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Ciertas especies de mosquitos
transmiten al hombre terribles enfermedades. Viven preferentemente en regiones
cálidas y pantanosas. Actualmente se los combate en forma encarnizada, gracias a
lo cual se han transformado en habitables muchas zonas hasta hace poco
insalubres.
Hace
más o menos un siglo, el viajero que cruzaba ciertas
regiones pantanosas de Europa quedaba asombrado ante el espectáculo desolador
que ofrecían. Los hombres y los animales domésticos eran escasos; sólo se
advertía algún búfalo hundido en el agua hasta las rodillas, unos pocos caballos
que erraban a lo largo de las riberas, chozas miserables habitadas por hombres
toscos, y en todas partes la misma atmósfera pesada y la misma humedad malsana
emanando de las aguas estancadas y fangosas.
Una
terrible enfermedad, que se caracteriza por accesos de fiebre acompañados de
fuertes dolores de cabeza y, a veces, con delirio, asolaba esas regiones; era la
malaria. Durante siglos, la malaria —conocida también por paludismo, fiebre
intermitente, fiebre de los pantanos, fiebre climática y chucho— azotó el delta
del Danubio, Grecia e Italia, despoblando a pesar de su fertilidad, vastas
comarcas destinadas a ser inagotables fuentes de riqueza. No se conformó con
sentar sus reales en Europa, sino que llegó a todos los continentes: en Asia, la
zona palúdica toma parte de Asia Menor, Arabia, Turquestán, Persia, Indochina,
Siam, China, Japón e Islas Filipinas. África está totalmente infectada. En
América, la enfermedad se propaga en México, Venezuela, las Antillas, las
Guayanas, Brasil, Bolivia, Paraguay y norte de la República Argentina.
No se
conocían las causas de la enfermedad; algunos la atribuían al aire pernicioso.
De ahí su nombre de malaria (del italiano: malo, malo y aria, aire).
En
1895, el médico italiano Bautista Grassi logró identificar al solapado enemigo
transmisor del terrible mal. Era un mosquito que todas las tardes se elevaba
sobre las marismas formando con sus congéneres compactas nubes. Su nombre
científico es Anofeles.
(imagen) Este insecto, al absorber la sangre de un ser
humano o de un animal atacados de malaria, absorbe también los parásitos de la
sangre llamados hematozoarios (del género Plasmodium), que son los causantes de
la enfermedad y fueron descubiertos por el investigador francés Laverán. Luego,
cuando el Anofeles pica, los inocula al individuo
sano. Grassi, que muchas veces vio flotar en los pantanos los huevos de los Anofeles,
como si fueran pequeñas balsas, aprendió pronto a distinguir a estos mosquitos
de otros menos peligrosos. De los huevos de esos insectos nacen las larvas, que
viven y crecen en el fondo del agua, pero suben a la superficie para llenar de
aire los tubos o tráqueas por medio, de los cuales respiran.
Esos
descubrimientos permitieron acabar con la malaria. Se comenzó por cubrir de
petróleo la superficie de las lagunas peligrosas para privar así a las larvas
del aire necesario a su existencia. En otros lugares se criaron ciertos peces (ciprinos)
que se alimentan con larvas de mosquitos. Además se desecaron las regiones
pantanosas y se cavaron canales para hacer correr el agua estancada. De este
modo la enfermedad disminuyó considerablemente. En la actualidad se emplea el
DDT (diclorodifeniltricloretano), uno de los insecticidas más poderosos
que se conocen.
La
fiebre amarilla hacía estragos entre los obreros que trabajaban en las esclusas
del canal de Panamá.
El médico cubano Carlos Finlay (imagen) sostuvo que el mal era
trasmitido por un mosquito llamado Estegomia
calopus, cuya hembra deposita los huevos en cualquier sitio donde
haya agua estancada. Cuando los norteamericanos intervinieron en la guerra de
Cuba, el médico militar Walter Reed pudo comprobar que Finlay tenía razón. La
fiebre amarilla o vómito negro es originaria de las costas del golfo de México y
de las Antillas. En 1871 la terrible enfermedad llegó a Buenos Aires y la
epidemia dejó un saldo de catorce mil muertos.
Ahora
se le hace en casi todas partes una guerra sin cuartel. En Río de Janeiro, por
ejemplo, cuando se presenta un caso de fiebre amarilla, acude en el acto un
pequeño ejército de guardias sanitarios que dispone serias medidas de prevención
y profilaxis.
La
especie Culex, inofensiva en los países de clima templado, en las zonas tórridas
puede inocular, a hombres y animales, unos parásitos del género leishmania
que producen una grave enfermedad conocida con el nombre de muerte negra o
kala-azar. (imagen
izquierda: mosquito de la malaria)
¿Cómo pican los mosquitos?
Entre las antenas está. situada la trompa, constituida por una pieza
hueca, contra la cual se apoya la lengua.
La
trompa se completa con las mandíbulas y con los estiletes terminados, unos con
puntas perforantes, y otros con una sierra destinada a ensanchar las heridas
alrededor de la picadura. A veces, la trompa presenta una verdadera bomba
aspirante-impelente, que inyecta en la presa los líquidos salivares tóxicos y
absorbe, al mismo tiempo, la sangre de la víctima.
Con
su característico zumbido, los mosquitos inician lo que bien podríamos llamar la
caza del hombre, a quien acosan con sus dolorosas picaduras y su inquietante
concierto. Es curioso saber que sólo la hembra pica y que lo hace únicamente de
noche.
En desacuerdo con sus colegas, el
médico estadounidense Walter Reed (1851-1902), que conocía la teoría de Finlay,
sostenía que el mosquito Estegomia calopus causaba la fiebre amarilla.
Para convencerlos, Reed los reunió y les presentó un recipiente lleno de
Estegomias. Cuando lo destapó, los incrédulos colegas levantaron
para salir
precipitadamente la sesión
Los
mosquitos son insectos que se reproducen enormemente. La hembra pone varios
centenares de huevos en las aguas estancadas, de los cuales saldrán igual número
de larvas que miden, al nacer, un milímetro escaso. Son ápodas (sin patas), como
todas las larvas de los dípteros (insectos con dos alas). Del estado de larva
pasarán al de ninfa. En lugar del tubo respiratorio, las. ninfas poseen dos
pequeños cuernos cefálicos. Son muy móviles, y suben a respirar a la superficie
del agua, volviendo a descender en seguida sin tomar alimento. Una actividad
semejante, unida a un ayuno tan severo, no podría continuar mucho tiempo. Por
eso, al cabo de tres días, la ninfa sube a la superficie, donde pierde su piel y
se transforma en insecto perfecto.
Fuente Consultada: Lo Se
Todo - Tomo II
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