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Catalina
cuando solo tenia catorce años accedió al trono inglés, después de la muerte de
su hermano que era el primogénito y de su padre. Detrás de su matrimonio con
Enrique VIII se convertiría en la primera reina de la serie: la española.
Imagen: Catalina de Aragón (1485-1536)
Catalina de Aragón fue la última hija de los Reyes Católicos. Su nacimiento fue
recibido con inmensa alegría por los reyes (sobre todo por Isabel, cuyas otras
hijas se hallaban alejadas de los compromisos dinásticos). La rubia y rosada
infantina había nacido en un suntuoso dormitorio del Palacio Arzobispal de
Alcalá de Henares, magníficamente decorado, con sus muros tapizados y ornados
con bellas pinturas y suntuosas colgaduras de terciopelo. Catalina había sido
bautizada en la Colegiata de esa ciudad, por el ilustre Cardenal Pedro González
de Mendoza.
Sus
padres, luego de la toma de Granada, se habían alojado en el palacio árabe de
Alcázar (una construcción maravillosa con jardines y fuentes de gran esplendor).
En ese lugar vivió la mayor parte de su infancia. Fue educada por su madre, se
caracterizaba por tener una inteligencia notable y fuerte carácter, que pronto
se conjugarían con una figura y una prestancia
dignas de una princesa. Esta niña
cada vez mostraba más parecido con su madre, la reina Isabel.
Catalina como toda hija de reyes, era una pieza clave en los acuerdos
matrimoniales que establecerían sus padres, según la conveniencia política para
el reino.
En
este sentido, Enrique VII, rey de Inglaterra y primero de la dinastía de los
Tudor, para protegerse de los avances de Francia y asegurar su poder real
–discutido por otros pretendientes al trono–, propuso a los reyes de Castilla
una alianza de protección mutua contra el enemigo común. El acuerdo establecía a
la quinta hija de los reyes castellanos, la pequeña Catalina (de tres años de
edad) como posible prometida de Arturo (de sólo dos años) heredero de la corona
inglesa, conjuntamente con la posibilidad de celebrar nupcias cuando ambos
estuvieran en edad de hacerlo.
De
esta manera, la pequeña fue presentada a los embajadores ataviada con un
diminuto vestido de brocado bordado en oro y ornado con gemas. Sin embargo,
aunque Fernando e Isabel accedieron al compromiso, le pusieron tan alto precio
(puesto que su reino era muy superior al de Enrique) que el mantenimiento del
pacto peligró. Finalmente se acordó que la dote de Catalina no sería muy elevada
y si el príncipe consorte moría después de la boda, su esposa debía heredar un
tercio de las recaudaciones de los condados de Chester Cornwall y Gales, lo que
la convertiría en una princesa de gran fortuna.
A
medida que Catalina fue creciendo, también fueron acrecentándose los intentos
del rey por consolidar esta alianza, llegando a ofrecerse él mismo como futuro
esposo (propuesta que Isabel rotundamente rechazó). Sin embargo, el Papa
Alejandro VI ante los ataques franceses contra la sede apostólica, pidió ayuda a
los monarcas españoles –a los que habia entregado el titulo de Reyes Católicos–.
Ante este requerimiento, los reyes consideraron crucial contar con el apoyo del
rey inglés y para obtenerlo cedieron a la boda pactada.
De
esta forma, en 1497 el largamente discutido acuerdo matrimonial entre Catalina
de Aragón y Arturo Tudor fue finalmente firmado y confirmado por una ceremonia
matrimonial celebrada en Inglaterra.
Superando los numerosos obstáculos que la reina Isabel sostenía a pesar de los
acuerdos sellados, en 1501, a la edad de 15 años, Catalina debió ser enviada a
Inglaterra donde Arturo (rubio y espigado príncipe) con tan sólo catorce años la
estaba esperaba.
Catalina fue recibida en un primer momento con cierta sorpresa por el pueblo de
Inglaterra. Se estima que su apariencia se asemejaba a la de una verdadera
inglesa, quizás debido a su herencia física de su bisabuela Catalina de
Lancaster. Al poco tiempo fue aclamada con entusiasmo. La aceptación del
príncipe fue inmediata, sentimiento también compartido por la joven Catalina,
quien pareció también sentirse complacida con su esposo.
En
este sentido, a través del embajador español, Arturo envió un mensaje a los
reyes católicos, expresando “que nunca había sentido mayor alegría en la vida
que cuando contempló el dulce rostro de su esposa”. Y añadió que “ninguna mujer
en el mundo podría resultarle más agradable”.
