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En
aquella época era costumbre en la isla de Creta convocar a la juventud para que
tomara parte en los juegos deportivos, en la lucha, en las carreras y en los
torneos de toda clase. Una vez que se proclamaban los vencedores, se otorgaban
los premios con la más sincera imparcialidad.
A uno
de estos certámenes olímpicos concurrieron los campeones de Creta y de Atenas.
Andrógeo, hijo de Minos, llevóse el premio de la lucha, disputado entre los
ciudadanos de Atenas, Megara y Creta. Los atenienses no quisieron resignarse a
una derrota tan poco honrosa y se vengaron cobardemente asesinando al joven
Andrógeo.
El
rey de Creta, Minos, reúne a sus guerreros, los embarca, llega a Megara, pone
sitio a la ciudad, la toma por asalto y luego se dirige a Atenas con la
esperanza de obligarla a capitular sin sacrificar muchos hombres. La ciudad de
Minerva resiste bastante más tiempo, pero sus vituallas empiezan a agotarse.
El
pueblo presiente que Atenas sufrirá la misma suerte que Megara, y los jefes
atenienses, desesperados, consultan al oráculo de Delfos para conocer el medio
de conjurar el inminente peligro que les amenaza. —No os queda otro recurso
—contesta la pitonisa— que aceptar por anticipado sin restricción de ninguna
clase las condiciones de Minos.
Dolorosamente indignado por la muerte de su hijo, el rey de Creta impone como
condiciones que, durante un período de treinta años, la ciudad de
Atenas envíe, una vez por año, siete jóvenes varones y siete hembras para servir
de pasto al Minotauro.
El
Minotauro en cuestión era un toro gigantesco y de inaudita fuerza, que se
alimentaba de carne humana. Teseo no sabía una palabra del trágico accidente que
había costado la capitulación de su patria, porque había estado ausente de ella
durante la guerra. Llegó a Atenas precisamente en el momento en que estaban ya
dispuestos los catorce jóvenes que habían de servir de banquete al Minotauro.
Teseo se entera de todo y quiere partir con aquella abnegada juventud.
Su
viejo padre, Egeo, le suplica que no lo haga e intenta disuadirlo; las víctimas
han sido ya designadas y él no forma parte del grupo. Pero Teseo no escucha sus
lamentos; su voluntad es firme y su deber trazado: defender, ayudar a sus
compatriotas y amigos. Si así no obrara, ¿ sería realmente digno de sentarse un
día en el trono de su padre?
—Tranquilizaos, padre mío —le dijo—.
Voy a
donde el honor me reclama, pero pronto tendréis la satisfacción de vernos a
todos sanos y salvos en nuestra querida patria. Egeo despide a su hijo,
apesarado y triste, y permanece inmóvil en la orilla; el navío, con las velas
negras en señal de luto, se aleja llevándose a su idolatrado hijo. La nave va
empequeñeciéndose a medida que se aleja y acaba por convertirse en un punto
imperceptible que desaparece en el horizonte... Curvado por los años y agobiado
por profundo dolor, el rey de Atenas regresa penosamente a su palacio. Sólo le
queda una esperanza.
Antes
de que la nave se hiciera a la vela hizo una suprema recomendación al piloto:
—Cuando regreses con el navío, si llevas a Teseo contigo guarnecerás el barco
con velas blancas. Si no es así, ya comprenderé perfectamente la tragedia.
Significará que no veré más a mi hijo.
El
Minotauro habitaba en una profunda caverna, en la extremidad de una extraña
morada llamada el Laberinto. Habíala construido el más hábil y audaz arquitecto
de aquellos tiempos, con un plan tan inverosímil como extraordinario. Esta
construcción fantástica estaba hecha a base de corredores entrecruzados,
circuitos, vestíbulos y pasadizos complicadísimos, de tal forma que, una vez
habíase entrado allí, resultaba imposible encontrar la salida. Al final, todos
los visitantes eran víctimas del voraz habitante de aquel lugar maldito.
Cuando
entre los insulares de Creta anuncióse ruidosamente y con enorme expectación la
llegada de la nave ateniense, una gran multitud quiso contemplar el desembarque
de los viajeros. Una de las espectadoras que más se impresionaron ante aquel
triste desfile de jóvenes que iban hacia la muerte fue la hija de Minos,
Ariadna.
La
hija del rey descubre entre el grupo de jóvenes la gallarda figura de un mancebo
elegante, de porte real. Interesada, se enteró de que se trataba de Teseo, el
propio hijo del rey, quien habíase entregado voluntariamente. Ariadna le conocía
ya por su reputación de hombre valeroso; sabía que era un héroe; contemplaba su
fuerte complexión masculina; admiraba su belleza. Y su corazón palpitó de
angustia al solo pensamiento de que la muerte no respetaría a Teseo.
