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El 26 de
julio de 1945, el presidente norteamericano Harry Truman lanzó una proclama
al pueblo japonés, conocida luego como la Declaración de Potsdam, pidiendo
la rendición incondicional del Japón,
el 29 de julio el premier japonés Suzuki como era previsible rechazó la
propuesta de Truman.
El 3 de agosto,
Truman dio la orden de arrojar las bombas atómicas en Hiroshima, Kokura,
Niigata o Nagasaki. El objetivo le era indistinto y la suerte de cientos de
miles de almas inocentes parecieron no importarle demasiado. El 6 de agosto
despegaba rumbo a Hiroshima la primera formación de bombarderos B-29.Uno de
ellos, el Enola Gay, piloteado por el coronel Paul Tibbets,
llevaba la bomba atómica; otros dos aviones lo acompañaban en calidad de
observadores.
Súbitamente
apareció sobre el cielo de Hiroshima el resplandor de una luz blanquecina
rosada, acompañado de una trepidación monstruosa que fue seguida
inmediatamente por un viento abrasador que barría cuanto hallaba a su paso.
Las personas quedaban calcinadas por una ola de calor abrazador.
Muchas personas
murieron en el acto, otras yacían retorciéndose en el suelo, clamando en su
agonía por el intolerable dolor de sus quemaduras. Quienes lograron escapar
milagrosamente de las quemaduras de la onda expansiva, murieron a los veinte
o treinta días como consecuencia de los mortales rayos gamma. Generaciones
de japoneses debieron soportar malformaciones en sus nacimientos por causa
de la radiactividad. Unas cien mil personas murieron en el acto y un número
no determinado de víctimas se fue sumando con el paso de los días y de los
años por los efectos duraderos de la radiactividad. |