Incluso, hasta el mismísimo Sir Tomás Moro, el autor de la famosa “Utopía”, que
se burlaba irónicamente de los españoles que formaban el séquito de la princesa,
quedó impresionado ante la imagen de ésta: “Ah, pero la dama! Creed en mi
palabra, encantó el corazón de todos,... posee todas las cualidades que
constituyen la belleza de una jovencita encantadora. En todas partes recibe las
mayores alabanzas...”
Sin
embargo, esta felicidad no duraría. A los pocos meses de su matrimonio, una
peste que asolaba la región atacó a ambos cónyuge: Catalina, fuerte y sana, se
sobrepuso a la enfermedad, pero el débil Arturo no sobrevivió. Catalina a los 16
años se convirtió en viuda.
El
debate en torno a este hecho fortuito, se establece en torno al dolor que la
joven esposa transitaba ante la pérdida repentina de Arturo, que tenía hacia
ella los más tiernos sentimientos, según lo expresara repetidamente. Sumado a
que, retenida en la opaca corte inglesa, permanecía sin la fortuna prometida ni
la devolución de su dote, quedando en triste soledad.
Enrique VII, a los fines de retenerla casi como rehén y no devolverle su dote,
logró comprometerla con su otro hijo, llamado como él, Enrique, cuando contaba
con sólo 11 años. Al respecto, se tramitó ante la Sede Papal una dispensa por
causa del parentesco o una posible anulación del matrimonio con Arturo,
pretextando que no se había consumado.
Luego
de la muerte del Rey Enrique VII, su hijo tomo posesión del trono en 1509, con
el nombre de Enrique VIII. A su vez, una vez obtenida la dispensa papal,
Enrique, de 18 años y Catalina de 23, se unieron en matrimonio. La unión parecía
ser un éxito: Enrique era un rubio y esbelto mozo del que Catalina poco tardó en
enamorarse, y ella era una hermosa, culta y excelente esposa, que podría colmar
todas las aspiraciones del joven soberano y que, para más, lo amaba aunque no
era plenamente correspondida. Catalina, era una reina querida por el pueblo y
respetada por la corte dadas sus excelentes cualidades.
Sin
embargo, una sombra funesta oscureció la vida conyugal de estos reyes. A pesar
de que el rey deseaba un heredero varón (con el objetivo de consolidar su trono
y la dinastía Tudor), no logró obtenerlo. En seis ocasiones durante los 18 años
que duró el matrimonio, solo sobrevivió una niña, a la que llamaron María,
futura reina de Inglaterra y de España.
El
rey llegó a considerar esta falta de descendencia masculina como un castigo
divino, pensando en un posible divorcio. Los deseos de separarse de Catalina,
eran motivados por la presencia de una bella joven, Ana Bolena, hermana menor de
una de sus amantes, que había cautivado a Enrique.
Entonces reclamó ante las autoridades eclesiásticas, alegando que la dispensa
obtenida para su unión con Catalina era inválida. Aduciendo que “ni un Papa
puede conceder dispensas contrarias a las disposiciones expresas de las Sagradas
Escrituras” basándose en el principio religioso que establecía: "No debes
descubrir la desnudez de la mujer de tu hermano”. A tal efecto pidió al Papa
Clemente VIl la anulación de su matrimonio. Pero el Papa, que no quería ofender
a los Reyes Católicos, negó conceder esa anulación mientras Catalina no
accediera a ella.
Con
el devenir de los acontecimientos, la reina repudiada se erigió en toda su
dignidad de soberana para hacer respetar sus derechos y los de su hija. Con su
resistencia demostró la fortaleza de su carácter. En este sentido, Catalina no
cedió a ninguno de los medios a los que se recurrió para hacerla ceder: se la
alejó del palacio real, haciéndola aposentarse en lóbregas residencias; se la
amenazó con un juicio y con una sentencia por traición. A todo opuso su firme
convicción de que prefería la muerte a la deshonra, y de que su destino y el de
su hija estaban en manos de Dios. Su intransigente actitud provocaría la ruptura
de Inglaterra con el Papado y la creación de la iglesia Anglicana.
Tras
años de sufrimiento, murió en esas tierras que le fueron tan inhóspitas, y en
las que sería enterrada, pero dejando constancia, hasta el momento final, de que
ella era la única y verdadera reina de ese país, y su hija, por tanto, la real
heredera, Se dice que en las oraciones que musitara en su lecho de muerte
expresaba; “Dios mío, perdónalo tú a Enrique, porque yo no puedo”. Shakespeare
diría de ella: “Reina de
todas las reinas y modelo de majestad femenina!"
Fuente Consultada: Vida y Pasión
de Grandes Mujeres - Las Reinas - Elsa Felder
Por Araceli Boumera
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