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La
muerte de Perón dejó sin control al conjunto de fuerzas que habían coexistido
conflictivamente bajo su liderazgo. Cierto es que la ruptura entre las facciones
peronistas (izquierda y derecha) había alcanzado un punto sin retomo antes de
julio de 1974. Pero cierto es también que la muerte de Perón privó al gobierno
de una conducción legítima y aceptada por el conjunto del peronismo, que pudiera
reformular los acuerdos políticos y sociales para asegurar la gobernabilidad del
país.
En
su lugar, ejerció una vacilante dirección su viuda, acompañada y aconsejada por
el cada vez m ás influyente ministro de Acción Social y secretario privado de
Perón, José López Rega (imagen). El lopezrreguismo fue aumentando su
influencia directa en las decisiones y el 3 de enero de 1975 el Brujo fue
nombrado secretario privado de la Presidencia, conservando su cargo de ministro.
Todo pasaba por sus manos.
Además del entorno presidencial, el otro factor de poder
en el seno del gobierno era el sindicalismo. Los
sindicatos se sintieron relevados de los compromisos que habían asumido en 1973
y se dedicaron a deshacer el diseño político trabajosamente armado por Perón.
Poco después de la muerte de Perón, la dirección de la CGT pasó a manos de
sindicalistas que creían que el movimiento obrero debía entrar en la etapa
política abierta con la muerte del presidente libre de viejos compromisos con el
gobierno.
Los nuevos compromisos que la nueva dirigencia negoció con el gobierno
apuntaban a la reformulación del Pacto Social y al desplazamiento de los líderes
sindicales y políticos opositores al oficialismo cegetista.
La
concesión de la renegociación del pacto social desencadenó la renuncia de
Gelbard. Esta reorganización del gobierno, que llevó a López Rega a la cúspide
de su poder fortaleció a la burocracia sindical, coincidió con un
recrudecimiento de la violencia. Hacia mediados de 1975, el conjunto de acuerdos
que Perón había articulado y que habían constituido el eje de su proyecto de
institucionalización política, habían fracasado y el país parecía marchar sin
rumbo.
La
llegada de Celestino Rodrigo al Ministerio de Economía agudizó aún más los
problemas. Con el apoyo de López Rega, Rodrigo adoptó una serie de medidas,
conocidas como el “Rodrigazo” —devaluación del peso entre un 100% y un 160%,
incremento del 181% en el precio de la nafta y del 75% en los precios del
transporte, y otras medidas similares— que tuvieron como efectos inmediatos una
aceleración brusca de la inflación y una crisis política.
En
los casi veinte meses del gobierno de María Estela Martínez de Perón —que
incluyen los dos breves períodos de licencia por enfermedad—, la decisiva
cartera de Economía fue ocupada, sucesivamente, por José Gelbard, Alfredo Gómez
Morales, Celestino Rodrigo, Pedro J. Bonanni, Antonio E Cafiero y Emilio
Mondelli. Otros tantos hubo en Interior: Benito Llambí, Alberto L. Rocamora,
Antonio J. Benítez, Vicente Damasco, Angel E Robledo y Roberto A. Ares. En
total, treinta y seis ministros desfilaron por los ocho ministerios.
La crisis política
culminó con el desplazamiento de Rodrigo (imagen izq.) y de López Rega, provocados por una
exitosa huelga general declarada por la CGT.
Isabel Perón se alejó temporariamente del gobierno, que quedó en manos del
presidente del Senado, Ítalo Luder. El ministro de Economía, Antonio Cafiero,
apoyado por la CGT, procuró infructuosamente controlar la inflación. El retorno
de Isabel Perón a la presidencia, la crisis interna del peronismo, la agudización
de la violencia política, y la falta de colaboración —en muchos casos, abierta
oposición— del empresariado y las Fuerzas Armadas, quitaron al gobierno toda
base de apoyo.
María
Estela Martínez de Perón, también llamada “Isabel” o “Isabelita”, asumió la
presidencia de la República, luego de la muerte de Perón. De inmediato, apareció
como figura principal su secretario privado, López Rega.
La influencia de López Rega empezó a hacerse
evidente en todos los aspectos de la política del gobierno.
