BIOGRAFÍA DE MANUELA SAÉNZ

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La Ilustración Simón Bolívar General San Martín Libertar Perú 25 de Mayo de 1810 9 de Julio de 1816

María Graham Sara Bernhardt Gertrude Stein Manuela Sáenz

Manuela Sáenz
En los años turbulentos de las guerras de la Independencia hispanoamericana, a muy pocas mujeres les cupo un papel protagónico que signara tanto sus vidas como las de sus patrias nacientes. Sobresale entre ellas la formidable personalidad de la inteligente colaboradora y amiga de Simón Bolívar, que llegó a merecer cabalmente que este la llamara "la libertadora del Libertador".

Ella lo sabía mejor que nadie: "Lo que soy en realidad -escribió- es un carácter formidable, amiga de mis amigos y enemiga de mis enemigos".

A causa de esa vigorosa personalidad, Manuela Sáenz, "la libertadora del Libertador", debió sufrir en vida el ataque persistente y enconado de los defensores de "los prejuicios de la sociedad" -como ella misma los llamaba—, de los numerosísimos enemigos de su egregio amante -Simón Bolívar-, y aun el de algunos amigos de este. Muerta, cayó sobre ella un espeso manto tejido de silencio y calumnias.

Pero aunque el destino y los hombres se esforzaran por borrar sus huellas y distorsionar su imagen, ella supo siempre -con la misma fe que la sostuvo y alentó en tantos momentos angustiosos- que habría de ser finalmente reivindicada. "El tiempo me justificará", escribió. Y así ha sido, en efecto.


LA BASTARDA
Ya al nacer, Manuela empezó a dar que hablar. "El 29 de diciembre de 1797 bauticó solemnemente a Manuela, nacida dos días antes, una criatura espuria cuyos padres no son nombrados." Así rezaba la partida de bautismo, pero todo Quito sabía perfectamente de quiénes se trataba, y no dejaba de asombrarse. ¿Cómo era posible que don Simón Sáenz y Vergara, noble español casado y con hijos, miembro del Concejo de la ciudad, capitán de la milicia del Rey y recaudador de los diezmos del reino de Quito hubiese seducido a Joaquina, de la familia terrateniente de los Aispuru, muchacha de dieciocho años?

En realidad, no se justificaba tanta sorpresa, puesto que Quito era conocida y reconocida como la ciudad más licenciosa de todo el Virreinato de Nueva Granada (que abarcaba lo que es hoy Colombia, Ecuador y Venezuela).

De nada valió que Joaquina pasase el resto de su vida entre penitencias y oraciones; fue en vano que los Aispuru, odiando a ese viviente testimonio de su deshonra, la recluyesen en el convento de Santa Catalina. A los 17 años Manuela mostró a las claras su independencia de carácter al escapar para unirse con un apuesto oficial en algún lugar de los montes de Quito. Cuando regresó, emisarios de su padre la estaban esperando para llevarla a Guayaquil y embarcarla rumbo a Panamá, donde entonces residía don Simón Sáenz.

En Panamá, mientras ayudaba eficazmente a este en sus asuntos, Manuela aprendió a fumar -costumbre difundida entre las panameñas- y beber, y a distinguirse por sus modales, su porte y su andar.

Su poder de seducción indujo a James Thorne, rico mercader británico establecido en Lima, a proponerle matrimonio. Manuela no dejó escapar la oportunidad, pues en Panamá todos conocían su pasado, y la alternativa era quedarse soltera para terminar siendo la querida de algún personaje lugareño o una mujer de mala fama.

Así fue como el 27 de julio de 1817 la iglesia limeña de San Sebastián se iluminó para celebrar la unión de Jaime Thorne y Manuela Sáenz. Como ambos eran católicos, según las costumbres de la época, se suponía que el matrimonio sería para toda la vida. Pero la vivaz Manuela no tardó en cansarse de este inglés parco, correcto y respetuoso de todas las convenciones. "Como marido eres muy chapucero -le espetó—. No procuras ningún placer, conversas sin gracia, caminas sin prisa, te sientas con cautela y no te ríes ni de tus propias bromas. Créeme, la vida monótona está reservada para tu nación."

Para compensar su aburrimiento conyugal, desde 1819 Manuela se dedicó a conspirar en favor del movimiento independentista, llevando y trayendo las proclamas sediciosas que aparecían por las mañanas pegadas en los muros de la ciudad. Continuó con esta peligrosa actividad a pesar de la oposición de su marido, que veía en ella la ruina de ambos.

