Al organismo hay que suministrarle
constantemente energía en forma de alimento si queremos que funcione
debidamente. El calor así producido se mide en julios (J), aunque en lenguaje
corriente todavía se sigue utilizando el término familiar de calorías (cal).
El
metabolismo
es un conjunto de
reacciones químicas que tienen lugar en las células del cuerpo.
El metabolismo
transforma la energía que contienen los alimentos que ingerimos en el
combustible que necesitamos para todo lo que hacemos, desde movernos hasta
pensar o crecer. Proteínas específicas del cuerpo controlan las reacciones
químicas del metabolismo, y todas esas reacciones químicas están coordinadas con
otras funciones corporales. De hecho, en nuestros cuerpos tienen lugar miles de
reacciones metabólicas simultáneamente, todas ellas reguladas por el organismo,
que hacen posible que nuestras células estén sanas y funcionen correctamente.
OBESIDAD Y DELGADEZ.
En el caso de que las
ganancias ponderales de un determinado organismo rebasen en un 15 % su término
medio normal, hablamos de obesidad, mientras que si una persona pesa un 10 %
menos de lo que le corresponde, estamos en presencia de delgadez.
La obesidad representa siempre un depósito excesivo de grasas, distribuido por
todo el cuerpo.
Si bien sus causas pueden ser muy
diversas, tales como trastornos de las glándulas endocrinas y otros, en gran
numero de casos la obesidad se produce por una sobrealimentación exagerada.
Cualquier exceso de peso predispone a diversas dolencias. Así, por ejemplo, es
fácil que en la obesidad aparezca diabetes, aumento de la presión arterial,
insuficiencia cardíaca, bronquitis crónica, etc. Es importante, pues, evitar su
aparición y, si se instaura, combatirla. La prevención consiste, sobre todo, en
una alimentación no excesiva y en el ejercicio constante.
Cuando la obesidad ya se ha
establecido conviene combatirla, sobre todo, con el ejercicio y la dieta,
ayudados por diversos medicamentos. Las curas por iniciativa propia, motivadas
generalmente por cuestiones estéticas, suelen incurrir en exageraciones
perjudiciales. Ingerir grandes cantidades de pastillas para adelgazar y al mismo
tiempo saciarse de toda clase de golosinas, es un absurdo que se practica con
gran frecuencia. Las curas de adelgazamiento deben ser dirigidas por una persona
experimentada.
La delgadez surge cuando el
ingreso calórico es menor que las necesidades y el organismo ha de utilizar los
materiales almacenados y, por tanto, pierde peso. En dicha situación consume, en
primer lugar, hidratos de carbono (azúcares) depositados en el hígado y
músculos; dichas existencias suelen terminarse en 24 horas, al cabo de las
cuales ya debe empezar a emplear sus reservas de grasas. Con ello el
funcionamiento del organismo no se altera, pues únicamente menguan sus acúmulos
grasosos, situados en las mejillas, en tejidos subyacentes a la piel, etc. Una
vez consumidos (al cabo de unas 5 a 7 semanas) todos sus depósitos de grasa,
que, por término medio, se calculan en 9 Kg. en un hombre adulto, y persistiendo
las condiciones de hipo alimentación, deben gastarse finalmente las proteínas.
Como quiera que éstas constituyen la materia prima de todas las estructuras y
órganos, aparecería entonces la destrucción del propio cuerpo, proceso
incompatible con la vida.
Las causas de la delgadez son
varias. A veces aparece porque el individuo se mueve mucho aunque consuma gran
cantidad de calorías. Tal ocurre en una serie de deportes violentos: un partido
de fútbol o una carrera ciclista. Otras causas son una alimentación deficiente,
hecho observado sobre todo en gente pobre o en épocas de guerra y por la
presencia de diversas enfermedades (tuberculosis), sin que deba olvidarse a
aquellos individuos que lo son por constitución y qué por mucho que coman —pues
suelen tener un excelente apetito— no hay manera de que engorden.
La curación de diversas delgadeces-enfermedades se conseguirá eliminando su
causa, además de administrar a dichos pacientes una dieta rica en calorías y
medicamentos adecuados. En la delgadez constitucional, mientras no dé lugar a
manifestaciones molestas, mejor es no hacer nada.
