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EN TIERRA FIRME: LA NUEVA ESPAÑA: Ahora pasemos a Méjico para obtener datos médicos de dos cronistas que vivieron allí. El primero es el franciscano fray Bernardino de Sahagún quien recopiló información sobre el mundo azteca en la obra Historia General de las Cosas de Nueva España (Méjico), cuyo capítulo XXVIII está dedicado a la medicina azteca.

Había tratamientos para todos los males del cuerpo y las medicinas eran mayoritariamente de origen vegetal: corteza, hojas, raíces, flores y hasta hollín. Un ejemplo: para el dolor de oído se usaba el chili o ají picante. También había ingredientes de origen animal y uno de ellos era la orina que se usaba para curar caspa, sarna y cráneos descalabrados. Otro ejemplo: la madre que tenía poca leche para amamantar, comía asado el vergajo de los perrillos, esto es, el árgano sexual de los perros chihuahua.

A veces se reunían ingredientes de ambos orígenes Domo en un emplasto para el dolor de muelas hecho con “gusano revoltón” mezclado con trementina. O el compuesto para las nubes de los ojos hecho de nuevo de lagartija, hollín vegetal y agua. Un caso interesante de a medicina azteca es el de la Duración de huesos quebrados de un modo que puede interpretarse como implantación de prótesis.

Escuchemos al fraile Sahagún: «se ha de raer y legrar el hueso encima de la quebradura, cortar un palo de tea que tenga mucha resma, y encajallo con el tuétano del hueso para que quede firme, y atarse muy bien, y cerrar la carne con el patle. . . » “ "Patle” significa veneno, por lo cual deducimos que debió ser una sustancia muy fuerte, de efectos antibióticos.

También había operaciones de cirugía estética para nariz y labios partidos que se cosían con cabello de la víctima. Para las bubas de la sífilis, que, según escribe el fraile “Lastiman mucho con dolores y tullen las manos y los pies, y están arraigadas en los huesos”, los médicos aztecas recomendaban brebajes y baños. Lo interesante de este dato es que de nuevo corrobora la presencia del mal en épocas prehispánicas..

Ahora escuchemos los testimonios del soldado-cronista Bernal Díaz del Castillo, del ejército de Cortés, autor de Historia verdadera de la conquista de Nueva España. Sus testimonios son muy valiosos porque, entre otras cosas, nos muestran los padecimientos del conquistador en particular y del hombre de aquel tiempo, ya fuera indio o español. Así, Díaz del Castillo nos habla del «mal de llagas» y del «mal de lomos» refiriéndose a las ulceraciones y dolores que a los soldados se les manifestaba en hombros y espalda por tanto marchar cargando armas y pertenencias.

También describe los padecimientos que tenían directa incidencia en la salud: el hambre que los inducía a comer alimentos intoxicantes o en mal estado, la sed que los enloquecía, los dientes quebrados por hondazos de indios, pero también por masticar granos de maíz, a veces el único alimento, y el riesgo de vivir en las llamadas “tierras dolientes”, bajas, húmedas, calientes e infestadas de mosquitos transmisores del paludismo.

Otro padecimiento grande era la falta de sal y qué decir de los encuentros con los indios de los que todos salían “cada cual con su herida”. Estas no sólo significaban dolor y dificultad o imposibilidad de movilizarse, sino también la amenaza de la infección. Para evitarla las cauterizaban con aceite hirviendo, pero había veces que no lo tenían y entonces, cuenta Díaz del Castillo, sacaban el unto —la grasa— de un indio muerto, lo fundían y lo vertían en las heridas. Podemos imaginar el sufrimiento extra que tal cura acarrearía, fuera de las feas cicatrices que dejaría.

En su relato se refiere a las pestes que se ensañaban con la humanidad de aquel tiempo. Nos cuenta de una que a él lo tuvo “muy malo de calenturas y echaba sangre por la boca, y gracias a Dios —dice— me curé porque me sangraron”, recurso médico muy usado tanto por indios como por españoles, juntamente con las purgas y dietas. A veces las pestes cruzaban el mar desde España a América, como fue la viruela, originaria del Viejo Mundo y responsable, junto a otras enfermedades infecciosas “importadas”, del 75% de las muertes ocurridas entre los indígenas.

Díaz del Castillo narra el caso de un navío en el que se declaró el «mal de modorra» del que muchos murieron, tanto en el trayecto como al llegar a Méjico, entre ellos el licenciado Luis Ponce de León, funcionario de la Corona: “Viniendo del monasterio del señor San Francisco, de oír misa— escribe el cronista— le dio una muy recia calentura y echóse en la cama, y estuvo cuatro días amodorrido... y todo lo más del día y de la noche era dormir; y desque aquello vieron los médicos.., les pareció que era bien que se confesase y recibiese los San tos Sacramentos.., y después de recibidos.., hizo testamento” .

Cuenta el caso de una nave que llegó a Méjico, proveniente de Cuba, trayendo sesenta sol dados. “Todos —escribe— estaban dolientes y muy amarillos e hinchadas las barrigas.., y los sanos, por burlar les... pusimos los panciverdetes, porque traíar los colores de muertos...” ¿Y con qué servicio médico contaban esos soldados conquistadores para aliviar sus sufrimientos? Diaz del Castillo menciona a “un zurujano que se llamaba maestre Juan, que curaba algunas malas heridas.., a excesivos precios, y también un medio matasanos que se decía Murcia, que era boticario y barbero, que también curaba”.

Un caso singular era el del soldado Juan Catalán, especie de enfermero y santón, que mientras él y sus compañeros se curaban como mejor podían, “nos las santiguaba y ensalmaba.., todas las heridas y descalabradas”. Agrega que los indios amigos se impresionaron tanto al verlo obrar como un inspirado, poseedor de dones divinos, que “iban a él y eran tantos, que en todo el día tenía harto de curar”.

No falta en la crónica de Díaz del Castillo la tremenda presencia de la sífilis y hace una patética e inolvidable descripción de un sifilítico: “era muy viejo y caducaba, y estaba tullido de bubas A continuación agrega un detalle curioso: “estaba tan doliente y ético que le daba de mamar una mujer de Castilla, y tenía unas cabras que también bebía leche dellas...” Es decir que su debilidad era tal, que su estómago no aguantaba otro alimento fuera de leche materna o similar.

Muchas más informaciones de interés médico pueden encontrarse en el inagotable manantial de las crónicas de la conquista. Al igual que las seleccionadas para este artículo, la mayoría nos impresionan por los primitivos y hasta extravagantes recursos del arte de curar de aquel tiempo; sin embargo, ellos fueron pasos, experimentaciones, ensayos y búsquedas que han contribuido al desarrollo y excelencia de la medicina actual.

Fuente Consultada: Revista "Todo es Historia" Nota de Teresa Piossek Prebisch

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