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La
entrada de Japón en la etapa de la industrialización muestra características
peculiares de desarrollo capitalista, apartándose considerablemente de los
modelos europeos de la Revolución Industrial. Dos factores determinaron la
revolución Meiji y el fuerte intervencionismo estatal.
La
apertura de Japón al comercio internacional provocó entre 1859 y 1865 una fuerte
crisis económica y social, cuyo detonante fundamental fue el alza del precio del
arroz, cuya exportación había estado prohibida. Durante ese periodo se
sucedieron revueltas populares, urbanas y campesinas, hostiles a la presencia de
los extranjeros, y contra la política prooccidental del shogun. El estado de
conflictividad general creado por la crisis fue aprovechado por los grandes
señores feudales del sur (daimyo) y los
jóvenes samurais, que organizaron el
llamado “movimiento legalista”, sobre la base de un programa político en el que
se mezclaba un notable espíritu tradicionalista y conservador con la aspiración
de reformas económicas de talante abiertamente moderno.
La revolución Meiji
Por
qué estos fuertes grupos de poder político y económico, tradicionales de la
historia japonesa, tomaron una iniciativa de recambio del poder establecido
sobre la oportunidad que brindaban las agitaciones populares?
El
viejo shogun (especie de consejo cerrado a una casta de grandes propietarios
rurales) venía acaparando el poder político desde hacía siglos. La figura del
emperador flotaba como un títere bajo el omnipotente shogun. De 1603 a 1868 la
familia Tokugawa, poseedora de la cuarta parte del territorio nacional, había
ocupado el trono por vía hereditaria en mutua correlación de interés con el
shogunado.
Los grandes propietarios del sur veían como sus feudos, a pesar de
ser los más evolucionados del país, se ahogaban en el estrecho marco del
feudalismo nipón. Las nuevas generaciones de samuráis eran abiertamente
adversarias a ¡a dinastía Tokugawa y al shogunado.
En
1865 la revuelta de los samurais “choshu” demostró la debilidad y el aislamiento
político del shogun. Dos años después murió el emperador Komei. El vacío
político que se originó fue ocupado por los reformistas del movimiento
legalista, consiguiendo que el joven emperador Mutsu-Hito asumiera el poder y
eligiera el nombre de Meiji (gobierno de las luces) para designar su reinado.
Inglaterra y Estados Unidos apoyaron discretamente el movimiento de renovación
de los jóvenes samurais reformistas.
En
1868 las escasas fuerzas reaccionarias en torno al antiguo shogun fueron
aplastadas. Comenzaba a desmantelarse el sistema feudal japonés. La revolución
Meiji había triunfado. La carta de abril de 1868, dirigida a toda la nación,
resumió todos los planes de reforma que sepultarían el viejo aparato del Estado
feudal. En ella se pedía la abolición de las costumbres “absurdas”, se anunciaba
el fin del gobierno absoluto, y se recurría a los conocimientos científicos y
técnicos del mundo occidental. En 1869 se anuló el monopolio económico de los
feudos y se dio luz verde a la libertad de iniciativa comercial e industrial.
Los derechos señoriales ya no se pagarían en especies, si no en impuestos sobre
la tierra. La venta de tierras se hizo libre.
En el
terreno político se abolió la distinción entre los cuatro Estados: daimyo,
samurai, campesinos y comerciantes. Los feudos se transformaron en prefecturas
administradas por el gobierno central. Se aprobó el calendario occidental, se
instituyó la enseñanza moderna y obligatoria, y se dedicó un intenso empeño en
el cultivo de la ciencia y la técnica.
La
revolución Meiji fue una “revolución desde arriba”, dirigida por los altos
estamentos contra el secular feudalismo japonés, que paralizaba el desarrollo
económico de las islas, en favor de las todopoderosas familias del shogunado.
Había que entrar en la órbita del mundo moderno y “contestar” al “desafío” de
Occidente.
Se enviaron varios especialistas
japoneses para analizar los gobiernos extranjeros y para seleccionar sus mejores
características que se aplicarían en Japón; se redactó un nuevo código penal a
imagen del francés, se estableció un Ministerio de Educación en 1871 para
desarrollar un sistema educativo basado en el de Estados Unidos, que fomentaría
una ideología nacionalista y la exaltación del emperador a partir del desarrollo
del sintoísmo. El país experimentó un rápido crecimiento industrial bajo la
supervisión del gobierno.
En 1872, se decretó el servicio militar universal y, unos años después, en 1877,
un decreto abolió la clase de los samuráis, no sin un trágico enfrentamiento
entre los soldados y los samuráis en Satsuma.
Intervencionismo estatal
La
base social del Estado, sin embargo, no se transformó en absoluto, sino que se
amplió. En realidad, los antiguos señores feudales continuaron en el poder, y
desde el Estado dosificaron tácticamente las reformas precisas para iniciar la
industrialización, protegiendo firmas comerciales o aboliendo las aduanas
interiores y los monopolios feudales. A la sombra del intervencionismo estatal
se desarrolló un bloque oligárquico Meiji, bien dotado de mano de obra y
materias primas.
El Estado, por su parte, garantizaba la distribución de
capitales, la importación de cuadros técnicos y mano de obra especializada,
construyó las primeras líneas de ferrocarril y la primeras fábricas. El Estado
Meiji fue el instrumento de dominación de una nueva clase dirigente, enriquecido
por las confiscaciones hechas a los antiguos miembros del shogunado y a la
familia Tokugawa, al empréstito exterior y la fiscalía, que absorbía
constantemente los pesados impuestos que recaían sobre el campesino. Desde 1893
los intereses privados comenzaron a organizarse en cárteles.
El desarrollo del capitalismo en
Japón
El
crecimiento del capitalismo en Japón fue muy rápido. Hasta el siglo XX dependía
de Occidente: le pedía técnicos y le enviaba estudiantes y capataces; le
compraba material de equipo y tomaba capitales a préstamo. Sin embargo, a
comienzos del siglo XX el comercio japonés dejó de tener una estructura
puramente colonial. Las exportaciones de materias primas disminuyeron en
beneficio de las exportaciones de productos manufacturados, mientras aumentaban
las exportaciones de materias puras.
Para
comprender la rapidez con que se desarrolló el capitalismo en Japón bastarían
estos datos: su volumen industrial, el gran comercio y la banca se calculaban en
253 millones de yenes para 1894; en 1903 este volumen se situaba en 887 millones
de yenes.
La
víctima del desarrollo capitalista de Japón fue, sin duda, el campo. Los
campesinos pagaban pesados impuestos sobre la propiedad de la tierra a la
fiscalía, aunque ¡a comercialización de la producción agrícola, estimulada por
el hecho de que en lo sucesivo los impuestos se pagarían en especie,
enriquecería solo a los grandes propietarios de ¡a tierra y a los comerciantes
de arroz.
El pequeño propietario vivía cada vez más miserablemente. La base
social de la producción agrícola permaneció durante mucho tiempo en el marco de
la pequeña explotación individual, es decir, en una etapa marcadamente
precapitalista. Este desequilibrio fundamental afectó a Japón desde el principio
de su desarrollo industrial.
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