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En las crónicas de la conquista de América hay interesante información sobre
temas relativos a salud, enfermedad y medicina. Se la encuentra a partir de la
que podemos llamarla crónica fundadora, aquella titulada Relación acerca de las
antigüedades de los indios cuyo autor es Fray Ramón Pané, de la Orden de los
Gerónimos. Es la primera obra escrita en nuestro continente, en una lengua
europea, y la primera investigación etnográfica sobre indígenas americanos.
Cuando a fines de 1493 Cristóbal Colón llegó por segunda vez a la isla de Santo
Domingo lo acompañaba el fraile que había aprendido la lengua de los indios
arawak, pobladores de la región. Colón le encomendó vivir en sus aldeas para
informarse sobre sus creencias, costumbres y prácticas, entre las cuales estaban
algunas relativas a la medicina. Según cuenta Paré, entre los indios
arawak—y como suele ocurrir en los pueblos primitivos— la medicina era
ejercida por el brujo de la tribu quien debía poner cara de enfermo, guardar
dieta y purgarse juntamente con el paciente. Lo hacía con aspiraciones de polvo
de cohoba que, además, le provocaba alucinaciones.
A
veces el enfermo se curaba y, otras, fallecía. En este caso los deudos se
comunicaban con su espíritu y si éste les decía que había muerto por mala
praxis, apaleaban al brujo-médico hasta dejarlo muerto. Sise enteraban que había
sobrevivido a la golpiza, lo atacaban nuevamente y esta vez —escribe Pané—
“le sacan los ojos y le rompen los testículos".
Un
dato médico valioso lo hallamos en uno de los mitos que recogió el fraile,
relativo a los primeros seres humanos que habitaron la isla. Dice así:
originalmente, todos vivían en cuevas, pero un día, un joven llamado
Guahayona decidió buscar otro lugar dónde vivir. Se fue aunque no sin
compañía ya que instó a todas las mujeres a seguirlo, incluso a las casadas que
abandonaron esposos e hijos. Recorrió la isla durante un tiempo hasta que en un
momento dado, quizá porque ya habrían nacido niños que demorarían su marcha,
decidió abandonar el harén y continuar solo. Pero pronto comenzó a extrañar la
compañía femenina y creyó hallarla al encontrarse con una mujer. Intentó
conquistarla, pero sucedía según escribe Pané “que el promiscuo Guahayona estaba
lleno de aquellas llagas que nosotros [los españoles] llamamos mal francés”
.
En
otras palabras, padecía síilis y Guabonito (que así se llamaba la mujer)
en lugar de ceder a sus requerimientos lo aisló hasta que se curó. Este mito
—que, como varios, debió tener alguna raíz histérica— responde a una pregunta
que se plantea la ciencia: ¿los
españoles contagiaron la sífilis a los aborígenes americanos o éstos a ellos?
La
conclusión a que nos conduce el mito es que, a fines del siglo XV, hacía mucho
que la enfermedad existía en el Nuevo Mundo, tanto como para estar incorporada a
una vieja tradición arawak. También existía en Europa, donde se la
identificaba como “mal francés’ o de “Nápoles” . Es decir que ya entonces estaba
difundida por todo el globo.
La
Paleontología corrobora el dato ya que en esqueletos aborígenes prehispánicos se
han encontrado lesiones típicas de la sífilis. Años después, en 1533, en la
misma Santo Domingo se produjo un caso de interés médico que narra Gonzalo
Fernández de Oviedo, primer cronista oficial de la Corona española, en su obra
Historia General y Natural de las Indias. Cuenta que a un joven matrimonio le
nacieron siamesas, un pequeño monstruo compuesto por dos cuerpos unidos desde el
esternón hasta el ombligo, dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas.
El
hecho causó asombro general, pero, curiosamente, antes que despertar una
inquietud científica planteó un problema teológico: ese extraño engendro,
¿debía ser considerado una sola persona
poseedora de una sola alma o como personas con dos almas?
se preguntó el sacerdote que lo bautizó, quien concluyó se trataba de lo
segundo. Las siamesas fueron visitadas una delegación compuesta
autoridades, vecinos, forasteros, religiosos, más nuestro cronista quien observó
que así físicamente, en un sector, formaban un solo ser y, en el resto, eran dos
personas distinta, a veces actuaban al unísono y otras,
independientemente. Esto avivaba la pregunta:
eran una sola persona o dos?.
A
la semana las siamesas murieron. Fernández de Oviedo presenció la autopsia y
comprobó que el único órgano que compartían era el hígado; en el resto, “reunían
todas las cosas que en dos cuerpos humanos suele haber... por lo cual
—concluye-—muy claramente se conocía ser dos personas y haber allí dos ánimas
Así quedó resuelto el principal problema que había suscitado el caso.
Fuente Consultada: Revista "Todo es Historia" Nota de Teresa Piossek Prebisch
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