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La leyenda
del Río de la Plata:
Otro marino portugués al servicio de España, Hernando de Magallanes, comandó la
segunda expedición enviada con el propósito –insistente y urgente de la Corona-
de descubrir el paso interoceánico. Magallanes juzgó impracticable la
exploración del Mar Dulce y navegó hacia el sur.
La
expedición hizo escala en la costa patagónica, descubrió el Estrecho y se
internó en el Océano Pacífico. Una sola nave de las cinco que componían la
armada regresó a España. Había dado la primera vuelta al mundo y comprobado que
las codiciadas Molucas estaban en poder de Portugal y por explotaba
comercialmente.
Mientras la
Corona diseñaba sus ambiciosas expediciones, los exploradores atendían a los
relatos de los aborígenes. Una de las más conocidas era la leyenda de que el
“Río de Solís” o “Mar Dulce” que atravesaba toda una región de clima amable y
templado, conducía hacia una Sierra de Plata, también llamada el “Imperio del
Rey Blanco”, o “Ciudad de los Césares” donde los metales preciosos estaban al
alcance de la mano.
En realidad
se trataba de una “poética” referencia a la riqueza minera del Perú, de la que
los españoles empezaban a tener vagas noticias. Y como la ilusión –acompañada de
la avaricia- desempeñó un papel clave en esta serie de mutuos descubrimientos.
La región del Plata despertó el interés de muchos por estas reseñas.
La tentación
de acceder a ella torció el rumbo de una nueva expedición, esta vez al mando del
marino veneciano Sebastián Caboto, quien por encargo de la Corona debía repetir
el itinerario de Magallanes. Caboto oyó hablar de las riquezas del río de Solís
a través de relatos de los náufragos y desertores que abundaban en las factorías
portuguesas de la costa del Brasil.
Alentado por estos indicios, este marino astuto y de carácter despótico decidió
desobedecer al rey: - “Yo haré aquí lo que se me antojase”.
Sin razones,
castigó a los que protestaban dejándolos en tierra. Contaba en su nueva aventura
con la valiosa colaboración de Enrique Montes, un sobreviviente del viaje de
Solís. Con alimentos frescos, patos, miel, iguanas, raíces de mandioca y
palmitos, mejoró la salud de los exploradores afectada a raíz de la larga
navegación.
La expedición
de Caboto retomó el viaje rumbo al Gran Río y en la confluencia del Paraná con
el Carcarañá construyó el fuerte de “Sancti Spiritu” (1527). Esta primera
fortaleza española de la región era precaria, de barro y madera, rodeada por una
veintena de ranchos destinados a los tripulantes. De inmediato se sembró trigo,
cebada y abatí (maíz) para alimento de estos hombres osados.
Al principio
la convivencia con los nativos fue pacífica y las mujeres indígenas fueron dadas
como concubinas y trabajadoras a los hombres de piel clara. Pero muy pronto se
desencadenaron los conflictos debido al régimen de tareas que exigían los recién
venidos.
Mientras
Caboto se abocaba a la exploración del Paraná en busca de la Sierra de Plata,
uno de sus capitanes, Francisco César, marchaba por tierra en pos del mismo
objetivo pero en dirección al sudoeste. Se supone que se internó hasta la
serranía de la actual San Luis, un periplo que la imaginación de sus
contemporáneos convirtió en la leyenda de la Ciudad de los Césares. Esta leyenda
se sumó a la de la Sierra de Plata, el imperio del Rey Blanco, Trapalanda y
Lin-Lín. Una suma de leyendas, mitos que incrementaban peligrosamente el
apetito por la riqueza.
La llegada de
un marino veterano de otras expediciones, Diego García, vecino de la villa de
Moguer, con dos bergantines y 60 hombres, estuvo a punto de provocar una lucha
por el poder entre los dos jefes (1528). García, lo mismo que Caboto, había
torcido el rumbo hacia el Río de la Plata en lugar de dirigirse a las Molucas.
Mientras discutían sus respectivos derechos, los indígenas procedieron a
destruir el Sancti Spiritu.
En la época
colonial, el relato aseguraba que común ese ataque se gestó por culpa del amor
contrariado del cacique Sirípo hacia la bella española Lucía Miranda,
esposa de uno de los soldados. Así lo afirmaba Ruy Díaz de Guzmán, el primer
historiador criollo del Río de la Plata. Sin embargo, ningún dato fehaciente
respalda esta romántica leyenda que justifica la catástrofe del fuerte en la
pasión, la venganza y los celos.
Caboto se
apresuró a volver a España dejando abandonados a varios de sus compañeros. Por
su desobediencia y por las crueldades cometidas contra su propia gente, fue
sometido a juicio en la Península. Pero debido a los indicios de riquezas que
había encontrado, unas piezas de metal que tenían los indígenas, “el río de
Solís” empezó a ser conocido por su nombre definitivo: el Río de la Plata.
Fuente Consultada: La Argentina,
Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada
Por Prof. Historia Adriana Beresvil |