|
La hora de
los exploradores y colonos
Una vez
dispersados los orgullosos capitanes de Mendoza, 500 europeos permanecían en el
puerto de Buenos Aires librados a su suerte pero aferrados al sueño de la
conquista y honor.
Este pequeño
núcleo no se desanimó por el aislamiento, las privaciones y el abandono.
Contaban con un buen gobierno, ejercido por uno de los lugartenientes del
Adelantado. Bajo esta conducción, los sobrevivientes apelaron a su capacidad y a
su ingenio, como ese estudiante sin oficio alguno que fabricó sus propios
anzuelos de pesca, peines y hasta una rueda de moler, o aquel soldado tan
diestro que era capaz de matar un tigre de un solo tiro de ballesta.
Todos sin
distinción tuvieron que trabajar con sus manos las sementeras; aprendieron a
sembrar el maíz en septiembre; trigo y hortalizas entre mayo y julio. De este
modo, en un par de años solucionaron el problema del hambre y engordaron un
poco. Disponer de sus propios alimentos los independizó de los indígenas, que
desconfiaban en servirles.
Figuraban
entre estos colonos, señala el historiador Lafuente Machain, quienes formaron
los primeros centros de población permanente en el Río de la Plata. Los más
jóvenes, como el carpintero Antonio Tomás, venido a la edad de 15 años,
estuvieron presentes en la fundación de la segunda Buenos Aires, cuarenta y
cuatro años más tarde; Nufrio de Chaves, hombre resuelto y optimista,
dice de él Levillier, fundó la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en 1561
y Alonso Riquelme de Guzmán conquistó el Guayrá.
Fuente Consultada: La Argentina,
Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada
Por Prof. Historia Adriana Beresvil
|