Un
monje (del latín monachus, que significa
"alguien que vive solo”) era un
hombre que buscaba vivir apartado del mundo, alejado de la sociedad humana
ordinaria, con el fin de perseguir un ideal de santidad o total dedicación a la
voluntad de Dios. El monasticismo cristiano, que se desarrolló primero en
Egipto, al principio se basó en el modelo del ermitaño solitario que abandona la
sociedad civilizada en su totalidad para perseguir la espiritualidad. San
Antonio (c. 250-350) era un próspero campesino egipcio que decidió cumplir el
precepto de Jesús en el Evangelio de San Marcos: "Sigue tu camino, vende todo lo que tengas y dalo
a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo; y ven y toma la cruz, y sigueme"
. Antonio regaló sus trescientas hectáreas de tierra a los pobres y se fue al
desierto a perseguir su ideal de santidad.
Otras
personas lo hicieron igual; frecuentemente, hasta el exceso.
San Simón el Estilita
vivió treinta años en una canasta, colocada en la parte superior de un pilar de
sesenta pies de alto. Esta gimnasia espiritual estableció un nuevo ideal para el
cristianismo. Si bien el modelo de los primeros cristianos habían sido los
mártires que morían por su fe y lograban la vida eterna mediante ese proceso,
ahora el nuevo ideal era el monje que moría para el mundo y alcanzaba la vida
espiritual por la renunciación, el ascetismo y la experiencia mística de Dios.
Sin
embargo, los primeros monjes pronto descubrieron que no
podían vivir en soledad. Sus hazañas de santidad atrajeron a un gran número de
seguidores y, a medida que el ideal monástico se diseminaba por el oriente, el
monasticismo cenobita, basado en la práctica de la vida comunitaria, pronto se
convirtió en la forma dominante. Así, las comunidades monásticas llegaron a
concebirse como la sociedad cristiana ideal que podía proporcionar un ejemplo
moral a la sociedad más amplia que las rodeaba.
MONASTICISMO BENEDICTINO
San
Benito de Nursia (c. 480-c.543), quien fundó una casa monástica para la cual
escribió un conjunto de reglas en algún tiempo entre 520 y 530, estableció la
forma fundamental de la vida monástica en la iglesia cristiana occidental. Las
reglas de Benito, favoreciendo un ideal de moderación, rechazaron en gran medida
las ideas ascéticas del monasticismo oriental, el cual tendía a poner énfasis en
prácticas como autoinfligirse tormentos (por ejemplo, vivir en lo alto de un
pilar por treinta años). En el capítulo cuarenta de sus reglas, respecto a la
cantidad de vino que un monje debería tomar, se revela
este sentido de moderación:
A cada hombre Dios le dio su
propio don, a uno de esta manera, a otro de otra formal Y, por consiguiente, con
cierto temor determinamos para otros la cantidad de alimento. No obstante,
tomando en cuenta la debilidad de algunos hermanos,
creemos que una hemina [un cuarto de litro de vino al día será suficiente para
cualquiera. Sin embargo, hagamos saber a aquellos que fueron
agraciados por Dios con el don de la abstinencia que tendrán su propia
recompensa. Empero, si debido a las circunstancias del lugar, del trabajo o por
el calor del verano, fuese necesaria una mayor cantidad, dejemos que descanse en
la discreción del abad la decisión de otorgarla. Sin embargo, dejemos que él
tome las provisiones necesarias para que no sobrevengan el hartazgo o la
embriaguez.
Al
mismo tiempo, la moderación no excluye una existencia ardua y disciplinada,
basada en los ideales de pobreza, castidad y obediencia.
Vida
de San Benito. La ilustración, con sus seis escenas, proviene de un
manuscrito del siglo
XI de la obra del papa Gregorio el Grande, titulada Vida
de San 9enito, escrita en el año 593 o 594. Arriba a la izquierda, Benito
escribe sus reglas; arriba a la derecha, muerte de
Benito; en medio, a la izquierda, su entierro; en ‘nedio a la derecha’ abajo a
la izquierda, escenas de los milagros atribuidos a la Intervención de Benito;
abajo a la derecha, Gregorio termina su Vida de San Benito.
LA VIDA DE SAN ANTONIO
En el
siglo III y a comienzos del IV,
las vidas de los mártires proporcionaron valiosos modelos para el cristianismo
primitivo. Pero, en el transcurso del siglo IV, los
monjes, o padres del desierto, que intentaban lograr la perfección espiritual
mediante el ascetismo, el rechazo de la vida terrestre y la lucha contra los
demonios se convirtieron en un nuevo ideal espiritual para los cristianos. Por
consiguiente, las biografías espirituales de los primeros monjes llegaron a ser
una forma importante y novedosade literatura cristiana.
Muy notoria fue La vida de San Antonio, escrita por San Atanasio, defensor de la
ortodoxia católica en contra de los arrianos. Su obra se tradujo al latín antes
del año 386. Este fragmento describe cómo Antonio luchó contra las tentaciones
de Satán.
