BIOGRAFÍA DE NELSON MANDELA
Lucha Por Los Derechos Civiles de los Negros

En 1994, los negros sudafricanos pudieron elegir a su presidente por primera vez

 

 

 

 

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Veintisiete años en prisión convirtieron a Nelson Mandela en el símbolo carismático de la lucha del pueblo negro por la abolición del apartheid. Se perfiló como el constructor de una «nación arco iris» en el seno de la cual tanto blancos como personas de color vivirían en paz.

Nelson Mandela, nacido en 1913 en Mvezo, Transkei, pertenece a la familia real del pueblo tembu, proveniente de la etnia xhosa. Su verdadero nombre es Rolihlahla Madiba Mandela. Su nombre de pila parecía predestinado, ya que Rolihlahla significa "promotor de disturbios".

Tuvo una infancia feliz, escuchando a los ancianos relatar la historia de su pueblo, cuando éste era libre, antes de la llegada de los blancos. En ese entonces, la armonía y la paz reinaban entre los tembu. En 1930, su padre falleció: el rey de los tembu se convirtió en su tutor y lo envió a un colegio metodista.

En 1938 ingresó en la universidad de Fort Hare, exclusivamente reservada a la élite negra. Para él fue el primer impacto cultural: apren­dió inglés y la historia de las civilizaciones occidentales. Ahí conoció también a Oliver Tambo, futuro compañero de lucha. En septiembre de 1941, Mandela participó en una huelga de estudiantes que protestaban contra los malos tratos infligidos a una empleada negra. Expulsados durante algunos días, todos los huelguistas se reintegraron a la universidad, salvo Nelson Mandela. Además, en desacuerdo con su tutor que deseaba casarlo, huyó de Transkei y viajó a Johannesburgo.

Mandela descubrió las realidades de la opresión blanca cuando se instaló en el barrio negro de Alexandra: pobreza, cesantía y violencia eran pan de cada día en el township. Se inscribió en la universidad de Witwatersrand y comenzó sus estudios de derecho. Para financiarlos, se desempeñó en una serie de pequeños empleos y fue finalmente contratado por un bufete de abogados blancos. La integración fue difícil.

Estos años reforzaron su odio profundo respecto del apartheid: en adelante, Mandela pretendía luchar por la dignidad de la comunidad negra. Uno de sus amigos, Walter Sisulu, lo hizo conocer el ANC, organización fundada en 1911 pero que seguía siendo elitista y carecía de un programa de acción. Adhirió a ella en 1944 y fundó junto con Tambo y Sisulu la Liga de la juventud, cuyo objetivo era reformar el ANC acercándolo a las masas.

En esa época, Mandela defendía los principios del nacionalismo africano y rechazaba cualquier alianza con los otros partidos antiapartheid. Convertido en secretario y juego en presidente de la Liga en 1950, se perfilaba como el hombre de la renovación. En 1949, Mandela y sus camaradas impusieron sus puntos de vista al ANC.

Después de integrarse al comité de dirección, multiplicó las reuniones públicas en os guetos negros. Movilizó las muchedumbres y su nombre empezó a circular cada vez más: se impuso a la cabeza del movimiento por los derechos civiles. Mandela pretendía presionar al gobierno con actos no violentos como el boicot y las huelgas. Organizó junto con otros dirigentes una campaña de desobediencia civil o 1952, lo que le valió una primera condena. El mismo año se convirtió en viceresidente del ANC y estableció el «plan que apuntaba a democratizar el movimiento —principalmente por medio de la creación de congresos locales—, evitando al mismo tiempo medidas represivas. En forma paralela creó junto con Tambo el primer bufete de abogados negros de Sudáfrica. Trató entonces de ayudar en concreto a las víctimas de la segregación racial: pero ¿qué podía hacer frente a una justicia cómplice del poder blanco?

Su acción en favor de la paz prosiguió: suspendió la lucha armada del ANC e inició las negociaciones con De Klerk. Trabajando en conjunto, pusieron fin al apartheid y obtuvieron el premio Nobel de la paz en 1993. Tres años después, Mandela se divorcié de su mujer Winnie, conocida por su discurso radical e implicada en un oscuro asunto criminal. Hombre de compromiso, supo defender ardientemente el principio «un hombre, una voz”. Modeló Sudáfrica a su imagen, humana y moderna. En sus apariciones públicas, Mandela disfrutaba bromeando y bailando al son de las arias tradicionales, vistiendo una remera con los colores de África.

De esta manera, promovía el programa »Masakhana» (»Construyámonos los unos a los otros»), basado en la reconciliación y la confianza mutua entre las distintas comunidades. Asimismo, inauguré grandes obras económicas y sociales para luchar contra las desigualdades. Mandela sigue siendo el principal garante de una Sudáfrica multirracial. Su retiro de la vida política en 1999 dejó un vacío inmenso: la etapa post-Mandela sigue siendo incierta.

