Hacia
finales de la década 1980, Irán había nacionalizado gran parte de su petróleo
bajo el gobierno prooccidental de Muhammed Reza Pahlevi (foto), que mantenía
nexos con Estados Unidos. Esto dio lugar a una confusión moral y a la pérdida de
la identidad cultural. En 1979 tomó el poder el ayatollah Jomeini y trató de
volver a los principios establecidos por el
islam, en tanto que se revivieron viejas
disputas con Irak, gobernado por Saddam Hussein, quien buscaba retomar el
liderazgo de la región apoyado por Arabia Saudita y Kuwait. En 1980 el ejército
iraquí penetró en Irán. Después de años de lucha, el cese al fuego se firmó en
1988.
Ataque a Irak
por EEUU: la etapa de las guerras preventivas.
“En lugar de
asentar el nuevo orden mundial, como hasta ahora habían hecho las tres
administraciones anteriores, sobre
las guerras defensivas, las guerras
humanitarias y la hegemonía, se pasa de hecho a legitimar las dos proposiciones;
la mejor defensa es el ataque y no debemos dejar a nuestros enemigos pegar
primero (…) El nuevo orden mundial es el cruce entre radicalismo y tecnología
lo que se convierte en un peligro letal que debe ser combatido antes de que
ambos se conjuguen.” Bernat Riutort Serra.[1]
[1]
Bernat Riutort Serra. Conflictos bélicos y nuevo orden mundial. Icaria.
Barcelona. 2004.
Los años
noventa han hecho evidentes los nuevos males: los estados gamberros y el
terrorismo, que con la ayuda de la tecnología ponen en peligro la seguridad de
los EEUU y el mundo entero. De esta manera, Iraq es considerado un estado
perverso que los EEUU deben combatir a través de las guerras preventivas. Así es
como los EEUU legitimaron los ataques a Iraq, encubriendo los verdaderos
objetivos de la guerra desatada contra ese país.
La historia
de Iraq demuestra los giros y vaivenes de una lucha permanente que se produce en
una zona económica y políticamente crucial después de la crisis de 1973.
En este
sentido, el enfrentamiento en la década del 80 con Irán es la antesala de la
intervención norteamericana. Irán había nacionalizado gran parte de su petróleo
bajo el gobierno pro-occidental de Muhammed Reza Pahlevi (foto), que mantenía
nexos con Estados Unidos. Esto dio lugar a una confusión moral y a la pérdida de
la identidad cultural, ya que estos países organizaban su vida social y cultural
en torno al Islam. Sin embargo, en 1979 tomó el poder el ayatollah Jomeini y
trató de volver a los principios establecidos por el
islam.
Sumado a ello, se revivieron viejas disputas con Irak, gobernado por Saddam
Hussein, quien buscaba retomar el liderazgo de la región apoyado por Arabia
Saudita y Kuwait. En 1980 el ejército iraquí penetró en Irán. Después de años de
lucha, el cese al fuego se firmó en 1988.
La
década del 90 aglutinó una serie de conflictos en el cercano y medio
oriente en torno al mercado del petróleo. En este sentido, frente a la
baja del precio de este recurso, países como Iraq, Irán y Argelia
propusieron una baja en la producción de petróleo, para que de esta
manera, se incrementara su precio. Sin embargo, en 1991 los precios
internacionales del petróleo se derrumbaron debido a que Kuwait, Arabia
Saudita y los Emiratos Árabes no cumplieron con los acuerdos de reducir
la producción de petróleo, firmados con la OPEP (Organización de Países
Exportadores de Petróleo).
Este
tipo de contradicciones produjeron conflictos entre los países que
trataban de frenar la caída del precio del petróleo y aquellos que no
adoptaban esta política. De esta manera, Irak frente al incumplimiento
del acuerdo, endeudada y deteriorada por los años de guerra entablados
contra Irán, decidió invadir Kuwait. Cabe destacar que Irak es la
segunda potencia militar en la zona después de Israel, lo que le
permitió a Saddam Hussein llevar a cabo la envestida. Incluso, Hussein
había advertido del giro expansionista de EEUU luego de la
desintegración de la URSS, señalando además la complicidad de Israel con
la potencia hegemónica.
EEUU
con su política de afianzar sus intereses económicos y su posición
geoestratégica en la zona, intervino en los diversos conflictos apoyando
a Kuwait y ordenó un embargo económico. Así, se congelaron los bienes y
las propiedades iraquíes. Claramente, aquí comienzan a esbozarse los
antecedentes de las guerras preventivas que se desarrollarán desde la
década del 90 en adelante, que caracterizarán al nuevo orden mundial,
presidido por la hegemonía norteamericana.