MANUELITA Y BOLÍVAR
Pero en 1822, después de la victoria patriota, sus esfuerzos y su valor se vieron recompensados: fue una de las 112 damas de Lima que recibió, por decisión del general San Martín, la Orden del Sol, la más preciada condecoración de la Sudamérica liberada.

Sin embargo, no se sintió satisfecha con la intensa vida social que desarrolló en los altos círculos de Lima antes y después de la Independencia. Acaso por eso regresó a Quito, justo a tiempo para presenciar la entrada triunfal de Bolívar.

Fue en el gran baile de la Victoria, celebrado en casa de Juan de Larrea el 16 de junio de 1822, donde se encontraron por primera vez la señora de Thorne y Simón Bolívar. A ella le bastó un breve lapso para conquistar la galante atención de todos los oficiales de Bolívar, y sobre todo la de este.

El altivo porte de Manuela, la elegancia de sus vestidos y de sus movimientos, su lenguaje, su rapidez para la réplica aguda, sus juicios lapidarios sobre los miembros de la sociedad quiteña, que le eran bien conocidos, hicieron comprender al héroe que se hallaba ante una mujer excepcional. Bajo las miradas envidiosas de todas las damas presentes, "la bastarda" y el Libertador bailaron, charlaron y rieron juntos casi toda la noche. Juntos también dejaron la residencia de los Larrea.

Al cabo de doce días dedicados a las urgentes tareas de la Independencia, y de doce noches consagradas a Manuela, Bolívar se percató de que este nuevo amor amenazaba absorberlo por entero. Él no se debía a una mujer sino a un continente. Experimentó por eso cierto alivio cuando tuvo que salir para Guayaquil el 4 de julio, a entrevistarse con el general San Martín. Creía poner así punto final a lo que consideraba una aventura pasajera más.

Pero no conocía bien a "la Sáenz", como la llamaban despectivamente las damas quiteñas. Manuela había decidido que su relación con Simón Bolívar fuese duradera, y ella era tan rápida para tomar una resolución como tenaz para llevarla a cabo y sobreponerse a los obstáculos que se le opusieran.

Fue así como Bolívar la vio aparecer otra vez en Lima en septiembre de 1823. En corto tiempo Manuela supo hacerse indispensable al Libertador, no solo como amante sino también en las múltiples tareas de la Revolución. Su conocimiento íntimo de la sociedad limeña y del carácter y las tendencias políticas de sus miembros resultó utilísimo a Bolívar. Por sobre todo, este sabía que podía contar ilimitadamente con esa mujer valerosa y enamorada.

En octubre la señora de Thorne fue incorporada oficialmente al Estado Mayor de Bolívar como encargada del archivo. Desde ese momento sus destinos quedaron unidos, no obstante ocasionales- separaciones impuestas por los azares de la guerra.

Su entrega total a la persona y al ideal de Bolívar quedó demostrada la famosa noche de septiembre de-1828, en Bogotá, cuando, sable en mano, hizo frente a las pistolas y cuchillos de los completados que venían a dar muerte al prócer. Su arrojada conducta dio tiempo a este para ponerse a salvo, organizar la represión y regresar luego a abrazarla y decirle conmovido: -"Manuela, mi Manuela, eres la libertadora del Libertador".

Muchas de estas peripecias políticas podrían quizás haberle sido ahorradas al Libertador, si hubiese escuchado más a Manuela, que demostró poseer una intuición infalible para detectar a los enemigos ocultos.

En 1830, al morir Bolívar, Manuela intentó suicidarse, pero aún le quedaban muchos años de vida desdichada. Desterrada sucesivamente de Colombia y de Ecuador, acabó como vendedora de tabaco en Paita, un minúsculo puerto del norte peruano. Inválida desde 1847, no pudo escapar cuando una epidemia de difteria asoló la región en 1856. El 23 de noviembre de ese año sus restos fueron arrojados a la fosa común, y sus papeles -la voluminosa correspondencia con el Libertador- ardieron en la fogata encendida por el Cuerpo de Sanidad.

Un amigo llegó a tiempo para rescatar tan solo una hoja ennegrecida donde aún podía leerse: "El hielo de mis años se reanima con tus bondades y gracias. Tu amor da una vida que está expirando. Yo no puedo estar sin ti, no puedo privarme voluntariamente de mi Manuela."

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres - Las Reinas - Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Cleopatra y Marco Antonio Mujeres Argentinas Mujeres de Enrique VIII Mujeres en la Guerra

Biografías - Todo Argentina - Maravillas del Mundo - Historia Universal - Juegos Pasatiempo

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