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Catalina
Parr (1512-1548): Tras la anulación de
su matrimonio con Catalina Howard y, a los fines de asegurarse, decapitada su ex
esposa, Enrique tuvo intención de casarse nuevamente. En este sentido, depositó
su interés sobre una bella treinteañera, dos veces viuda, quien sería su tercera
Catalina, pues se llamaba Catalina Parr.
Catalina Parr era hija de una dama de honor de la primera Catalina (a la que
debía su nombre). Además, resultaba ser la mejor de las esposas, quizá porque el
monarca ya no tenía sus bríos juveniles y necesitaba más una nodriza que una
amante. En este sentido, a los fines de buscar la gratitud del rey, utilizó su
experiencia en atender ancianos. Este conocimiento lo obtuvo de sus anteriores
matrimonios que le habían impuesto, dejándola viuda en plena juventud. Ella lo
cuidó en su vejez, soportó sus achaques y fue su paciente enfermera.
Además, logró reconciliarlo con sus hijas, luego de más de diez años de
distanciamiento. A su vez, consiguió que ante el Parlamento las reconociera como
legítimas a Isabel y María –hasta entonces consideradas bastardas–. Catalina se
convirtió en una verdadera madre para Isabel y el príncipe Eduardo. El
reconocimiento de legitimidad colocaba a María e Isabel como herederas
respectivamente del trono tras el príncipe Eduardo.
La
amistad de María y Catalina Parr se había forjado antes del casamiento con el
rey, su padre. A causa de esta temprana amistad, María no sólo
aprobó este
casamiento (así como había desaprobado el anterior) sino que acompañó a los
novios en una gira por el sur de Inglaterra. En la boda, fue una de las damas de
honor y participante de los festejos y luego, compañera inseparable de la nueva
reina.
Incluso esta amistad podía considerarse extraña por las diferentes creencias
religiosas –cruciales en este periodo– que ambas profesaban: Catalina era
calvinista y María católica. Sin embargo, la estima que ambas se tenían superaba
ampliamente cualquier diferencia, habían hecho una especie de pacto de no mentar
sus respectivas religiones y atenerse a los gustos en común.
Catalina hizo aumentar la renta de María y además le proporcionaba todo tipo de
regalos, sobre todo joyas y ropas suntuosas que resultaban sus predilectas. Por
el contrario, su hermana Isabel, como su hermanito, era luterana y sus rígidos
principios le hacían desdeñar el lujo. Juzgaba pecador el comportamiento de las
dos amigas, que gustaban de concurrir a fiestas y a bailes a los que ella
rehusaba asistir, considerándolos ‘orgías”. Esta concepción aséptica se refleja
en la carta que Eduardo, que por entonces tenía ocho años, le escribe a la reina
Catalina: expresa que él tendría que proteger a su hermana María, que por causa
de esas fiestas, las suntuosas vestimentas y joyas “se estaba dejando de
comportar como una buena cristiana”.
Estas
expresiones del príncipe Eduardo deben matizarse y ser analizadas bajo la luz de
las concepciones de la época. Si bien es cierto que el rey Enrique, a causa de
su gota, no solía concurrir a esas fiestas palaciegas y, si lo hacía, no podía
bailar, éstas distaban mucho de ser las reuniones orgiásticas que tanto
atemorizaban al pequeño príncipe y a su hermana Isabel.
En
todo caso, el hecho de que ambas eran muy jóvenes explicaría su necesidad de
concurrir, sociabilizar con los cortesanos letrados o solamente divertirse. Para
los luteranos este tipo de conducta se concebía como licenciosa o apartada de lo
tolerable. Quizá Isabel exageraba su luteranismo, por sentirse relegada en la
consideración cortesana, pues mientras a María la llamaban princesa, a ella sólo
la denominaban Lady (quizá por el recuerdo de que su madre había sido juzgada
como una prostituta).
Hacia
fines de 1546 el estado de salud del Rey empeoraba, a pesar de los cuidados de
su esposa, en enero de 1547 fallece. Se estima que María lo acompañó en su
agonía, antes del suspiro final, su padre le había llegado a decir que moría
triste por no haberla casado, y le había pedido que protegiera al pequeño
Eduardo de las amenazas del Vaticano. Pero esto último no puede ser cierto, pues
bien sabía Enrique cuán firmes eran las convicciones católicas de su hija y, en
caso de solicitar tal cosa, lo hubiera hecho a su esposa Catalina, que era
luterana.
De
esta manera, Catalina Parr, se convirtió en la única reina que sobrevive a los
caprichos del rey Enrique VIII. Luego de su muerte, totalmente libre, no tardó
en casarse con Eduardo Seymour, tío del rey Eduardo, nuevo monarca que había
sido entronizado a la temprana edad de los nueve años.
Así,
con esta escena de paz y concordia, termina la tempestuosa existencia de Enrique
VIII y el relato de las vidas de las seis reinas consortes de este Barba Azul.
Fuente Consultada: Vida y Pasión
de Grandes Mujeres - Las Reinas - Elsa Felder
Por Araceli Boumera |