajaban fuera del campo o con los mismos
guardianes, para poder cambiar sus objetos de valor por dinero o artículos
raros. En estos dobles cambios, perdían mucho. A veces, una joya de gran valor
se cambiaba por una botella de vino ordinario.
También contribuía al tráfico el personal de la cocina. Ellos eran igualmente de
los privilegiados-, en comparación con un prisionero común.Se comía mejor en la
cocina. Además, todos los que trabajaban allí podían conseguirse ropas mejores,
gracias al cambio- por otros objetos, o sea, al Sistema de comercio por trueque.
Los alimentos robados los cambiaban por zapatos o chaquetas viejas. Todas las
tardes, entre las cinco y las siete, funcionaba fuera de las barracas un
concurrido mercado negro.
Este tipo de tráfico en especie era resultado natural de las condiciones locales
en que vivíamos. Era difícil sustraerse a él. Yo pagué la ración de pan de ocho
días por una prenda que necesitaba para hacerme una blusa de enfermera. Pero
además hube de sacrificar tres sopas para que me la cosiesen. Alimento o vestido
era el eterno dilema en que nos encontrábamos. El mercado negro me lleva de la
mano a tratar del "Campo Checo", el cual fue, durante muchos meses, una fuente
abundante de ropa. Después de unas breves negociaciones, las internadas de
nuestro campo tiraban sus raciones de margarina o de pan por encima de la
alambrada de púas, al campo checo. Las checas, en cambio, nos arrojaban prendas
de vestir. El nego. e a peligroso. Si pasaba por allí algún guardián, podría clo
r muy 'descerrajamos un tiro. 0 también, la ropa recibida podr& quedarse
enganchada en los alambres. Pero, como dice el refrán,
"El que no se arriesga no cruza la mar".
¿A qué se debía el que las checas fuesen más ricas que nosotras en prendas de
vestir? La razón era posiblemente un simple capricho o desorden de la
administración, o acaso, según se rumoraba, la intervención eficaz de personajes
influyentes de Checoslovaquia. A principios del verano de 1943, a uno de los
transportes checos le ahorraron todas las formalidades de rigor; no hubo
selecciones, ni confiscación de equipajes, ni cortes de pelo. Además, los
hombres quedaron exentos de trabajos forzados y las familias permanecieron
juntas, privilegio inaudito en Birkenau. Para sus pequeños, establecieron una
especie de escuela.
Los checos eran los únicos que recibían regularmente paquetes de sus familias,
por lo menos durante cierto tiempo. Aprovechaban los permisos-oficiales que se
les concedían para solicitar toda clase de pertenencias útiles, sobre todo lana
para tejer, con la que se confeccionaban prendas de abrigo, bien para su uso
personal bien para el mercado negro. Pero aquella situación de privilegio iba a
durar poco tiempo. Al cabo de seis meses, el trato de favor se acabó. Un día,
los checos se enteraron de que los alemanes estaban preparándose para
liquidarlos. Inmediatamente tomaron el acuerdo de sublevarse. Pero la sedición
fue un fracaso.
En el último momento fue envenenado el jefe, que era un antiguo
profesor de Praga. Se hizo cargo de la situación el Lageraelteste, un criminal
empedernido y bestial. La noche siguiente se distribuyeron entre los checos más
tarjetas postales para que informasen a sus parientes cercanos que estaban bien
y para que les pidiesen más paquetes de diferentes artículos. Pocas horas
después, fueron exterminados todos, viejos y jóvenes, enfermos y sanos.No se
perdió tiempo en transportar allá a otros checos para que llenasen su campo.
Tuve ocasión de comunicarme con el contingente del tren segundo. Estos checos
fueron también objeto de un trato de favor, a excepción del alimento, que era
abominable. Como animalitos hambrientos, sus hijitos vagaban junto a la
alambrada, esperando que alguien Ies tirase algún resto de comida o un pedazo de
pan. Un buen día- corrió la voz de que estaban siendo liquidados los integrantes
del segundo grupo de checos. Primero se llevaron a los hombres, luego a las
mujeres jóvenes. Los que quedaron, es decir, los niños y los viejos, no se
forjaron ilusiones. Empezaron a cambiar cuanto tenían por un mendrugo de pan o
margarina.
Por lo menos, querían hartarse antes de morir. Aquella tarde, un
muchacho checo, que estaba enamorado de una Vertreterin joven ¿le nuestro campo,
le dijo adiós a través de la alambrada de púas que nos separaba de ellos. Sabía
cómo iba a terminar el di¡ para él.
-Cuando veas las primeras llamaradas del crematorio al amanecer -le dijo-,
tómalo como mi saludo para ti.
La chica se desmayó. Él se la quedó mirando desde el otro lado de la alambrada
con los ojos bañados de lágrimas. Nosotras la ayudamos a levantarse.
-Amada mía -continuó diciéndole él-. Tengo un diamante que quería dártelo de
regalo. Lo robé mientras trabajaba en el Canadá. Pero ahora voy a tratar de
cambiarlo porque me den ocasión de poder pasar a tu campo y estar contigo antes
de morir.
No sé cómo se las arreglaría, pero el caso es que lo consiguió, y el muchacho se
presentó. Todo el mundo sabía que se aproximaba el fin del o checo. Podría ser
cosa de un día más, acaso de unas cuantas horas solamente.
La blocova dejó a la
joven pareja a solas en su habitación. Las demás internadas se plantaron por la
parte de afuera para vigilar, que no se presentase de repente algún alemán.
Mientras se llevaba a cabo la revista rutinaria de la tarde, los checos fueron
obligados a entregar su calzado. Aquélla era una señal inequívoca.
Ya entrada la noche, llegaron al campo numerosos camiones de basura. Cuantos
quedaban todavía en el campo checo tuvieron que treparse a ellos. Algunos
oponían resistencia, pero los guardianes los golpeaban a palos o los atravesaban
con sus pértigas de ganchos.
Pegadas a las paredes de nuestra enfermería, presenciábamos nosotras la horrible
escena. La pequeña Vertreterin vio cómo metían a empellones a su novio checo en
el vagón. La alborada nos sorprendió temblando delante de la pared; acababan de
arrancar los últimos camiones. Nuestros ojos seguían la trayectoria del humo que
eructaban los crematorios... Eran los restos de nuestros pobres vecinos.
Durante la noche se le quedó casi completamente blanco el pelo a la joven
Vertreterin.
Lo primeros rayos del sol revelaron, esparcidos por el suelo del
campo checo, unos cuantos objetos abandonados una rebaja de pan, una muñeca de
trapo y algunas prendas de vestir. Aquello fue todo lo que quedó dé la aldea
checa de ocho mil almas, que tan corta vida habían tenido.
Fuente:
Olga Lengyel
"Los Hornos de Hitler"
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