ACCIONES GUERRILLERAS: El ERP continuó
atacando cuarteles y decidió crear un frente guerrillero rural, en la provincia
de Tucumán. Hasta ese momento, los diferentes grupos guerrilleros habían
centrado su actividad en las ciudades, la creación de una guerrilla rural
respondía a la estrategia de formar un ejército revolucionario que pudiera
enfrentar a las fuerzas armadas oficiales, vencerla y tomar el poder e instalar
un gobierno socialista,, tal como había sucedido en, Cuba y Vietnam.
La elección de
Tucumán respondió a que la geografía ayudaba a este tipo de prácticas y
tradición de lucha del pueblo de esa provincia, Mario Roberto Santucho, jefe del
ERP, pensaba que el gobierno, primero el de Perón y luego el de su mujer, eran
incapaces de solucionar loa problemas del país, y que esa situación iba terminar
con un golpe de Estado.
A partir de momento,
el pueblo vería el accionar guerrillero como la única forma de transformación y
sumaría masivamente al ERP; para ello, debía existir un grupo entrenado para
servir de vanguardia. Nació así la compañía de monte “Ramón Rosa Jiménez”, en
junio de 1974.
La cantidad de sus
integrantes y la calidad de sus acciones militares fueron exageradas tanto por
el ERP en su afán propagandístico, como por el Ejército para justificar su
participación en la represión. En un primer momento, fueron efectivos de la
policía tucumana y de la Federal los que intentaron reprimir a los guerrilleros,
accionar que se desarrolló prácticamente en secreto.
A comienzos de 1975,
el decreto 261 del Poder Ejecutivo Nacional encargó la lucha antisubversiva al
Ejército y le ordenó “neutralizar y aniquilar la acción de los elementos
subversivos” en la provincia de Tucumán. En octubre de ese año, este decreto se
haría extensivo a nivel nacional. La Triple A, que ya se había cobrado más de
500 víctimas, lanzó una campaña intimidatoria en todo el país.
Sus destinatarios
fueron artistas, escritores, cantantes, periodistas y actores que no gozaban de
la simpatía de López Rega o eran opositores al gobierno. Aparecieron las
llamadas “listas negras”. Figurar en ellas significaba no poder trabajar y,
además, una amenaza de muerte, Comenzó, de esta manera, la ola de exilios.
Frente a todos estos hechos, el Estado mantuvo una pasividad que se confundía
con la complicidad. Investigaciones judiciales posteriores demostraron que la
Triple A funcionaba en las oficinas del Ministerio de Bienestar Social, a pocos
metros de la Casa Rosada. El financiamiento de los operativos provenía de fondos
estatales y las órdenes eran invariablemente decididas por López Rega y miembros
de las fuerzas de seguridad. En las Fuerzas Armadas volvió a tomar vigor la
“doctrina de la seguridad nacional”.
ISABELITA: A partir de la desaparición
del líder, Isabelita empuñó el bastón de mando, pero en realidad quien dirigía
sus pasos era López Rega, que
se
había transformado en el poder detrás del trono. Inepta para resolver los
múltiples problemas de gobierno, Isabel solo atinaba a enfermarse en forma
reiterada. Su personalidad inestable la hacia caer en actitudes contradictorias.
La
violencia —decía— busca sacar las Fuerzas Armadas a la calle, pero no lo voy a
consentir. Soy una mujer frágil pero tengo carácter. (8-10-74). Pero meses más
tarde se firmaba el decreto que ordenaba a las Fuerzas Armadas aniquilar a
subversión. Otras veces apelaba a actitudes contemporizadoras, como cuando pidió
a los líderes sindicales en la CGT: "no me lo silben mucho al pobre Mondeli”, su
sexto ministro de Economía. A pesar de haber sido la primera mujer que en
América llegó a la presidencia de una república, no se distinguió por defender
los derechos de sus congéneres.
(imagen: helicóptero que lleva a Maria Estela de Peron al Aeroparque)
Muy
por el contrario, fue ella quien vetó la ley de patria potestad compartida
aprobada por el Congreso, “porque era muy izquierdizante". También apoyó a López
Rega cuando este, en aras de una “Argentina Potencia” de por lo menos 50
millones dé habitantes para el año 2000, prohibió el uso libre de
anticonceptivos. Unas horas antes de ser derrocada por el golpe de Estado,
festejaba con unas masitas y bocaditos el cumpleaños de una empleada suya en la
Casa Rosada. Al subir al helicóptero que debía llevarla a Olivos, los
militares le comunicaron que quedaba detenida.
Fuente Consultada: Emiliana López Saavedra en Nuestro
Siglo (1994)
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