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El comercio con China era muy
rentable, pero el Gobierno chino rechazaba cualquier influencia «bárbara». Los
europeos buscaron otras formas de comerciar. En el
siglo XVIII, la seda, el algodón, el té, la porcelana y los objetos esmaltados
chinos eran sumamente apreciados en Europa, pero resultaban muy caros y
escasos, además, esto significaba un
gran esfuerzo para las ya apretadas finanzas europeas provocadas por las guerras
napoleónicas.
Los
europeos buscaron entonces otras formas de comerciar. El opio era una droga que
tradicionalmente se usaba masivamente (mezclado con tabaco) en China desde el
siglo XV con fines medicinales; los europeos entablaron relaciones con los
traficantes de droga chinos, a quienes vendían grandes cantidades de opio (5.000
barriles por año en la década de 1820) desde países como Birmania.
A cambio
recibían lujosos artículos chinos. El comercio creció a finales del siglo XVIII
y, aunque el Gobierno Qing intentó detenerlo, en la década de 1830 el opio se
consumía ampliamente en China: hacía perezosas a las personas, dañaba la
sociedad y la economía, y causaba ingentes gastos al país.
Como
consecuencia del aumento del consumo de opio en China (entre 100 y 150 millones
de personas a comienzos del siglo XIX) monopolizado su comercio por el Imperio
Británico, el gobierno chino lo prohibió, desembocando así la Primera Guerra del
Opio (1839-1842) que perdería China y por la que ésta cedía Hong Kong a los
ingleses.
La
Segunda Guerra del Opio (1856-1860) tuvo lugar después de que los chinos se
negaron a ceder ante la presión británica de legalizar el opio y permitir el
acceso a puertos en el interior. Se calcula que en 1880 las importaciones chinas
del opio pasaban de las 6.500 toneladas al año y la población adicta en más de
15 millones. Según estimaciones de historiadores, en este período murieron cerca
de 60 millones de chinos.
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