Pronto se conformo una fuerza multinacional que en 1991, dio lugar a la
Operación Tormenta del Desierto contra Irak. Esta intervención se
realizó con una
técnica militar avanzada y con el uso de computadoras que coordinaran
los planes de ataques “quirúrgicos”. A finales de febrero Irak se rindió
y aceptó las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Con la
derrota de Hussein, Israel se consolidó como la única potencia militar
en esa zona petrolera; mientras que Estados Unidos se erigió como
garante y líder del nuevo orden mundial, a la vez que buscaba lograr un
acercamiento entre árabes e israelíes, para lograr un equilibrio en esta
región.
En
los años posteriores Irak sería bombardeado en diversas ocasiones por
las fuerzas estadounidenses, apoyadas por Gran Bretaña, pues se le
acusaba de incumplir con las resoluciones de la ONU al no permitir la
inspección para detectar y destruir todas las armas prohibidas. El
Pentágono mantuvo un silencio casi total sobre el desarrollo de las
operaciones y el número de víctimas. Uno de los ataque más fuertes
ocurrió bajo la presidencia de Bill Clinton (foto) , cuando más de 280
misiles del tipo Tomahawk fueron disparados sobre territorio iraquí en
diciembre de 1998.
En el
año 2000, después de un dudoso triunfo electoral, George W. Bush asumió
la presidencia de Estados Unidos. Había una gran expectativa
internacional, pues se le consideraba un mandatario con ideas bélicas.
En 2001 invadió Afganistán como represalia a los ataques sufridos en
septiembre de 2001. Posteriormente anunció que se castigaría a países
como Irán, Irak y Corea del Norte, para evitar nuevos actos terroristas.
A principios de 2002 anunció ante el congreso la necesidad de prevenir
que los regímenes que respaldaran el terror amenazaran con armas de
destrucción masiva a Estados Unidos o a sus aliados, por lo que deberían
ser castigados por representar una amenaza a la paz. Según Bush, se
corría el peligro de que proporcionaran armas a los terroristas que se
entrenaban en campamentos como los de Hamas, Hezbollah o la Jihad
Islámica. El vicepresidente Dick Cheney declaraba que no había duda de
que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva.
Ante
las versiones de una posible intervención militar en Irak, se iniciaron
las protestas. Francia declaró que existía una amenaza por un nuevo
simplismo consistente en reducir todo a la guerra contra el terrorismo y
que Estados Unidos tenía la inclinación a tratar asuntos globales
unilateral-mente, sin consultar a nadie. La Unión Europea, por su parte,
llamó a Irak a permitir el regreso de los inspectores de armas de la
ONU. El primer ministro alemán Gerard Schroeder y el presidente francés
Jacques Chirac anunciaron que no participarían en una invasión y que el
problema debería ser resuelto por el Consejo de Seguridad de Naciones
Unidas. El primer Ministro de Gran Bretaña, Tony Blair (foto), declaró
que estaba listo para apoyar a Estados Unidos y se reunió con el
presidente Bush en Campo David.
El
13 septiembre del 2002, ante la Asamblea General de la ONU, Blair volvió
a acusar a Irak de respaldar a organizaciones terroristas. En su
declaración lo apoyó el presidente de España, José María Aznar (foto).
Irak, presionado, aceptó la inspección de la ONU. El 20 de septiembre,
Bush anunció una nueva estrategia de seguridad nacional, indicando que
no eran suficientes las estrategias de disuasión y que, de ser
necesario, atacaría preventivamente, ya que su poderío militar se
mantendría más allá de cualquier reto. Tony Blair defendía la
información proporcionada por la inteligencia británica, en el sentido
de que Irak había desarrollado armas químicas y biológicas y que las
ocultaba a los inspectores. En enero de 2003 Estados Unidos y Gran
Bretaña empezaron el desplazamiento de tropas y armamento al Golfo
Pérsico, en tanto que Bagdad permitía que se interrogara a sus
científicos. En febrero, Collin PoweIl, secretario de Estado
norteamericano, acusó nuevamente a Irak de ocultar armas, de mantener
vínculos con Al-Qaeda y de burlar a los inspectores de la ONU, quienes
aún no habían encontrado tales armas. El 24 de febrero, Estados Unidos,
Gran Bretaña y España presentaron un proyecto de resolución que abría
las puertas al ataque militar.
