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Asunción del
Paraguay: el paraíso terrenal.
Entre tanto
se había fundado Asunción del Paraguay (15 de agosto de 1537) en tierras de
nativos mansos y agricultores: los guaraníes. Domingo Martínez de Irala,
fue quien tomó a su cargo esta población, aspiraba a la sucesión de Mendoza.
Respaldó su pretensión el veedor real venido de España para solucionar el vacío
político provocado por la ausencia de Ayolas.
El nuevo
gobernante estaba decidido a cambiar el eje de la Conquista, abandonar la
desembocadura del río e instalarse en Asunción, donde la mansedumbre de los
indígenas aseguraba la fuerza de trabajo indispensable para la colonización. El
poblado gozaba de las ventajas de un clima cálido, nativos cordiales y mujeres
trabajadoras y buenas amantes. En contraste con el medio hostil de la
desembocadura del Plata, Asunción aparecía casi como un paraíso terrenal.
Irala ordenó
que se abandonara a Buenos Aires. Sin embargo, un grupo de hombres se negaron a
dejar el puerto, argumentando que era la única pero sólida ventaja consistía de
encontrarse más cerca del Atlántico y por ende de España que el lejano enclave
aguas arriba del Paraná y el Paraguay. A Buenos Aires llegaba cada tanto una
nave con mercancías y nuevos pobladores. La madera y las piedras que faltaban en
la llanura inmediata se obtenían con facilidad en el Delta y en la costa
oriental del gran río.
Pero las
órdenes eran terminantes. El sitio se abandonó (1541) y donde había estado el
poblado se dejaron informaciones acerca del derrotero a seguir. Al irse los
colonos, los potros y yeguas que habían venido con ellos quedaron en libertad.
Con el tiempo, éstos sentaron las bases de la riqueza pecuaria de la llanura
rioplatense.
Irala impuso
su liderazgo en Asunción por veinte años más hasta su fallecimiento. Supo
congraciarse con la Corona y hacer jugar el aislamiento de esta ciudad en
beneficio de su liderazgo. Su pragmatismo y su popularidad entre los soldados le
permitieron desalojar a
Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el segundo Adelantado del Río de
la Plata, un explorador, inteligente y letrado, que había vivido aventuras
extraordinarias y naufragios en América del Norte y que se empeñó vanamente en
proteger a los indígenas frente a los abusos de los encomenderos.
Narra
Ulrico Schmidl
el clima de violencia de esos tiempos:
“Los
cristianos estuvimos los unos contra los otros y no nos concedimos nada bueno el
uno al otro; nos batimos día y noche los unos contra los otros. Entraron en
razón sólo ante la amenaza de que los indígenas aprovecharan estas rencillas
para rebelarse".
La
colonización del Paraguay tuvo rasgos originales. Dice Rosenblat que un
pequeño núcleo conquistador pudo, en el transcurso de varios siglos de relativo
aislamiento, mestizar a casi toda la población
indígena del país.
Las nativas
fueron entregadas voluntariamente por los ancianos de sus comunidades a los
españoles, jugadas a los dados o tomadas por la fuerza en auténticas cacerías.
En vano denunciaban los clérigos el abuso de salir a buscar “manadas de mujeres
para su servicio, como quien va a la feria y trae una manada de ovejas, incluso
sin reparar siquiera en en el parentesco”. El tema de la servidumbre y de la
esclavitud en los orígenes de la colonización del Río de la Plata ha sido
estudiado en profundidad por Silvio Zavala.
En su moral
sexual, Asunción estaba conformada por conquistadores que habían logrado
convertirse en dueños de harenes de 70 mujeres, era un “paraíso de Mahoma”, más
que un modelo de sociedad cristiana.
Sin embargo,
esa sociedad de la frontera necesitaba para su vida material de la industria del
Viejo Mundo y precisaba para mantener la cohesión social los valores
religiosos del catolicismo. Desde la óptica de los conquistadores, si el mundo
indígena prevalecía por falta de madres españolas y cristianas, la colonización
estaba destinada a desaparecer en un corto plazo. Recordemos que el hijo mestizo
valía para España solamente si se incorporaba a la cultura paterna.
Prueba de la
importancia de este concepto es la oferta de Irala de perdonarles la vida a dos
capitanes rebeldes, a condición de que se casaran con sus hijas mestizas, Marina
y Úrsula. Estos matrimonios mixtos, resultado de un “pacto de sangre”, dieron
lugar a linajes patricios del Paraguay y el Río de la Plata.
En 1555 llegó
a Asunción un importante núcleo de nuevos pobladores, encabezado por doña Menda
Calderón de Sanabria, viuda del tercer Adelantado del Río de la Plata, el cual
había muerto antes de comenzar la empresa. Venían con doña Menda cuarenta
doncellas y además hidalgos, soldados y artesanos. Eran los restos de lo que se
había proyectado en la Península como una gran expedición de refuerzo. Este
contingente, luego de padecer toda suerte de trastornos y naufragios, realizó a
pie el trayecto desde San Vicente hasta Asunción, por el Guayrá, un
camino que podía recorrerse con relativa seguridad.
Para las
mozas sin dote ni fortuna, la posibilidad de encontrar marido legítimo en esa
sociedad marginal resultaba un incentivo poderoso. Y para Asunción, la llegada
del contingente femenino reforzó a la empresa colonizadora que con tantas
dificultades se estaba llevando a cabo.
Esta empresa
era ingrata, pródiga en falsas expectativas y en frustraciones. La Conquista
del Río de la Plata fue popular al principio y se desprestigió después. De haber
quedado librada al arbitrio de la iniciativa particular y de la libre voluntad
de los mercaderes, dice Richard Konetzke, se hubiera perdido lo iniciado
con tanto esfuerzo. Su continuidad exigió un esfuerzo especial de la Corona para
llevarla adelante y la obstinación de los sobrevivientes. Sólo a fines del siglo
XVI, como se verá en otro capítulo, la Conquista estuvo suficientemente
estabilizada.
Sin embargo,
la Ciudad de los Cesares, no era más que el ya conocido y repartido Potosí. El
mito murió en parte ahí. Muchos empezaron a aceptar que su destino: fundar
ciudades, controlar las tierras y frenar a los nómades nativos.
Fuente Consultada: La Argentina,
Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada
Por Prof. Historia Adriana Beresvil
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