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“Si algún asomo de mérito me
asiste en el desempeño de mi profesión, este es bien limitado, yo no he hecho
más que cumplir con el clásico juramento hipocrático de hacer el bien a mis
semejantes.” Esteban Laureano Maradona Al narrar la biografía del Dr. Esteban
Laureano Maradona, uno se sumerge en la historia de un hombre que entregó su
vida a la ciencia médica.
Algunos ven en la personalidad de
este médico a un verdadero héroe. Sin embargo, Maradona fue de carne y
hueso, un
ejemplo para las generaciones que le preceden. El Dr. Maradona nació en la
ciudad de Esperanza (ubicada en la provincia de Santa Fe) el 4 de julio de 1895.
Su padre fue Waldino Maradona y su madre Petrona de la Encarnación Villalba,
tenía 13 hermanos.
Su familia estaba enraizada en la localidad. Maradona era
descendiente de varios próceres de San Juan: De Plácido Fernández de Maradona
que fue gobernador en varias ocasiones y ministro de Benavídez, y de José
Ignacio Fernández de Maradona, jesuita y primer diputado electo por el pueblo de
San Juan. En este sentido, por parte de su padre, descendía de gallegos (los
Fernández Maradona) que habían llegado en la época colonial desde Chile.
En cambio, su madre era de origen
criollo (de Santiago del Estero y Buenos Aires), hija de Esteban Villalba. Su
infancia transcurrió en gran parte en su estancia de Los Aromos en las barrancas
santafecinas del río Coronda. Se trasladó con su familia a Buenos Aires donde
pasó su adolescencia y luego se recibió en 1928 de médico.
Sin embargo, vivió unos meses en
Capital Federal pero pronto viajó hacia Resistencia, provincia del Chaco en
1930. De esta forma, el Dr. Maradona vivió el golpe de Estado cívico-militar de
1930 encabezado por el general Uriburu, que derrocó a Hipólito Yrigoyen. Al
calor de este quiebre institucional, Maradona se involucró en la política dando
conferencias encendidas en las plazas públicas donde abogaba por la democracia y
el gobierno constitucional. Estos hechos provocaron que lo persiguieran,
convirtiéndose en un enemigo del gobierno de facto.
Sin embargo, nunca llegó a
involucrarse demasiado en política si bien fue candidato por el Partido
Unitario, la política nunca ocupó un lugar central en su vida. Incluso, Maradona
consideraba a los políticos como personas que dicen una cosa y hacen otra,
desvirtuando la democracia: “hacen demagogia en nombre de ella”. Perseguido por
el gobierno de la “Restauración Conservadora”, se exilió en Paraguay donde
comenzaba la Guerra del Chaco Boreal. Cuando arribó a ese país, ofreció sus
servicios a un comisario de Asunción, señalando que su único fin era el “humano
y cristiano de restañar las heridas de los pobres soldados que caen en el campo
de batalla por desinteligencias de los que gobiernan”. En esta declaración se
reflejaba su reticencia a participar de las causas políticas. Sin embargo, por
este rechazo a ser parte de la causa paraguaya, Maradona pasó un tiempo en la
cárcel. Luego, cuando lo liberaron comenzó a trabajar de camillero en el
Hospital Naval.
Transcurridos tres años asumió
como director de ese mismo hospital donde atendió a miles de soldados de ambos
bandos. En Paraguay conoció a Aurora Ebaly, una joven de 20 años, descendiente
de irlandeses y sobrina del presidente paraguayo. Esta joven sería el amor de su
vida con la cual se comprometería, sin embargo, duró poco porque en 1934 Aurora
murió de fiebre tifoidea. Esta experiencia marcó la vida del joven doctor, el
cual nunca se volvió a comprometer ni se casó nunca. Se estima que el dolor por
la pérdida de Aurora fue el motivo de su regreso a la Argentina.
