En
el mundo medieval, los monasterios hacían la función de «ciudades de Dios», al
igual que las villas, los pueblos y las aldeas eran las ciudades de los hombres.
Eran microcosmos en los que los hombres y mujeres allí reunidos se entregaban al
trabajo y la oración; en un mundo oscuro y bárbaro fueron los que preservaron la
cultura clásica para los siglos venideros
Desde
hace miles de años han existido hombres que voluntariamente han abandonado la
sociedad para retirarse a meditar y orar en soledad, son los ermitaños y
anacoretas. En algunos casos, prefirieron agruparse en pequeñas comunidades en
las que trataron de alcanzar estos mismos objetivos; de esta manera surgieron
los monasterios, pequeños microcosmos autosuficientes, que se regían por sus
propias reglas. Pronto, el resto de la sociedad, deseosa de lavar sus pecados y
de ser incluida en las oraciones de los monjes, fue ofreciendo a los monasterios
donaciones destinadas a ennoblecer los edificios monacales.
El origen del monacato
Los
orígenes del monacato se sitúan en el siglo III en el Mediterráneo oriental,
donde, partiendo de la necesidad de un mayor compromiso religioso, numerosos
eremitas y anacoretas decidieron llevar una vida ascética en solitario,
siguiendo el modelo de santos como Elias o Juan. Sin embargo, también se
desarrollaron formas de vida religiosa en comunidad; fue el caso de los
cenobitas, que querían imitar a los apóstoles.
En
Occidente, resulta difícil hablar de una homogeneidad monástica, ya que cada
centro era independiente de los demás, aunque los objetivos de la orden fuesen
comunes. Las reglas monásticas más antiguas fueron redactadas por San Agustín
(354-430); en ellas reguló las horas canónicas y dispuso las obligaciones de los
monjes respecto al orden teológico y moral. Consiguió, ya en el siglo y, que más
de veinte monasterios africanos las practicaran, lo que contribuyó al
conocimiento de la regla en Europa. Desgraciadamente no se conserva ningún resto
de los primitivos monasterios africanos, por lo que desconocemos cómo fueron las
construcciones que acogieron a estos primeros monjes.
Durante los siglos V a VIII, en Europa destacaron dos corrientes monásticas: los
monjes celtas irlandeses, comunitarios y fuertemente ascéticos, y los que
seguían la regla de san Benito de Nursia. Las órdenes irlandesas estaban muy
relacionadas con las reglas monásticas orientales; san Columbano, en el siglo VI,
fue su principal impulsor. Fue un rígido monje que exigía a sus comunidades que
vivieran con descanso y alimentación mínimos, sometiendo sus cuerpos a terribles
castigos para evitar la sensualidad. Este ascetismo y mortificación de la carne
impulsaba a los monjes a buscar refugio en lugares inhóspitos, donde su
existencia resultara aun mas extrema. Se conserva una descripción del monasterio
más importante fundado por san Columbano, en la isla de ona. Se trataba de una
pequeña aldea, rodeada de un rudimentario muro más o menos circular, en la cual
los monjes habitaban en doce minúsculas celdas de madera y tierra prensada; en
el centro, una celda algo mayor era ocupada por el abad. Al parecer, todos los
monasterios de esta orden siguieron el mismo esquema, con iglesias muy pequeñas
y oscuras ubicadas en una posición central. Estaban construidos con materiales
muy pobres, piedras sin labrar o un entretejido de ramas y cañas. Sin embargo,
pese a esta pobreza, en estos monasterios se desarrolló un maravilloso arte
ornamental, fundamentalmente orfebrería e iluminación de manuscritos.
La regla de san Benito
El
monasterio benedictino fue el germen de la arquitectura monástica occidental.
Benito de Nursia se retiró a los veinte años para llevar una vida de ermitaño.
Muy pronto, imitaron su ejemplo numerosos discípulos, atraídos por su santidad.
Refugiado con algunos de ellos en Monte Cassino, en la comarca italiana de
Campania, el santo escribió la Regula Sancti Benedicti, la norma que gobernó la
vida monástica de todo el medioevo, según la cual los monjes debían rezar y
trabajar (ora et labora) de manera equilibrada. Para ello se
prestaba especial atención a la organización del horario, lo que determinó un
mejor aprovechamiento de la luz y de las condiciones climáticas.
Carlomagno mandó hacer una copia de la regla y ordenó su disposición en todos
los monasterios del Imperio, hecho que contribuyó a la rápida extensión del benedictismo por toda Europa. Aunque la regla no específica las
características de los edificios monásticos, en época carolingia se definió su
esquema. Hasta la actualidad ha llegado el plano del monasterio suizo de Saint
Gallen, conservado en el reverso de una biografía de san Martín. Gracias a él
sabemos cÓmo era la distribución planimétrica de un monasterio del siglo IX, muy
parecida a la de los posteriores centros cluniacenses. Al igual que sucede con
todos los monasterios medievales, el emplazamiento de Saint Gallen no se eligió
al azar, estaba en un lugar protegido y bien abastecido de agua, con una buena
cantera, un bosque frondoso y unas ruinas romanas en sus cercanías...