• Atanasio, La vida de San Antonio
Ahora bien, cuando el Enemigo
(Satán) vio que su habilidad en
esta materia no era de provecho y que, mientras más tentaba a San Antonio, más
tenaz era el santo en defenderse de él con la armadura de su rectitud, entonces
lo atacó mediante el vigor de la primitiva virilidad, inherente a la naturaleza
de nuestra humanidad. Con los acicates de la pasión, lo cortejó para perturbarlo
en la noche, y en el día también lo acosó y lo atormenté con lo mismo, a tal
grado que incluso los que lo veían deducían por su apariencia que estaba en una
lucha en contra del Adversario. Pero, mientras el Maligno más le inculcaba
obscenos y enloquecedores pensamientos, más se refugiaba San Antonio en la
oración y en la abundante súplica, y con ellas permaneció totalmente casto. Y el
Maligno estaba tramando perpetrar contra él todo hecho vergonzoso que estuviera
de acuerdo con sus inclinaciones y, con el tiempo, se le apareció incluso a San
Antonio en forma de mujer, llevando a cabo con desparpajo otras cosas
semejantes, pues de todo esto el Maligno se vanagloriaba ante él.
Pero el bendito Antonio cayó de rodillas en el suelo y oró
ante Él, quien le habló así: ‘Antes de que llores frente a mí, te responderé”,
por lo que Antonio dijo: “Oh, mi Señor!, eso es lo que te
suplico. No permitas que Tu amor se borre de mi mente, y consérvame, como lo soy
por Tu gracia, inocente ante Ti”. Y, una vez más, el Enemigo multiplicó dentro
de él los pensamientos de lascivia, hasta que San Antonio se asemejé a los que
se consumían, no por intervención del Maligno, sino por su propia lujuria; pero
se apresté con el temor del pensamiento del Juicio, de la tortura de la Gehena
(infierno), y del gusano que nunca muere. Y mientras
estaba meditando sobre los pensamientos que podía dirigir contra el Maligno,
pidió tener pensamientos hostiles a él. Así, para reproche y escarnio del
Enemigo, no pudo llevar a cabo todas esas cosas; él, que imaginé que podía ser
Dios, resultó burlado por un joven; y él, que se jactaba de la carne y la
sangre, fue derrotado por un hombre ataviado con carne.
De
acuerdo con la regla benedictina, el día se dividía en una serie de actividades,
con especial énfasis en la oración y el trabajo manual. Se requería que los
monjes desempeñaran un trabajo físico de alguna clase varias horas al día: “La
ociosidad es la enemiga del alma’ La oración constituía el verdadero corazón de
la práctica de la comunidad, que era propiamente el “trabajo de Dios”. Sí bien
esto incluía la meditación privada y la lectura, todos los monjes se reunían
varias veces al día para el rezo común y el canto de salmos. La vida benedictina
era una vida en común; los monjes comían, trabajaban, dormían y oraban juntos.
Un
abad o “padre” regía estrictamente cada monasterio benedictino. Él tenía
completa autoridad sobre los monjes, quienes se inclinaban sin cuestionar ante
la voluntad del abad. Cada monasterio benedictino poseía tierras que le
permitían ser una comunidad autosuficiente, aislada e independiente del mundo
que la rodeaba. No obstante, dentro del monasterio los monjes debían cumplir su
voto de pobreza: ‘Que todas las cosas sean de uso común,
tal y como está escrito, que nadie pueda decir que cualquier cosa es suya o que
pueda apropiársela”. En el siglo VIII, el monasticismo
benedictino se había dispersado por todo occidente.
Las
mujeres también buscaban apartarse del mundo para dedicarse a Dios. Ya en el
siglo III, grupos de mujeres abandonaban las ciudades
para formar comunidades en los desiertos de Egipto y Siria. En el siglo y,
Cesáreo de Arles compuso para su hermana las primeras
reglas monásticas dirigidas a las mujeres occidentales. Hizo
hincapié en el rígido enclaustramiento de las religiosas, conocidas como monjas,
con objeto de protegerlas de los peligros. Más tarde, en el occidente, en los
siglos VII y VIII, el crecimiento
de monasterios duales permitió a los monjes y a las monjas vivir cerca unos de
otros y seguir un conjunto común de reglas.
Sin
embargo, no todas las mujeres perseguían la vida del celibato en el desierto. En
diversas ciudades, en el siglo IV, las mujeres
organizaron comunidades religiosas en sus propias casas. Una mujer llamada
Marcela, por ejemplo, condujo a un grupo de mujeres
aristócratas de Roma a analizar los ideales del ascetismo y practicar la
virginidad como disciplina espiritual que les permitiría lograr la salvacion.
El
monasticismo desempeñó un papel indispensable en la antigua civilización
medieval. Los monjes se convirtieron en los nuevos héroes de la civilización
cristiana. Su dedicación a Dios se convirtió en el ideal supremo de la vida
cristiana. Es más, como veremos después, los monjes desempeñaron un papel cada
vez más importante en la difusión del cristianismo a través de todo el mundo
medieval europeo.
Fuente Consultada:
Civilizaciones de Occidente Volumen A