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Desde la época cavernaria el hombre sintió la necesidad y procuró la forma de
obtener remedios para combatir las enfermedades que lo aquejaban. En un comienzo
esos logros fueron resultado de una "medicina sobrenatural"; conformada por
extraños y muchas veces inhumanos rituales, “Pases mágicos” y maniobras
tramposas, hasta que se llegó a los productos naturales, que casi siempre eran
mas peligrosos e insoportables que el propio padecimiento.
INTRODUCCIÓN: Existieron incontables
tribus primitivas que además de la necesidad de la aplicación de emplastos y
sustancias curativas acompañaron la medicación con palabras mágicas, "pases de
manos" y hasta danzas en ofrenda a los dioses, quienes creían , eran los que
tenían la última palabra acerca de los efectos de la medicina y, por lo tanto,
del destino de los enfermos.
Prueba
de lo antedicho fue el hallazgo de textos de los babilonios datados en el siglo
l a. de C. y asentados en la biblioteca de Asurbanipal (669-627) (imagen)
en Nínive. Allí se recogieron infinidad de recetas en manuales” escritas sobre
tablillas de barro y que, seguramente, muchas datan del II milenio a de C. En
dichos documentos se pueden leer los síntomas de la enfermedad, el remedio para
tratarla y el procedimiento para la elaboración del medicamento y hasta la
diferenciación por usos internos y externos.
Para
uso interno los babilonios tenían como vehículo de sus medicinas vino, cerveza,
leche, aceite o agua. Hasta aquí los pacientes babilonios no presentaban mayores
problemas para la ingerirlos, pero el sacrificio comenzaba cuando a esas bases
se les agregaban semillas, raíces, hojas, tallos, frutos y hasta materias
minerales y animales, que solían ir desde una frágil paloma hasta un repugnante
roedor o reptil. Por suerte, para los pacientes de la época sus contemporáneos
habían inventado las píldoras, evitando con su ingesta si no una posible muerte
por la enfermedad misma, al menos una más segura por la repulsa digestiva de las
pretendidas panaceas.
Para
el uso externo, los babilonios se valían, fundamentalmente, de emplastos y
vendajes que se aplicaban sobre pomadas elaboradas en base a grasas de cualquier
animal que anduviera sobre la tierra y debajo de ella: sebo, aceite a
mantequilla, con la adición de drogas machacadas. Dicho menjunje, después
de un tiempo de tratamiento y teniendo en cuenta el clima de la región,
proporcionaba al enfermo ambulatorio un hedor insoportable, creándose de esa
manera una especie de cuarentena desodorante.
También los médicos del Asia Menor —sobre todo en Egipto— no sólo utilizaron el
“excremento oficinal” del hombre y animales, sino que también agregaron a sus
pócimas los excrementos de las moscas depositados sobre las paredes. Por su
parte, los chinos también hicieron uso de lo que la historia ha denominado
“farmacia inmunda”, tanto que para combatir las psicosis recomendaban un remedio
compuesto por excrementos humanos, dejados reposar en un recipiente encerrado en
la tierra durante tres años.
Para
combatir la pulmonía utilizaban el regalíz (raíz o palo dulce) mezclado
con amoníaco, luego se introducía la mezcla en una caña de bambú y se guardaba
en un retrete durante tres años, cubierto por heces. A pesar de las medicinas
descriptas (algunas tan insoportables como la propia enfermedad) los babilonios
estaban de tal manera adelantados que conocían el uso de tampones, supositorios,
la extracción de sangre mediante sanguijuelas, vomitivos (a veces constituidos
por los mismos específicos con que trataban algunas enfermedades) y los baños de
vapor.
Fuente Consultada: Revista "Todo es Historia" Nota de Juan Ángel del Bono
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