El año de 1990 fue turbulento en el mercado internacional del petróleo. Argelia, Irán e Irak propusieron una baja en la producción para que el precio se incrementara. Un año más tarde, los precios del petróleo se desplomaron porque Kuwait, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes incumplieron los acuerdos con la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) de reducir la cuota de producción. Irak, como segunda potencia militar en la zona —después de Israel—, endeudada y deteriorada por años de guerra contra Irán, así como por conflictos anteriores, decidió invadir Kuwait. Saddam Hussein advertía que con la desintegración de la Unión Soviética, el expansionismo de Estados Unidos e Israel no sería detenido. El presidente George Bush, para defender sus intereses en el Golfo Pérsico, decidió apoyar a Kuwait. Ordenó un embargo económico. Se congelaron bienes y propiedades iraquíes. Se formó entonces una fuerza multinacional y, en enero de 1991, ante la protesta y conmoción mundial, inició la Operación Tormenta del Desierto contra Irak, con una técnica militar avanzada y con el uso de computadoras que coordinaran los planes de ataques “quirúrgicos”. A finales de febrero Irak se rindió y aceptó las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Con la derrota de Hussein, Israel se consolidó como la única potencia militar en esa zona petrolera; mientras que Estados Unidos se erigió como garante y líder del nuevo orden mundial, a la vez que buscaba lograr un acercamiento entre árabes e israelíes, para lograr un equilibrio en esta región.
En el año 2000, después de un dudoso triunfo electoral, George W. Bush asumió la presidencia de Estados Unidos. Había una gran expectativa internacional, pues se le consideraba un mandatario con ideas bélicas. En 2001 invadió Afganistán como represalia a los ataques sufridos en septiembre de 2001. Posteriormente anunció que se castigaría a países como Irán, Irak y Corea del Norte, para evitar nuevos actos terroristas. A principios de 2002 anunció ante el congreso la necesidad de prevenir que los regímenes que respaldaran el terror amenazaran con armas de destrucción masiva a Estados Unidos o a sus aliados, por lo que deberían ser castigados por representar una amenaza a la paz. Según Bush, se corría el peligro de que proporcionaran armas a los terroristas que se entrenaban en campamentos como los de Hamas, Hezbollah o la Jihad Islámica. El vicepresidente Dick Cheney declaraba que no había duda de que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva.
Se avecinaba la guerra otra vez, como hacía 10 años, contra una dictadura del Tercer Mundo ya devastada. Empezaron el temor y la incertidumbre, por lo que cientos de miles de personas trataron de huir buscando un lugar fuera de Irak donde refugiarse, dejando sus casas, sus recuerdos, sus vidas. Las embajadas quedaron vacías, los diplomáticos abandonaron el país, y los iraquíes se fueron quedando solos. Solamente persistió algo de la solidaridad humana, demostrada en el esfuerzo de los “escudos humanos”, quienes caminaban por las calles de Bagdad gritando “No a la guerra”. Las lejanas voces de miles de intelectuales de todo el mundo y la de millones de personas en muchos países, incluyendo el mismo Estados Unidos, se manifestaban desesperadamente tratando de detener la invasión. El 17 de marzo, Francia, Rusia, Alemania y China, ante el Consejo de Seguridad de la ONU, se negaron a autorizar el uso de la fuerza militar. El gobierno de Estados Unidos, por su parte, decidió actuar unilateral e ilegalmente y dio a Hussein 48 horas para abandonar Irak. El 19 de marzo del 2003, el presidente George ‘A’. Bush hizo la declaración de guerra y concluyó diciendo: “Que Dios bendiga a nuestro país y a todos quienes lo defienden”. Una coalición de 2 50,000 soldados se encontraba en el Golfo Pérsico con la más avanzada tecnología militar que el mundo hubiera conocido. En el nombre de Dios, el presidente de Estados Unidos autorizó el ataque que dio principio el 20 de marzo. Los dos primeros días, una lluvia de tres mil misiles se abatió sobre Irak, en tanto que bombas norteamericanas cayeron sobre las oficinas de las televisoras árabes Al-Jazeera, y AbuDhabi y sobre el Hotel Palestina, donde se hospedaban periodistas de todo el mundo. Por las calles y ciudades árabes se sembraron pánico, hambre, muerte, así como destrucción de casas, de edificios y del invaluable patrimonio cultural de uno de los pueblos más adelantados del mundo antiguo, donde nació la escritura. Los hospitales y los médicos resultaron insuficientes para atender a tantos heridos. Multitudinarias manifestaciones de protesta seguían dándose en muchos países.
El reportero Robert Fisk expresaba: “Lo que cayó esta noche en Irak y yo sólo presencié una pequeña parte de este festival de violencia— fue tan asombroso en términos militares como aterrador en términos políticos. Las multitudes que se arracimaban afuera de mi hotel miraban el resplandor de los estallidos, pasmadas por su poderío”.
Se estableció un gobierno interino, donde el partido Baaz quedó disuelto y se nombró a un poder transitorio de 25 miembros de mayoría chiíta, con la facultad para redactar una nueva Constitución y, en un futuro, llamar a elecciones. A pesar de la alegría de Bush y Blair, quienes pensaban que habían liberado al pueblo de Irak de un tirano, la tragedia continuo. Video de la Guerra en Irak Sin embargo, para 2004 la muerte y la destrucción aún no terminaban. Los iraquíes iniciaron protestas, atentados impredecibles y ataques suicidas que provocaron la muerte tanto de civiles como de soldados de las tropas de ocupación. Bush solicitó la ayuda internacional para la reconstrucción de Irak. Empresas y gobiernos tratarían de obtener los jugosos contratos para formar un nuevo ejercito iraquí, así como para la reconstrucción de caminos, redes de agua, electricidad y, sobre todo, del sector energético. A grupos de empresarios privados también se les confiaría lo demás, desde la publicación de libros de texto, la redacción de la Constitución y la reorganización de la vida política, hasta la reestructuración de la industria petrolera. El 13 de diciembre del 2003, Saddam Hussein fue encontrado en su refugio cerca de su natal Tikrit. Se prometió llevarlo a juicio. No se encontraron las supuestas armas de destrucción masiva, aunque Estados Unidos sí se consolidó como la potencia militar hegemónica. Fuente Consultada: Historia Universal Gomez Navarro-Gragari-Gonzalez-Lopez-Pastoriza-Portuondo |
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