Antes de partir, donó los sueldos
que ganó a los soldados paraguayos y a la Cruz Roja, evitó los honores y
agasajos que hicieron en su nombre. Algunos le atribuyeron un rol crucial en el
fin de la guerra, cuestión que desestimó: “Pese a lo que algunos dijeron, yo no
fui quien directamente hizo firmar la paz entre ambos países. Solamente colaboré
para que se juntaran las comisiones que habían viajado desde Europa con los
delegados de Bolivia y Paraguay”. Maradona aunque rechazaba a los políticos era
una persona comprometida con los principios democráticos. Su regreso a la
Argentina fue por barco, a pesar de que había proyectado algunos viajes por el
norte del país y a Buenos Aires, se quedó en el monte formoseño, lugar donde
encontraría su destino. Los habitantes del lugar y de los campos aledaños
acudieron a hacerse asistir, y todos le pidieron que se quedara, ya que no había
un médico en muchos kilómetros. Fue cuando decidió quedarse:”Había que tomar una
decisión y la tomé… quedarme donde me necesitaban. Y me quedé 53 años de mi
vida.” En esta etapa Maradona lleva a cabo una gran obra humanitaria: “Fue
entonces cuando decidí perder mi pasaje en el tren, que aún me aguardaba, y no
volver nunca a las comodidades de mi consultorio en Buenos Aires.
La bienvenida me la dieron indios,
criollos y algún que otro inmigrante, todos enfermos, barbudos, harapientos. Yo
mismo me di la bienvenida a ese mundo nuevo, aún a riesgo de mi salud y mi
vida”. De esta manera, se estableció en el Paraje Guaycurri (luego Estanislao
del Campo), un villorrio formoseño sin agua corriente, gas, luz o teléfono. Al
poco tiempo, comenzó a contactarse con los aborígenes que habitaban los
alrededores como tobas y pilagás. Estos transitaban periódicamente desnutridos y
enfermos por los comercios y viviendas de las fronteras de los distintos
pueblos. Su objetivo era trocar sus plumas de avestruces, arcos y flechas por
alimentos o alguna vestimenta. Pronto, tomó en consideración la situación de
estas poblaciones, y asumió un compromiso, una suerte de obligación moral. Su
tarea no fue fácil, primero acercarse, ganar su confianza demasiado herida,
atenderlos, curarlos, oírlos y aprender sus lenguas y costumbres hasta ser
aceptado en las tribus.
A partir de esta experiencia con
las poblaciones autóctonas y sus necesidades Maradona selló su labor, que no se
circunscribió a la asistencia sanitaria sino que fue más allá: conviviendo con
ellos, interiorizándose con las diversas necesidades que los aquejaban, los
ayudó en todo lo que estuvo a su alcance. No fue poco: logró erradicar de ese
olvidado rincón del país los flagelos de la lepra, el mal de Chagas, la
tuberculosis, el cólera, el paludismo y hasta la sífilis. Incluso, llevó a cabo
gestiones ante el Gobierno del Territorio Nacional de Formosa, hasta que logró
que se les adjudicara una fracción de tierras fiscales. Allí, reuniendo a cerca
de cuatrocientos naturales, fundó con éstos una Colonia Aborigen, a la que
bautizó “Juan Bautista Alberdi”, en homenaje al autor de “Las Bases”. Esta
colonia fue oficializada en 1948. Además, les enseñó tareas agrícolas como el
cultivo del algodón, a cocer ladrillos y a construir edificios rudimentarios. A
la vez, éstos accedían a una atención primaria gratuita. El Dr. Maradona llegó a
invertir su propio dinero para comprar herramientas para las labores agrícolas
como arados y semillas.
También realizó una tarea
pedagógica siendo el primer maestro de la Escuela de la colonia, hasta que,
después de tres años, llegó el primer maestro nombrado por el gobierno. En su
estadía en el monte formoseño también se dedicó a escribir una veintena de
libros, la mayoría inéditos, sobre etnografía, lingüística, mitología indígena,
dendrología, zoología, botánica, leprología, historia, sociología y topografía.
