LA MEDICINA ANTIGUA: GRECIA y ROMA

La Medicina en la Antiguedad Grecia y Roma

 

 

   
   
 

 

 

     
     
     
 

La Medicina en Roma

 

 

   
       
       
       
       
       
       
       
       

La Medicina en Grecia    
       

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INTRODUCCIÓN:
LA MEDICINA EN LA ANTIGÜEDAD:
¿Qué se sabe de Hipócrates (460-377 antes de Jesucristo) ? Casi nada. Es originario de la isla de Cos, próxima al litoral del Asia Menor: ha viajado por todo el mundo griego; su fama era lo suficientemente grande como para que Platón haga de él el tipo del médico por excelencia. Todo lo demás es leyenda. Entre los muchos textos que la tradición le atribuía, nuestros eruditos actuales no terminan de ponerse de acuerdo sobre cuáles son los auténticos. Más aún: se tiene la certeza de que algunos de esos tratados, especialmente La Dieta en las Enfermedades agudas, no fueron escritos por seguidores de la escuela de Cos, sino por representantes de la escuela rival instalada en Cnido, Asia Menor, desde finales del siglo vil antes de Jesucristo.

Eso no obstante, hay un rasgo general que caracteriza el espíritu de la colección. La enfermedad es abordaba desde un punto de vista estrictamente naturalista. En momento alguno se hace alusión a un dios capaz de provocar o de curar las enfermedades. La Ilíada atribuía este poder a Apolo: para alejar la peste, la cólera del dios debía ser aplacada con oraciones y sacrificios. El médico hipocrático. por el contrario, no conoce más que causas naturales.

En lo que tienen de universal, estas fuerzas pueden encerrar sin duda algo de "divino": es el caso de la luz. del aire, del calor. Pero es imposible modificar su influencia por medio del rito y de la invocación. Lo indispensable para el médico es el conocimiento de las causas naturales, un conocimiento que no se adquiere más que con la experiencia y el razonamiento correcto. El extraordinario tratado sobre la epilepsia (La Enfermedad sagrada) hace justicia de todas las interpretaciones sobrenaturales de esta enfermedad impresionante: el autor se esfuerza por demostrar que la verdadera causa reside en los obstáculos que impiden la libre circulación del "soplo" entre el cerebro y el resto del cuerpo. Invoca un sistema de causas y efectos mecánicos, y, consiguientemente, plantea el problema de la enfermedad en un lenguaje y en un plano de inteligibilidad que son los mismos del pensamiento científico.

En otros tratados se denuncia el desorden y la corrupción de los humores, las consecuencias de una vida desarreglada y de una alimentación inadecuada; por otra parte, la responsabilidad de las epidemias hay que atribuírsela al clima, al aire y a las aguas. Todas estas hipótesis, en las que interviene una parte considerable de especulación, tienen como punto de partida una evidencia, una comprobación del sentido común, a veces una observación muy fina y muy exacta. El médico hipocrático buscará síntomas mediante una serie de maniobras: escucha el frotamiento pleural y la sucusión del tórax le permite reconocer la presencia de líquido en la pleura.

Al releer hoy las Epidemias, sorprende la sagacidad y la seguridad del ojo clínico del autor: para su uso particular ha recogido una serie de historiales clínicos; de esa forma tenemos acceso a los archivos de un gran médico. Algunos detalles rápidos permiten identificar al paciente: nombre, oficio, domicilio. No sin emoción se lee la historia, muchas veces lastimosa, de individuos a los que todo condenaba al olvido, pero a los que la atención del médico presta una extraña especie de inmortalidad.

Los tratamientos preconizados son abundantes. Se orientan en principio a favorecer la obra de la naturaleza, porque ésta posee una "fuerza medicadora" en la que hay que confiar. Gracias al calor innato, los humores crudos pasan espontáneamente al estado de cocción. El reposo, la dieta, los caldos ligeros bastarán en la mayoría de los casos. En las enfermedades graves se acudirá a medicaciones más enérgicas: purgantes, vomitivos, sangrías, que permitirán eliminar los humores cuya superabundancia desarregla la simetría del organismo y origina un peligroso desequilibrio interior (discrasia).

Aun cuando en la época de Hipócrates la cirugía, obra manual, no fuese aún desestimada. se recurre a ella en raras ocasiones. Los tratados quirúrgicos de la colección hipocrática se refieren sobre todo a las fracturas y a las luxaciones; se les aplica un tratamiento conservador, recurriendo, cuando se precisa, a ingeniosos aparatos de reducción y de contención.