Se
avecinaba la guerra otra vez, como hacía 10 años, contra una dictadura
del Tercer
Mundo ya devastada. Empezaron el
temor y la incertidumbre, por lo que cientos de miles de personas
trataron de huir buscando un lugar fuera de Irak donde refugiarse,
dejando sus casas, sus recuerdos, sus vidas. Las embajadas quedaron
vacías, los diplomáticos abandonaron el país, y los iraquíes se fueron
quedando solos. Solamente persistió algo de la solidaridad humana,
demostrada en el esfuerzo de los “escudos humanos”, quienes caminaban
por las calles de Bagdad gritando “No a la guerra”. Las lejanas voces de
miles de intelectuales de todo el mundo y la de millones de personas en
muchos países, incluyendo el mismo Estados Unidos, se manifestaban
desesperadamente tratando de detener la invasión.
El 17
de marzo, Francia, Rusia, Alemania y China, ante el Consejo de Seguridad
de la ONU, se negaron a autorizar el uso de la fuerza militar. El
gobierno de Estados Unidos, por su parte, decidió actuar unilateral e
ilegalmente y dio a Hussein 48 horas para abandonar Irak. El 19 de marzo
del 2003, el presidente George ‘A’. Bush hizo la declaración de guerra y
concluyó diciendo: “Que Dios bendiga a nuestro país y a todos quienes lo
defienden”. Una coalición de 2 50,000 soldados se encontraba en el Golfo
Pérsico con la más avanzada tecnología militar que el mundo hubiera
conocido.
En el
nombre de Dios, el presidente de Estados Unidos autorizó el ataque que
dio principio el 20 de marzo. Los dos primeros días, una lluvia de tres
mil misiles se abatió sobre Irak, en tanto que bombas norteamericanas
cayeron sobre las oficinas de las televisoras árabes Al-Jazeera, y
AbuDhabi y sobre el Hotel Palestina, donde se hospedaban periodistas de
todo el mundo. Por las calles y ciudades árabes se sembraron pánico,
hambre, muerte, así como destrucción de casas, de edificios y del
invaluable patrimonio cultural de uno de los pueblos más adelantados del
mundo antiguo, donde nació la escritura. Los hospitales y los médicos
resultaron insuficientes para atender a tantos heridos. Multitudinarias
manifestaciones de protesta seguían dándose en muchos países.
El
reportero Robert Fisk expresaba: “Lo que cayó esta noche en Irak y yo
sólo presencié una pequeña parte de este festival de violencia— fue tan
asombroso en términos militares como aterrador en términos políticos.
Las multitudes que se arracimaban afuera de mi hotel miraban el
resplandor de los estallidos, pasmadas por su poderío”.
Después
del inclemente bombardeo sufrido por días enteros, el 9 de abril los
tanques estadounidenses, rodando sobre los doce puentes del Río Tigris,
entraron sobre la mítica Bagdad. Principió entonces el saqueo de museos,
centros de arte y edificios públicos. Nadie ponía orden. Saddam Hussein
(foto) huyó. Sin embargo, Irak quedó herido en sus estructuras vitales y
en su cultura milenaria. La cuenta de muertes fue de alrededor de 14,000
personas entre civiles ‘y militares. El pentágono guardó silencio.
Se
estableció un gobierno interino, donde el partido Baaz quedó disuelto y
se nombró a un poder transitorio de 25 miembros de mayoría chiíta, con
la facultad para redactar una nueva Constitución y, en un futuro, llamar
a elecciones. A pesar de la alegría de Bush y Blair, quienes pensaban
que habían liberado al pueblo de Irak de un tirano, la tragedia
continuo.
Video
de la Guerra en Irak
Sin
embargo, para 2004 la muerte y la destrucción aún no terminaban. Los
iraquíes iniciaron protestas, atentados impredecibles y ataques suicidas
que provocaron la muerte tanto de civiles como de soldados de las tropas
de ocupación. Bush solicitó la ayuda internacional para la
reconstrucción de Irak. Empresas y gobiernos tratarían de obtener los
jugosos contratos para formar un nuevo ejercito iraquí, así como para la
reconstrucción de caminos, redes de agua, electricidad y, sobre todo,
del sector energético. A grupos de empresarios privados también se les
confiaría lo demás, desde la publicación de libros de texto, la
redacción de la Constitución y la reorganización de la vida política,
hasta la reestructuración de la industria petrolera. El 13 de diciembre
del 2003, Saddam Hussein fue encontrado en su refugio cerca de su natal
Tikrit. Se prometió llevarlo a juicio. No se encontraron las supuestas
armas de destrucción masiva, aunque Estados Unidos sí se consolidó como
la potencia militar hegemónica.
Fuente Consultada: Historia Universal Gomez
Navarro-Gragari-Gonzalez-Lopez-Pastoriza-Portuondo