LOS ALIMENTOS ENERGÉTICOS.
Los hidratos de carbono se encuentran, sobre todo, en el azúcar, el almidón, las
harinas, los cereales, las féculas, las frutas, las hortalizas, etc. Desde el
punto de vista químico contienen grupos de oxigeno e hidrógeno, fijados en
diversos átomos de carbono y, finalmente, se transforman en azúcares. Una vez en
la sangre intestinal son llevados al hígado, donde se almacenan en forma de otro
azúcar complejo, denominado glucógeno, constituido por numerosas moléculas de
glucosa.
La sangre contiene una cantidad
siempre constante de azúcar, pues si tiende a aumentar su concentración, se
almacena mayor cantidad del mismo en el hígado, mientras que si mengua, dicha
víscera convierte otra vez el glucógeno en glucosa (azúcar) y la envía al
torrente circulatorio. Pero el hígado es un órgano de tal perfección que si le
falta glucógeno produce glucosa a partir de otros materiales, tales como
proteínas.
Dicho azúcar (la glucosa) es tan importante en el funcionamiento del cuerpo
porque, mediante diversas reacciones químicas, libera energía.
El azúcar puede convertirse
también en grasa, transformación que efectúa igualmente el hígado. Es muy sabido
que si se ingieren cantidades excesivas de azúcar o cualquier hidrato de
carbono, aparece la obesidad.
Las grasas constituyen otro tipo
de sustancias nutritivas, totalmente distintas de las precedentes. Se hallan en
toda clase de alimentos, en ciertas semillas vegetales y en algunos frutos.
Las grasas sirven de almohadilla a
diversos órganos, de capa protectora para que no se pierda el calor y también
para la combustión. Su metabolismo está gobernado por diversos agentes y lo
efectúa el hígado.
El tercer grupo de principios
inmediatos lo constituyen las proteínas. Están contenidas en diversas clases de
alimentos, tales como carnes, huevos, pescado, etc. Su presencia en la dieta es
imprescindible y no pueden ser sustituidas, por lo menos en cuanto a una pequeña
cantidad se refiere. Se calcula que un hombre adulto debe recibir diariamente,
como mínimo, unos 70 g de proteínas.
Una vez en el interior de la
circulación sanguínea, son conducidas al hígado, donde se almacenan
transitoriamente. Más tarde algunas vuelven a la sangre para ser llevadas hasta
las células de diversos tejidos, e incorporadas en el protoplasma de las mismas.
Representan, pues, la materia prima principal para la construcción del cuerpo.
Las que no son aprovechadas para estos fines son convertidas por el hígado en
glucosa o glucógeno, dispuestas a liberar energía, o bien las almacena en forma
de grasa.
En el plasma sanguíneo existe una
cantidad constante de proteínas que desempeñan múltiples funciones. Algunas
intervienen activamente en el proceso de la coagulación; otras, forman los
llamados anticuerpos destinados a combatir los gérmenes infecciosos, o
constituyen una especie de vehículo para ciertas sustancias. Así, el hierro
nunca circula aisladamente por la sangre, sino que lo hace transportado por una
determinada proteína.
Una clase especial de proteínas
son las que intervienen en la formación del núcleo celular. Su alteración
metabólica más conocida es la enfermedad llamada gota, que se origina porque el
ácido úrico (producto de desecho de dichas proteínas) en vez de eliminarse con
la orina, se deposita en diversas articulaciones y da lugar a la inflamación de
las mismas. Se manifiesta en forma de accesos de dolor intenso que afecta
frecuentemente la raíz del dedo gordo. Sobreviene con preferencia en hombres y
de noche. Su curación se consigue merced a la acción de diversos medicamentos y,
sobre todo, de un régimen exento de proteínas.