La preocupación del médico hipocrático es predecir la evolución del mal, su desenlace feliz o fatal, el plazo de la crisis con la que el mal se decide por lo mejor o por lo peor. El pronóstico juega, pues, un papel considerable en esta medicina, y a él están consagradas varias obras de la colección hipocrática. La exactitud del pronóstico no es sólo la base de un tratamiento o de una abstención juiciosamente enfocados.
Para el médico es un medio de conquistarse la confianza de la clientela. Porque el médico griego es un itinerante que va de ciudad en ciudad, de isla en isla: ningún título oficial sirve de garantía de su capacidad. Debe hacerse valer por sí mismo; se recibirá con admiración a quien, además, sepa adivinar por simples indicios un acontecimiento pasado o futuro. Para que su ciencia sea reconocida y bien pagada ha de ser presciencia.

Los libros hipocráticos conceden una gran atención a todos los signos reveladores que presenta el aspecto del paciente: la descripción, por ejemplo, de los signos prsmonitores de la muerte (facies hipocrática) es una obra maestra de observación. Por otra parte, impresionados por la periodicidad de ciertos accesos febriles, tal como se dan en la malaria, los médicos hipocráticos se dejaron llevar de especulaciones a veces aventuradas sobre los números que señalan la duración de las enfermedades (teoría de los días críticos).

¿Cuáles son los deberes del médico? Es el tema que estudian algunos tratados (La Ley, La Oficina del Médico, etc.). He aquí el texto íntegro del famoso Juramento que se ha convertido en la carta moral de la profesión médica:

"Juro por Apolo, médico, por Esculapio, por Higea y Panacea, por todos los dioses y todas las diosas, y los pongo por testigos de que cumpliré, según mis fuerzas y mi capacidad, el juramento y el compromiso siguientes:

"Colocaré a mi maestro de medicina en el mismo plano que a los autores de mis días, compartiré con él mis haberes y, llegado el caso, atenderé sus necesidades; tendré a sus hijos por hermanos y si desean aprender la medicina se la enseñaré sin honorarios ni compromisos. Transmitiré los preceptos y lecciones orales así como todo el resto de la enseñanza a mis hijos, a los de mi maestro y a los discípulos ligados por un compromiso y un juramento conforme a la ley médica, pero a ningún otro. Dirigiré el régimen de los enfermos para su mayor provecho según mis fuerzas y mi criterio, y me abstendré de todo mal y de toda injusticia. No administraré a nadie veneno, si me lo pide, ni tomaré ninguna iniciativa para sugerirle tal cosa; igualmente, no pondré a ninguna mujer un pesario abortivo. Pasaré mi vida y ejerceré mi arte en la inocencia y en la pureza. No practicaré la operación de la talla, se la dejaré a quienes se ocupan de eso. En cualquier casa que entre, entraré para utilidad del enfermo, absteniéndome de toda acción inconveniente voluntaria y corruptora, y sobre todo de la seducción de las mujeres y de los jóvenes, sean libres o esclavos. De todo lo que vea y oiga en la sociedad durante el ejercicio o fuera del ejercicio de mi profesión callaré lo que no hay necesidad de divulgar, considerando la discreción como un deber en estos casos.

"Si cumplo este juramento sin quebrantarlo, que me sea concedido gozar felizmente de la vida y de mi profesión, honrado para siempre entre los hombres; si lo violo y cometo perjurio, ¡que tenga una suerte contraria!"

Asclepio (o Esculapio), invocado al comienzo de este juramento, es el dios tutelar de la medicina. Los médicos de Cos se consideraban como sus descendientes, sin que por eso invocaran su ayuda milagrosa para realizar las curaciones. Esculapio y sus sacerdotes jugarán, sin embargo, a partir del siglo V, un papel muy importante en la vida popular griega. La importancia del templo y del lugar sagrado de Epidauro es una prueba evidente de ello.

medicina romana

Aparato Romano Para el Control y Curado de las Quebraduras

Muchos enfermos, demasiado pobres para recurrir a los consejos del médico, o afectados por enfermedades rebeldes, acudían al templo de Esculapio: allí dormían durante una noche (incubación), y el dios se les aparecía en sueños para aconsejarles. A falta de la palabra del dios, la de los sacerdotes proporcionaba a los peregrinos palabras de consuelo y recetas terapéuticas. El número de exvotos ofrecidos por los pacientes reconocidos confirma que una prueba solemne, precedida de una larga espera, ejerce en muchos casos una acción favorable mediante un gran impacto psicológico.

Fuente Consultada: Historia de la Medicina Jean Starobinski

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