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Quienes tengan la posibilidad de visitar el Museo
Florencio Molina Campos, que se encuentra en el partido bonaerense
de Moreno, precisamente en la calle Molina Campos 342, podrán
acceder a la visión completa de su obra, tantas veces falsificada e
incluso utilizada fuera de contexto.
Es que en realidad, a más de un lector le habrá
sucedido encontrarse frente a una mala reproducción de algunas de
las pinturas de Molina Campos, que saltan a nuestra vista en un
simple papel ilustración utilizado para adosar un almanaque.
Lo cierto es que a pesar de tratarse de uno de los
artistas más destacados y talentosos de nuestro país, las obras de
Molina Campos han sido durante años objeto de una verdadera
desvalorización, que no ha permitido considerar al pintor en su real
dimensión artística.
Por ello, una excelente alternativa para conocer al
artista y su obra es visitar el mencionado museo, en el que se
encuentran en exposición más de 140 pinturas que demuestran sin
dudas no sólo el talento que Molina Campos plasmaba con su pincel en
el óleo, sino también la visión del artista en lo que se refiere a
las tradiciones camperas de nuestro país.
La particularidad de su obra
Los colores, las texturas, las expresiones de los
personajes, las situaciones y un cierto toque humorístico dando
marco al retrato que Molina Campos intentó, con real éxito, plasmar
del gaucho argentino, parecen salir de las pinturas e invadir el
espacio exterior ante la mirada atónita del espectador.
El principal objetivo de sus dibujos y pinturas fue
desde siempre retratar las viñetas gauchescas, con un cierto tono de
humor, que le otorgó frescura a cada una de sus composiciones.
Si bien su obra posee un tono caricaturesco, lo
cierto es que muchos expertos lo han considerado como un artista que
ha sabido utilizar en sus pinturas una fuerte influencia del
expresionismo.
Todo su talento y creatividad de volcó por completo
en reflejar la realidad nacional del ámbito campero, incluyendo en
sus dibujos su aguda visión, y en definitiva su crítica a la
sociedad.
Sus dibujos se caracterizan por presentar ciertas
características que lo hacen original e imposible de copiar sin ser
descubierto. Los paisajes profundos con horizontes realmente bajos,
los caballos galopando con sus cuatro patas en el aire, y otros
detalles que han demostrado la aguda visión que poseía Molina
Campos, y esa memoria fotográfica que él mismo aseguraba tener y que
le permitió plasmar la realidad tal cual podía observarla con sus
propios ojos.

La vida del artista
Nacido en la ciudad de Buenos Aires el 21 de agosto
de 1891, en el seno de una familia con fuertes raíces y tradiciones
castrenses, fue bautizado con el nombre de Florencio de los Ángeles
Molina Campos.
Su padre era Florencio Molina Salas, y su madre
Josefina del Corazón de Jesús Campos y Campos, ambos provenientes de
familias tradicionales del país del tiempo de la Colonia, que
mantenía un fuerte amor por el campo.
Es por ese motivo que el pequeño Florencio vivió su
niñez y adolescencia más ligado al campo que a la ciudad,
disfrutando de sus largas estadías en las zonas rurales bonaerenses
de los llamados pagos del Tuyú y General Maradiaga, y en la
localidad de Chajarí, en la provincia de Entre Ríos, áreas donde sus
padres poseían campos heredados de la familia.
Esto hizo que la ciudad no fuera el ámbito ideal para
Florencio, quien esperaba con ansías los viajes al campo, donde
comenzó a sentirse atraído por el paisaje, que poco a poco daría
lugar al nacimiento de la visión del artista plástico.
A mediados del año 1920 Florencio Molina Campos,
luego de mantener un noviazgo con la joven María Hortensia Palacios
Avellaneda, hija de Rodolfo Palacios y María Avellaneda, decidió
contraer matrimonio con ella, unión que daría como resultado el
nacimiento de Hortensia, la que sería su única hija. Pero el
matrimonio no duró demasiado.
Mientras tanto, Florencio Molina Campos continuaba
persiguiendo su sueño, que en definitiva era simplemente llegar con
su obra a cada rincón del país, y poder vivir de su arte.
Esto lo llevó en el año 1926 a realizar su primera
exposición de cuadros, la cual tuvo lugar en el Galpón de Palermo de
la Sociedad Rural Argentina, muestra que contó con la presencia de
importantes figuras del país, como fue el caso del entonces
Presidente de la Nación, Marcelo T. De Alvear, quien de inmediato se
declaró ferviente admirador de su obra, y le otorgó como
reconocimiento una cátedra en el Colegio Nacional Nicolás
Avellaneda.
Un año después el amor llegaría nuevamente a la vida
de Florencio, cuando durante una muestra en la ciudad de Mar del
Plata conoció a María Elvira Ponce Aguirre, una joven mendocina que
supo conquistar el corazón del artista, y que compartió su vida con
él hasta 1959, año en que murió Florencio.
En poco tiempo, la consagración y el reconocimiento
llegaron a la vida de Molina Campos, permitiéndole no sólo cumplir
su sueño de llegar a ser conocido en la Argentina, sino también a
que su obra cruzara las fronteras del país, y lo llevara al
Continente Europeo.
Su fama en el exterior creció de una manera que jamás
lo habría podido prever, e incluso fue contratado por Walt Disney
para cumplir el rol de asesor en el equipo de dibujantes a cargo de
una serie de películas que se encontraban en producción, pero las
diferencias en la visión del gaucho argentino entre el artista y los
responsables de la productora norteamericana hicieron que no pudiera
ser posible el trabajo conjunto.
Sin lugar a dudas, uno de los trabajos más recordados
de Molina Campos en la Argentina fue el realizado para la firma
Alpargatas, para la cual ilustró con sus dibujos los almanaques
publicados desde el año 1931 a 1936, 1940 a 1945, 1961 y 1962.
Los últimos años de su vida fueron realmente
difíciles, ya que Florencia Molina Campos debió enfrentarse a
distintos tratamientos y operaciones para luchar con una enfermedad
terminal, que lo llevó a la muerte el 16 de noviembre de 1959. |