Esto se relacionaba con su tarea que era de todas formas antropológica,
homologándose con los etnógrafos del XIX. Porque no sólo se dedicó a curar a
estos aborígenes sino que realizó una tarea científica minuciosa. Incluso,
rechazó todo tipo de honores o distinciones que el gobierno le adjudicó, para el
Dr, Maradona “era todo humo”, hasta llegó a rechazar puestos en el gobierno. Por
ejemplo, en 1981, un jurado compuesto por representantes de organismos
oficiales, de entidades médicas y de laboratorios medicinales, lo distinguió con
el premio al “Médico Rural Iberoamericano” el cual se le adjudicaba acompañado
de una importante suma de dinero. Maradona rechazó a ésta de plano, y en el
mismo acto de la entrega, logró transformar este premio en becas para
estudiantes que aspiraban a ser médicos rurales. Además, rechazó una pensión
vitalicia que el gobierno intentó destinarle cuando ya era anciano. Fue
postulado tres veces para el Premio Nobel y recibió decenas de premios
nacionales e internacionales, entre los que se cuenta el Premio Estrella de la
Medicina para la Paz, que le entregó la ONU en 1987. Sin embargo, no le
importaban los honores.
Quizás porque Maradona escribió su
propia historia alejado de las tradiciones y costumbres de la sociedad que lo
rodeó y lo admiró. Su rechazo a la fama se debía a que no consideraba crucial
para su vida esa notoriedad social que todo el tiempo se le trataba de
adjudicar, no lo aceptaba, ni creía como algo merecido o que valiera la pena.
Alguien lo llamó un día “el Albert Schweitzer de los tobas y matacos”. Ante
semejante título Maradona dijo: “Nunca pude entender quién inventó esas macanas
de que yo era como Ghandi o de que era el Albert Schweitzer de la Argentina
—comentaba—, eso no me causa gracia porque yo odio el exhibicionismo en
cualquiera de sus manifestaciones.
Yo soy sólo un médico de monte,
que es menos aún que un médico de barrio”. “Schweitzer sí era un hombre ilustre,
él sabía música; era un eximio organista, más allá de su gigantesca obra en
África. Y cómo pueden compararme con Ghandi, justamente con él, que con la no
violencia salvó a todo el pueblo. Y a mí, sólo por haber cumplido con mi deber,
me quieren hacer fama, justamente a mí, que siempre me creí el más inútil de los
14 hermanos. Cómo voy a ser un hombre ilustre si de chico fui retraído,
taciturno; fui mal alumno, desordenado, rebelde, solitario y de carácter fuerte.
Era medio desobediente y a veces prefería quedarme pintando abajo de un ombú
antes que leer libros”.
Estos principios éticos que
estructuraron su vida se pueden evidenciar en sus propias declaraciones: “Muchas
veces se ha dicho que vivir en austeridad, humilde y solidariamente, es
renunciar a uno mismo. En realidad ello es realizarse íntegramente como hombre
en la dimensión magnífica para la cual fue creado” ”Estoy satisfecho de haber
hecho el bien en lo posible a nuestro prójimo, sobre todo al más necesitado y lo
continuaré haciendo hasta que Dios diga basta”. La vida de este gran hombre se
apagó en 1986, cuando a los 91 años aceptó trasladarse a Rosario con su familia
porque se encontraba muy enfermo: “Así viví muy sobriamente cincuenta y tres
años en la selva, hasta que el cuerpo me dijo basta. Un día me sentí morir y me
empecé a despedir de los indios, con una mezcla de orgullo y felicidad, porque
ya se vestían, se ponían zapatos, eran instruidos. Creo que no hice ninguna otra
cosa más que cumplir con mi deber”.
En Rosario convivió con su sobrino
el Dr. José Ignacio Maradona junto con su familia. Se mantuvo lúcido hasta
último momento, hasta incluso estudiaba con los hijos de su sobrino medicina e
Historia. Su más cercano amigo durante 35 años, Abel Bassanese, cuenta que en el
día anterior al de su deceso habían estudiado temas sobre el Virreinato del Río
de la Plata. Murió de vejez, sin sufrimientos físicos. De esta forma, el 14 de
enero de 1995, cuando le faltaban unos meses para cumplir los cien años, Esteban
Laureano Maradona abandonó este mundo y con él se llevó una vida cargada de
enseñanzas y principios. Su recuerdo, tal como quizá lo hubiera querido, se
funde con el homenaje a todos los médicos rurales argentinos, cuyas historias
anónimas nos esconden sus nombres y sus desvelos: el 4 de julio, día de su
nacimiento ha sido declarado por ley Día Nacional del Médico Rural.
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