Se podría afirmar entonces que,
en el caso ideal de un nivel de energía equilibrado (es decir, cuando la
ingestión y consumo de energía son más o menos iguales), el peso corporal se
mantiene fundamentalmente constante. Pero aquí entran en juego también las
particularidades personales antes mencionadas. En efecto, si se registra un
superávit en el balance energético, es decir, un exceso en energía alimenticia,
éste es almacenado por las células del tejido adiposo en forma de “grasa de
reserva”; ésta equivale, en cierto modo, a la corteza de tocino que se guarda
para los tiempos flacos, para que en caso de necesidad el cuerpo puede recurrir
a sí mismo para alimentarse. Pero, a corto plazo (o largo, según se mire), una
excesiva reserva de grasa conduce a un aumento de peso superfluo, si bien
recientes experimentos han demostrado que un constante exceso de alimentación en
distintas personas puede tener efectos muy distintos
AGUA Y SALES MINERALES.
El agua es el componente principal de la dieta. Además de la que se ingiere en
forma líquida, y otra buena porción ingresa contenida en los alimentos sólidos,
tales como frutas (algunas de las cuales contienen un 95 % de agua), verduras y
otros. Un hombre, de 70 Kg., alberga en su cuerpo unos 50 1 de agua. Su aporte
diario, así como su eliminación —pues el metabolismo debe estar equilibrado—
alcanzan unos dos litros y medio. Las pérdidas excesivas de la misma
(deshidratación), deben ser reemplazadas rápidamente, pues de lo contrario
pronto aparece la muerte. Sin alimento alguno es posible vivir varias semanas e
incluso meses, pero sin agua, sólo algunos días.
Las sales minerales son asimismo
muy importantes para la perfecta marcha del organismo. Existen unos elementos
considerados como esenciales.
El mineral más importante para el hombre es el cloruro sódico, es decir, la sal
común, pues interviene decisivamente en diversos procesos del organismo, tales
como la retención de líquidos en su interior, la secreción de los jugos
digestivos, etc. Con el sudor se pierde gran cantidad de cloruro sódico y es
necesario reemplazarlo. Así, por ejemplo, los individuos que desempeñan trabajos
muy duros en recintos calurosos, deben ingerir agua salada, pues de no hacerlo
así, al no compensar las intensas pérdidas de dicho mineral, les sobreviene gran
debilidad y calambres.
El calcio y el fósforo
son necesarios, principalmente, por intervenir en la formación de los huesos y
de los dientes.
El
potasio y el magnesio
influyen sobre las contracciones musculares y, por tanto, también en el corazón.
Una intensa disminución del primero, conduce a una gran debilidad e incluso
parálisis de los músculos.
El
hierro,
además de intervenir en la formación de la hemoglobina de los glóbulos rojos,
participa en la composición de algunos fermentos muy importantes para la
respiración de las células.
El
iodo
es el componente principal de una hormona llamada tiroidea y su carencia origina
el bocio, enfermedad muy difundida en determinadas regiones, donde las aguas son
pobres en dicho elemento.
Como elementos necesarios para la perfecta marcha del organismo, podemos citar
todavía el cinc, el cobre, el cobalto y el manganeso.
VITAMINAS.
Es sabido que el cuerpo puede formar muchas sustancias; nos llena de asombro,
por ejemplo, la capacidad que posee el hígado de efectuar transformaciones
químicas. Sin embargo, las vitaminas no pueden ser producidas en ninguna parte
del organismo y, por tanto, al ser indispensables, deben ser aportadas, ya sea
con los alimentos —modo más natural—, o bien mediante administración artificial
en forma de productos farmacéuticos ingeridos o inyectados.
Las vitaminas no son materias
combustibles, energéticas ni liberadoras de calorías; tampoco forman parte de
ningún territorio del cuerpo, ni intervienen en estructura celular alguna.
Simplemente se precisa su presencia en diversas reacciones químicas o procesos
orgánicos.
Cuando falta el aporte de una determinada vitamina, aparecen trastornos que sólo
pueden ser corregidos mediante la administración de la misma. Es imposible
curar, por ejemplo, la carencia de vitamina A, aplicando la B.
Estas sustancias nada tienen que
ver con la «debilidad general» del cuerpo. Hoy se abusa de ellas y es muy
frecuente que un enfermo exija al médico que «recete unas vitaminas». Es
imposible que una alimentación corriente y bien proporcionada engendre un
déficit vitamínico y no es necesario, por tanto, ingerir suplementos de dichas
sustancias a menos que aparezcan alteraciones características de dicha
deficiencia, enfermedades que en su conjunto denominamos
hipovitaminosis.