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LA BATALLA DE MARATÓN
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El imperio persa era inmenso y todos los pueblos sometidos a èl tuvieron que contribuir con tropas. Grecia no solo era pequeña sino que también estaba dividida por su orgulloso sentido de independencia; sus habitantes creían en la individualidad y derechos del hombre, mientras que e) rey persa era un déspota oriental con poder absoluto sobre sus súbditos. Mandado por Mardonio, el ejército persa avanzó incontenible hacia Europa llegando a las fronteras de Macedonia. Las ciudades griegas fueron invitadas a rendirse pero rechazaron el ofrecimiento.

En el año 491 a. de J.C., Atenas y Eretria sabían que se preparaba un ataque frontal a través del Egeó, y ante ese peligro, Atenas y Esparta unificaron fuerzas contando con el inapreciable consejo de Milcíades, que conocía bien la táctica de guerra persa. Darío desembarcó con su flota en Eubea y conquistó. Eretria. A continuación tomó tierra

 el grueso de la fuerza persa de unos 25.000 hombres, cerca de la llanura de Maratón. Atenas envió inmediatamente a su infantería pesada de hoplitas para que ocupara las colinas desde las que se dominaba la zona de desembarco. Apenas había 10.000 atenienses ayudados por un millar de hombres de Platea, y Filípides, el famoso mensajero, partió hacia Esparta para advertirles de la invasión, tras de lo cual los espartanos acudieron en auxilio de Atenas sin que pudieran llegar a tiempo.

Los griegos, dirigidos por Milcíades, atacaron al amanecer con una fuerza que había concentrado hombres en las alas debilitando el centro para que cuando los dos ejércitos chocaran se produjera un movimiento de pm-za que encerrara a la fuerza persa. Los griegos, mejor armados, infligieron un terrible castigo a los persas, sin que apenas sufrieran pérdidas ellos mismos. Sin embargo, los persas supervivientes embarcaron en sus naves y se dirigieron a Atenas con la esperanza de vengarse en la ciudad indefensa; los atenienses emprendieron veloz marcha hacia la ciudad, a la que llegaron antes que la flota persa, lo que persuadió a ésta de abandonar la empresa.

Siguió una difícil tregua de diez años durante los cuales Darío preparó la invasión en gran escala. Mientras tanto los griegos habían descubierto un yacimiento de plata en Larium, lo que había saneada la tesorería y permitido a Temístocles persuadir a los atenienses de que lo invirtieran en ampliar la flota. Los espartanos fortificaron el istmo para defender el sur del país. Darío murió poco después, pero su sucesor Jerjes inició implacable el avance terrestre hacia Grecia. Esparta convocó a capítulo a todas las ciudades y recibió el mando por tierra y mar. Los espartanos eligieron el desfiladero de las Termópilas para dar la primera batalla, y allí detuvieron a los persas durante dos días hasta que se quebró el equilibrio cuando el traidor Efialtes condujo a los inmortales del rey persa por un camino secreto hasta la retaguardia griega.

Leónidas envió al grueso de su fuerza en retirada pero permaneció con trescientos soldados para batirse en una acción gloriosa en la que él y todos sus hombres murieron. Pese al heroísmo espartano, los persas siguieron avanzando hacia Atenas por tierra y mar. Por tierra no cabía la esperanza de detenerles, y tras un amargo debate Atenas tomó una decisión desesperada: abandonar la ciudad al enemigo y fiar sólo en la flota. Las personas de edad, las mujeres y los niños fueron evacuados a las islas próximas y se convirtieron en angustiados testigos de la destrucción de su amada Atenas. Los hombres embarcaron en la flota y presentaron combate. Por su táctica y su superior capacidad marinera, los griegos destruyeron el poder naval persa en la batalla de Salamina, y la flota enemiga, debilitada por la enfermedad y el hambre, tuvo que retirarse. Al año siguiente los persas lanzaron su última ofensiva, pero fueron totalmente derrotados por Esparta en Platea.

Atenas había jugado el papel principal en la victoria en Maratón y Salamina, y por ello se equiparaba a Esparta sin renunciar a mayores metas. El sistema político ateniense era ya el más perfecto de Grecia por la labor de dos grandes estadistas como eran Solón y Pisístrato. A partir de entonces, y bajo el deslumbrante gobierno de Periclés (490-429 a. de J.C.), Atenas iba a alcanzar el cenit de su gloria.

Pendes había nacido en el seno de una pudiente familia ateniense. Sus primeros triunfos tuvieron un carácter político. Incrementó la participación de los ciudadanos en el gobierno y aceptó la amenaza que implicaba la rivalidad de Esparta. No fueron, sin embargo, los espartanos los que hicieron que se tambalease la obra de Pendes: poco después de empezar la guerra del Peloponeso una plaga de peste asoló Atenas y fue precisamente el político ateniense una de sus víctimas.

Fuente Consultada: Historia Sin Fronteras - Historia Antigua - Tomo I