Una nueva era en Sudáfrica:  Las primeras elecciones multirraciales del 27 de abril de 1994 dieron la victoria al ANC (el Congreso nacional africano) con casi el 63% de los votos. El 10 de mayo, el Parlamento designó a Nelson Mandela como el primer presidente negro de la historia sudafricana. El nuevo jefe de Estado, de setenta y seis años, era un hombre de sonrisa traviesa y legendario buen humor.

Había recuperado la libertad tan sólo cuatro años antes, después de dieciocho años en el presidio de Robben Island y nueve años en Pollsmoor y Verster. A lo largo de toda su vida se presentó como un interlocutor ineludible en busca de una transición pacífica. Mandela ya no era el líder de la comunidad negra, sino el que aunaba la nación sudafricana. Su tarea ya no era luchar contra un gobierno blanco racista, sino promover la reconciliación. La nueva res­ponsabilidad que  asumió no lo amilanó: el combate, cualquiera que fuese, le era familiar.

Los comicios de 1994 marcaron el nacimiento de la democracia en un país donde la injusticia, la violencia y la persecución racial habían dominado durante mucho tiempo. Asimismo, significaron la culminación de la batalla heroica de un hombre contra el apartheid.

Mandela, líder durante toda su vida de la lucha por la igualdad racial y huésped durante 27 años de las prisiones estatales, ahora era un hombre de 75 años preparado para llevar a la práctica su idea de «una nueva Sudáfrica donde todos fueran iguales, donde todos los sudafricanos trabajaran juntos para conseguir la seguridad, la paz y la democracia de su país».

La histórica elección, que duró cuatro días, provocó colas kilométricas ante las urnas. Unos dieciséis millones de negros y nueve millones y medio de blancos, asiáticos y mestizos ejercieron su derecho al voto. Tras el recuento devotos, Mandela había obtenido más del 60 por ciento, dejando muy atrás a su rival más próximo, el ex presidente F. W. De Klerk, el hombre que había empezado a abolir el apartheid cinco años antes.

Mandela y Sudáfrica habían recorrido un largo camino, pero décadas de abusos metódicos habían creado problemas de lenta y difícil solución. La propia campaña electoral había sido violentamente interrumpida tanto por enfrentamientos entre blancos y negros. Milicias traficantes de terror, como el Movimiento de Resistencia Afrikaner, emplearon bombas y balas para apoyar una patria sólo de blancos.

El zulú Mangosuthu Buthelezi, líder del Partido Inkatha, recurrió al terrorismo para imponer un boicot a las elecciones. Su motivo para apartar a la gente de las urnas era asegurar la autonomía zulú en la Sudáfrica del post segregacionismo. Una semana antes de los comicios, la esperanza triunfó sobre el odio, y Buthelezi desactivó el boicot.

Mandela asumió el cargo bajo la presión de una expectativa enorme. Muchos negros vivían sin electricidad ni agua corriente, el 50 por ciento era analfabeto a causa de la enseñanza discriminatoria. Se esperaba que el 87 por ciento de la tierra cultivable, reservada a los blancos, fuera redistribuida «No esperen que hagamos milagros», advirtió Mandela. Pero el hecho de que hablara como presidente de Sudáfrica indicaba que ya había ocurrido uno.

AMPLIACIÓN DEL TEMA: Un nuevo comienzo: Para abrir las puertas al cambio tuvo que asumir un nuevo gobierno. El presidente Frederick W. de Klerk, elegido en 1989, levantó la proscripción del CNA y otros grupos de la oposición. El 11 de febrero de 1990, Mándela quedó en libertad.

De Klerk y Mándela dirigieron la transición del país a una democracia plena en circunstancias difíciles. Además de la resistencia al cambio de una parte de la minoría blanca, tuvieron que hacer frente a los puntos de vista divergentes de distintas facciones políticas y tribales de la comunidad negra. Optaron por una solución integradora, en virtud de la cual Mándela fue elegido presidente, en 1994, a la cabeza de un gobierno de unidad nacional en el que estaban representadas fuerzas minoritarias como el Partido Nacional del vicepresidente De Klerk.

El nuevo gobierno era consciente de que, para lograr la unión entre las distintas comunidades, debía pasar a la acción. En un intento histórico por afrontar la violencia y las violaciones de los derechos humanos que habían tenido lugar en la era del apartheid, el arzobispo Desmond Tutu, otro opositor activo del régimen segregacionista, fue nombrado jefe de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación (CVR). Durante tres años, la CVR escuchó el testimonio de víctimas y verdugos.

La CVR no fue concebida como instrumento punitivo y sirvió para dar fe del sufrimiento de las víctimas y garantizar una amnistía para los presuntos culpables. El resultado de su investigación se publicó en 1998. Denunciaba las atrocidades cometidas por todos los sectores de la sociedad, incluidas las acciones del Club de Fútbol Mándela United, grupo paramilitar negro dirigido por Winnie, la ex esposa de Mándela.

El compromiso de Sudáfrica en el proyecto de la CVR le permitió ganarse el respeto del resto del mundo. En declaraciones sobre el resultado de estas investigaciones, Mándela hizo un llamamiento al pueblo para «celebrar y consolidar el logro que supone para nuestra nación haber dejado atrás nuestro horrible pasado para siempre».

Ver: El Tercer Mundo

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