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Cirugía y transplantes:
Durante el siglo XIX, dos adelantos fundamentales en el ámbito de la cirugía
habían contribuido al bienestar del paciente, aumentando además sus
probabilidades de supervivencia. Por un lado, la anestesia permitía que los
cirujanos realizaran operaciones mucho más largas y complejas que las posibles
con el paciente consciente.
Por otro, la aplicación de técnicas asépticas y, en general, un mayor cuidado de
la higiene redujeron en gran medida el riesgo de infecciones postoperatorias,
que con demasiada frecuencia resultaban mortales. A principios del siglo XX, las
técnicas eran todavía primitivas y el futuro reservaba grandes progresos, pero
estos dos importantes principios ya habían sido establecidos. Aun así, todavía
quedaban áreas en las que las intervenciones quirúrgicas resultaban arriesgadas.
Los
mayores problemas eran los planteados por los órganos cuya actividad debía
mantenerse ininterrumpidamente para conservar la vida del paciente. Un ejemplo
básico era la cirugía de tórax, ya que la apertura de la cavidad torácica
provocaba el colapso de los pulmones. Un importante adelanto en este campo fue
el logrado por Ferdinand Sauerbruch, nombrado catedrático de cirugía en Zurich
en 1910. Sauerbruch diseñó una cámara operatoria especial que dejaba fuera la
cabeza del paciente, al cuidado del anestesista.
El cuerpo del enfermo y el
cirujano se situaban en el interior de la cámara, que se mantenía a baja presi6n
para evitar el colapso pulmonar. La técnica fue rápidamente adoptada, pues en Zurich abundaban los afectados de trastornos pulmonares que acudían a los
sanatorios de las
montañas.

El trasplante d. órganos sólo se
convirtió en una práctica relativamente segura a fines del siglo XX, poro gran
parte de su éxito se debio al trabajo del cirujano y fisiólogo francés Alexls
Carral. Aparte de los problemas del rechazo una do las principales dificultades
consistía en suturar los pequeños vasos sanguíneos para restablecer la
circulación. Carrel resolvió este problema y obtuvo por ello el premio Nobel en
1912. A partir de entonces, se trasladó al Instituto Rockefeller de Nueva York,
donde desarrolló, durante la guerra, una técnica para tratar heridas profundas
mediante Irrigación constante. En la fotografía aparece haciendo una
demostración de su técnica, hacia el final de la guerra.
En 1908, F. Trendelenburg intentó tratar quirúrgicamente una embolia
pulmonar (obstrucción de los tejidos pulmonares), pero la técnica no llegó a
dominarse hasta 1924. Para los pacientes con los músculos respiratorios
gravemente afectados (por ejemplo, a consecuencia de una poliomielitis), el
"pulmón de acero" inventado por P. Drinker en 1929 constituyó un gran progreso.
Sin
embargo, para los afectados de trastornos cardiacos era muy poco lo que podía
ofrecer un cirujano. La bibliografía médica contenía referencias ocasionales de
operaciones con éxito en pacientes que habían sufrido heridas de arma blanca o
accidentes similares, pero los enfermos crónicos tenían pocas esperanzas. La
introducción de la simpatectomía (extirpación de parte del sistema nervioso
simpático) como tratamiento para la angina, intentada por el cirujano rumano Thoma lonescu en 1916, fue un paso pequeño pero muy significativo.
Aunque la cirugía intracraneana se practicaba desde los tiempos más remotos
(algunos cráneos hallados en yacimientos prehistóricos revelan trepanaciones con
supervivencia del paciente, tal vez como tratamiento para fracturas de la caja
craneana>, incluso en el siglo XIX el índice de mortalidad de los pacientes
seguía siendo muy elevado. En la mayoría de los casos, esto se debía a que se
aplicaban los métodos de la cirugía general. Los progresos sólo comenzaron
cuando se desarrollaron técnicas más especializadas, sobre todo gracias a los
trabajos de Harvey Cushing en Estados Unidos.

La
fabricación de miembros artificiales se convirtió en una importante industria.
Aparecieron algunas empresas especializadas y otras diversificaron sus
producción para abarcar el sector ortopédico. La gran demanda determino
progresos en el diseño sobre todo de articulaciones
El secreto de su éxito residía en
un diagnóstico previo excepcionalmente completo, con métodos especializados, y
en unas operaciones meticulosamente cuidadosas, en las que a menudo invertía
muchas horas. Obtuvo resultados especialmente buenos en el tratamiento de
tumores cerebrales y de los nervios acústico y óptico. Realizó además un
detenido estudio de la glándula hipófisis, localizada en la base del encéfalo,
que es tal vez la más importante de las glándulas endocrinas (secretoras de
hormonas), ya que influye sobre todas las demás. La reputación de Cushing atrajo
discípulos de todo el mundo, que luego regresaban a sus países para fundar
clínicas donde aplicaban sus métodos.