Ariadna le habla y le comunica sus sentimientos. Incluso se ofrece para
salvarle, con peligro de su propia vida; Teseo se siente cautivado por la gracia
y el atractivo de la joven princesa. Tanta abnegación le enternece, y decide
formalmente que, si sale indemne del Laberinto, Ariadna será su esposa. La hija
de Minos acepta el agradable augurio y entrega a su futuro e intrépido esposo un
ovillo, guardando ella la extremidad del hilo. «La mano del héroe guardaría
cuidadosamente el ovillo mientras el hilo se desenrollara. Para volver a la luz
le bastaría a Teseo seguir la dirección del hilo, guía seguro e infalible para
no extraviarse.» El grupo de las víctimas se adelanta, acercándose al Laberinto.
Los
atenienses atraviesan la entrada y desaparecen. Emocionada y temblorosa, Ariadna
percibe en su mano los movimientos del hilo, que significan los de Teseo en el
Laberinto. En seguida resuenan los terribles mugidos del Minotauro. El hilo,
entonces, se agita violentamente, traduciendo las peripecias del combate.
Avanza, retrocede, se para. Pero súbitamente se produce un gran silencio. El
hilo no se mueve. ¿Qué habrá pasado? El corazón de Ariadna muere de angustia...
¿ Será una ilusión? Diríase que el hilo se ha movido. Parecen percibirse gritos
muy lejanos... ¿Pero cómo son? Los ecos pueden modificar los sonidos a través de
los numerosos méandros. Esta vez no se ha equivocado: los gritos son de alegría.
El ruido se acerca y cada vez se percibe más claro y preciso. Ya no hay duda: el
Minotauro ha sido vencido. El hilo se mueve más rápido y firme. Teseo se ha
salvado.
Ariadna cae en sus brazos, palpitante de emoción y de felicidad. Ya están
juntos. Del brazo de Ariadna, Teseo dirígese con sus compatriotas liberados
hacia la orilla del mar. Se izan las velas y el navío parte... El mar, que al
principio era de un azul prístino, empieza a murmurar violentamente, presentando
un aspecto sombrío y amenazador. El viento cambia y empieza a soplar con gran
fuerza. El cielo es de tormenta; unos negros nubarrones se acercan
imperiosamente, eclipsando la luz del día. La tempestad se desencadena con
terrible furia; es preciso plegar las velas y ponerse al abrigo.
La
nave anda en la isla de Naxos. Ariadna, muerta de cansancio, aprovecha aquella
forzada escala para descansar; el sueño la vence y se duerme. Pero la tempestad
no tarda en disiparse; la calma renace; el sol reaparece en el cielo puro y
sereno. Los marineros, impacientes, reanudan rápidamente la maniobra, y al cabo
de unos instantes el navío se encuentra nuevamente navegando en alta mar. Por un
olvido inexplicable, Teseo abandona a Ariadna dormida en la isla de Naxos.
Cuando despierta, la hija de Minos, la prometida del héroe, abre los ojos con
sorpresa. No ve a nadie en la isla ni ninguna nave en el mar. Ariadna cree que
sueña. Corriendo enloquecida a lo largo de la costa, llora, se lamenta, dirige
al cielo emocionantes súplicas y mira, deshecha en lágrimas, la inmensidad de
las aguas.
Por
un inesperado azar, Baco, que regresa de su expedición a las Indias, oye los
gritos de la infortunada doncella. Corriendo a su lado, intenta consolarla
hablándole dulcemente y tratando con amorosa solicitud de calmar su dolor.
Ariadna lo escucha sin disgusto. Ambos maldicen al ingrato fugitivo y,
finalmente, la hija de Minos, que ha perdido un prometido, encuentra en Baco su
esposo.
Durante este tiempo, la nave de Teseo, navegando con viento favorable, se acerca
por momentos al fin de su viaje; ya empiezan a percibirse las costas del Ática.
Para ser el primero en saludar a su padre, Teseo se yergue intrépido en la proa
de su navío. Egeo aparece en la costa. Teseo reconoce en seguida al autor de sus
días, pero en cuanto lo ha reconocido ve como Egeo se precipita en el mar y
desaparece para siempre.
El
piloto, con la alegría de volver a la patria, había olvidado la orden que le
había dado el rey de cambiar las velas negras. Ni la muerte del Minotauro ni el
triunfo del regreso alegran el corazón de Teseo. Un profundo dolor le amarga el
corazón. ¿No sería tal vez todo aquello el efecto de la Justicia inmanente? ¿Al
herir al hijo en sus sentimientos filiales, habrán querido castigar los dioses
la ingratitud y le infidelidad del guerrero triunfante?
Fuentes: Figuras y Leyendas
Mitológicas
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