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Una lucida
Armada con el objetivo de una gran conquista: fundar ciudades y controlar
territorios:
Pedro de Mendoza (1499-1537), el primer Adelantado del Río de la Plata, era un
noble andaluz, veterano de la campaña de Italia, gentilhombre de Su Majestad y
caballero de la Orden de Alcántara. Atraídos tanto por su prestigio personal
como por la fama de la tierra a conquistar, 1.500 hombres se alistaron en la
Armada. Señores, y personas del pueblo llano, poseídos de auténtica euforia
vendieron hasta su ropa para poder embarcar.
Entre esta
“gente andariega y revoltosa” la mayoría eran españoles extremeños, castellanos,
andaluces, aragoneses y valencianos. Pero setenta y dos provenían de tierras
alemanas, inglesas, francesas, italianas y portuguesas, brindaban un tono
cosmopolita a la expedición. Hidalgos, frailes y clérigos, artesanos,
campesinos, escribanos, boticario, cirujano, de todo había, incluso unas pocas
mujeres.
Las crónicas
hablan de esa “hermosa y lúcida gente”, de sus ropas de seda, espadas de fino
acero y caballos de guerra. Dicen asimismo traían también una buena provisión de
quesos, vinos y tocinos para las “personas de calidad”. El grueso de la
tripulación dependía para alimentarse del altruismo del Adelantado.
Sin embargo,
la Armada que zarpaba bajo tan brillantes auspicios no estaba bien preparada
para la difícil tarea de poblar. Mendoza traía en su equipaje –y les condeció
prioridad- libros de Virgilio y de Erasmo, pilares del pensamiento humanista del
Renacimiento. Los hizo transportar junto a los caballos que eran indispensables
para la guerra, pero dejó de lado al ganado doméstico, vacas, cerdos y mulas
necesarios para colonizar.
En la escala
de Río de Janeiro ocurrió la primera tragedia. El asesinato con puñaladas y sin
juicio previo del capitán Juan de Osorio, “por traidor y amotinador”. La orden
fue impartida por el Adelantado. Este hecho pareció un mal presagio, una
arbitrariedad y una señal de que Don Pedro estaba sometido a la influencia de un
círculo cortesano que le aconsejó deshacerse de Osorio.
El lugar
elegido para emplazar el fuerte de “Santa María de los Buenos Aires”, en la
banda occidental del Río de la Plata, es asunto discutido por los historiadores.
Algunos de ellos afirman, explica Ernesto J. Fitte, que estuvo a la altura de la
vuelta de Rocha en el Riachuelo. Otros suponen que fue más cerca del Delta. Pero
lo más probable es que haya estado en el actual Parque Lezama.
Una
empalizada defendía al rancherío del azote de los tigres que rápidamente se
deshicieron de varios soldados. La tarea más ardua fue alimentar a los
pobladores. Los indígenas querandíes de la vecindad les trajeron al principio
pescado y otras carnes; sin embargo, dos semanas más tarde se habían alejado del
lugar. Entonces comenzaron los padecimientos. Para remediar estas carencias, el
Adelantado envió a buscar provisiones a San Vicente (Brasil) y encomendó a su
hermano, Don Diego, castigar a los rebeldes indígenas.
El primer
encuentro bélico formal entre 4.000 nativos –defensores de sus tierras- y 300
españoles, teniendo 30 de ellos montados a caballo, se produjo a orillas del Río
Luján. Los nativos eran diestros en el uso de armas de piedra y conocían el
terreno que pisaban; los europeos empleaban armas de fuego, ballestas y
arcabuces, armaduras de hierro, caballos y perros de presa. En esa jornada fría
de junio de 1536, los españoles quedaron dueños del campo, pero Don Diego y 30
soldados más perecieron en el combate. “Los rezos de la festividad de Corpus
Christi fueron su responso”, dice Alberto Salas en su crónica de este encuentro.
Fuente Consultada: La Argentina,
Historia del País y Su Gente de Maria Sánchez Quesada
Por Prof. Historia Adriana Beresvil
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