Mientras se desarrollaban técnicas de neurocirugía para tratar las
perturbaciones patológicas del cerebro y el sistema nervioso, otros
investigadores ensayaban métodos más sutiles para diagnosticar y tratar los trastornos de la mente. En París, J.M. Charcot (1825-1893) había desviado su
atención de las enfermedades del sistema nervioso para concentrarse en los
problemas de la conducta humana, en especial, la histeria. Entre sus discípulos,
a fines del siglo XIX, figuraba el austriaco Sigmund Freud, padre del
psicoanálisis.
Ridiculizado al principio, su concepto del psicoanálisis,
desarrollado con CG. Jung, A. Adler y otros, obtuvo finalmente amplia
aceptación, y en 1910 se fundó la Asociación Psicoanalítica Internacional. Freud
fue nombrado miembro extranjero de la Royal Society inglesa en 1936. Durante
muchos años prosiguió la enseñanza y las investigaciones, hasta que en 1938 se
vio obligado a abandonar Viena como consecuencia de la ocupación nazi de su
país, instalándose en Londres, donde siguió trabajando hasta su muerte. En este
campo, los enfoques experimentales convencionales revestían escasa validez, por
lo que se hacía necesario encontrar otros nuevos. Entre ellos estaba el famoso
test de manchas de tinta, que permitía el estudio de la inteligencia, las
emociones y la personalidad, ideado por el psiquiatra suizo Hermann Rorschach en
1921.
Durante el siglo XX, las operaciones de trasplante de órganos se convirtieron en
un aspecto normal, aunque altamente especializado, de la práctica médica.
Durante los primeros años del siglo se realizaron importantes contribuciones a
este campo. Uno de los precursores fue Alexis Carrel, que trabajó en el
Instituto Rockefeller de Nueva York. Allí suscitó un considerable interés por
los trasplantes de órganos que, entre otros problemas, planteaban la dificultad
de restablecer una corriente sanguínea hacia el órgano trasplantado; el
desenlace más frecuente de las operaciones anteriores había sido la trombosis
(formación de coágulos) o la estenosis (estrechamiento de ¡os vasos sanguíneos). Carrel superó estos problemas mediante el desarrollo de nuevas técnicas de
sutura de los vasos sanguíneos, que le permitieron extirpar órganos de animales
y volver a colocarlos en su posición original. Al trabajar con un solo animal,
evitaba el rechazo, uno de los principales problemas del trasplante en pacientes
humanos.
Carrel realizó además trabajos innovadores en el campo del cultivo de tejidos.
Consiguió mantener células vivas en una solución nutriente, mucho después de
que muriera el animal del que habían sido extraídas. Bastante más adelante, en
1935, inventó un corazón mecánico, capaz de mantener la circulación durante la
Cirugía cardiaca.
En el
tratamiento de las enfermedades infecciosas, la opinión médica de la época
favorecía el uso de vacunas, terreno en el que ya se había registrado una serie
de éxitos y que todavía reservaba algunos más. Un adelanto fundamental fue la
introducción de la vacuna BCG en 1927 para la protección contra la tuberculosis.
Por el contrario, la experiencia con los agentes químicos había sido
decepcionante. El salvarsán y el neosalvarsán habían demostrado ser eficaces
Contra la sífilis, pero los efectos secundarios eran graves y en numerosas
ocasiones mortales. En 1924, los químicos alemanes produjeron la plasmoquina,
una alternativa sintética a la quinina, sustancia antipalúdica largamente
utilizada.
Así
pues, la historia de los agentes químicos no resultaba demasiado impresionante;
pero con la ventaja que da la perspectiva del tiempo, es posible apreciar que la
situación estaba empezando a cambiar. En 1927,
G.
Dornagk, director de los laboratorios de patología y bacteriología experimental
de la gran empresa química alemana LG. Farben, tuvo el suficiente optimismo para
emprender una búsqueda sistemática de agentes químicos que pudieran controlar
algunas de las enfermedades más graves del género humano, como la meningitis, la
tuberculosis y la neumonía, siendo esta última particularmente temida como «el
capitán de las huestes de la muerte».
Los
progresos fueron lentos, pero la confianza y la paciencia encontraron su
recompensa en 1932, con el descubrimiento del primer fármaco del grupo de las
sulfamidas, un acontecimiento auténticamente revolucionario. En 1928 se hizo
otro descubrimiento que, aunque en ese momento pasó prácticamente inadvertido,
estaba destinado a ser todavía más revolucionario. Ese año, el bacteriólogo
británico Alexander Fleming descubrió la penicilina.
Historia de la Vacuna Contra
Poliomielitis
Fuente Consultada: El estallido científico de
Trevor I. Williams
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