Los cluniacenses
En el
año 910, Guillermo, duque de Aquitania, fundó el monasterio de Cluny en tierras
de Borgoña, que donó a los benedictinos, otorgándoles amplios privilegios. Éstos
decidieron reformar la regla, ya que para entonces se encontraba muy alejada en
la práctica de sus propósitos iniciales. La reforma restó importancia al trabajo
manual e intelectual frente a los oficios divinos. Este renovado espíritu
religioso propició un nuevo estilo artístico más místico; la austeridad del
régimen de vida condujo a la creación de un nuevo espacio arquitectónico.
El
esquema de la edificación no quedaba al puro arbitrio de la agrupación
conventual, se regía por estrictas normas constructivas, en función de la vida
cotidiana de los monjes; en lo fundamental, se tomaba como modelo la villa
romana de explotación rural. En síntesis, este plano básico del monasterio
constaba de cuatro conjuntos arquitectónicos diferenciados por su funcionalidad.
El complejo quedaba articulado en torno al claustro, un área cuadrangular con un
jardín en su centro. En él, los monjes gozaban dé un rincón de paz donde podían
recogerse dentro de la comunidad, reflexionar sobre temas espirituales y
realizar sus plegarias. El claustro estaba rodeado por una galería cubierta
desde la que se accedía a las diferentes estancias, que comunicaban
frecuentemente con la iglesia, el refectorio y la sala capitular. En el segundo
piso se situaban los dormitorios de los monjes.
Esta
distribución podía variar en función de diversos elementos, como las
características o el clima del territorio. La presencia de otras estancias, como
las dedicadas a la vida económica, estaba supeditada a la importancia o la
riqueza de cada centro. Los amplios campos de explotación agrícola y el
considerable número de monjes dependientes del monasterio hacían necesaria la
edificación de almacenes, bodegas, establos, despensas, locales administrativos,
etc. El palacio del abad podía ser también testigo del prestigio adquirido por
el monasterio.
Un
tercer conjunto arquitectónico estaría asociado a la vida cultural desarrollada
en el monasterio, cuyo eje se centra en la biblioteca y el scriptorium, además
de en la escuela de novicios.
Por
último, otras dependencias servían para relacionar al monasterio con el
exterior. La hospedería daba cobijo a ¡os peregrinos que se hallaban de paso,
aunque en muchas ocasiones albergaba a visitantes de renombre. También era
importante la labor de beneficencia del monasterio, donde se socorría a pobres,
enfermos y desheredados en hospitales o lazaretos.
En
suma, el monasterio estaba concebido fundamentalmente como lugar de plegaria más
que de trabajo, pero, sobre todo, era un ámbito donde los monjes se dedicaban
por completo al servicio de Dios. Alejados, pues, de una vida dependiente del
trabajo manual, era necesario que el recinto fuese un remanso de paz que
procurase un agradable retiro y aislamiento a sus moradores. Las edificaciones
debían tener una medida justa y apropiada para la comunidad y, en cualquier
caso, debían facilitar la vida litúrgica, los oficios y las oraciones.
Cluny,
tomado como modelo de monasterio por antonomasia, contribuyó decisivamente a la
difusión por toda Europa de las soluciones del estilo románico empleadas en su
construcción. Sus abades se empeñaron en convertirlo en una segunda Roma,
una aspiración a la que no era ajena la idea de lo bello al servicio de la
liturgia, ya que se consideraba que el esplendor y la pureza de las formas
externas eran sumamente importantes para honrar a Dios debidamente.
Los cistercienses
El
poder y la opulencia que hablan alcanzado los monjes de Cluny —la iglesia de la
casa madre, tras sucesivas ampliaciones, llegó a ser la más grande de la
cristiandad— rompía con la máxima benedictina del “ora et labora”; durante todo
el siglo XI se sucedieron los intentos de restaurar los principios fundamentales
de la regla. Finalmente, lo consiguió el monje Roberto, que en 1089 se retira al
bosque de Citeaux, en Borgoña, en compañía de otros hermanos. En la nueva orden
del Císter se prohibió el lujo, tanto en el vestido, como en la comida y en la
vivienda, por lo que los monasterios se construyeron siguiendo líneas
extremadamente austeras. Esta austeridad propició la creación de edificios
desprovistos de decoración, en los que lo principal era la estructura
arquitectónica en sí misma. Un nuevo estilo, el gótico, se ajustó perfectamente
a los deseos expresados por estos monjes; la fundación de los monasterios
cistercienses favoreció la expansión del estilo por todos los rincones del
continente.