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LA APASIONADA CURIOSIDAD DE
ALBERT EINSTEIN Y SU CAPACIDAD DE ASOMBRO
En este caso tenemos una
situación inversa, un gran físico, enamorado desde su infancia de la
geometría euclidiana y la matemática a través de un libro que le entrega su
tío, quien en Munich tenía un negocio en sociedad con el padre de Albert.
En la biografía de Banesh
Hoffmann sobre la vida de Einstein dice: ....el joven Albert encontró
una ayuda indudable en su tío Jakob. Al parecer, antes de que Albert
estudiara geometría, tío Jakob le había hablado del teorema de Pitágoras: la
suma de los cuadrados de los catetos de un triángulo rectángulo es igual al
cuadrado de la hipotenusa, o en otras palabras si en un triángulo ABC
el ángulo C es un ángulo recto, entonces AB2 = AC2 +
BC2.
Albert quedó fascinado.
Tras ímprobos esfuerzos, encontró la forma de demostrar el teorema —proeza
extraordinaria, dadas las circunstancias, y que llenaría de satisfacción al
niño y a su tío—. Sin embargo, por extraño que parezca, esta satisfacción
debió de ser insignificante comparada con la emoción que experimentó más
tarde con un pequeño manual de geometría euclidiana, que le absorbió por
completo.
Tenía entonces doce años, y
el libro le produjo un impacto tan fuerte como el de la brújula magnética
siete años antes. En sus Notas autobiográficas habla entusiasmado del «santo
librito de geometría», y dice: «Había afirmaciones, por ejemplo la de la
intersección de las tres alturas de un triángulo en un punto, que -sin ser
evidentes- podían demostrarse con tal certeza que parecía absurda la menor
duda. Esta lucidez y certeza me produjeron una impresión indescriptible.»
A quienes sientan aversión
instintiva hacia las matemáticas, esta pasión por la geometría tiene que
resultarles increíble -algo parecido al amor del herpetólogo hacia las
serpientes-. Como Einstein eligió el camino fácil, pero honrado, de
describir la impresión como indescriptible, recurriremos a una descripción
de Bertrand Russell, que tuvo una experiencia semejante y casi a la misma
edad. «A los once años de edad comencé a estudiar a Euclides... Fue uno de
los grandes acontecimientos de mi vida, tan deslumbrante como el primer
amor. Nunca había imaginado que hubiera algo tan maravilloso en este mundo.»
Y no olvidemos las palabras de la poetisa estadounidense Edna St. Viricent
Millay: «Sólo Euclides ha contemplado la Belleza al desnudo.»
Siendo niño, Albert leyó
libros de divulgación científica con lo que más tarde describiría como
«atención embelesada». Estos libros no llegaron a sus manos de forma
accidental. Se los había proporcionado deliberadamente Max Talmey, perspicaz
estudiante de medicina que durante algún tiempo acudió todas las semanas a
casa de los Einstein. Talmey tuvo prolongadas discusiones con el pequeño
Albert, orientándole y ampliando sus horizontes intelectuales en una edad
crucial para su formación. Cuando el propio Albert llegó a dar clases de
matemáticas superiores, Talmey orientó las conversaciones entre ambos hacia
el campo de la filosofía, en el que todavía podía defenderse. Recordando
aquellos días, Talmey escribió: «Le recomendé que leyera a Kant. Albert sólo
tenía trece años, y sin embargó, las obras de Kant, incomprensibles para la
mayoría de los mortales, le parecían muy claras.»
Un sorprendente resultado
de los libros científicos sobre el impresionable Albert fue que de repente
se volvió antirreligioso. No se le escapaba que la historia científica no
coincidía con la bíblica. Hasta entonces, había encontrado en la religión el
consuelo de la certeza. Entonces comprendió que tenía que renunciar a
ella, al menos en parte, y esto le produjo un intenso conflicto emocional.
Durante cierto tiempo no sólo dejó de ser un creyente, sino que se convirtió
en un escéptico lleno de fanatismo, profundamente receloso ante toda
autoridad.
Unos cuarenta años después,
llegó a decir con ironía: «Para castigarme por mi desprecio de la autoridad,
el destino me convirtió a mí mismo en una autoridad.» Su desconfianza
inicial hacia la autoridad, que nunca le abandonó por completo, resultaría
de gran importancia. Sin ella, no habría adquirido la enorme independencia
de espíritu que le dio el valor necesario para poner en tela de juicio las
opiniones científicas tradicionales y, de esa manera, revolucionar la
física.

Una página del «sagrado libro de geometría» en la que aparece una
anotación de Albert sobre el teorema 3: «Esta demostración no tiene sentido,
pues si podemos suponer que los espacios del prisma se pueden convertir en
una superficie lisa, habría que decir lo mismo del cilindro.» |
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